Breves y gordos: Por la noche
Todos duermen por la noche, menos tú. Ella duerme, el vecino también, tu compañero de trabajo duerme roncando. Tú no. Oyes ruidos en la escalera, la respiración justo al lado, los movimientos en tu estómago. La radio ya te aburre. Definitivamente, tienes hambre.
Duerme, duerme. Imposible. Dos minutos es lo que sueles tardar entre cerrar los ojos y quedar dormido. Han pasado treinta y tus ojos están abiertos completamente porque si los cierras empiezas a ver comida, a pensar comida, a desear comida. Tienes sueño, quieres dormir, pero el tigre que llevas en tus tripas invade todo tu cuerpo y te lo impide, provocando un cosquilleo que invade tus piernas, entumeciendo tus brazos, elevando los párpados. Harto de ver pollos asados, dibujados en tu calenturienta mente como los de los tebeos, te levantas resignado y vas a la cocina intentando hacer poco ruido, sigiloso, esperando no enterarte ni tú mismo.
La nevera. Bendita y blanca. Ves tu mano abrir su puerta y toda la luz sale a por ti y a por la oscuridad que te rodea, mostrando sus encantos sin recelo, ofreciendo sus perecederos productos y alguno ya perecido, palpitando calorías. El arca perdida, la nevera. Mientras tus ojos se hacen a la nueva situación sacas el agua y vas analizando los estantes: cerveza, queso, una cebolla empezada, lechuga, yogur, huevos, calabacín… Joder, nunca sobra comida en esta casa, piensas. Nunca, en estas noches, hay tortilla de patata, huevos rellenos, carne empanada, empanadillas de más. Cierras la nevera resoplando, iluminas la cocina y vas al armario del desayuno. Nada. Cereales, pan, tostadas, miras detrás del café…nocilla!!! Ja, menudo triunfo, absoluto, definitivo, o casi, pues abres el bote y está absolutamente vacío, rebañado a conciencia, meticulosamente aprovechado. Fuiste tú, además. Mierda.
Vuelves a la nevera sin mirar la fruta, a dejar el agua, y tomando el último trago ves en ella a tu salvador, a tu última esperanza, al siempre humilde jamón york. Refrescante, jugoso, compatible con el facilón pan de molde y, además, hipocalórico. Funcional. Obviamente su compañero debe ser el queso, no hay duda, pero además tu rabillo del ojo capta un bote blanco, disimulado en un lateral. Mayonesa, oh, mayonesa. Entonces todo encaja y todo se precipita: sacar el pan, poner las lonchas estiradas y en ellas la mayonesa y sobre ella el queso, doblar las lonchas, colocar otra rebanada (también “retocada”) y morder y masticar el fruto de tus desvelos. Bravo.
Regresas a la cama con los restos del último bocado entre tus dientes. Casi nadie se ha enterado, sólo tú. Un poco menos de desayuno mañana y ya está, compensado, piensas mientras la lengua recorre los labios y la satisfacción llena tu boca.
Duerme, duerme, y no pienses tanto.
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“Fuiste tú, además.”
Jaaaaa ja ja ja.
Genial.