El ángel oscuro

-¡Mmmm! ¡Aire puro! Cariño, esto va a ser estupendo.
Oscar dijo aquello mientras abría una doble ventana de par en par, el valle desperezándose de su siesta en el regazo de la Sierra. Naranjos y frutales y aquella riqueza de texturas y tonos, comparada con la gama de grises y pardos que conformaban las vistas de su antiguo piso en la ciudad.
-Eso espero –contestó ella al entrar en la habitación, cargada con varias cajas-. Luego dicen que el saber no ocupa lugar. A ver dónde metemos ahora tanto libro.
-Pero si esta casa tiene mucho más espacio, Irene. Por eso nos mudamos, entre otras cosas.
-“Otras cosas” incluyen que a ti te dio la neura campestre. Ojalá no tengamos que arrepentirnos –hablaba sin mirarlo, mientras dejaba las cajas en el suelo.
-Bueno, ya vamos a empezar.
-Es que es un cambio muy drástico, y me da un poco de miedo que esto no funcione…
Oscar se acercó a ella y le cogió las manos con dulzura.
-Ya hemos hablado de eso. No podías aguantarlo más.
-Eso es cierto –concedió Irene-. Estaba empezando a odiar a la gente, a los desconocidos que me cruzaba por la calle. Es horrible subir al autobús en pleno agosto entre una masa de carne apretada y sudorosa, me daba asco hasta cogerme a la barandilla. Últimamente me estaba volviendo… ¿cómo se dice? ¿misógina? No, eso es odio hacia las mujeres. Ah, misántropa –aún recordaba algo de griego, de sus años de instituto.
-No me digas que eso no son neuras, Irene.
-Vale.
-Pero al menos eres capaz de reconocerlo, y analizarlo, y buscar un remedio. ¿O no?
Ella suspiró, resignada.

-En fin, ya está hecho, así que supongo que es una tontería seguir discutiendo. Venga, échame una mano.
-Además es una suerte que la dueña nos la haya vendido con muebles, ¿no te parece?
-Eso es cierto –contestó ella-. ¿Te costó mucho convencerla? Este dormitorio, por ejemplo, me encanta –paseó la mirada por la habitación, la cama con cabecero de madera y forja, dos mesitas de noche color miel, un sinfonier de varios cajones en el mismo tono. Sobre el sinfonier un cuadro, un ángel negro y extraño, los rasgos del rostro indefinidos y las alas abiertas, como a punto de abalanzarse sobre una víctima-. El cuadro es lo único que no… No sé, me produce una sensación extraña.
-Vamos, que te da yu-yu.
-Lo cambiaremos. Pondré un paisaje, o una foto, o algo. Aunque nos quedemos los muebles, podemos darle a la casa un estilo propio. Creo que también cambiaré las cortinas. Los pequeños detalles son los que hacen hogar.
-Pareces un anuncio –se rió él-. Me haces gracia cuando hablas así, sentando cátedra.
-Estos cajones me van a venir muy bien –Irene abrió un par de ellos-. Son bastante amplios, aquí se puede guardar… oye, ¿qué es esto?
Oscar la vio sacar del fondo del cajón un cofre de mediano tamaño, tallado en madera oscura.
-¡Anda! ¡Mira que si es el plano de un tesoro! –bromeó él.
-Pues es precioso. Podría usarlo como joyero.
-Suponiendo que esté vacío.
Irene pulsó un pequeño botón y la cerradura se abrió con un clic.
-No creo que haya nada dentro. Ni siquiera está cerrado con llave.
El interior estaba forrado de terciopelo, y dejaba ver un librito con cubiertas de piel y un trozo de tela en raso negro que envolvía algo imposible de adivinar. Negros también el terciopelo y el libro, al principio les costó un poco distinguir de qué se trataba exactamente.
-¡Pues no es un plano, es el mismísimo tesoro! Qué suerte, ¿no? –Oscar parecía muy divertido.
-No te burles –ella le dio un codazo-. Sientes tanta curiosidad como yo.
-Pues venga, ábrelo ya. A lo mejor resulta que hay un montón de joyas.
-Vale, pero vamos a sentarnos en la cama, no se me vaya a caer.

Irene sacó el libro con cuidado y lo hojeó. Era una especie de diario manuscrito. Páginas escritas a pluma en tinta azul claro.
-Parece algo íntimo. No sé, Oscar, me sabe mal leerlo, es privado…
-Seguramente es algún diario adolescente. Tiene toda la pinta.
-Qué curioso. Hay dos tipos de letra. ¿Ves? Hacia la mitad.
-Bueno, ya lo estudiaremos más adelante. ¿Y el paquete?

