Cortos cuentos de amor XXII
Enamorado de su dentista. Así estaba. Ese bigote, esa sonrisa, esos ojitos. Ahora que ya tenía la boca perfecta, ay, esperando, no sabía cómo hacer para volver a verlo. Le esperó en la puerta de la consulta y le siguió hasta su casa. Dejó pasar una hora y llamó a su puerta y el dentista le abrió y le dijo que una boca como la suya siempre era bien recibida en su cama y que pasara y se fueron besando y revolcando en el sofá y en la cama y en la terraza y en la fría mesa de la cocina. A la mañana siguiente el dentista ya se había ido a trabajar cuando él se despertó, con el sabor aún de los blancos besos de la noche anterior. En la cocina había café hecho y una nota que le animaba a desayunar lo que le viniera en gana y a irse de ahí para nunca volver. Lo bonito ya fue, terminaba la nota, y añadía una posdata recordándole que podría lavarse los dientes con uno de los cepillos desechables que tenía en el cajón del baño. Bebió café y paseó por el amplio salón viendo la gran cantidad de radiografías de la boca que lo decoraban. Todas le parecían iguales, pero al reconocer la suya sonrió. Decidió no lavarse los dientes y alejarse rápido y para siempre de esa historia y de ese delicioso olor a flúor.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.


Debe de haber un error… vamos a ver… el dentista es un señor ¿no? vamos, ese bigotazo es de tío.. y el que pasa la noche con él… le has puesto sin querer también género masculino… o sea, sería otro señor… entonces… ¡¿cómo!?
P.D.- muy chulo