Entrevista falsa a un poeta
Voy a entrevistar a un poeta. Estoy nervioso. Reconozco, interiormente, que no he leído casi ninguna de sus poesías. No he leído casi ninguna poesía, en general. No sé qué hago aquí. El poeta está sentado, a mi lado, y bebe cerveza, como yo. Eso está bien, eso me relaja. Espera algo, no sé el qué, pero seguro que no lo encontrará. Debo hacer que hable.
Enciendo la grabadora y carraspeo. Carraspear no es nada original, como tampoco lo es la pregunta que le hago sobre su última colección de poemas. Su respuesta, no obstante, es brillante. Elegante y precisa. Vaya con el poeta, me digo, y voy dejando caer preguntas, sobre la marcha, relacionadas con su inspiración, su forma de caminar, sus preferencias, qué se yo. No escucho lo que dice, no me hace falta, porque sé que tiene cuerpo, el poeta, y que abre y cierra temas y tópicos. Son buenas palabras, está hablando.
El poeta sigue aquí, y la cerveza también. Han pasado varias horas y las palabras salen con enormes dificultades de su boca, y también de la mía. No sé a dónde van a parar. Ya no tengo la grabadora, la he cambiado por dos estupendos sombreros mexicanos que encajan de manera fantástica en nuestras cabezas. Otra ronda, eso es lo que hace falta. No sé qué hago aquí, otra vez.
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¡Jajaja, bravoo!
Me da envidia esa resaca, de alcohol y de palabras.
¡Tequila! para brindar por los poetas y las entrevistas.