Irene sacó el envoltorio y deslizó con cuidado el raso negro, descubriendo una pieza de encaje blanquísimo que a su vez cubría algo más. El contraste del blanco sobre el negro, la combinación de texturas, el terciopelo y el misterio que encerraba aquel cofre, todo le pareció exquisitamente erótico y muy femenino. Le parecía estar desnudando a una muchacha de cristal en miniatura.
-Tiene que ser valioso, aunque sea sólo valor sentimental, o no se habrían tomado tantas molestias ¿no crees? –comentó mientras sus dedos abrían el encaje-. Tiene también piezas elásticas… hey, ¿es lo que parece?
-Mm, esto promete.
-Está como atado, no puedo soltarlo… ahora. ¿Qué es lo que hay dentr… ¡Dios!

Un gesto reflejo, involuntario, envió al suelo el cofre y todo su contenido. No podían apartar los ojos de la prenda de encaje y especialmente de lo que había estado guardando hasta entonces.
-¿Esto es alguna broma pesada? ¿Has sido tú?
-¿Estás loca? Ni por asomo. ¿Crees que pertenecía a los dueños anteriores? La dueña parecía muy normal, muy educada.
-¿Y el libro? –recordó ella de pronto-. Debe tener alguna relación.
-Estaban las dos cosas en el cofre, ¿no?

Oscar recogió el diario evitando tocar el resto de los objetos. El sol entraba a raudales por la ventana abierta, pero a pesar de eso Irene sintió escalofríos. Le pareció que el ángel negro sonreía.

Es maravillosa, maravillosa, maravillosa… Cada día me sorprende con un gesto, con un pensamiento, con una habilidad nueva. No se puede decir que sea perfecta: no tiene medidas espectaculares ni rasgos exactos, pero en esa imperfección suya radica su perfección, lo que la convierte en única y distinta de cualquier otra mujer. Nunca me han atraído las chicas que parecen muñecas de porcelana, demasiado sosas, y demasiado parecidas todas ellas. Clara es diferente e inimitable. Oh Clara, Clara…

-¿Qué te decía yo? –Oscar interrumpió su lectura en voz alta del texto-. Un diario adolescente. Un enamorado hasta la médula de su chica que le parece única y especial, como a todos. Lo de siempre. Cursi y muy poco original. No creo que aquí encontremos la explicación.
-¿Todos los matemáticos sois así? –no era la primera vez que Irene acusaba a Oscar de ser demasiado frío, demasiado racional, y muy poco dado a hablar de sus sentimientos o de los sentimientos de otros-. Vale, parece un diario. Pero fíjate, no hay fechas. Cada fragmento del texto se separa del siguiente por una línea horizontal, nada más.
Era cierto. Sin fecha, sin ningún dato que permitiera adivinar cuándo fue escrito o a lo largo de cuánto tiempo.
-Mm, por el tipo de letra no creo que se trate de un adolescente. Los rasgos…
-Y tú eres demasiado visceral –la interrumpió Oscar-, y demasiado ingenua –ése solía ser su contraataque cuando ella lo tachaba de insensible-. La grafología no puede considerarse una ciencia, la información que se supone que revela no es en absoluto fiable. Vale que sea tu hobby, un hobby curioso, pero no me gusta que te obsesiones con él ni te creas esas cosas a pies juntillas.
-¿Es esa la razón por la que siempre te has negado a que estudie tu caligrafía? Mmm, varios meses contigo y aún no sé cómo escribes.
-Sabes que soy incondicional del ordenador. Nunca escribo a mano.
-Creo que en el fondo temes que descubra tus aspectos negativos, como que puedes ser un poco egoísta y… déjame pensar… poco seguro de ti mismo, tal vez.
-Irene, acabo de poner mi vida patas arriba para venir a vivir contigo al campo, a hora y pico de la civilización. ¿Consideras que eso es ser egoísta?
Ella se puso seria.
-Lo es si vas a utilizarlo como arma arrojadiza cada cinco minutos.
Él la miró y después bajó los ojos.
-Touché. –respiró hondo-. Lo siento. Estoy nervioso por el cambio, por la nueva situación. Muy bien -conciliador-, di lo que tengas que decir… Pero trata de ser racional, por dios. No soporto las supercherías.

