El Balcón
Y… con todos ustedeees, una edición más de…¡Carrruselll…deportivooo…!, en la tarde del domingo, toda la información del mundo del fúuuutboooollllll en directo, se la contamos, desde el prooopio terreno de juegooo, con sus protagonistas y ¡como no! fumando un purito “Rey Baltasar”, porque con este negrito… ¡cómo lo vamos a pasarrrr! Y conectamos ya con Felipe que se encuentra en Riazor… ¿qué nos puedes contar Felipe…?”
– ¡Anda ya con Felipe y quien no es Felipe! ¡chitón!, que hartura de fútbol… a ver si pusieran alguna zarzuelilla…, mmmm, que música más rara…, la radio solo pone cosas que una no entiende, con lo bien que estábamos antes con las novelas, duraban más que una preñez, pero lo pasábamos tan distraídos, ¿verdad Mariano, hermoso?
- “Si hija, Conchita, más razón que un santo tienes. Si ya sabes que a mí tampoco me gusta el fútbol, con todo ese bochinche que meten cuando cantan los goles, como si nunca se hubiese metido uno…. Lo de la novela, ni fu ni fa, pero la zarzuela….¡que maravilla! ¡qué voces y qué finura! La música de hoy en día no tiene esa elegancia ni ese sentimiento… dónde va a parar”.
A mí me gusta darle la razón, para no andar de peleas. Estoy ya mayor y ella no me va a la zaga y tantos años de relación no se merecen acabar ahora a graznidos por el dichoso Carrusel Deportivo, aunque, en honor a la verdad, a mí, cuando era joven, me gustaba cantar los goles… ¡madre mía! cómo cantaba los goles yo antes, si aguantaba más que el Felipe ese… menudo vozarrón, tenía a todo el barrio encandilao. Claro, eso fue antes de que los años acabaran calándoseme hasta los tuétanos y me dejaran los pulmones como un fregadero atrancao… ¡ay!, si es que han sido muchos inviernos al raso, y mira que Concha, mi Concha, me ha llevado siempre como un rey, pero ese viento helado que baja de la sierra no perdona a nadie y así me veo ahora, con los huesecillos engarrotaos, pasando, los días buenos de sol en el balcón, que es mi atalaya, desde donde diviso las idas y venidas del vecindario, que es como la televisión, digo yo, hasta que al llegar la noche paso a la sala, caliente y acogedora como un nido, donde el sueño siempre acaba por abatirme antes de lo que yo quisiera.
– ¡Uy, mira Mariano! ya vuelve el señor Enrique de su paseo con el niño, pobrecito, me da un no se qué cuando los veo, parecen dos angelitos…
El señor Enrique es un abuelete de los de bastón en ristre que no anda muy fino de casi nada. Trabajó muchísimos años como contable en un húmedo y sombrío almacén de lámparas pasando las cuentas a mano en un sucio y destartalado cuartucho, quemándose la vista bajo el mortecino resplandor de una solitaria bombilla de 60 que colgaba desangelada de un techo altísimo y agrietado. Día tras día, toda una vida, hasta que, una mañana encontró la puerta del almacén sellada con una cinta de la policía, de esas que salen en las películas y te prohíben la entrada. La de la cafetería le contó que la noche de antes había habido meneo. Que por lo visto, D. Rafael Brillante, su jefe y a la sazón dueño de “Lámparas la Luminosa”, a parte de ser de la hermandad del puño cerrao, resultó ser un estafador de tomo y lomo ya que, junto con el nada provechoso negocio de lámparas y bombillas, se dedicaba también a otros menesteres menos honrados y más sustanciosos y la policía lo había pillado por no se que venta inmobiliaria fraudulenta a un pobre y millonario jubilado alemán, al que, a parte de dejar sin un marco, le había levantado también a su mujer, una rubiancana teutona de pechos enormes y con pelos en los sobacos, al estilo germano.
Por lo visto, D. Rafael y la que bien hubiera podido pasar por una de “Las tres gracias”, se habían dado cita en el almacén, a horas intempestivas, a fin de planificar su romántica huida, pero el jubilado alemán los había seguido en un taxi y, cuando los dos tortolitos se solazaban bajo la insolente e impía luz azulada de un asesino atrapamoscas, el jubilado irrumpió iracundo pertrechado con una pata de jamón que robó a un famélico can callejero y blandiéndola cual porra cavernícola, ante la mirada llena de asombro y espanto de los lujuriosos, atizó varios golpes de pezuña, sin mucho acierto, la verdad, ya que fue a atinar contra una impresionante lámpara estilo imperio que colgaba a media altura, con tan mala suerte que la susodicha fue a caerle encima al cornudo, dejándolo perlado de pequeños diamantitos iridiscentes que le daban una extraña imagen de adorno navideño venido a menos.
