Mario Benedetti: Aniversario

-Mira como llueve.
-Qué diluvio.
-Justo hoy, que hace treinta años que nos casamos. ¿Te acordabas?
-Por supuesto que me acordaba.
-Como no dijiste nada.
-¿Para qué? Es un día como cualquier otro.
-Ni tanto ni tan poco. Un poco de sentimiento no le viene mal al almanaque.
-Bah.
-¿Estás tan desilusionada?
-No se si es desilusión. Mira que no te echo ninguna culpa. Simplemente, me siento a apreciable distancia de la que fui, de la que era, casi te diría de la que soy.
-Mi vieja, los años pasan. Sería un poco absurdo creer que el paso del tiempo no nos afecta. Yo mismo, algunas noches, me aletargo en un interminable insomnio, y me pongo a repasar las luces y las sombras de un itinerario que yo no programé pero que alguien, vaya a saber si Dios o un azar insolente, programó para mí. Durante una hora o dos respiro ese desconsuelo, hasta que al fin me duermo como último recurso.
-Cuando veo que estás despierto a medianoche, también me desvelo, y así seguimos, uno junto al otro, sin tocarnos ni preguntarnos ni necesitarnos.
-Es lamentable, pero qué vamos a hacer.
-Decime, Aníbal, ¿vos siempre me fuiste fiel?
-No.
-Lo sabía. La infidelidad pone un velo en los ojos, otro olor en el cuerpo, un pozo de silencio.
-Y vos ¿me fuiste siempre fiel?
-Tampoco.
-¿Y qué te dejó esa explicable mezquindad?
-Poca cosa. El tipo no entendió nada. Se creía un seductor universal. No demoré mucho en hartarme de esa arrogancia.
-¿No tuviste algún prurito de conciencia?
-No exactamente. Más bien cierta pereza en afrontar futuras dificultades. Lógico. Y en tu caso ¿cómo era ella?
-Hermosa como modelo de pasarela, pero estúpida como secretaria de gerencia.
-¿Duró mucho?
-Apenas seis meses. A los cuatro ya estaba harto, pero me costó decidirme. Dos meses después cobré valor y encontré que la forma más expedita y con menos diálogos inútiles, era darle una bofetada. Y se la di. Santo remedio. Me miró con sorpresa y con rabia y me dijo: “Mientras no me pidas perdón, no volveré a verte. ¿Entendido?”. Entendido. O sea que nunca le pedí perdón.
-Ahora yo también te pregunto si no te sobrevino un prurito de conciencia.
-Puede ser, pero fue transitorio como una gripe. A la semana me quedé sin prurito.
-Más de una vez me he preguntado, después de tantos malentendidos y pasajeras traiciones, ¿a qué se debe que sigamos juntos? No hay hijos ni otros graves condicionantes. ¿A qué se debe entonces?
-Yo diría que es un penoso juicio sobre las relaciones humanas. Están viciadas desde siempre. Desde Adán y Evita. A veces creemos que el amor las va a salvar. Pero el amor es una errata.
-¡Carajo!
-Eso mismo: carajo. En nuestro caso, yo diría que seguimos juntos porque la soledad es una porquería.
-Tenés razón.
-Mi vieja, yo diría que el resultado de este sesudo análisis de nuestros treinta años de convivencia es que debemos continuar juntos.
-Continuemos, pues.
-¿Qué te parece si nos vamos a la cama? El diluvio me ha puesto cachondo. Más te digo: este objetivo intercambio me ha despertado el deseo.
-¿Qué deseo?
-El sexual, tonta.
-A mí también. Qué raro, ¿no?

M. Benedetti