Tras los pasos de León: Lunes

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Semana de penitencia

León, el lunes por la noche, se topa de frente con la Semana Santa. La virgen va en lo alto, a hombros, un suponer, de ocultos porteadores. Su ligero bamboleo se asemeja a un baile, ligero, sutil, a un “tantaneo”, como le llamaría León, que contempla con mirada analítica la escena. Por detrás una ristra de velas, tocados, incienso y nazarenos abarrotan la calle y hacen que León tuerza el gesto y ruja en tono bajo mientras se atusa la melena.

Su partida de póker empieza en media hora, y no puede faltar. Debe estar y debe ganar, la historia de siempre, pedir dinero a la persona equivocada nunca es una buena idea. Y también está ella, cómo no. Ella, que no sabe casi nada, o eso parece. Ella, tumbada de lado en la vieja cama, sonriendo con todo su cuerpo. Sí, se dice él, es la hora de las soluciones. Hay que ir cosiendo hilos.

León tiene un plan, pero las calles están colapsadas. El paso se detiene, la virgen baja, toma aire y, entre el silencio general, vuelve a subir. Los aplausos son como una señal para León, que empieza a cruzar la calle apretujado, pero firme. Al llegar a la mitad tropieza con un enorme cirio de fuego y cae al suelo y el golpe hace que un hilillo de sangre corra por su frente. Las luces, las trompetas, las velas, todo da vueltas en su cabeza. Una mano que sale de una túnica morada le levanta de golpe, y una cara grasienta y flácida le dice cosas que León no escucha. Su aliento es apestoso. León, sin saber porqué, se siente en peligro, y escapa a empujones, trastabillado, con la melena manchada y la mirada encendida.

Mientras, detrás, un nazareno arde.

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