Papers, autores y jefes
El otro día me comentó una amiga que por fin van a publicar un paper con un trabajo que hizo hace X años (sí, X, a veces desconecto) y que aparecería como autora.
Hasta ahí todo normal, alegría, felicitaciones… Pero instantes después llegó la pregunta:
- “¿Pues sabes que también van a poner a menganita y a fulanito como autores…?”.
Miré al techo, resoplé, apagué los aparatos eléctricos, conecté el manos libres y me desplomé en el sillón.
- “¿Ah sí…?”
- “¡¡SÍ!! ¿y quieres que te cuente lo que han hecho ellos??!!”
Obviamente mi respuesta no sería tenida en cuenta.
Tras quince minutos de injusticias, sinvergüenzas y sanguijuelas la historia volvió a centrarse en la idea inicial, en la buena noticia.
Tampoco tiene nada de especial, pensaréis. Quién más quién menos ha escuchado historias similares. Pero sí tiene algo de especial: que yo soy ese “Quién más”.
Materiales y Métodos
Ya ni recuerdo la primera vez que me contaron la injusticia de los papers, los autores y los jefes. Puede que fueran mis padres para que me durmiera. Y desde entonces no ha parado el zumbido, años, décadas… El caso es que, sin haber pisado un laboratorio, me considero un experto en el tema. Es por eso que intentaré explicaros cómo funciona realmente la investigación.
A ver. Se resume básicamente en esto: si tú haces un trabajo, el autor será tu jefe. Y sus colegas. Y luego tú.
Por si algún investigador se ha perdido lo acompañaré de un gráfico (dibujo), publicado originalmente aquí:
Lo sé, lo sé, los que lleváis bata blanca no entendéis nada. No desesperéis, yo os lo traduzco.
El primer autor: Doctorando de último año. Hizo los gráficos.
El segundo autor: Doctorando del mismo laboratorio que no tiene nada que ver con el proyecto pero que frecuenta las reuniones del grupo (normalmente por la comida).
El tercer autor: Becario que tomó las muestras, realizó los experimentos, analizó los resultados y redactó el artículo entero. Le parece bien ir tercero.
Autores de en medio: Estos nombres no los lee nadie. Reservado para estudiantes y técnicos.
El penúltimo autor: Investigador sin plaza (prof. asociado, posdoc…) que ideó el paper.
El último autor: El Gran Jefe. Ni siquiera se ha leído el paper pero consiguió los fondos y su reputación hizo que aceptaran el artículo.
Resultados
Es duro, pero la Historia de la Ciencia se ha escrito así. Y la verdad es que deberíais estar agradecidos.
En 1988 Carolyn Phinney completaba una beca posdoctoral en Michigan. Estaba haciendo un estudio acerca del aumento de sabiduría con la edad y parecía ir por buen camino. Perlmutter, en calidad de investigadora principal, le dijo que entregaría ella la petición para su publicación. Y lo hizo, solo que no citó a Phinney. Se entabló un pleito y la Universidad tuvo que pagar 1,67 millones de dólares más intereses a Phinney que, aún habiendo ganado el caso, había perdido diez años de su trabajo y con ellos su carrera investigadora.
Peor le fué a Heidi Weissman, científica en el campo de la medicina nuclear. Su jefe de departamento, Leonard Freeman, trató de apropiarse un trabajo suyo. Heidi lo denunció y ganó el caso en una corte federal, pero la expulsaron de su trabajo. Mientras ella tuvo que pagarse el abogado, el centro médico defendió y pagó el caso a su jefe. Poco después le ascendieron.
Pero mi historia favorita es la de Joe Hin Tjio, experto en genética vegetal nacido en Java.
Tjio dirigía un equipo de trabajo en citogenética en Zaragoza, pero en vacaciones viajaba a Suecia para investigar en el Instituto de Genética dirigido por Albert Levan.
