Cuentos ajenos
Nunca debí copiar esos cuentos. ¿Quién me iba a decir que yo, figura de las palabras y sus conjunciones, maestro de las comas y los puntos y aparte, acabaría así, como un vulgar letrero? Debí haber aceptado el declive. Asumirlo y buscar entonces una salida honrosa hubiera sido lo más inteligente. Estaba casi seco. Al encontrarme sin inventiva ni imaginación, día tras día frente a una página en blanco, temí por mi oficio, pero temí también por mi fama y mi dinero, por mi silla en la academia, por mi sofá en las delirantes fiestas, tan frescas y sensuales, de los jueves por la noche. Si no sacaba nada, todo se acabaría.
Visto ahora, tenía otras opciones. Podía darme un tiempo, irme de vacaciones, esperar que mi creatividad volviera a su cauce habitual. Ni me lo planteé. Si mis cuentos eran referencia no podía ausentarme, pensaba. Sin saber que hacer paseé por las calles y no encontré nada. Navegué entonces por la red y apareció un blog, un blog de cuentos firmado con el curioso nombre de Bruma. El blog era rudimentario, muy sencillo, pero los cuentos eran una delicia. Quedé profundamente impactado por su lectura y durante varias noches los tuve continuamente en mi cabeza. Cuentos desprotegidos legalmente, pensé. La idea era tentadora y no me abandonó hasta que decidí probar suerte: copié uno y lo publiqué con mi firma. Tenía mis ideas para salir del paso si el autor levantaba la voz, pero no pensaba que lo fuera a hacer. La batalla sería demasiado dura para él y no haría sino darme más publicidad. El cuento salió y fue un éxito. El maestro se reinventa con elegancia, aclamaron los críticos. Seguí copiando y creciendo, siendo más famoso, más rico, más buscado en las fiestas de los jueves.
Fui tonto. Los cuentos eran asombrosos, combinaban ritmo y acción con brillantes diálogos, se dejaban leer como a galope dejando siempre un firme poso en tu cabeza. Cada vez eran mejores. Bruma, además de ser sorprendentemente regular en su trabajo, sabía escribir muy bien y superarse continuamente. Pero llegó el momento, tras meses de despreocupado triunfo, en que no publicó nada en su blog. Pasaron los días y nada. Mi temor fue en aumento hasta que apareció publicada la siguiente nota: “Adiós, lectores. Estoy seco. Me encuentro sin inventiva ni imaginación, día tras día frente a una página en blanco. Debo cambiar de oficio”. No podía ser, me decía. Esos eran mis pensamientos y esto no podía ser más que una cruel burla. Mi prestigio, nada menos, se tambaleaba. Paseé por las calles con la cabeza en llamas, me miré en el agua del río y contemplé mi rostro, desfigurado y turbio. Intenté volver a escribir pero mi cerebro era incapaz de generar nada original, sólo salían frases de los cuentos de Bruma. Sólo sus diálogos, sus aventuras, sus encuentros amorosos, sus metáforas, sus elipsis. Todo era suyo. Volví a las calles y a las plazas con la razón perdida y grité que me habían engañado, que me habían secado del todo, que me dejaran tener, al menos, otra oportunidad. Era demasiado tarde. Conté mi historia a los enfermeros que me llevaban a la clínica y, cuando desperté de la sedación, ya me estaban expulsando de la academia y de sus fastos.
Todo fue muy rápido, sí. ¿Cómo aceptar en minutos lo que no has sido capaz de asumir en meses? No fui capaz de saber lo que era. Ahora trabajo haciendo letras de madera para establecimientos rústicos, y se me da bien. Bueno, las curvas de la S me siguen dando algún que otro problema, pero aprenderé. Me esfuerzo. No se nada de Bruma, ni creo que lo sepa nunca. Sólo tengo esto, mis pensamientos lanzados al aire, y mis manos. Eso me basta.
(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons)



Muy bueno Kike.
El giro de Bruma al retirarse es genial.