El faro y los muertos

Palabras

Creative Commons License

El encargado de mantenimiento del cementerio vive allí mismo, en una pequeña casa al fondo, en una esquina. Es un tipo alto, muy alto, y su barba es larga y su cuerpo enorme. Sus manos, hace años, al cumplir veinte, levantaron esa casa con adobe y decoraron su pequeño huerto con lápidas rotas, restos de las tumbas del antiguo cementerio. Le gusta mirarlas sin más, a veces, y otras pensar en ellas y en el hombre que las creó y cuánto se divertiría al verlas ahora entre tomates y berenjenas. En ocasiones se descubre detenido ante una de ellas, Elena, siempre Elena, e imagina un bello pero difuminado rostro, un pelo suave, una mirada intensa. Sólo es un nombre pero le sirve para perder el sentido del tiempo y abstraerse en un vacío de esos que avanzan hacia dentro, hacia el centro. Es sólo un instante, o un montón de ellos. Cuando vuelve a la vida, allí entre muertos, gira la cabeza hacia el exterior, al valle, y no puede sino añorar el mar y su infancia, allá en el faro, junto a su padre. El mar, el faro y ellos dos. Ahora es parecido, pero ya no hay mar, no hay faro, no hay padre, no hay hijo tampoco. Sólo hay eso, un montón de muertos, amontonados a su espalda, y está él, está su huerto y el trago de orujo que le acompaña cada noche, antes de dormir.

(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons)

Artículos relacionados

Comentarios

mu bien! mu bien!

Deja un comentario