Corto cuento, sin amor
Elfandro, el analista, pasa todas las tardes tumbado en el sofá. Se levanta para mear en torno a las 17.17 y ya no se mueve hasta las 21.21, cuando se incorpora para cenar lo que sobró de la comida, que sigue en la mesa del salón. Durante esas horas no hace más que ir cambiando de postura para no entumecerse demasiado. Algunas veces pasa un rato sentado y otras se tumba boca abajo, y entonces le sopla al cojín. Poco más.
En cuanto a actividad mental, Elfandro pasa las tardes concentrado exclusivamente en no pensar en nada que no sea su posición en ese momento. Va percibiendo cada parte de su cuerpo y siente cuales se sienten bien y cuales no, y en función de eso decide variantes y modificaciones de la postura y prevé posibles inconvenientes. Si abre los ojos es porque le apetece distraerse un poco contemplando la estantería, con sus lomos de distintos colores, o la lámpara del techo.
Por las mañanas trabaja mucho, analiza, y de vez en cuando se pregunta de qué hablará la gente en las cafeterías, que se tendrán que decir día tras día, que les provocará tanta risa cuando no hay nada que celebrar. A Elfandro le duelen las voces del autobús y los ruidos de los colegios.
Elfandro es todo un personaje. Pero sobre todo es tonto, y por eso no tiene salvación.
(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons)



¡Ja, ja, ja! Elfandro acaba de entrar por la puerta grande en mi galería de personajes de ficción siempre presentes.
“prevé posibles inconvenientes”… qué bueno, man.