Mosaico de las llaves

Palabras Relatos

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AZULEJO 1.

Mientras el agente Sobrado Pérez luchaba encarnizadamente con su bragueta intentando liberar un respetable miembro al final del cual se encontraba una vejiga repleta (y la puñetera cremallera que no baja) pensaba, con su filosofía de hombre poco instruido pero cabal, que efectivamente la realidad supera la ficción y que todos sus años de servicio no suponían en absoluto un antídoto contra la capacidad de sorprenderse.

Mientras el agente Sobrado Pérez conseguía aliviarse por fin, (es que no tiene uno tiempo ni para mear) pensaba, con su vocabulario elemental pero certero, que (hay que joderse) con el tiempo, había conseguido mantener las tripas en su sitio ante la visión de un cadáver destrozado en la cuneta de una carretera de segunda (pobre chico, tenía tanta vida por delante) porque al final, un muerto es un muerto y todos tenían madre o novias, o novios o amigos que lo extrañarán, pero, Sobrado, ese no es tu problema, lo importante, se había repetido desde siempre, es no entrar en el drama humano con el que tan íntimamente está relacionado tu trabajo.

Pero ahora, el agente Sobrado Pérez se enfrentaba a un asunto que lo desbordaba. Acostumbrado a lidiar con personajes de la peor calaña, plagados de cicatrices y tatuajes de dudoso gusto (te follé, Juani), el aire de desvalimiento de la detenida que esperaba en la sala de interrogatorios dejaba a Sobrado más desvalido aún, no sabiendo si se enfrentaba a una verdadera mente criminal o a un evidente caso de heroicismo urbano.

El agua de la cisterna corrió perezosa por la desgastada y amarillenta superficie del water, y, percatándose de que dos pequeñas gotitas, en un acto de rebeldía, no habían querido seguir el camino hacia el mar con sus hermanas, acabó de abrocharse la bragueta y no hizo nada más, alegrándose de la existencia de los baños de tíos, donde nadie te califica de infrahumano, por total, mearte fuera del water (que hay cosas mas importantes, no me jodas).

AZULEJO 2.

La abuela Rosario había preparado unas croquetas estupendas con toda la carne que le había sobrado del cocido del mediodía, ternera, pollo, rabo, (topalante), porque a sus nietos les encantaban y su nuera no tenía tiempo más que para comprar en el Mercadona esas infames croquetas de bolsa, (hombre, por dios, no han visto la carne ni por asomo), y aunque la tarea le había llevado toda la tarde no le importaba, porque la abuela Rosario no sabía comprar regalos bonitos para sus nietos, y tampoco podía comunicarse con ellos ya que, hacía mucho tiempo había descubierto que no hablaban un mismo idioma, pero los alimentaba, los alimentaba con guisos de habas y los quería con dulces de leche, y se ganaba su favor incondicional a base de lentejas con chorizo y natillas con galleta maría, y de esa manera, mientras ellos devoraban y ella les llenaba el plato una y otra vez (mamá, no le pongas tanto a la niña, que se va a poner muy gorda), el milagro de la comunión humana se producía, apenas sin palabras (que bueno está esto, abuela ), cada vez que los nietos iban a comer a casa de la abuela Rosario.

Las manos coloradas que van una y otra vez al viejo delantal (estuve en París y me acorde de ti), dejando en cada pellizco, en cada restregón, un poco de masa, un poco de bechamel, un poco de gloria.

Las croquetas yacían ya como almohadillados fusilados en la fosa común que suponía la bandeja de porespan que antaño contuvo unos desabridos y decepcionantes pimientos del padrón. Como sudario común, una servilleta de tela, de las de toda la vida.

La abuela Rosario había terminado su tarea, la cocina inmaculada, las ristras de pimientos secos colgando de una puntilla a punto de suicidarse, los imanes estridentes de la nevera (estuve en Roma y me acorde de ti), la basura, dentro de una bolsa del Covirán, al lado de la puerta sobre un papel de periódico. (ya bajo luego).

La abuela Rosario enciende la televisión y vuelve a enfrentarse, con ninguna confianza, al reto del mando a distancia y a su ilógico mundo de botones de colores, para seleccionar esa cadena que pone ese programa tan como los de antes. Se suceden, para su deleite, imágenes de niños-viejos que cuentan chistes y dan miedo, folclóricas mediocres que también dan miedo y presentadores sobre los que todo el mundo está en el milagroso punto de consenso de que “es muy simpático”. Pero, rompiendo la magia audiovisual, un pensamiento acude a su mente. La basura. Y en un ejercicio básico de ideas asociadas, a continuación, su cerebro, recordó: los coches. Los coches de la acera de enfrente. Los que los desaprensivos dejan todas las noches aparcados encima de la acera, obstaculizando el paso de cebra, y el acceso a los contenedores. Haciendo de tirar la basura una aventura épica con multitud de obstáculos: el tercero sin ascensor, la pesada puerta de hierro forjado del portal, la calle, sin más, llena de almas maléficas dispuestas a atacar a una pobre anciana, y para finalizar, los coches aparcados encima de la acera, noche tras noche, rodeados por un escudo protector anti-grúa.

