El dilema moral de Death Note
Death Note es un manga creado en 2.003 por Tsugumi Oba y Takeshi Obata. El gran éxito cosechado por el mismo propició la aparición de multitud de productos relacionados: una serie anime, películas, novelas, videojuegos… Recientemente he tenido la ocasión de ver los 37 capítulos de que consta el anime, el cual me ha causado bastante buena impresión, aunque para ser un producto redondo creo que lo ideal habría sido recortar un poco su duración. En cualquier caso el fin de este post no es valorar la calidad del mismo, sino reflexionar sobre el inquietante dilema moral que el guión plantea.
Nota: este artículo incluye algunos spoilers de la serie, si bien en su mayoría corresponden a los primeros capítulos.

En Death Note existen los llamados “Cuadernos de muerte”, que son unas libretas a trávés de las que su poseedor puede matar a quien quiera con sólo escribir su nombre, siempre que mientras lo hace tenga en mente el rostro de la víctima (de ese modo se evita matar por error a una persona que comparta el mismo nombre y apellido del objetivo).
El cuaderno cae en manos de un inteligente e idealista estudiante, Light Yagami. Horas más tarde de recibirlo, ve cómo la televisión retransmite en directo imágenes de un secuestrador amenazando las vidas de unos niños a los que retiene en un colegio. El informativo facilita la identidad del maleante y Yagami acaba con él, salvando así a los, a su juicio, inocentes.
¿Cómo podría nadie cuya moral coincida en este punto con la del protagonista repudiar este acto? De hecho, ¿no sería precisamente reprobable quedarse de brazos cruzados teniendo la posibilidad de cambiar las cosas? Y finalmente, en caso de que decidiéramos no utilizar el cuaderno, ¿cómo nos sentiríamos si nuestra inacción deviniera en la muerte de alguno de los niños secuestrados?

Tras esta experiencia Light decide emplear el cuadernos en hacer el bien, y comienza a eliminar a todos los criminales de los que tiene noticia. Se da el caso de que Yagami es hijo del jefe de la policía japonesa, con lo que tiene acceso a mucha de la información que necesita para llevar a cabo su particular tarea. Sin embargo, el repentino aumento exponencial en las muertes de criminales no pasa desapercibido para los agentes de la ley, que logran detectar la conexión entre los asesinatos, aunque no tienen ni idea de quién puede ser el autor. La información se filtra a la prensa y el mundo descubre la existencia del justiciero, que comienza a ser conocido como Kira.
De este modo, al hacerse público que hay alguien que ejecuta maleantes, la delincuencia a nivel mundial desciende en picado, pues todos son conscientes de las irremisibles consecuencias de una conducta criminal. El planeta, inicialmente dividido, cada vez está más de acuerdo con la forma de proceder de Kira, y no tardan en surgir multitud de movimientos de apoyo, e incluso religiones que le consideran un dios.
Yagami / Kira es consciente de que lo que hace puede ser entendido como incorrecto, pero por otra parte observa los resultados de su trabajo y se da cuenta de que el mundo es hoy más seguro gracias a sus acciones. La policía trata de descubrirle y él se ve obligado a eliminar a los que más se acercan en sus investigaciones, pues de otro modo evitarían que continuara con su limpieza. De este modo Kira se siente legitimado para matar inocentes si con ello evita ser capturado. Bajo su punto de vista, está sacrificando su alma en favor de toda la humanidad.

Tal y como están establecidas las reglas del juego, es evidente que Kira es un asesino, pero es igualmente claro que lo hace movido por buenas intenciones, y de hecho los resultados parecen avalarle. Es cierto que el descenso en la delincuencia no se produce porque la sociedad sea más pura, sino porque simplemente tiene miedo, pero por una u otra causa lo cierto es que los inocentes viven más seguros.
Ningún individuo debería tener el poder de determinar quién vive o muere basándose en sus personales criterios morales, pero si dicha facultad cayese en nuestras manos, como mínimo, ¿no guardaríamos el cuaderno por si acaso? Y de hacer eso, ¿no estaríamos abriendo la puerta a convertirnos en unos asesinos, eso sí, siempre amparados en una causa a nuestro juicio loable? ¿no somos entonces todos unos asesinos potenciales, únicamente frenados por el miedo a las repercusiones o la dificultad en la ejecución de nuestras muertes?
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Comentarios
Si cayera en mis manos anotaría a J.L. Garci, a la descendencia de los Bush y a mi vecino de abajo.
Ya en serio, yo no veo el dilema moral, es una aberración.
Después de lo de Garci quemaría el libro sin dudarlo.
Yo creo que como dice josemalo, si repartieran varios íbamos a durar dos telediarios (para alegría del planeta).
Fko, yo creo que si tuviera el convencimiento de que soy el único que puede usarlo (descartada por tanto la posibilidad de que caiga en otras manos) no lo destruiría, lo guardaría bajo 7 llaves y probablemente nunca lo utilizaría, pero ahí lo tendría “por si acaso”.
Bueno, por supuesto antes de guardarlo haría una pequeña limpieza de toreros…
qué interesante…yo también creo que duraríamos dos días con una libreta de esas…lo que más me inquieta de la historia es que el que tenga la libreta sólo con pensar y escribir un nombre mata, y es que quién no ha pensado en matar a alguien?…pensar es libre, pero ya el hacer…y como en este caso la distancia se acorta tanto…qué movida!


Yo creo que si tuviéramos cada uno una libretica de esas la humanidad dura un cuarto de hora…