Cortos cuentos de amor XXIV
Felizmente casados, estaban. El césped crecía brillante en el jardín y la mantequilla se deslizaba suave sobre la tostada de pan. Sencillamente, vivían.
Entonces abrieron la puerta y entraron los enanos en la casa. Constituían un comando itinerante cuyo objetivo era propagar las actividades acrobáticas allá donde fueran. Sus danzas, sus saltos y sus piruetas agradaban a cualquiera. Pero, claro, te destrozaban el jardín, la lámpara del salón, el espejo gigante del dormitorio, la foto de recién casados. Esta vez no fue diferente, y el matrimonio rió y se regocijó ante las hazañas de los enanos, sin prestar atención a los desastres causados. Cuando, exhaustos tras tantas horas sin parar, los pequeños acróbatas decidieron irse con su número a otra parte, se encontraron con la puerta cerrada. Sin tiempo para sentir miedo, vieron cómo el ágil matrimonio los ataba, uniéndolos con una fuerte cuerda de cuello a cuello. No pudieron hacer nada. Así murieron, ahorcados en fila desde el alto techo del salón, todos con la misma mueca en la boca
El césped vuelve a estar precioso. El marido adora a su esposa, que le prepara sonriente el desayuno. El amor, fortalecido tras el nuevo crimen, florece de nuevo en la casa, en esa oscura cueva que termina para siempre con acróbatas, payasos y demás fauna alegre y bulliciosa.
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