La abuela Rosario se acercó a la ventana, apoyada en su bastón, rumiando alguna plegaria destinada a la intercesión divina, pero al descorrer las cortinas la realidad se impuso con cruento descaro, sin poner en duda, por cierto, en ningún momento su fe. Colonizando la acera, seis vehículos, entre ellos, un todoterreno 4×4 que reinaba en el espacio que otrora perteneciera a la tríada papel, vidrio, orgánica.

La barbilla de la abuela Rosario tembló, primero imperceptiblemente, después con exhibicionista rictus rítimico. La indignación anegó sus ojos y dos gordas lagrimotas rodaron por sus mejillas. Y la venganza brotó, en su corazón, con la misma rapidez que la abuela Rosario se secó las lágrimas con el puño de la chaqueta, por supuesto, de lana.

Recogió la bolsa, empuñó su bastón y se dirigió a la puerta, rumiando el placer anticipado de lo que iba a suceder. (no te olvides de las llaves, recuerda la última vez, que tuvo que venir el cerrajero y te cobró 50 euros).

(El tema del ascensor es cosa de la Comunidad, como lo de la puerta, y si los vecinos no nos ponemos de acuerdo, qué le vamos a hacer, pero lo de los coches es culpa de cada uno de esos incívicos que no respetan nada ni a nadie).

La abuela Rosario consiguió colarse por el hueco que dejaban un Rover y un Fiat Punto y avanzar con lenta determinación hasta el contenedor de orgánica que se encontraba exiliado en la zona más alejada de la escasa acera existente. Levantó la tapa, arrojó dentro la bolsa, volvió a cerrar, pero sus ojos no vieron ninguno de esos movimientos. Sus ojos estaban puestos sobre la insultante belleza brillante de la pintura negra del 4×4. Inmaculada. Virgen. Las llaves estaban en el bolsillo de la chaqueta.

Su mano firme acudió al bolsillo, extrajo las llaves (esta es la de la casa- demasiado redonda-, la del buzón-demasiado pequeña), la del portal- picuda, con aristas, letal-.Sublime elección.

Un rápido y certero vistazo alrededor bastó. Ni un alma. Nadie en las ventanas. Ella, su arma y su víctima. A continuación, con precisión quirúrgica, la abuela Rosario incrustó la llave del portal sobre la metálica piel del vehículo, imprimió a su mano toda la fuerza que no sabía que tenía. Avanzó implacable, desde la parte trasera hasta la delantera, a la altura del embellecedor. Una única, recta y magnífica estría adornada de pequeñas virutas. La bestia, herida de muerte. Qué pensaría su jinete a la mañana siguiente cuando descubriera el cuerpo ultrajado de su montura.

AZULEJO TRES.

“Eso sólo fue el principio, mi teniente. Por lo visto esta señora, esa misma noche rayó todos los coches que se encontraban encima de la acera y en la luna delantera de uno que se encontraba bastante descuidado, escribió “ayuntamiento maricón”. Lo hizo varias noches más, por lo menos en cinco ocasiones, según los testimonios de los propietarios de los vehículos. En total, unos veinte coches y unas cuantas motos. Una pasta. Los dueños de los coches se pusieron de acuerdo para instalar una cámara de seguridad y así fue como se descubrió el pastel. A la segunda noche de estar instalada la señora atacó de nuevo. Había perfeccionada la técnica y ahora utilizaba una estrella ninja, que vete tú a saber de donde la habrá sacado, pero que jodía mucho mas que las llaves. La identificaron en seguida. Ella no niega nada. Dice que volverá a hacerlo en cuanto la soltemos si el Ayuntamiento no toma medidas. Los vecinos han montado una plataforma de apoyo, han impreso chapas y camisetas con la cara de la abuela, a la que la prensa ya califica como “la superwoman de la tercera edad”. El alcalde está que trina. Mala publicidad. Eso es todo, mi teniente”.

El agente Sobrado Pérez había contado a su superior, punto por punto, todo lo que había sobre el “expediente abuela”. La señora era encantadora y hasta le había enseñado las fotos de sus nietos, que tenían pinta de pre-porreros de barrio bien. Claramente estaba a su favor e incluso entendía su dilatado historial de atentados contra la propiedad ajena. (a veces, la gente, tu prójimo, te acaba tocando los cojones).

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Comentarios

muy bien!!!

¡Virtu ha vueltooo!

Bien por tu mosaico.

Qué punto…
…Genial

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