Una historia de la calle Puertas
Si pasas por la calle Puertas una noche de marzo verás varios destellos. Al fondo el del semáforo en rojo, verde o amarillo, a los lados los de las ventanas, la de Paula, la de Julio, las de otros vecinos que pasan la velada en casa. Avanzas y a la mitad del recorrido, a la altura del número 7, se ve un letrero, el único letrero luminoso de toda la calle, rectangular, amarilla la luz, negras las letras. “Zapatos Rafael”, anuncia radiante. Lo puso Rafael, el vendedor de zapatos, hace ya mucho, intentando dar un impulso a sus ventas, y consiguiéndolo. El caso es que desde entonces el anuncio vive tranquilo, a dos metros y medio del suelo, haciendo girar las cabezas hacia él.
El letrero pasa mucho tiempo durmiendo y cuando despierta y se enciende busca siempre el brillo del semáforo, su mejor amigo. Lo prefiere a las luces de las ventanas porque éstas se apagan y se encienden sin criterio aparente, en cambio al final de la calle siempre tiene un rojo, un amarillo o un verde para hacerle compañía. Pero está lejos y ladeado, así que poco pueden comunicarse las dos luces de la calle Puertas.
A “Zapatos Rafael” le ha llegado un rumor este mes, y está inquieto. Los ecos le dicen que el ayuntamiento, como cada año, va a poner adornos de navidad en diciembre, pero esta vez también en su calle. La noticia le alegra, si pudiera sonreír sonreiría, y espera impaciente, deja pasar los días y echa de vez en cuando una ojeada al semáforo, seguro de que también estará enterado. Llega noviembre y los nervios le inundan, hasta su luz es más intensa, más densa, tanto que la pared de enfrente cierra sus grietas, deslumbrada, pero el letrero no se da cuenta, ni de eso ni de nada, sólo espera. El día 30 aparecen dos hombres vestidos de azul por completo con un camión cargado de bombillas, y se dedican a ir colgándolas de forma regular por la calle, todas pendientes de un fuerte hilo. Ese día estaba nublado, y por eso nuestro protagonista se ha despertado antes, contentísimo de lo que ve, un total de cuatro hileras de luces, ahora apagadas, dos a cada lado de él, cada una llena de bombillas sueltas que culminan en el centro formando una estrella navideña. Pronto llegará, piensa, el momento de encenderlas, y está preparado, cómo no va a estarlo tras tanto tiempo esperando. Los encargados se van, ya han terminado y tienen que comer, no miran esa luz que les desearía gustosa la buena comilona que se han merecido.
Es por la tarde y el vendedor de zapatos se fuma un cigarrillo en la puerta de su tienda, contemplando los adornos, aún sin conectar. Enciende de nuevo su letrero y lo mira, parece recordar el día en que lo instaló, quizá está también contento por lo que se avecina, tal vez se da cuenta de que su anuncio está feliz, de que son los dos los que se miran, ambos agradecidos. A las cinco y media “Zapatos Rafael” está que se funde, no puede más, y a las seis menos cuarto, justo cuando el semáforo está en ámbar, toda la calle se ilumina, todo se vuelve blanco, las ventanas se abren y allí aparecen Paula, también Julio, y no miran al letrero, pero a éste no le importa, está como ellos, feliz con la novedad. Su luz se atenúa, se mezcla con las de las bombillas, se integra en ellas, y el nuevo color golpea la pared y el suelo, y éstos abren gustosos sus grietas y se dan un banquete.
Durante más de un mes estará así la calle Puertas, elegante, presumida, esperando ser cubierta de nieve como quien busca un colgante apropiado para el vestido que acaba de comprarse. El letrero no se engaña, sabe que, con nieve o sin ella, esto terminará, que no es para siempre, pero le da igual, sólo quiere que Rafael trabaje todos los días, sólo desea no recibir la fastidiosa visita de un corte de luz. Si pudiera rezar por ello, rezaría. Ya que no puede hacerlo, disfruta.
(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons)



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