El informe

Palabras

Solicitar un informe de vida laboral. A primera vista parece sencillo, ¿no? Pues nada más lejos de la realidad…
Oficina de la Seguridad Social, 9 de la mañana (antes no abren, claro, así tenemos que perder un buen rato de trabajo). Se supone que uno se acerca hasta la oficina para que le atiendan personalmente… pues no. En la ventanilla te mandan a un teléfono conectado con alguien que quién sabe dónde está. Ese alguien te pide los datos para hacer la solicitud y… ¡ay! no coincide tu dirección con la que ellos tienen (hace 5 años que estás empadronado en esta otra dirección, pero ¿para qué? Si no se transmiten los datos de unas administraciones a otras). Y lo que es peor, si no coincide, no te lo puede cambiar la persona que está al otro lado de la línea, eso sí hay que hacerlo personalmente: “ve a la oficina”. ¿Y dónde cree que estás? En fin, coges número, haces la cola para simplemente cambiar la dirección y ya de paso hacer la solicitud que, ¡milagro!, ahora sí se puede hacer en persona (¿que habrá pasado en esta última media hora?). Por supuesto, no podía ser tan bonito, el informe lo mandan por correo a tu casa, no pueden dártelo al momento… ¿o puede que sí? Parece ser que con un justificante de que es urgente te lo harían al instante… ¡interesante!

Bueno, confías, sin saber por qué, en que esta vez llegará y esperas, te han dicho una semana. Sorprendentemente, a los seis días aparece en tu casa la esperada carta. ¡Al fin! La abres, te fijas en los datos y te llama la atención un detalle: te están restando días cotizados por pluriempleo. ¿Cómo? Si nunca, jamás, has trabajado en dos sitios simultáneamente…

Ah, claro, ya ves el fallo: resulta que el mismo ministerio que te está reclamando el informe de vida laboral para comprobar tu historial te tiene dado de alta. Así que consta que, además de en tu empresa, estás trabajando para ellos. Curioso. Total, que hay que arreglar este malentendido, porque con lo que cuesta conseguir un contrato y poder cotizar algo, sólo falta que te lo quiten por un error burocrático. ¿A quién acudir? Pues al ministerio en cuestión…si tuviera sede en tu ciudad, pero a falta de ella, a la subdelegación del gobierno. Allí no pueden hacer nada, ¿por qué será que ya ni te sorprende? Sólo te proporcionan un número de teléfono (esto te suena) al que llamas varias veces sin éxito, con el agravante de tener que escuchar la típica grabación: “Todos nuestros agentes están ocupados, en breve será atendido, no cuelgue”. ¡¿Será posible?! Al fin oyes una voz realmente humana al otro lado, pero evidentemente, no es de la persona que se encarga de esos asuntos. Te dan otro teléfono. Con toda la paciencia que te queda, muy poca por cierto, llamas a ese nuevo teléfono. Cuando por fin hablas con alguien que sabe del tema, te lo solucionan al momento, en un segundo te han dado de baja del trabajo en el que acabaste hace dos años, bien por la rápida actuación. Hay que decir que tu tono de voz puede haber resultado algo indignado y amenazador, lo que quizás haya ayudado a aumentar la eficacia del interlocutor.

Para comprobar que todo ha ido bien, debes volver a la oficina de la Seguridad Social y pedir tus datos, así como un nuevo informe de vida laboral (no hay que olvidar el origen de todo). A ver quién es el guapo que hace el trabajo que tenías tú pendiente esta mañana…En fin, te resignas y vuelves a hacer la cola, esta vez con el justificante de la urgencia para que te lo hagan al momento. Todo muy sencillo, o eso parecía. Resulta que ese justificante sólo sirve si la urgencia es tan urgente que es el último día para entregar el informe a la administración que lo solicita. ¡¿Qué?! Pero, ¿cómo hemos llegado a esto? La indignación es patente en tu cara y en tus palabras. Y el funcionario te suelta un discursito sobre la cantidad de trabajo que tienen y la poca gente que hay para trabajar, etc., etc., lo que no hace más que confirmar tu desconfianza en las administraciones. Si de verdad necesitan gente, que la contraten, ¡como si no hubiera población desempleada esperando esa oportunidad! ¡Uf! Al final, con según qué personal es mejor no discutir, así que vuelves al puto teléfono en el que una máquina te pide tus datos para que en una semana te llegue el informe de las narices. Y bueno, ya está, te dices. Por lo menos tienes el justificante de haberlo solicitado, por si no llega a tiempo. Ya sólo quedan siete días naturales para que termine el plazo de diez hábiles que se te dio en un principio. Y bien, al sexto día llegará de nuevo la carta, esta vez correcta. ¿Eso creías? ¡Ingenuo! De esa solicitud hace ya más de un mes, y sigues esperando la carta.

Epílogo: 9 semanas. Sigo esperando la carta.

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Comentarios

Me encanta el justificante de urgencia que sólo sirve si la urgencia es extremadamente urgente.

Cuando te llegue la carta avísanos.

jeje está muy bien la narración, me ha divertido e indignado casi a partes iguales (a ti imagino que sólo lo segundo…).

Yo hace poco tuve que renovarme los papeles del coche (me lo abrieron y se los llevaron). Habría preferido que el ladrón se llevase el coche entero y me hubiese dejado los papeles, menudo infierno. Desde entonces los llevo dentro de una carpeta que paseo por todas partes, nunca los dejo en la guantera.

qué angustia! muchos días me haría asesino múltiple…

el funcionariado español, uno de los cánceres de esta sociedad………..con perdón a los aludidos….bueno no

¿llegó ya la carta?

24 Febrero, 17:57

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