La botella de ron

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La comisión de seguimiento de proyectos estaba alborotada. Cómo podían hacer su trabajo si la aplicación era imposible de entender, si la pestaña de gastos no se abría el tiempo suficiente, si el contraste era tan fuerte que les dolía la vista. El secretario intentaba apuntar todo para el acta, deslizaba garabatos ininteligibles, y el presidente miraba por la ventana el movimiento de las hojas de los árboles, empujadas por el viento, sujetas con fuerza a la rama. Se imaginó ser marinero, explorador, cruzar los mares intentando dominarlos, desafiar olas gigantes, buscar maravillas de otras tierras, empapado, dejando la sal de su labios en exóticos lugares. Vivir sin reglas. Sus ondeantes pensamientos fueron de nuevo interrumpidos por el vocal segundo de la comisión:

-Necesitamos una nueva aplicación. Así perdemos demasiado tiempo.

Todos le aclamaron: el tiempo. Era imperdonable, con la de cosas que tenían por hacer, malgastarlo de aquella manera. El director, sin saber muy bien cuáles eran esas cosas que tenían que hacer, mandó al secretario a llamar al informático. Esperó callado, viendo los cuerpos de los allí reunidos caer al mar, a los tiburones, mientras él reía con su botella de ron y el sonido del violín acompañaba al del agua. El vocal segundo sería el último, si, y el mismo presidente sería el encargado de empujarlo. Ron, la botella de ron, quién la tuviera a mano ahora, con el viento amenazando fuera y la comisión ladrando dentro.

Al fin llegó el informático, sin afeitar, encorvado, con el pánico asomado a sus ojos, los labios contraídos y expandidos en un incómodo tic. Demasiados años en el puesto. Se desplomó sobre la butaca y fijó su mirada en los pastelitos del centro. El presidente carraspeó.

-Necesitan una nueva aplicación. Así pierden demasiado tiempo.

Por primera vez en meses los dos se miraron a los ojos. Primero serios, luego sonriendo, al fin rieron ambos. Su risa, entre el silencio general, constó en acta como fin de reunión, y todos se dispersaron, volvieron a sus cosas, al viento, a sus cuevas.

El presidente dio varios rodeos en el camino de vuelta, compró la botella y, ya en casa, se puso el pañuelo en la cabeza. Un pirata, le dijo al espejo, y de los fieros.

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