D. Rafael Brillante acabó dando con sus huesos en la cárcel, y el pobre don Enrique se quedó sin trabajo y con una edad de las que no ayudan para eso de entrar de nuevo en el llamado mundo laboral.
– ¡Buenas tardes, Don Enrique¡ ¿Cómo anda ese ánimo últimamente?
– Pues mire usted, doña Concha – gritaba D. Enrique con su voz susurrante desde la calle para hacerse oír – unos días mejor y otros peor, aprovechando los últimos días del otoño, porque en cuanto que venga el frío los únicos paseos van a ser alrededor de la mesa camilla… los voy a echar de menos, sobre todo por el niño… ya me entiende usted, Doña Concha.
El niño cuenta cuarenta y dos abriles, pero sus ojos observan la vida con una mirada de asombro constante, como si acabara de ser parido y la luz se filtrara por primera vez en sus pupilas, avanzando hiriente hasta su cerebro en una confusión de imágenes casi incomprensibles. Es hijo de Doña Asunción, viuda hace ya ni se sabe y la pobre anda mal de las piernas de tanto limpiar escaleras. El niño, el único, es el hijo de su corazón y por él ha lidiado entre escobones y fregonas desde que se vio sola, para que no le faltara de nada. Quiere mucho al señor Enrique porque se porta muy bien con el niño. Lo saca de paseo por el parque nuevo que ha hecho el Ayuntamiento; le compra chucherías y lo coge de la mano para que no se le despendole porque al niño le gusta mucho correr detrás de las palomas y al señor Enrique le da mucho miedo que le pase algo porque la criatura corre trastabilladamente, en una madeja de piernas enfundadas en un chándal que le queda demasiado corto mientras mueve los brazos como un molino quijotesco adentrándose en un revuelo de plumas y nerviosos aleteos.
– ¿Y Mariano cómo anda?, hace días que no se le escucha decir ni pío…
– Pues ahí lo tiene usted, tomando el último solecito de la tarde. La edad no perdona y como hemos tenido nublos últimamente, pues prefiero que se quede dentro, en la salita, que yo le pongo el aparato de radio y él está tan ricamente, pero como hoy hace bueno, lo he sacado un ratito, a ver si se entona.
En realidad me gusta más estar en el balcón, por lo del trajín del vecindario, pero Concha, que mira mucho por mí, tiene razón; cuando el frío aprieta, dentro estoy mejor y desde aquí también se oyen cosas. En el piso de arriba oigo el balbuceante pero voluntarioso gateo del primogénito de la familia, Luis Humberto, y escucho también los gritos alarmados de su madre cada vez que descubre al osado expedicionario en un nuevo intento de introducir sus deditos en alguno de los enchufes que pueblan las paredes y que quedan, en franca provocación, a su altura. Su nombre no es de telenovela, es que sus padres son colombianos. Lo se porque un día escuché como su madre se lo contaba a Concha en el rellano de la escalera. También le oí decir que estaba contenta de que su primer hijo hubiera nacido aquí, que en su pueblo pasaban hambre y miedo… eso dijo.
También escucho el timbre de la puerta de enfrente. Suena con bastante frecuencia y siempre están entrando y saliendo señores, diferentes a veces y otra no. Concha corre desvergonzadamente hacia la mirilla con cada nuevo “ding dong” y me dice: – ¡Mira Mariano, ya tiene María otra visita! – Yo también los veo cuando estoy en el balcón. Son altos, bajos, visten traje o ropa de faena, mayores o jóvenes, feos y guapos. Cuando se van, parece que su paso fuera liviano, más desahogado, alguno incluso se pierde calle abajo en un silboteo feliz y ufano que yo en ocasiones acompaño provocando una sonrisa cómplice en el rostro del hombre anónimo.
La visitada, María Posada, lava más blanco que nadie. Tiende sus sábanas en la ventana que queda al lado de mi atalaya. Primero las sacude con vigor para quitarle las arrugas, acompañado el movimiento de un canturreo de melodías que se escapan de su garganta y, del revuelo risueño de una blancura sin igual, se escapan fragancias a bosque y a campo y a río… Me gusta María porque siempre está cantando y a veces me río mucho, para mis adentros, porque entona dúos con alguna de sus visitas y…
– Venga, Mariano, Marianito, el sol se ha puesto y es hora de entrar, que te vas a resfriar. Mañana, si hace bueno, otra vez a tu balcón, ¿eh? Ay Mariano, si no fuera por tí que habría sido de mí desde que se me murió mi Paco…
Concha descolgó con cuidado la jaula inmaculada y brillante. Mariano saltaba en su palito, esponjando el plumón de sus alas amarillas y emitiendo un leve gorgojeo de felicidad.
– Me voy a la cocina a liar las croquetas pero te dejo con tu radio… vamos a ver… ¡ay, que alegría, Mariano, una zarzuela…!
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons



óle por el cuento!
Muy bueno, muy vivo, muy fresco.