Un día cualquiera
Despertarme, una ducha, desayunar con la radio y mis cosas, dar un beso, dar dos, dar tres, salir a la calle, cabrearme con el tráfico y con la ciudad, trabajar, tomar café, reuniones, charlar, comer ahí al lado, trabajar más, tomar un taxi y desear mandarlo lejos, a un sitio donde nadie nos vea, apartado y oscuro, donde pueda hundir a placer ese cuchillo que habría comprado por el camino. Matarlo, meter el cuchillo en sus tripas y verlas salir y ver cómo tose, cómo sangra, cómo se retuerce y deja de vivir. Frotarme las sienes y darle finalmente al taxista la dirección del polideportivo. Jugar al squash, ganar y perder, tomar una cerveza, quizá dos, sentir que algo se ha calmado, volver a casa, recibir un beso, recibir dos, recibir tres y tal vez algún abrazo. Cenar con ellas, reposar, asomarme a la ventana, fumarme uno con la luna, apagar entonces las luces y buscar el sueño y el silencio.
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Un poquito más de sol y música sabrosona y te habría llamado Dexter