Cortos cuentos de amor IV

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Del verde al amarillo y del amarillo al rojo. Así pasa su vida el semáforo de la calle Puertas, el único de la calle, uno entre tantos en la ciudad. Hoy, mientras cambia del rojo al verde, se lamenta. Piensa en lo bien que estaría en una gran avenida, con sus luces adicionales para peatones, con tanta gente pendiente de él. Del verde pasa al amarillo, los coches aceleran, y del amarillo otra vez al rojo. En ese momento la ve, boca abajo, tumbada sobre una furgoneta, a pocos metros de él, atada. Es marrón oscuro, de madera robusta, sus cuatro patas apuntan elegantes al cielo y sus bordes son irregulares, sin pulir. Él la mira, la ilumina, la inunda de rojo, desea estirarse y tocarla, serpentear entre sus patas y empaparse de su olor. Porque huele a árbol, huele a bosque, huele a verde. Se irá el coche, se llevará la mesa, cuando llegue el verde. Querría saber si ella se ha fijado en él, no hace nada, no se mueve. Imagina estar sobre ella, suavemente la traspasaría, se hundiría, sería su quinta pata, con él ella podría volar. Su metal no parecería metal, y el rojo y el amarillo ya no lucirían, sería todo verde. Verde, verde y verde. Como él se imagina el árbol, como él piensa el bosque.

Va a llegar el momento, del rojo pasará al verde. No quiere, no sabe nada de ella, no sabe dónde va. No puede evitarlo, el semáforo es semáforo, y da luz verde. La furgoneta avanza, despacio, y va girando. Si sigue así la pata delantera derecha pasará al lado del semáforo, y sigue así, y eso sucede. Sólo centímetros los separan. El semáforo brilla fuerte, todo lo que puede, y llega a atisbar la hermosa figura de un corazón en la pata de la mesa.

 

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