Una mala noche
Son las 23.32 y está ya cansado de conducir. Donka, el perro, duerme y resopla en el asiento trasero. La luna llena ilumina el cielo mientras la voz de Dolly Parton le acompaña por esa estrecha carretera comarcal. Le molestan las botas de montaña y está deseando quitarse todo el barro que se le ha pegado a las piernas, incluso a la barba, en alguna de sus diversas caídas provocadas por el bueno de Donka. Es sólo un momento, el segundo en el que se frota los ojos aturdidos por el sueño, y una mujer vestida con camisón blanco aparece en medio del camino, los brazos abiertos y gritando a pleno pulmón, y no puede evitarlo, la atropella antes de frenar. La ve rodar por el aire sólo durante el pequeño instante en que los faros del coche la iluminan. Jamás olvidará esa cara desencajada.
El coche está parado, el motor sigue en marcha, Dolly sigue cantando. Los ladridos de Donka le hacen salir de la parálisis y rápidamente abre la puerta para salir, pero la puerta choca con algo, algo que resulta ser la cabeza de la muerta. “Mierda”, se dice, “mierda”, y acompaña el tercer “mierda” con un ligero empujón a la puerta para poder deslizarse y salir, teniendo cuidado de no pisar el cuerpo. Una vez fuera comprueba que está todo perdido, ya no respira, ya no vive y no vivirá jamás. Empieza a llorar pero se da cuenta de que no hay tiempo para eso. Tiene que llamar a alguien, joder, debe hacerlo ya, así que busca su móvil en los bolsillos y no lo encuentra porque siempre lo deja en el coche, así que va a abrir la puerta para entrar y ve entre las sombras que Donka está muy alborotado y no para de moverse, tanto que una de sus patas se posa agresiva sobre el seguro de la puerta del conductor justo antes de que intente abrirla. El coche está cerrado: las puertas, el maletero, las ventanillas. Esta vez los juramentos de “Mierda, mierda y mierda” se escuchan en toda la montaña, los oyen los jabalíes, los pinos, los ciervos y quién sabe si alguno de los del pueblo. Sigue maldiciendo y caminando de un lado a otro: maldice al maldito perro, a su manía de dejar el móvil dentro, maldice la montaña y a la madre que la parió, maldice hasta a la difunta y se pregunta qué hacía gritando y saltando así por los caminos. Cuando deja de jurar sólo se escucha el ruido del motor y a la Parton versionando “Stairway to heaven”.
Vaya papelón, se dice, pero esto sólo lo piensa, y mientras lo hace se dirige al borde de la carretera, una zona de tierra embarrada y ligeramente inclinada, buscando una gran piedra para romper alguno de los cristales. Soluciones drásticas. Tantea a oscuras, se cae tres veces, y al fin encuentra un buen pedrusco un poco más grande que una pelota de balonmano, por cierto, su deporte preferido. Sonríe. Al volver atrás está a punto de llegar y se vuelve a resbalar y entonces se desploma con el brazo hacia delante, sujetando la piedra que cae con todo su peso sobre la cara de la muerta. Se arrodilla y llora, llora contemplando la cara destrozada y la piedra ensangrentada, toca y manosea la cara con su mano libre como intentando recomponerla, retirándole el pelo, tanteando casi a ciegas. Así, arrodillado y llorando, levanta de nuevo el brazo, buscando fuerzas entre sus penas para intentar romper el cristal, cuando aparece, en ese preciso momento, la patrulla de la Guardia Civil, iluminando la escena, provocando nuevos ladridos en Donka y golpeando con su luz los ojos de nuestro protagonista. Domingo, que así se llama, no puede ni imaginar que quizá la patrulla busca a Dolores, la desdichada mujer que escapó del manicomio hace dos días y que yace muerta a su lado, cumplido su objetivo, los ojos cerrados, la paz lograda. Son las 23.40 y Domingo está ya cansado, no dice nada, no explica, no protesta, tan sólo quiere dormir.
(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons)



Joer este hombre que no juegue a la lotería en una temporada.