Amplio margen superior que indicaba introversión, timidez, falta de personalidad. En cuanto a la propia grafía, clara y redondeada, con separación entre palabras y entre letras de una misma palabra, todo ello suponía un signo de generosidad, de bondad y altruismo. Tal vez algo de pereza. Aberturas superiores en algunas de las letras sugerían que se trataba de alguien fácil de influenciar por otros.

Clara me llamó esta mañana. Quería verme. Le dije que no tenía más remedio que ir al trabajo. Me convenció para que dijera que me había puesto enfermo. No sé decirle que no, cualquier sugerencia suya se me hace irresistible. Viajé durante más de una hora hasta su casa en el campo. Me abrió la puerta con una sonrisa y se colgó de mi cuello:
-He escrito un poema para ti –me dijo.
Nunca antes había escrito nada para mí. Ni siquiera una carta. Hasta ese momento siempre había sido yo el que escribía. “Mi poeta”, me llama ella. Me confesó una vez que lo que le fascinó de mí desde el principio fue mi forma de hablar. A menudo me pide simplemente que le hable, y de manera muy especial en nuestros encuentros íntimos. Sorprendentemente, a Clara la excitan las palabras. Mucho más que las imágenes o las caricias. Las palabras la hacen vibrar como si ella fuese una viola d´amore y mi voz fuera el arco capaz de arrancarle una música intensa y maravillosa. En momentos así, Clara me hace sentirme un virtuoso.
Me tomó de la mano y me llevó arriba, al dormitorio. Me tumbó sobre la cama y fue hacia la ventana, enfrente, para abrirla de par en par. Se volvió hacia mí, las manos apoyadas en el marco de la ventana, el sol abrazándola y cubriéndole el pelo con una aureola, mi rubia Clara, y yo no era capaz de ver su rostro a contraluz, sólo su blusa blanca y entreabierta.
Creí que el corazón me iba a estallar cuando la vi acercarse lentamente, sus dedos hábiles jugando con los botones de la blusa. No me di cuenta hasta que estuvo sentada sobre mi cadera, su pecho y su cintura al descubierto, el texto escrito, sorprendentemente, sobre su propia piel.
-Aquí está tu poema. Léelo.
Tan dulce su mandato, y tan firme. Leí en voz alta lo que después pondría sobre el papel:

De ti, lo que prefiero
son tus palabras siempre.
Vienen a mí desnudas
o vestidas con máscaras extrañas.
Dulces o agrias; tenues
o poderosas.
Tú eres tus palabras.
Quiero un baño de espuma de palabras
tuyas
que me cubran, me abrumen, me estremezcan
como mil lenguas
y mil caricias vírgenes.
Palabras que me incendien, que me hagan
arder sobre la cumbre de mí misma;
consumirme en palabras,
abrasarme
hasta dejar que lluevan mis cenizas
dulcemente
sobre un lecho dormido de susurros.

Parecía haber usado un pincel mojado en algún tipo de tinta azul.
-Está firmado –continuó Clara. Y sonrió con malicia-. Con miel.
Así que obedecí su invitación implícita, e hice desaparecer aquella firma con mis labios para acabar imprimiendo aquel poema sobre mi propio cuerpo.

-Esto se pone subidito de tono –Oscar ronroneó-. Oye… ¿y si hacemos un pequeño descanso…? –comenzó a mordisquearle la oreja.
-Por favor, Oscar, no es el momento. ¿Crees que todo esto pasó aquí? ¿En esta casa?¿En esta misma habitación?
-La dueña se llama Isabel. A lo mejor Clara es su hija, o una antigua propietaria… De todos modos, ¿qué importa eso? Hasta tiene su morbo. Anda, ven aquí…
-No tiene gracia.
Finalmente, para decepción de Oscar, continuaron leyendo.

Ayer nos vimos, en su casa. Ha pintado un cuadro extraño y lo ha puesto en el dormitorio. Le dije que no me gustaba, me parecía sombrío, y me respondió con una carcajada y un beso.
-No tienes ni idea de arte contemporáneo, mi vida.
Pero me sentí incómodo cuando nos fuimos a la cama, como si la figura del cuadro nos observara. Y además Clara estaba diferente. Yo quería un encuentro dulce, dulce Clara, pero ella tomó la iniciativa. No hicimos el amor. Fue sólo una experiencia extraña, salvaje. Clara, mi Clara, tan oscura de repente.

