Breves y vagos: La habitación
Cuando la tarde avanza y tu círculo de relaciones permanece inmóvil es el momento de ordenar tu habitación. Te levantas perezoso del sofá y abres la puerta, y suspiras. Todo dentro del dormitorio te habla, te grita, te pide por favor que dediques tu tiempo a poner orden. No sabes por dónde empezar, así que comienzas por poner música, algún disco alegre y festivo que vaya cambiando el ambiente, y por abrir la ventana. Con un ritmo juguetón te animas a recoger la ropa sucia del suelo, y no aparece un calcetín, y descubres esa camisa que buscabas ayer, y compruebas otra vez, con cierto fastidio, que el rincón de las camisetas reutilizables se ha vuelto a mezclar con el de las irremediablemente sucias.
Tras la ropa toca ordenar la mesilla: hay que tirar facturas de teléfono, papelitos pequeños que contienen anotaciones que ya no entiendes, algún boli gastado y pequeños trozos de quién sabe qué cosas. No todo es tirar, cuidado, debes luego realizar el enésimo plan de ordenación del cajón: el carné de identidad con el de conducir, el de la biblioteca siempre a mano, el pasaporte en zona de nadie y los caducados arrinconados al fondo. El libro ha de abandonar después el suelo y volar hasta su sitio, al lado del despertador, y entonces todo queda despejado y dispuesto. Dispuesto, sí, amigo, para quitar el polvo, pero no con la mano ni soplando, sino con un trapo que habrá en ese armario que tan pocas veces abres.
Estás tumbado, tentado, quieres descansar. No lo hagas o te sorprenderá la noche. Te preguntas hace cuánto que no cambias las sábanas y te respondes como siempre, quién sabe. Quizá deberías apuntarlo, pero ¿dónde? ¿En un papel que luego se amontonará en la mesilla? Dejas de hacer preguntas sobre las sábanas y las quitas y las hueles. No huelen mal, piensas, ni parecen sucias, pero has aprendido ya que en cuestión de limpieza no sirves como referencia fiable. A lo mejor hasta han cambiado de color y no lo has notado.
Ahora, con la cama desnuda, conviene barrer, pero barrer todo el suelo, incluyendo esa parte (la mayoritaria) que queda debajo del somier. Al hacerlo descubres un ejército de pelusas, y tu sudor ahora es casi de inquietud, te planteas cómo has podido dormir con eso debajo. Han crecido tanto que te dan pena. No te preocupes y barre, volverán a crecer, piensa que ellas en tu lugar no tendrían piedad, piensa que si siguen creciendo te acabarán echando, el piso será suyo. Ya has barrido todo, el recogedor rebosa de pelusas y pelusillas. Olvidaste, seguro, barrer debajo de la mesilla, así que hazlo ahora, aunque sea a desgana.
Colocas las sábanas y, un día es un día, te esfuerzas en que queden bien estiradas. En ese momento, si te quedan fuerzas, aprovecha y ve a por la fregona, cambia el agua, añadiéndole alguna sustancia limpiadora, y friega. Si haces todo eso, la habitación quedará impecable, lista para recibir otra vez desorden y suciedad, y tú quedarás satisfecho, cansado y a punto para un lavado personal.
Mientras te duchas se acaba el disco, ya lo ves, no ha sido tanto. Al secarte miras alrededor y vuelves a suspirar: la próxima tarde aburrida será, sin duda, para el cuarto de baño.
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Sí señor. Grande.
Las pelusas de mi casa tienen un sitio favorito al que pertenecen (o que les pertenece), unas tendencias y actitudes individuales y, por supuesto, un nombre.
En estos momentos hay 5 en edad adulta.
Mi relación con ellas es muy afectuosa, casi familiar y quiero pensar que el sentimiento es mútuo.
Cuando nos despedimos lo hacemos por todo lo alto, pasando el día entero juntos, celebrando. No hay lugar para la tristeza porque sé que nunca, nunca jamás, dejarán de visitarme.