El, ella y el bar.
Como cada día sale de trabajar a las ocho y se dirige directo al bar, caminando a grandes pasos, mirando al frente. Entra y saluda, y todos le responden, y deja su chaqueta apoyada en esos viejos periódicos que esperan, sobre cajas de vino, a que les llegue el día. Se sienta en su taburete, coge un periódico y recibe la primera jarra de cerveza. Lee tranquilo, pausado, y parecen no molestarle las charlas y risas de sus compañeros de barra. Su barba se va manchando de espuma y él, sin dejar la lectura, se la va limpiando con el servilletero que el camarero ha dejado al lado. Hoy, se dice entre página y página, volveré pronto.
A las 7.30 de esa misma tarde ella sale de la peluquería. Se mira en un escaparate y gasta varios minutos tocándose el pelo, por aquí y por allá, frunciendo el ceño, arrugando aún más su cara. Se queda quieta en la acera, pequeña como es, con las manos cogiendo el bolso, murmurando a saber qué cosas. Tras un tiempo se decide a andar, y lo hace lenta, a pasos pequeños, entornando los ojos. Su cara se llena de tics, interrumpidos de vez en cuando para esbozar una mueca de dolor. Entonces se para, mira sus zapatos, suspira y comienza de nuevo.
A las 8.30 él ha acabado su segunda jarra. En silencio vuelve a ser llenada de cerveza. El plato de cacahuetes sigue intacto en la barra de madera. Escoge otro periódico y se repite a sí mismo que esta será la última. Mira al suelo y ve las servilletas, cuatro por jarra, ocho en total, rodeadas de diversas colillas arrastradas en la tarde y de las inevitables cáscaras de cacahuetes. La gente del bar no ha cambiado mucho, ahora se habla de la sequía, de a ver cuando viene el agua, y uno del grupo del rincón del fondo comenta que en su pueblo no llueve desde hace meses, y se asombran, pero en seguida es superado por el grupo de en medio, en el que aparece un joven que conoce a uno en cuyo pueblo no llueve desde hace dos años. Tras la lógica incredulidad surgen nombres, surgen fechas y surgen coincidencias. “Más botellines”, se escucha, mientras el resto vuelve a lo suyo, riéndose de las casualidades, girándose a la tele.
Son las 8.36 y ella está cansada ya de caminar. Se queda quieta y ve, en la acera de enfrente, el nombre de un bar. No sabe qué hacer, se siente perdida, está oscureciendo y la ciudad se va llenando de frío. “¿Qué hago?”, se dice en voz baja, “¿Voy o no voy?”. Resopla tras la pregunta, aburrida. Cruza la calle, abre con esfuerzo y entra en el bar. Los de la puerta la miran extrañados, pero el camarero, curtido en fotos y en historias de la barra, reacciona rápido.
-Oye-le dice a él-creo que está ahí tu suegra.
La barba, con su cara, se levanta y mira, primero al camarero, luego hacia la puerta. Ahí la ve, mirando alrededor sonriente.
-No me fastidies…-dice.
Deja todo, coge la chaqueta y se dirige a ella, que también se acerca.
-Pero,¿Qué haces aquí?-pregunta, elevando el tono de voz.
Ella, desde abajo, responde,
-Me he perdido, mira, y como me sonaba el nombre de que lo nombrabas tú, pues eso, he entrado.
Lo mira a través de sus grandes gafas con una risilla traviesa y encoge los hombros.
-Venga, venga, vámonos y luego hablamos. A quién se le ocurre…
Naturalmente, todos en el bar miran a la extraña pareja, a ese hombre alto, barbudo, bien vestido con su chaleco de rombos y su corbata, a ese cliente silencioso que sólo habla con el camarero. A su lado está esa mujer mayor, diminuta en comparación, que no deja de sonreír y que ya se ha sentado en uno de los taburetes pequeños. En ese momento suena el móvil.
-Dime-responde él.
-Escucha, estoy preocupada-la voz es nerviosa-no encuentro a mi madre. He ido a buscarla a la peluquería pero he llegado tarde, ya se había ido. Y no está en casa! Ay, Dios mío…
-Mira, mira-carraspea- no me hables. La tengo aquí, sentada en el bar, con esa cara de mosquita muerta que pone. Se ha perdido y, no preguntes cómo, ha aparecido aquí.
Mientras, ella se levanta y pide un refresco. El camarero duda, él le dice que no con gestos, pero al final, como buen hombre de bar, se lo pone.
-Y ahora se acaba de pedir un refresco. Tu madre es que tiene unas cachazas…Y tú también, que mira que llegar tarde, ¿cómo la dejas sola?¿no podías mandar a ninguno de los chicos?
La voz al otro lado, más tranquila pero aún alterada, responde.
-No, ya te lo dije, hoy les era imposible, que no te enteras. Tenían clase hasta tarde. Aquí nadie tiene tiempo, ya sabes, sea por el trabajo o por lo que sea, y yo hay veces que no llego. Y eso que los chicos ayudan muchísimo, pero claro, ellos tienen que ir llevando su vida, digo yo.
-Bueno, mujer, siempre nos las hemos arreglado- Suspira y carraspea. Se quita las gafas y se frota los ojos-De todas formas ya mismo me la llevo.
-Desde luego esta mujer se entera de lo que quiere. Al menos de algo ha servido esa afición tuya por el bar.
-Vale, no empecemos.
-Vale, adiós.
Cuelga y comprueba que todos, con más o menos disimulo, les siguen mirando. Se siente colorado, y lo está. Se pone rápido la chaqueta y paga, ella sigue mirando alrededor, hacia arriba y sonriente.
-Hasta mañana-le dice al camarero, que le devuelve el saludo y lo acompaña con un “Hasta mañana, señora”. Los ve marchar, lentos, él agachado para poderla guiar, ella despidiéndose con la mano de la clientela. Al salir del bar recoge la jarra y se pone a fregar, mientras le comenta a un cliente,
-Por lo menos éste hoy cenará caliente.
El cliente sonríe, paga y se va, y el resto casi ni se entera.
(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons)



Consigues hacer algo inicialmente cotidiano e incluso anodino, tremendamente interesante. Lo he devorado en un segundo. Enhorabuena.