-¿Ves? Te dije que no me gusta ese cuadro.
-Hombre, un Velázquez no es…
-No se trata de que sea de más o menos calidad artística. Es… siniestro.
Oscar suspiró con resignación y continuó:

-Te quiero –le dije anoche. Nunca antes lo había hecho. Tampoco ella. Pensé que era el momento perfecto, y supuse que le gustaría. Así que la miré a los ojos, le acaricié el pelo y con dulzura le dije: “te quiero”.
Se enfureció. Me gritó que jamás volviera a decirle algo así. Que lo había estropeado todo. Me sentí como un niño que no sabe por qué lo castigan. Quise disculparme, y fue peor. Me ordenó que me fuera y abandonó la habitación.
No sabía qué hacer, imaginé que si la seguía al piso de arriba empeoraría las cosas. Pensé que, por otra parte, si me iba, podría enfadarse porque no había intentado aclararlo todo. Dios, quién las entiende… Finalmente abandoné la casa. No pude dormir en toda la noche.

-Desde luego sois todas iguales –interrumpió Oscar-. Sí señor, me solidarizo con el chico.
-Es una reacción inusual. Debe tener su explicación, tal vez en alguna experiencia anterior que ella tuvo, no sé… -Irene miraba al frente, pensativa, los ojos perdidos en el trozo de atardecer al que parecía accederse a través de la ventana, como si fuera ésta una puerta mágica que mostrase una dimensión irreal y fantástica.
-¿Te he dicho alguna vez que tienes deformación profesional? –Oscar la sacó de sus pensamientos, cualesquiera que fuesen-. Todos los psicólogos la tenéis, estoy seguro. Conocéis a alguien y ya lo estáis analizando, sin proponéroslo. Eso a veces hace que la gente se sienta incómoda.

Esta tarde Clara me llamó y me pidió que fuera a verla. Fue muy escueta por teléfono, no dijo nada más. Así que volví a excusarme en el trabajo diciendo que estaba enfermo (en realidad no me sentía nada bien, después de una noche de insomnio). No podría negarle nada nunca. Aunque quisiera. Me doy cuenta de que estoy demasiado atado a ella, obsesionado por ella. Intento mantener cierta distancia porque me falta el aire. Pero siempre vuelvo a Clara. Parezco un perrito sujeto con una correa elástica. Cuanto más me alejo, con más fuerza vuelvo luego al punto de partida.
Cuando llegué a la casa era noche cerrada. Encontré la puerta abierta, de modo que entré y la llamé por su nombre. No hubo respuesta. Recorrí el piso de abajo sin éxito. Subí al dormitorio y llamé con los nudillos.
-Adelante –había determinación en su voz.
Abrí. Al principio fue el perfume lo que me abofeteó con intensidad. Después vi por qué. La habitación entera estaba revestida de flores. Lirios blancos. El suelo, los muebles, todo bajo una alfombra de lirios que parecía esconder la realidad y transportarnos a un sueño que, por alguna razón, me parecía opresivo. La cama, a diferencia de todo lo demás, aparecía completamente cubierta de pétalos de rosa. Rosas rojas, de modo que el conjunto me sugirió de inmediato una gran herida sangrante sobre una piel nívea y perfecta.
Entonces la vi, saliendo de detrás de la puerta, erguida, tan hermosa. Hermosa hasta volverme loco, oculta tan sólo por un velo de tul blanco que descendía desde su cabeza, a la que lo ceñía una diadema de rosas. Deseé más que nunca su desnudez velada, las turgencias que el tul insinuaba. No sabía qué decir o cómo actuar. Ella sonrió y me dijo:
-¿Con cuántas mujeres has estado antes de conocerme, Carlos?
No supe qué contestar. Balbuceé un “no sé, ahora no acierto a contarlas…”
-No importa. Hoy seremos vírgenes el uno para el otro. El pasado no importa. Yo seré la primera para ti esta noche, y tú el primero para mí.
Me besó a través del tul, y yo la tomé en mis brazos y la coloqué sobre aquellos pétalos sangrientos. Fui levantando el velo lentamente, besando cada centímetro de su piel. Sólo cuando llegué a la altura de su rostro me di cuenta de que ella lloraba, y yo no sabía por qué, y besé también aquellas lágrimas y sus ojos y sus labios y la amé con más ternura que nunca.
La abracé al terminar y acaricié su pelo. Yacíamos ambos sobre el velo de tul, que dejaba entrever las rosas rojas. Aún lloraba en silencio. Le pregunté por qué. Me miró fijamente antes de contestar:
-Ojalá hubiese sido de verdad la primera para ti. Y la última.
-¿Qué mas da eso? –respondí-. Para mí eres la más importante, nunca he conocido a nadie como tú. Sólo tú cuentas –y era cierto, dios, era tan cierto.
-No quiero ser la más importante, quiero ser la única –contestó mirándome a los ojos-. La única, desde siempre y para siempre.
Sentí que el intenso aroma de las flores me empezaba a marear. Me asfixiaba, y empecé a perder el control de mis miembros y de mi consciencia mientras escuchaba a Clara recitar algo que empezaba: “No quiero que me llames amor mío…”

