Tras los pasos de León: jueves

Semana de penitencia

Horas después, León espera el trapecio en la plataforma. Con las manos empolvadas de blanco y la mirada en un lugar que no pertenece a este mundo, permanece ajeno al sonido de su nombre en el viejo altavoz, que crepita un ruido de fritanga mientras anuncia el doble salto sin red, el momento cumbre de la función.

Ve llegar el trapecio y lo agarra con una mano, ahora con las dos. Sin avisarle, su cuerpo da un salto. Ahora se balancea partiendo en dos la espesura del aire encerrado en la carpa. Se eleva en el otro extremo, utiliza su peso para ganar impulso y con un movimiento elástico repetido con hastío durante años empieza a describir el trayecto de vuelta. El otro trapecio se cruza con él a mitad de camino. Bajo sus ojos pendulea a un lado y otro una multitud expectante. Vuelve a tomar impulso y emprende una nueva ida. Se aproxima de nuevo el otro trapecio. Medio segundo antes de cruzarse con él, contrae el abdomen y, en un rápido movimiento, empieza a girar en el aire formando un ovillo con el cuerpo. El circo entero empieza a dar la vuelta a su alrededor. En realidad no sabía nada de aquella Aurora de ojos verdes, y sin embargo hoy parecía ser el centro de su vida. El rostro de Aurora se confunde con el ojo de la carpa, que por un momento le deja ver un recorte de cielo, ya totalmente negro. Como si fuera una instantánea, queda fijada en su mente la imagen de tres estrellas, que aun permanecen cuando el recorte negro da paso a la lona, los mástiles, las primeras cabezas. A qué distancia quedarán esas estrellas, que ahora también giran a su alrededor, como el resto del circo, del planeta. Todo el cosmos girando alrededor del recuerdo inconcluso de Aurora, del que apenas quedaba el recipiente. Cabeza abajo aparece el público, el domador, los clowns, el enano rojo que le habló de cierta apuesta con Aurora que él no recuerda, el suelo de la pista, otra vez el público. Su cuerpo encogido empieza a describir la segunda vuelta cuando siente expandirse en su mente la angustia borrosa de la noche anterior, el asfixiante rescoldo del vacío envuelto en aquella belleza brutal y maldita. Imágenes torpes se le agolpan precipitadas. De qué habló con Aurora durante dos horas, por qué el enano rojo pareció querer advertirle algo sobre ella, y, sobre todo, cómo pudo Aurora resucitarle una sensación idéntica a su primer salto al vacío, aquella combinación perfecta de atracción desatada y pavor absoluto que le hizo sentir vivo como nunca y ya no recordaba a fuerza de gastarla. Regresa el ojo en la carpa donde las tres estrellas le recuerdan su desconcierto desde un negro infinito, que, tal vez como él, se dirige inexorable hacia su propia aurora. De nuevo la lona, los mástiles, las primeras cabezas. Sincronizado a la perfección, ya planea sobre su cuerpo el trapecio que viene a rescatarle tras el salto. El público, el suelo de la pista, otra vez el público. Y no sabe por qué, pero cada instante que pasa le aproxima más y más a esa misteriosa mujer, de la que no conoce más que su nombre y no recuerda más que su rostro, del mismo modo que no sabe por qué, una centésima de segundo después, sus manos decidirán soltar el trapecio.