La cuadrilla

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La Agencia Pública Autónoma decidió un buen día que ya era hora de dar ejemplo con el uso de energías renovables. Su Junta de Gobierno, por orgullosa unanimidad, acordó la instalación de placas solares en la azotea del edificio.

El propietario del inmueble, en el que la agencia estaba de alquiler, aceptó la sugerencia de buen grado, siempre y cuando se le pagara una adecuada suma por el impacto visual causado. Para demostrar su buena disposición les sugirió a quién podían acudir para la obra. La empresa encargada de la instalación le explicó al gerente que harían el trabajo, sí, pero que preferían cobrar por adelantado, que ya habían tenido malas experiencias con entes públicos, que si no los pagos se hacían muy tarde, claro, y vaya plan, sobre todo ahora con la crisis. Tardarían tres días, no más. Seguro, sí, segurísimo.

La cuadrilla de instalación llegó silbando, cómo no, a la azotea. El sol les alumbraba a ellos y a una enorme cantidad de metros cuadrados llenos de gravilla. El jefe de la cuadrilla tiró el cigarrillo al suelo y maldijo entre dientes, preguntándose dónde coño habría que poner las placas, en qué parte del tejado. Esa misma pregunta se la hizo, volviendo a las oficinas, al gerente de la agencia, dónde coño pongo las placas para que luego no molesten, y el gerente de encogió de hombros y lo envió con su pregunta al responsable de mantenimiento, que ni siquiera sabía, ni quería saber, de qué placas hablaba. Así que el jefe de la cuadrilla volvió a subir, a silbar y a fumar, y se plantó otra vez delante del sol, convencido de que le harían cambiar la estructura de sitio la pusiera donde la pusiera. Dejó pasar los minutos hasta que salió bruscamente del trance.

-Yo creo que en medio irían bien.

El jefe se volvió hacia esa voz y vio a un tipo. De pie, con las manos en los bolsillos y un esbozo de sonrisa en su estúpida cara. Quién será éste, se preguntaba el jefe, y en seguida se enteró que era un nuevo funcionario de la Agencia, del grupo de contabilidad. La cuadrilla estaba ya entre el aburrimiento extremo y la insolación absoluta, así que hicieron caso al tipo y empezaron con la estructura, con alegría y buen humor. El día, tras tanto dislate, terminó pronto, y los hombres se fueron del edificio silbando, pensando unos en la cerveza y otros en el cubata que se tomarían.

Al día siguiente llovió, al otro era festivo por convenio y tras ése empezaba el fin de semana. La cuadrilla, con su jefe al frente, pasó las siguientes semanas empleada en otras batallas más urgentes, peleando con el sol, con el viento y con otros gerentes. El jefe preguntaba, fumaba delante del sol y ordenaba, coordinaba, arrimaba el hombro. Un día, en medio de una faena, dijo “¡coño!” y recordó la Agencia. Había que regresar. La cuadrilla volvió a subir silbando las escaleras del edificio y llegó a la azotea, donde se toparon frente a frente con los ascensoristas, que nunca, bajo ningún concepto, silbaban ni sonreían. En su aburridísimo tono les explicaron que habían desmontado su estructura porque estaban instalando el ascensor, que tenían el visto bueno de la dirección, que tenía que ir justo en medio y que al lado se iban a poner sistemas de refuerzo calefactor. El tipo de la estúpida cara estaba detrás de ellos, balbuceando rebuznos. El jefe escuchó todo esto en silencio y repartió un cigarrillo a cada uno de sus chicos. No había sitio bajo el sol para su estructura. Apuraron el tabaco y bajaron tristes las escaleras, silbando una triste canción mientras en ese mismo instante la Junta de Gobierno aprobaba la instalación de molinos de viento en la terraza, grandes como gigantes, y la insonorización de la sala de reuniones, “que no hay manera de trabajar con tanto trajín”, según el Acta.

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Comentarios

“(…) se toparon frente a frente con los ascensoristas, que nunca, bajo ningún concepto, silbaban ni sonreían.”

Juas, qué grande.

cada gremio tiene sus cosas, qué te voy a contar!!!

cualquier parecido con la realidad es más que probable

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