-Sigue –dijo Irene-. ¿Por qué te paras?
-Nuestro enamorado se cansó de escribir. A continuación hay otro poema, pero aquí cambia el tipo de letra –Oscar se había puesto serio de repente.
-Déjame ver…
Escritura dextrógira y angulosa, de presión pastosa. Puntos de “i” bajos y gruesos. Tildes de la “t” en maza. Curvas inferiores en ángulo en las letras “m” y “n”. Letras “g, j, q, y” con amplios ojos en su parte inferior, que se alargaba exageradamente. El poema aparecía firmado. Rúbrica en ángulo agudo.
-¿Qué significa? –preguntó Oscar. Esta vez estaba interesado de veras.
-Las curvas de la “m” y la “n” denotan una naturaleza ardiente y agresiva. La acusada longitud de las líneas inferiores de la “g” y similares revela una sensualidad muy marcada. El ángulo siempre significa un escape, así que la escritura angulosa indica egocentrismo, susceptibilidad, obstinación. Todos los demás rasgos, la “i”, la presión de la escritura, la “t”…todo sugiere una personalidad muy oscura, Oscar.
-Me estás asustando.
Con un estremecimiento, Irene tomó el diario de las manos de él y siguió leyendo.

No quiero que me llames amor mío,
porque esas son palabras que ya saben
el camino que lleva hasta tus labios.
No me digas te quiero. No me hables
como has hablado a otras.
No me digas tesoro, vida mía,
no me ofrezcas
palabras deslucidas, ajadas, sin perfume,
manoseadas ya de tanto usarlas.
Inventa para mí palabras nuevas
que me sorprendan siempre, que me envuelvan
en su fragancia fresca.
Tú eres tus palabras.
Quiero tener tu esencia, lo más puro
de ti.
Lo que jamás
dijiste nunca a nadie
será mío.

Carlos, Carlos… de modo que no llegaste a recordar el resto del poema. No entendiste nada. Cuando nos vimos al día siguiente lo supe. Nunca habías entendido nada. No escuchaste. Quise explicártelo de varias formas, y tú no prestabas atención. Es igual. Ahora todo irá bien. Lo más difícil ya está hecho. Me costó al principio, pero me sentí protegida y animada por nuestro guardián. Lo pinté para nosotros, para que siempre nos mantuviera juntos, juntos siempre, y tampoco lo entendiste. ¿Cómo explicarte que había mezclado unas gotas de tu sangre y de la mía con el óleo, que aquel ángel formaba parte de nosotros, que establecía un vínculo imposible de romper? Ni siquiera te gustó el cuadro. No, no lo habrías entendido nunca. No habrías entendido que pintarlo supuso una ceremonia, un rito en el que seguí los pasos que el propio guardián me dictaba desde mi interior. Él me dirigió en todo momento. Sabía que era algo que debía hacer, y sabía que era ése el modo en que debía hacerlo. Como supe también cuál era el paso próximo. Al principio me aterrorizó la idea, pero después empecé a ver con claridad y entendí que era la única solución, la única.
Cuando llegaste a casa al día siguiente todo estaba ya preparado. El cloroformo en la mesilla de noche, los pañuelos de seda, yo misma. Cómo te gustó que usara los pañuelos para vendar tus ojos y para atar tus muñecas a la cama. Y tus pies, finalmente. “Soy tuyo por completo”, dijiste con una sonrisa. Y me dejaste hacer. Usar el cloroformo sobre uno de los pañuelos fue fácil, imaginaste que era algún perfume exótico. Cuando te diste cuenta era ya demasiado tarde. Allí estabas, totalmente mío, indefenso, casi frágil. Un pañuelo más. Te acaricié con él todo el cuerpo para acabar enroscándolo alrededor de tu cuello. Como una dulce serpiente comenzó a apretarlo más y más, despacio, casi tenía vida propia, mis manos sólo seguían sus impulsos. Al fin intuí que ya no respirabas. Nuestro ángel nos miraba, complacido.

