Los atunes y el señor Pendón
El señor Pendón decide que hoy es un buen día para comer atún. Abre la carta y busca entre los peces, pasando de largo ante el bacalao de Islandia, la lubina de criadero y la dorada del puerto. Recorre despacio el atún rojo de Cádiz y el bonito del norte y por fin llega a lo que buscaba: atún de los lejanos mares. Lo pide y espera, entreteniéndose con unas endivias con anchas, cuyo origen desconoce.
Llega el atún, enorme, cubriendo el plato, dejando apenas sitio para unas hojas verdes. El señor Pendón comienza el ataque y al masticar piensa, con frialdad, en la vida del pez que tiene delante, procesado y a punto. Vivir dando tumbos, de lado a lado, siempre acompañado. Morir de la misma manera. El señor Pendón, solitario por naturaleza, piensa en eso y en los barcos de guerra que acompañaron su muerte, en los diplomáticos, en países sin ley, en intermediarios, en buques de acero, en armadores, en reuniones, en tipos armados hasta las cejas, en pescadores sin caña, en armas semiautomáticas, en lo lejos que están los lejanos mares y en lo bueno que está el atún.
Concluye el señor Pendón que, dado el esfuerzo realizado para llevar el pez a su plato, el precio que le cobran es ridículo y decide, en consecuencia, marcharse sin pagar. Se lo explica, someramente, al camarero, pero éste no lo entiende o no lo quiere entender. La discusión sube de tono y entonces aparece el dueño y el señor Pendón se ve obligado, lleno como está de atún y de razón, a salir corriendo, cansado de tanta boca y tanto ruido.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.


…otra joya de kike!