Tras los pasos de León: Martes

Semana de penitencia

León, pleno de vida, corre con toda la fuerza de su poderosa musculatura por la sabana. Delante de él, a cada vez menos metros, una cría de gacela trata de escapar de su vigoroso ímpetu. Familiares de la presa se cruzan en su camino tratando de distraer su atención, pero de nada sirve. Por mucha carne que puedan proporcionarle, León no arriesgará el sustento de su familia seleccionando un objetivo capaz de dejarle atrás. De pronto, cuando está a punto de dar el salto que ponga fin a la cacería, un sonido insistente se cuela en su cerebro: Pii – Pii – Pii. Sin prestarle atención, León deposita todo su peso sobre sus cuartos traseros e inicia un rugido gutural con el que trata de enmudecer el extraño pitido, que resuena cada vez con más fuerza. Ya en el aire, y con las garras a escasos centímetros del costado de su joven víctima, sus ojos se abren.

La intensa luminosidad de un tubo fluorescente le hace cerrar los párpados casi de inmediato. Tras esperar unos segundos realiza un segundo intento, esta vez abriendo tan sólo una pequeña rendija, que le permite comprobar que se encuentra tumbado sobre una estrecha cama en un pequeño habitáculo rectangular de paredes oscuras. Por fin, logra abrir por completo los ojos y descubre a su derecha la causa del molesto zumbido: un reloj-despertador digital sobre una pequeña mesita. ¿Dónde estoy? ¿De dónde ha salido este terrible dolor de cabeza? ¿Y por qué suena esa alarma a las siete de la mañana?

Sin profundizar en nuevas reflexiones, León intenta estirar el brazo hacia ese pequeño emisor de ruido, y entonces se da cuenta: sus muñecas se encuentran esposadas al cabecero de la cama. Cada vez más nervioso trata de hacer memoria de los últimos acontecimientos. ¿Perdí dinero en la partida de póker? ¿La paciencia del prestamista ha llegado a su fin? ¿Nos descubrió el marido de ella? Pero no, nada de eso le suena. Poco a poco comienza a evocar imágenes de la noche anterior: un incendio, gente persiguiéndole, gritos e insultos… todo está muy borroso, y la creciente cefalea no le ayuda a recordar. De repente León cree percibir un nuevo sonido, este muy lejano, más allá de la metálica puerta ubicada a poco más de un metro de sus pies. Concentrándose en aislar de su mente el incesante pitido, llega a la conclusión de que se trata de pasos. Al menos dos personas.

Asustado, encoge los pies y pega su espalda al cabecero todo lo que sus ataduras le permiten, mientras escucha cómo una llave desbloquea los numerosos cierres de la puerta de su celda. Finalmente, muy despacio, dos figuras encapuchadas entran en la habitación. ¿¡Penitentes!?

– ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí? – logra balbucear con un hilo de voz.

Ambas figuras se ubican cada una en un lateral de la cama – la habitación no da espacio para mucho más -. Una es muy alta, casi tanto como León, mientras que la otra, rechoncha, apenas parece superar el metro y medio. Es precisamente ésta última la que, tras apagar el despertador, se dirige a él con un agudo tono de voz.

– Hermano, ¿Dios es bueno? – le pregunta con solemnidad.

León no ha ido a misa desde su primera comunión, pero tiene muy claro que si su vida depende de contentar a un religioso, está dispuesto a reconocer la grandeza de hasta el último ángel del cielo.

– Muy bueno – entona con toda la sumisión que es capaz de fingir.
– ¿Y son buenos aquellos que le adoran?
– Buenísimos.
– ¿Y cómo calificarías entonces a quienes entorpecen el camino de la oración y la devoción?

León intuye que aquello no va por buen camino, pero no tiene elección.

– Malos.
– ¡Claro que sí! – exclama complacido su pequeño interlocutor -. Y dime hermano… ¿qué castigo crees que merecería un sucio hereje responsable del incendio de todo el paso de Semana Santa de nuestra cofradía? – inquiere en un tono engañosamente suave.

León sigue sin recordar con precisión, pero sabe atar cabos.

– Escuche amigo, si le he causado algún daño a su paso le aseguro que ha sido sin intención, y estoy dispuesto a correr con los gastos…
– ¿Correr con los gastos? – pregunta el penitente enojado -. ¿Eres capaz de reparar con dinero el alma de todos los fieles que contemplaron anoche arder a su Dios? ¿Puede tu mente siquiera imaginar una cantidad con la que enmendar semejante daño?
– Dios es clemente… – intenta León a la desesperada.
– Sí que lo es, y por eso lo más piadoso es poner fin al sufrimiento de tu atormentada alma – concluye el pigmeo colocándose detrás de la cama.

Ante la clara sentencia, el mudo mete la mano dentro de sus vestiduras buscando algo. León lo mira con ojos desorbitados, sabedor de la proximidad de su fin: no sin luchar. Con movimientos frenéticos comienza a tirar de las esposas con todas sus fuerzas. Los puños de su camisa se tornan escarlata. Intenta patear a su enemigo, pero éste se sitúa detrás de él empuñando una porra que comienza a levantar muy despacio.

– ¿Crees que puedes destruir el metal, demonio? – pregunta alegremente el pequeño.
– El metal no… – apenas susurra León.

El primer golpe impacta contra su cabeza con violencia. Su visión se torna rojiza y la melena se le pega a la cara, pero el porrazo, lejos de aturdirle, convierte su miedo en furia desmedida. Con un rugido desafiante más propio de un animal acorralado que de un ser humano, León tensa al máximo sus músculos y tira con todas sus fuerzas. El cabecero de madera se desintegra ante su embate. Sus enemigos quedan paralizados. León aprovecha su desconcierto: con un poderoso salto deja atrás el infierno y atraviesa la puerta a la carrera.