En las navidades de 1955 (un 22 de diciembre) hizo su gran descubrimiento. Estaba tratando de desarrollar nuevas técnicas para separar los cromosomas. Aquel día trabajaba con tejido pulmonar humano y, para su sorpresa, descubrió que sólo teníamos 46 cromosomas y no 48 como se pensaba entonces. Los contó una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, hasta asegurarse de que no era él quien había cometido el error.
Muy excitado, redactó el artículo pensando en las más prestigiosas revistas. Pero el director del centro, Levan, debía encabezar el artículo. Recordemos que no solo no había contribuido en nada a la investigación, es que en el momento del descubrimiento Levan estaba de vacaciones (que, dicho sea de paso, es el estado habitual de los jefes en el mundo de la investigación).
Cuando Levan regresó de su merecido descanso Tjio le dijo (a ver si aprendéis) que no iba a permitir que figurara él como primer autor:
- Si quiere ser autor, deberá hacer usted el trabajo.
Levan no cedió. Ni en lo de aparecer como autor ni en lo de trabajar.
El javanés, desesperado, amenazó con tirarlo todo por la ventana. Levan le dijo:
- No lo hagas. Pertenece a la ciencia. (Este tío es mi ídolo)
En el número del 26 de enero de 1956 de la revista Hereditas apareció un artículo titulado “El número de cromosomas del hombre“. Sus autores: J. H. Tjio y A. Levan.
Discusión
Pero estos relatos, estas historias, aunque no lo parezca nos ofrecen Esperanza.
Esperanza de que, gracias a estas penosas experiencias, el resto del mundo conozca la cara oculta de la ciencia: hipocresía, explotación, política.
Esperanza también de que vosotros, investigadores, becarios, asumáis que esto ha sido, es y será así siempre.
Y Esperanza de que, una vez asumido, ninguno de vosotros vuelva a darme el coñazo con sus historias de papers, autores y jefes.
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Comentarios
Yo creo que algo similar ocurre también en ocasiones en el resto del mundo empresarial: el jefe encarga el trabajo a su adjunto, éste lo hace todo o casi todo, y el jefe lo presenta ante el Comité de turno atribuyéndoselo como propio.
Entiendo que depende de la suerte o desgracia que cada uno tenga con sus superiores, aunque por lo que escribes parece que en el mundo de la investigación estas injusticias se dan con mucha frecuencia.
Je je, muy bueno.
Tres cosas sobre el post, una por conclusión:
-El mundo de la ciencia no es ni más justo ni más injusto que otros. Está lleno de desalmados que aprovechan el trabajo de ilusionados que perderán la inocencia ante tanta tropelía. Publicar es lo único que cuenta. En este caso la avaricia no es tanto por dinero sino por prestigio. Hay honrosas excepciones.
-No estoy de acuerdo en “esto ha sido, es y será así siempre”. Lo hacen las personas, lo permiten las personas. No siempre pasa (habría que definir bien “esto”). Y que alguien se queje de que aparece el gran jefe merece que cerremos las orejas…
-Cerrar las orejas: es imposible. Ante eso algunos hemos desarrollado, a base de mucho entrenamiento, un status mental que permite que las palabras fluyan a través de tu cabeza sin detenerse, sin rozar ni una neurona, y así salen por donde pueden sin dañarnos en absoluto. Cuando todo termina no recuerdas nada. Nada. Es perfecto. Se que sabes.
Ale, a seguir con esta sección!!
Creo que en el mundo de la investigación estas prácticas están más permitidas que en otros ámbitos; algunas incluso institucionalizadas.
Lo de “esto ha sido, es y será así siempre” más que una reflexión era un intento de acabar con cualquier atisbo de rebeldía, no como fin sino como medio para evitar tener que utilizar la técnica del cerrado auditivo.
He perdido práctica.
Al final me ha salido demasiado serio el post…
Porque presto atención en 1 de cada 10 conversaciones que tengo con investigadores.
Mi cerebro habrá asimilado unas 40 historias como estas.
Haz cuentas.



Amen.