-Oscar, me estoy mareando. Esto no es un diario adolescente. Es la crónica de un asesinato. Y esta mujer está loca, es una demente. Vamos a llamar a la policía. Ahora.
-¿A la policía? ¿Y qué vas a contarles? ¿Qué pruebas tenemos? ¿Un diario escrito por alguien que no está bien de la cabeza y… -señaló el suelo, el lugar donde seguía el cofre y su sorprendente contenido-… eso? Nos tomarán por locos, o por tontos.
-Pero ¿y si es cierto, Oscar? ¿Y si de verdad hubo una víctima?
-Veamos primero cómo acaba todo. Continúa.
Irene respiró hondo, tragó saliva y siguió leyendo. Le temblaban las manos y la voz.

Todo había sido relativamente fácil hasta entonces. Fue mucho más difícil cargar contigo hasta la bodega, donde había una caja de madera esperándote. Sí, vida mía, todo estaba listo. Pensé mucho en cómo nos libraríamos de lo que no nos interesaba, así que investigué las técnicas que se usan en museos y laboratorios para descarnar cadáveres. La de los derméstidos me pareció la más adecuada porque, sabes, es la que mejor conserva los huesos, en especial la dentadura. Además, es muy fácil conseguirlos. Sólo hay que encontrar un cadáver fresco, cualquier animal atropellado en la carretera, y recoger las larvas. Leí que hay unas hormigas rojas de Brasil que pueden dejar un esqueleto desnudo en cuestión de horas. Pero era mucho más fácil conseguir estos pequeños insectos cerca de aquí y, de todos modos, no teníamos prisa. Cuando aquella misma tarde me confesaste que te habían despedido en el trabajo se me iluminó la cara y te besé. Sabía que no ibas a necesitarlo nunca más. Y nadie te echaría de menos. Era perfecto. Íbamos a empezar de nuevo.

-Esto es vomitivo. No puedo seguir. Dios, ¿cómo puede alguien tener una mente tan retorcida?
Oscar volvió a mirar el cofre y su contenido.
-Llegó a ser mucho más retorcida que eso, por lo que parece. Sigue. Hay que terminar.

Unas semanas y, voilá, estábamos en condiciones de dar el último paso, el definitivo. Tuve que utilizar una sierra eléctrica, no sabía que el cráneo es tan complicado. Y tuve que dejar parte de los orificios de la nariz. Pero al fin teníamos el resultado. Lo subí al dormitorio, me arrodillé en el suelo frente a nuestro guardián y llevé a cabo la última ceremonia. La que te haría mío definitivamente. Para siempre. Utilicé uno de mis ligueros de encaje. Qué mejor modo de ligarte a mí, Carlos. Y volví a recitar mi último poema para ti, a modo de conjuro, mientras sellaba tu boca por última vez. Después lo envolví todo en seda negra. Me estremecí de gozo y de placer al pensar que ya te poseía. Que poseía al fin tus palabras pasadas y futuras. Tus palabras todas. Tu esencia. Eras mío por fin.

Con horror, Oscar e Irene volvieron a dirigir la mirada al trozo de seda negra y al liguero, junto al cofre abierto. Sobre ellos yacía, liberada ahora de sus ataduras blancas, una mandíbula humana.

