Lisandro y el colectivo
Lisandro, ventanilla 6, horario de mañana. Su trabajo es cotejar las fotocopias con los originales y, llegado el caso, estampar un sello que confirme la igualdad entre documentos. Se considera a sí mismo un empleado público, puesto que trabaja para el Estado, para el colectivo, como le gusta decir a él. Lisandro, por tanto, se toma muy en serio su trabajo.
Ciruela, eterna opositora, cargada de papeles. Curtida ya en estas batallas, lleva siempre bien separado el montón de los originales de las copias, todos en el orden correcto. Pero Ciruela, sin embargo, jamás ha estado en la ventanilla 6.
Viernes por la mañana, sobre las once, ventanilla 6. Lisandro a un lado, Ciruela a otro. Los ojos de él recorren todos los detalles mientras su mano derecha sujeta en alto el sello que va estampando en cada copia certificada. Ciruela contempla desconcentrada ese celo en el trabajo y no puede evitar sentir un puntito de admiración. Su cabeza, amueblada por tantas horas de estudio, aprecia la eficiencia.
-Este título es un poco raro- dice él, quitándose las gafas.
-¿Cómo?
-El título, que es raro. La copia parece normal, Ciruela Lentánida, Licenciada en Filosofía, bla, bla, bla… Mire, en cambio, lo que pone debajo de su nombre en el original: “Licenciada (con pena) en Filosofía”- Lisandro hace una pausa, como pensando en las palabras-. Jamás había visto una anotación de ese tipo. Con pena. ¿Qué pasó? ¿La facultad sintió lástima de su licenciatura o fue usted la que pasó un calvario en sus años de universitaria? ¿Acaso quitó eso de la copia y olvidó manipular el original? ¿Esconde algo, Ciruela Lentánida?
Lisandro dice todo esto con voz calma y monótona, viendo como sus preguntas van arrugando el rostro de la señorita.
-No sé, no sé- repite ella- le juro que no sé lo que ha podido pasar. Eso no estaba antes, le juro que no.
-Ya, ya, cálmese. Veo pasar por esta ventanilla infinidad de vidas e historias, ¿sabe? ¿Quiere decir que esto ha aparecido de la nada?
-No sé.
-Quizá- prosigue Lisandro- el espíritu del difunto Rector se ha introducido en su casa esta noche y ha añadido ese paréntesis tan bochornoso, ¿no cree? Cuentan que en vida fue bastante gamberro, y seguro que hubiera suspirado por conocer a una encantadora muchacha como usted.
Mientras habla apoya su cabeza en las manos y la mira fijamente, aunque ella no deja de mirar al suelo.
-Quizá fue eso, sí. Pero si el espíritu del rector entró es imposible que saliera sin darle un beso. ¿No ha sentido esta noche como un soplo, como un suspiro en la mejilla?
La mirada de Ciruela se levanta, sus ojos se abren.
-Pues, ahora que lo dice, sí. Ha sido como una caricia de seda, larga e intensa. Lo confundí con el viento.
-¿Lo ve? Típico del rector. Podemos solucionarlo, Ciruela. Eso es, sonría, así mejor. Le voy a pasar esta, pero procure a partir de ahora hacer bien las fotocopias- Lisandro pone el sello con ruido-. Entiendo que le dé vergüenza, pero evitará problemas. Peor es, como he visto a veces, que uno sea “Licenciado (estúpidamente)…” o cosas por el estilo.
-Gracias, muchísimas gracias- Ciruela recoge tranquila los papeles y, de repente, se detiene sonriendo- ¿Sabe? El rector besa muy bien, besa estupendo. Tal vez nos…
-Ya, pero no se fíe. Como viene se va. Termine, señorita Lentánida, la gente espera su turno.
Y así es el día a día de Lisandro Calcígeno, siempre al servicio del colectivo.
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Bravo, ¡¡Bravo!!