Ramón y sus cosas

Palabras

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Si te despistas y llamas a tu abuela desde la calle con fuertes gritos porque no abre la puerta te puede pasar lo que a Ramón, que lo hizo tal cual mientras pensaba en la posibilidad de enviarla a una residencia. Al tercer grito una mujer pequeña y regordeta salió del portal de su derecha con los brazos abiertos, llamándole nieto, mostrando su flamante dentadura. Se le acercaba peligrosamente cuando sintió una fina mano que le apretaba con fuerza el brazo, y fue girarse y ver un esquelético cuerpo aferrado a él dispuesto a darle un beso, amenazante. Ramón se preguntaba qué coño pasaba pero no era momento para preguntas porque ya tenía unos labios en la mejilla izquierda y unas palmadas sin delicadeza en la derecha. Sus oídos recibían palabras que le decían que su abuela estaría dormida, que ya no regía, que entrara a por un chocolate, que quién sabe si no estaría muerta ya.

Unos nervios de acero harían falta para una situación así, nervios que nuestro protagonista no tenía, y si tenía algunos los perdió de tal forma que levantó los brazos con fuerza y se echó de un salto para atrás, y en dicha acrobacia defensiva golpeó a la abuela de la izquierda, por ser la más alta, y el golpe la empujó al suelo y el suelo le hizo una pequeña brecha en la frente, brecha por la que salió un hilillo de sangre que terminó por aterrorizar a la amable vieja regordeta y por hacerle chillar pidiendo socorro y llamando a la policía.

Ramón, al contar esto ante los agentes, fue mirado con desprecio y condenado a pasar tres tardes a la semana con la agredida físicamente y dos con la agredida moralmente. Se enteró mas tarde de que esos días su abuela bailaba por los hoteles de las playas, pasándoselo como nunca, mostrando su sonrisa, desafiante.

(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons)

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