Cuando cae la noche
Caía ya la tarde sobre aquella endiablada y caótica ciudad. En la calle empezaba a reinar el silencio, después de la algarabía diurna. Los últimos rayos de sol se filtraban a través de la ventana del hotel, proyectando caprichosas sombras sobre los lujosos muebles. El calor era sofocante y hacia el techo de caoba subía perezoso el humo elegante y antiguo de un puro habano que, abandonado hacía rato por unos labios ingratos, yacía sobre un cenicero de cristal coloreado. Dos moscas golosas se posaban una y otra vez sobre el enorme ramo de rosas rojas, enviadas por una amante ausente pero fiel. En un rincón, olvidada, una mochila de viaje que había vivido mil historias. Sobre la carísima mesa, un revoltijo de mapas viejos y mil veces caminados; y sobre el tumulto de sábanas de seda, su cuerpo, presa de un deseo mil veces deseado y mil veces complacido.
Tomó entre sus manos de dedos largos y firmes un amuleto indio que representaba a la diosa de la fecundidad y comenzó a acariciar la suave y vieja madera, evocando parajes insólitos y encuentros afortunados. Caricias prohibidas bajo la lona de una tienda en cualquier parte, bajo el mismo cielo de siempre. Labios rojos y pupilas brillantes. Cabellos en adorable desorden cayendo sobre hombros imaginados y adorados. Senos de terciopelo, de carne blanca, de pezones oscuros perlados de un sudor salado y dulce. Vientres llenos y tersos, parada obligada de cualquier viajero. Muslos entreabiertos, húmedos, invitadores, fragantes, Y siempre, siempre, la pequeña guarida del león, primero desconfiado y después dócil gracias a las hábiles manos, labios y lengua del experimentado domador.
Aquellos sensuales recuerdos, la languidez de la tarde que moría y el ambiente dulzón de las rosas propiciaron un clima adecuado para recorrerse nuevamente, para descubrirse como si fuera la primera vez. Con ojos entornados y una sonrisa de despreocupación arrojó el amuleto a un rincón y con movimientos lánguidos dejó caer el carísimo dosel de hilo, buscando un aislamiento y una intimidad necesaria. Su cuerpo entero estaba empapado de sudor y esa humedad era conmovedora. Levantó los glúteos, sintiendo como las sábanas se despegaban lentamente de su carne y comenzó a acariciarlos, primero lentamente, describiendo círculos que cada vez se aproximaban más a un abismo caliente y palpitante que parecía tener vida propia.
Sus dedos buscaron ávidos y nerviosos aquel enigmático agujero, que como un padre protector, abría sus brazos al hijo pródigo que siempre volvía. Primero introdujo uno, y tras unas leves caricias, fueron dos los invitados. El escondrijo ardía por el roce mientras en su mente se mezclaban figuras entrelazadas y sin rostro, a la vez que sus dedos seguían moviéndose a un ritmo frenético, entrando y saliendo, lacerando el agujero, pidiendo más, llegando cada vez más adentro. Su otra mano buscó rápidamente su sexo. Chupó uno de sus dedos con una lengua lasciva e inocente y con las yemas goteantes de saliva lo acarició como a un buen hijo, recibiendo rápidamente su aprobación y agradeciendo con una repentina humedad tantas atenciones. Acercó uno de sus dedos y lo olió. Aquella fragancia salada y antigua siempre le hacía perder la cabeza. Se lamió las yemas disfrutando del sabor con todos sus sentidos, percibiendo cada sustancia. Su agujero hacía tiempo que había sido abandonado y ahora eran las dos manos las que jugaban a llevar a su sexo a las puertas de un paraíso inimaginable, para volver a retroceder en el momento justo de entrar, acrecentando así un deseo difícil ya de contener. Cuando su cuerpo decidió abandonarse al paroxismo, pues era él ahora quien mandaba sobre su mente febril, notó unas manos extrañas acariciando su vientre, unas manos desconocidas y suaves, que pronto perdieron el pudor y bajaron hasta sus muslos abiertos, abriéndolos aún más. Un agudo dolor comenzaba a hacer presa en sus caderas, pero sus incipientes protestas quedaron acalladas por una lengua caliente que comenzaba a deslizarse arriba y abajo, chupando, mordiendo sin herir. Su sexo, primero sorprendido, se dejó hacer, alcanzado rápidamente un latido constante y enloquecedor. Su lengua no dejaba de moverse, inventando nuevos pecados y cuando creía que su sexo iba a estallar en millones de flores prohibidas, sintió dentro de ella una laceración nueva, un invitado desconocido que llenaba todo su ser con una frialdad increíblemente placentera. Comenzó a penetrarla una y otra vez, a un ritmo desenfrenado y esquizoide que amenazaba con arrebatarle la vida. Su vulva latía como una herida abierta, sus muslos se contraían con movimientos involuntarios. Se mordió los dedos hasta que el dolor fue insoportable y cuando su mente no distinguió claramente la realidad de la ficción, la vida de la muerte, todo estalló en mil pedazos, y la habitación desapareció y ella misma dejó de existir y sólo importaba aquel latido constante y enloquecido que poco a poco comenzaba a abandonarla dejándola existir de nuevo, pequeña y gigante a la vez. Sus labios resecos buscaron aire y sus ojos por fin se abrieron. Sonrió a aquella pequeña camarera, que con una mirada divertida e interrogante le mostraba un objeto brillante y húmedo y dijo:
- Por supuesto. El amuleto es tuyo.
La camarera se retiró sonriendo, con el olor de su sexo todavía colgado de sus labios, y ella volvió a recostarse sobre las sábanas húmedas, cerrando los ojos y dejando que su mente buscara para aquel encuentro el lugar apropiado en el cajón de los mágicos recuerdos.
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