Roberto y la Muerte (Cuento en tres partes de golpe)

Palabras Relatos

Creative Commons License

I

Son las 9.30 y Roberto despierta sobresaltado con una pistola presionando su frente. En ese segundo no llega a ver su vida desfilar por delante, sólo tiene ojos para la muerte, dispuesta hoy de negro y con bigote blanco.

-No-alcanza a decir entre suspiros entrecortados.

-Sí, amigo, ha llegado el momento-le dice la muerte.

Roberto repasa mentalmente sus últimos años, buscando razones para ser matado.

-Deme el dinero.

-No, no tengo nada. No soy nadie. ¿Cómo ha entrado? -intenta ganar algo de tiempo, sin saber muy bien lo que hacer con él. Vivir, de momento. El miedo sigue pegado a las sábanas. Su mirada busca alrededor y tampoco sabe el qué, evitando en lo posible los ojos azules que le estrujan a un metro de distancia. Ve su habitación, su piso, como ayer, sin más, un libro en suelo, el cenicero al lado, la cena sin fregar. Nada parece roto, nada está fuera de sitio salvo lo evidente. Su cuerpo sigue quieto y el cerebro, poco a poco, se recupera.

-Por la puerta, sin más-contesta el hombre del bigote blanco-. Pero, para que quede claro, aquí lo único que importa es que o pagas lo que debes o te llevarás un balazo.

Roberto examina la situación y se descubre igual de perdido que tras la reacción inicial. El hombre parece, en efecto, capaz de matar. Tiene una pistola en la mano, se supone que cargada, una expresión firme en la cara y una mirada de las que empujan para atrás. Cumple con el patrón. No obstante hay algo en él extraño, un brillo quizá, y Roberto, bañado en sudor, no deja de ver una luz en ese brillo.

-No se lo creerá, pero esto debe ser un error-una risa nerviosa se le escapa sin querer.

El hombre del bigote sonríe y fuerza un poco con su arma.

-He oído eso miles de veces.

-Lo suponía, claro, pero es que esta vez tiene que ser cierto, no puedo ser yo.

-Ya. Y usted no se llama Roberto Pérez.

-Sí, así me llamo.

-Pues entonces usted es usted, y no hay más.

-Hay mucha gente con ese nombre.

-Sí, pero no tantos con su misma dirección.

-¿Puedo verla?

-¿La dirección? ¿Para qué?

-Mire, si voy a ser tiroteado quiero apurar mis últimas opciones de convencerle de su error.

-No hay ningún error.

Una gota de sudor, una sombra, se desliza por la cara del hombre del bigote.

-Nunca se sabe, una letra, un acento…

-Está bien. Tome.- Saca una foto con algo escrito al dorso. Se la da a Roberto, que comprueba que los datos, su nombre y dirección, son correctos. Debe hacer algo rápido, piensa, la vida se le va. Da la vuelta a la foto y la boca se le abre, llena por completo de incredulidad.

-¡No soy yo! ¡Mire!-Muestra la imagen a su verdugo.

-¿Qué?

-¡Tome y mire!-El brazo está estirado, tembloroso y expectante.

-No me venga con trucos.

-No son trucos. Por favor, sólo mire.

La mano que sujeta la pistola se la pasa a su compañera para así poder buscar en el bolsillo interior de la chaqueta las gafas. Las saca y coloca trabajosamente en su cara para después tomar entre sus dedos la foto.

-Vaya-Ahora el hombre del bigote suda tanto como Roberto-No es usted.

El silencio, por primera vez, entra en escena, entre los dos. Uno mirando la foto, pensativo, descolocado. El otro tumbado, en el filo, sin poder aguantar más la pregunta:

-¿Entonces?

El hombre mete la foto en el bolsillo y retira la pistola de su frente. Camina despacio, hacia atrás, y se deja caer preciso en la butaca. Sigue apuntando. Enciende un cigarrillo y le lanza el paquete.

-Entonces tenemos un problema. O es la foto o es la dirección.

II

Son las 9-45 y Roberto se lava la cara en el baño. El miedo le estimula, y da bastante miedo un tipo sentado en su habitación que ha venido a matarle. Un tipo extraño, sin duda, que espera paciente fumando y que no ha puesto problemas para que vaya al baño. Quiere un café, sin azúcar. Lo prepara mientras el hombre da vueltas a la foto.

-No entiendo cómo no miré la foto.

-¿El café en taza pequeña o grande?

-En vaso, por favor.

El pequeño estudio queda sumergido en olor a café, ahora los dos beben, el hombre en la butaca y Roberto de pie, apoyado en la barra de la cocina.

-¿Me va a matar?

-¿Tiene teléfono?

-Teléfono sí, pero la línea me la cortaron, dejé de pagar.

-Es usted todo un señor moroso.

-Pero sólo debo a entes relativamente inofensivos, no a quienes me pueden partir la cabeza.-Cada minuto que pasa es para Roberto una victoria- Le aseguro que aprecio mucho mi vida.

-¿Y a qué dedica su preciosa vida?

-Hago lo que puedo, sobrevivo, es fácil en esta ciudad. Cuando no hay una cosa hay otra.

-¿Escribe?

-Lo intento.

El hombre deja el vaso vacío en el suelo y enciende otro cigarrillo.

-Verá, el dinero que se debe a mi cliente es de vender historias. Usted ya lo sabe, si es quien tiene que ser. Siendo escritor la balanza se va inclinando.

-Si soy quien usted cree hubiera mentido con mi profesión, ¿no cree?

-Dífícil hacerlo viviendo cómo y donde vive.

Roberto abre la nevera y toma un largo trago de agua. Ha vuelto a sudar. Mira el reloj, sigue vivo, eso está bien.

-Mire, ya le he dicho que hago lo que puedo. Pintar, escribir, vender lo que sea, pero no compro historias. Una vez me dieron una, antes de venir a esta ciudad, y sólo me dio problemas. No había manera de cuadrarla así que la dejé.

-¿La vendió a otro?

-La quemé y la olvidé en una larga noche. Esas historias no sirven, sólo sirven las de uno mismo. Y se nota.

-Hágase pistolero, ya ve, así se llega a viejo.

El silencio vuelve a intervenir. Los dos piensan, Roberto intenta adivinar cuál es ahora su situación, hacia donde se estará inclinando la balanza.

-¿Entonces?

-Si le mato y no es, mal asunto. Si me voy sin hacerlo y sí es, mal asunto. La cosa no pinta bien, no señor.

El hombre se levanta y camina lento, la pistola en la mano, el cigarrillo en la boca. Hace girar el pomo de la puerta mirando a Roberto y, abriéndola, se despide.

-Ya ve, el tiempo ha jugado esta vez a su favor-dice sonriendo.

-Suele pasar.

El cruce de miradas se interrumpe por el sonido atronador del teléfono, ahí mismo, en la mesilla, al lado de la cama. Las sonrisas se congelan.

III

Son las 10 y Roberto está muerto de un balazo, la cabeza partida, el tiempo pasando.

 

 

This movie requires Flash Player 8

 

 

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons

Artículos relacionados

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Deja un comentario