¡Somos cultos!
Según la Real Academia, podemos definir la cultura como el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico o industrial, atesorados en una época o por un grupo social concreto. En España dos ejemplos serían el cine y la música, pero desde finales del mes pasado la Comisión de Cultura del Congreso ha dictaminado, con el apoyo unánime de todos los grupos políticos, que los videojuegos pasen a formar parte de este “selecto” club. ¿Se trata de una buena noticia?

Por una parte está la cuestión terminológica. ¿Podemos sentirnos los aficionados a esta forma de ocio “orgullosos” de que a partir de ahora sea considerada cultura? A nivel personal, y teniendo en cuenta que espectáculos como las corridas de toros también están dentro de este saco, no me parece algo de lo que presumir. Imagino que a la gran mayoría de usuarios de videojuegos les debe de resultar completamente indiferente.
Sin embargo, para los desarrolladores de videojuegos nacionales sí que se trata de un importante cambio. A partir de ahora tendrán acceso a ventajas fiscales, y además se concederán subvenciones para incentivar la constitución de este tipo de empresas, así como ayudas a la promoción e internacionalización.

¿Y cómo es que el Congreso ha decidido unánimemente tender la mano a este sector de una forma tan desinteresada y generosa? ¿Acaso han abierto por fin los ojos a la belleza y plasticidad de estas creaciones digitales? ¿Son ahora más sensibles a la arrebatadora y armoniosa belleza de unos cuantos píxeles en movimiento? Rafael Simancas, portavoz del partido socialista, lo explicaba de la siguiente manera:
“Tenemos algunos de los mejores creativos de videojuegos del mundo, pero son las grandes corporaciones de Estados Unidos y Japón las que se aprovechan de su talento, porque son las que tienen la financiación y la distribución”
Resumiendo, el sector de los videojuegos mueve anualmente más dinero que el cine y la música juntos. Es un pastel demasiado apetecible como para permitir que otros países se coman el que… ¿preparan nuestros cocineros? (las metáforas tampoco se me dan bien…).


El Gobierno (¿por qué coño lo escribo con mayúsculas?) lo que quiere es tener a esa industria de aliada en su lucha contra las descargas legales.
“A cambio de compartir nuestro pastel tenéis que defenderlo a muerte”. Los cuatro eternos subvencionados que se repartían las migajas están encantados, de ahí la unanimidad.
Lo más sucio de todo esto es que la palabra Cultura se vea involucrada.