La familia y él, y ella.
K. fracasó. Lo hizo todo mal, rematadamente mal. De entrada se equivocó con la puerta y llamó al tercero izquierda en lugar de al tercero derecha. Entonces salió una mujer, una bella mujer con un blanco camisón que insinuaba unos blancos y espléndidos pechos. El olor a apio invadió el rellano. Ella clavó su mirada azul en su aturdida cara y él no dijo nada. Debía haber aparecido M., debía estar sólo y él debía haberlo matado, sin más, de un disparo. Y M. apareció, pero saliendo por la puerta de enfrente, dando los buenos días, evaluando la situación y bajando con rapidez las escaleras. K. tardó en responder: bajar las escaleras, de dos en dos, de tres en tres, caerse y aplastarse la nariz, levantarse maldiciendo, salir a la calle y ver como M. también tenía su ración de mala suerte al no poder arrancar el coche. Se acercó a la ventanilla, sacó la pistola y apuntó directamente a la cabeza. Aspiró sangre y mocos. Bajo un sol de cuarenta grados apretó el gatillo y la bala no salió. Se había atascado. Lo intentó una y otra vez mientras M. hacía lo mismo con el contacto del coche hasta lograr arrancar y salir disparado de allí. K., presa de la frustración, indignado ante el enésimo ridículo, tiró con fuerza la pistola al suelo y pasó lo que tenía que pasar. Se disparó y la bala acabó en el depósito de gasolina de su vieja moto, que ardió sin contemplaciones.
K. volvió a entrar en el edificio y a subir las escaleras. Ningún asesinato. Pensaba en la cadena familiar, toda una tradición de emisarios de la muerte, que inevitablemente él iba a romper mientras se limpiaba la nariz y llamaba de nuevo al tercero izquierda. Se quedaría con ella y comería verduras cocidas con patata día tras día. Tenía que volver a verla, tenían que estar juntos. Había sido una señal. Estaba cansado de fallar, de no saber qué ni dónde, de divagar y decepcionar. Quería su blanco camisón y dejar atrás esa fastidiosa úlcera. Volvió a llamar al timbre. Papá se enfadaría, pero no iba a volver a casa. Algo nuevo le esperaba tras esa puerta que no se abría.
El puñetazo le terminó de destrozar la nariz y le dejó un buen rato conmocionado. Cuando se incorporó vio a su hermano, con la toalla por la cintura, frotándose el puño y maldiciendo en voz alta. Ella estaba a su lado y seguía en blanco, sosteniendo en la mano una raída zanahoria y fijando en él su mirada limpia y azul. La vida es una mierda, se dijo K., y está llena de ilusiones.
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¡Cuántas cosas han sucedido!
Me cae bien M., me alegro por K. y me encanta el hermano.
Tremendo.