Durante más de media hora trataron de decidir qué hacer al respecto. Irene era partidaria de informar a la policía de inmediato. Oscar, tratando de actuar racionalmente, parecía estudiar los pros y los contras de aquella opción. El timbre de la puerta de entrada sonó de pronto, interrumpiendo la escena y sobresaltándolos.
-Habrá que abrir –dijo Oscar tras un silencio tenso.
-¿Quién puede ser? Los vecinos todavía no nos conocen.
Bajaron la escalera como si esperasen ver un fantasma tras cada rincón. Al abrir se encontraron con una mujer de unos cuarenta años, de rostro amable, que les sonreía.
-Ah, es usted –la voz de Oscar sonó extraña y forzada-. Pensé que todo estaba ya ultimado…
-Será sólo un minuto –la mujer miraba ahora a Irene-. Hay un par de documentos que firmar, lo olvidé cuando nos vimos por última vez.
-Cariño, ésta es Isabel, la antigua dueña de la casa.
-Encantada, Irene. Oscar me habló de usted. Espero que la casa sea de su agrado.
Irene le estrechó la mano sin dejar de mirarla a los ojos, aunque no dijo una palabra.
-¿Puedo entrar? –preguntó la ex–propietaria con voz jovial.
-Por supuesto –Oscar se apartó a un lado y señaló a su chica que hiciera lo mismo-. ¿Quiere usted tomar algo, té, café?
-Gracias –contestó la recién llegada pasando al salón-, pero tengo un poco de prisa. No les molestaré mucho.
Oscar la invitó a sentarse en el sofá, junto a una mesita baja. Ellos se sentaron justo enfrente. La mujer extrajo un par de documentos de una carpeta amarilla.
-Es esto. Se trata de una simple formalidad, un par de firmas. Aquí, por favor. Y aquí.
Oscar firmó en el lugar indicado. A continuación, ella tomó los documentos y volvió a guardarlos.
-Muy bien, creo que eso es todo. Debo irme ya. Encantada…
La voz de Irene sonó como un disparo:
-¿Quién es Clara?
Oscar la miró y después miró a la mujer, expectante. Ésta permaneció sentada, con expresión tranquila, observándoles a ambos.
-Escuche -continuó Irene con determinación-, sabemos lo que ocurrió aquí. Tenemos pruebas.
Con mucha calma, Isabel encendió un cigarrillo.
-Así que ya lo han encontrado.
-¡Entonces lo admite! Conocía usted el cofre. El diario. Y esa horrible… cosa. Vamos a llamar a la policía –Irene puso su mano sobre el teléfono, justo al lado-. Estoy segura de que tendrán a algún Carlos registrado como desaparecido.
-Por supuesto que sé lo del cofre –y ante la mirada atónita de ellos dos continuó-. Clara soy yo. Yo escribí el diario.
-¿Está usted confesando un asesinato? –Oscar parecía no dar crédito a lo que estaba ocurriendo.
Isabel soltó una risa ronca y dulce, y sin perder el aplomo continuó:
-Por supuesto que no. Yo sólo he dicho que escribí el diario. Es muy diferente. Supongo que es el momento de darles una explicación. Ese diario es una ficción. Pedí a un amigo que escribiera la primera parte (o lo que es lo mismo, que copiara de su puño y letra lo que yo había mecanografiado previamente). Y yo misma escribí la segunda. Soy escritora. Escribo relatos y libros de ficción, principalmente terror e intriga. Tengo esta historia en mente desde hace algún tiempo, pero… no sé, no llegaba a parecerme lo bastante plausible. Cuando decidí vender la casa se me ocurrió llevar a cabo este pequeño experimento para ver si alguien real y ajeno a mis circunstancias podría llegar a creer una situación así, para ver si el relato y la forma de presentarlo resultaban verosímiles.
-No puedo creerlo –Irene la miraba boquiabierta y confusa.
-Oh, le aseguro que es cierto. Todo es un pequeño montaje que no costó mucho llevar a cabo. Escribí el diario en un par de días, pedí a una amiga artista que pintase el cuadro, el liguero fue fácil de conseguir, el cofre era de una tía abuela mía… La mandíbula, por supuesto, es falsa. Me alegro de que decidieran no llevarla a la policía. Habrían hecho un ridículo espantoso.
-¿Cómo sabemos que está usted diciendo la verdad? –por una vez, era Irene quien trataba de ser racional.
-Cierto. No me conocen. En fin, tendrán que esperar a ver el relato publicado dentro de unos meses. Pero además pueden quedarse con todo el “equipo” como recuerdo. Lleven la mandíbula a un laboratorio, si lo desean. Pidan que analicen también la tinta. Les dirán que el conjunto fue escrito en no más de un par de días. Vayan a la policía, si quieren. Eso podría incluso añadir detalles a mi historia. Por cierto, ¿les importaría que los mencionara como personajes secundarios? Su reacción ha sido muy realista. El modo en que me abrieron la puerta, el modo en que usted, Irene, se negó a pronunciar una palabra, la desconfianza en sus ojos…
Irene se aclaró la garganta y contestó:
-No puedo creer que se trate de algo tan simple. De hecho no sé cómo pude darle tanta credibilidad, y de manera tan inmediata. Siento mucho haber sido grosera. Aunque… bueno, si quiere que le sea sincera, aún no sé qué pensar.
-¡No se disculpe, por favor! Su reacción fue perfecta. Y aún lo es. Entiendo que tenga sus dudas. En cuanto a lo de creer una historia descabellada… supongo que así es como funciona la mente, afortunadamente para los que escribimos. Bueno –finalizó al tiempo que se ponía en pie-, ahora sí debo irme. Siento mucho haberles asustado. Piensen que la causa merece la pena: ¡un experimento literario! Además, les traeré personalmente una copia dedicada del relato cuando esté publicado.
-Nos encantará. Muchas gracias.
-Gracias a ustedes. Por todo. Tendrán noticias mías.

Cuando Oscar cerró la puerta, Irene se abrazó a él con un suspiro de alivio.
-¡Es increíble!
-Bueno, -resopló él- ya tenemos algo que contar a nuestros nietos.
-De todos modos, creo que me quedaría más tranquila si también se lo contáramos a la policía.
-De acuerdo entonces. Me encargaré mañana mismo, cuando vaya a la ciudad. Espera, ¿no es esa la carpeta de Isabel?
-¡Claro que sí! Se la ha dejado olvidada.
-Intentaré alcanzarla antes de que se marche. Vuelvo enseguida.

Cuando Oscar salió de la casa estaba ya oscuro. Se aproximó con rapidez al coche que, unos metros más allá, estaba arrancado y con las luces encendidas y golpeó la ventanilla suavemente. Isabel abrió la portezuela.
-Se dejó usted esto en la casa.
-Gracias –sonrió ella, y tomó la carpeta-. ¿Qué tal todo?
-No sé qué pensar. Parece sincera.
-¿Reconoció la casa?
-No, sus últimos recuerdos son del piso de la ciudad donde la encontramos.
-¿Cuál fue su reacción al encontrar el cofre y todo lo demás?
-De genuina sorpresa. Sólo se mostró incómoda con respecto al cuadro.
-¿En qué sentido?
-Dijo que le parecía siniestro.
-¿Crees que tiene alguna sospecha acerca del programa experimental médico-policial? ¿Intuye que hemos convertido la casa en una unidad especial de vigilancia, o que está siendo monitorizada desde el centro de salud mental?
-No, no lo creo. Piensa que nos hemos mudado a una casa en el campo donde podrá descansar y relajar sus nervios.
-¿Habla de lo que ocurrió? ¿Menciona algún detalle relacionado con aquel suceso?
-En absoluto. Ni siquiera el nombre de Clara o sus propias palabras escritas en el diario parecieron traer nada nuevo a su mente. Es como si todo lo referente a los hechos hubiera desaparecido, sustituido por un vacío. Sólo sabe que hay unos meses de su vida que no recuerda, pero no sabe por qué o qué ocurrió entonces. Es feliz con su nuevo yo, con su nueva identidad.
-Irene. Significa paz, ¿no?
-En griego. Tal vez por eso su subconsciente eligió el nombre. Parece estar en paz consigo misma. De hecho parece tan normal todo el tiempo…
-Pero es una enferma, Oscar, muy poco común además, y está bajo nuestra responsabilidad. No sabemos en qué momento pueden volver a surgir problemas parecidos.
-Todo está bajo control, ¿no? Incluso el teléfono conecta directamente con nuestra central. No hay peligro.
-Excepto por una pequeña cuestión. Déjanos instalar cámaras también en el dormitorio, te lo ruego. O micrófonos al menos.
-Ni hablar. Insisto en tener un par de espacios íntimos. No podría actuar con naturalidad de otro modo.
-Hum, el mismo cabezota de siempre –reflexionó unos instantes antes de ceder, sin mucha convicción-. De acuerdo entonces, pero ten mucho cuidado.
-Lo haré. Debo irme, estoy tardando demasiado.
-Muy bien –Isabel tomó algunas notas sobre las apreciaciones hechas por su compañero, en un archivo cuya etiqueta rezaba: CONFIDENCIAL. Clara Montes Rubio. Trastorno psicótico – Esquizofrenia. Asesinato en primer grado.

Al abrir la puerta, Oscar encontró a Irene-Clara que lo esperaba en mitad del salón.
-¿Sabes? –se le colgó del cuello. Su voz sonaba alegre y aliviada-. Estoy mucho más tranquila. Nos reiremos de todo esto muy pronto. De hecho, pienso empezar a reírme ahora mismo. ¡Qué tontos hemos sido! ¿Cómo hemos podido creer algo tan absurdo? Mira, ahora mismo voy a tirar el cofre y el liguero y la porquería esa…
-Muy bien, cariño –él la abrazó-. Me gusta verte bien.
-Pero he cambiado de opinión con respecto al cuadro. Voy a dejarlo donde está. He subido a mirarlo de nuevo y, después de todo, no me parece tan horrible. Es más -su voz se hizo más cálida, un susurro ronco y sugerente-, tiene incluso cierto… atractivo.
Y con una sonrisa ambigua, imposible de definir, añadió acariciándole los labios:
-¿No te parece, vida mía?