Tras los pasos de León: Sábado

Semana de penitencia

La miro a los ojos. Se abren como dos pozos negros a los que estoy a punto de abocarme y justo entonces me toma de la mano y tira de mí violentamente.
-¡Rápido! ¡Han sido ellos! ¡Lo tienen!
Corremos desesperadamente por los pasillos del hospital, el ascensor (¡no! ¡No es seguro! –me grita ella), las diferentes salas, la puerta principal. Me falta el aire y me planto en la escalinata de la puerta, mis manos apoyadas en los muslos para tratar de recuperarme.
-¿Me vas a explicar qué coño pasa? ¿Por qué corremos? ¿De qué estás hablando?
-León, la Cofradía… Son ellos. Lo tienen. Estoy perdida.
-Escucha, Aurora: no pienso dar un paso más hasta que me des una buena razón para seguirte. Necesito que confíes en mí si quieres que yo haga lo mismo, no puedo continuar a ciegas. Esas son mis condiciones.
Me la juego, por supuesto, es un farol, iría con ella al fin del mundo y probablemente lo sabe. Sin embargo me mira, sopesando sus posibilidades, y contesta:
-Las palabras, Miguel. La clave está en las palabras –me mira de hito en hito y finalmente continúa con decisión-. Reúnete conmigo a las cuatro en el Cementerio de San José. Búscame cerca de la tumba de Ganivet.
-¿El cementerio? Pero ¿por qué no ahora? ¿Dónde vas a ir hasta entonces?
-¡A las cuatro! ¡No lo olvides!
Grita sin dejar de correr. La veo desaparecer detrás de un autobús. Ha cruzado sin mirar, ni siquiera ha vuelto la cara hacia mí para despedirse. Y está asustada, cualquiera podría verlo. A las cuatro. Son las dos. Tengo dos horas para tratar de ir atando cabos. El tal León, un trapecista en coma que desaparece; un enano obsesionado con esta mujer, esta Aurora o como demonios se llame, que tiene tanto de Ester en ella que me da miedo; una Cofradía que parece tener un lado oscuro… Mierda, nada tiene pies ni cabeza. Y no puedo pensar sin la medicación y sin un buen trago. Enciendo un cigarrillo y entro en un bar cercano. Hay que ser prácticos.
-Un bocadillo de tortilla. Y una cerveza negra.

Me sienta bien comer, pero sobre todo me sienta bien la cerveza. El alcohol me aclara las ideas y me tranquiliza. Tiemblo menos, casi nada ya. Mientras pago la cuenta echo un vistazo buscando el baño y descubro una puerta desvencijada que pone “Servicios”. Necesito dar salida a la cerveza, así que…
Siempre me ha producido pudor usar baños públicos. Es indiscreto. Como ahora, tener que desahogarme mientras el tío de al lado me mira insistentemente. Tan alto. De hecho resulta intimidatorio. Y al otro lado uno bajito, metro y medio como mucho. Estoy a punto de preguntar qué cojones miran cuando el alto, de pronto, me agarra de la pechera y me sujeta contra los azulejos. Esto no me lo esperaba, joder. El bajito pregunta con voz aguda y desagradable:
-¿Dónde está la mujer?
-No sé de qué coño hablan.
-No te hagas el tonto. Aurora. ¿Dónde está?
-No tengo ni idea. A mí déjenme en paz.
El pequeño hace un gesto con la cabeza y el alto saca una porra no sé de dónde, como por arte de magia. En ese momento suenan los goznes de la puerta y el gorila guarda el arma y me coloca la mano en el hombro, como si estuviéramos charlando tranquilamente. Un hombre mayor entra y utiliza uno de los orinales. Pienso con rapidez, y actúo sin darme tiempo a sopesar el riesgo. Un buen rodillazo en la entrepierna deja al gigante fuera de combate, encogido sobre el suelo sucio. El pequeño se ve bloqueado por su amigo al intentar perseguirme y también pierde el equilibrio. Bingo. No me detengo a estudiar la expresión del recién llegado, aunque me la imagino. Aprovecho la confusión para salir del bar y perderme por callejones estrechos, una de las facetas que me han gustado siempre de Granada. Y la ciudad me cubre y me protege entre los velos de sus calles. Como antes. Como siempre.

Desde la puerta del cementerio se accede a unas vistas magníficas, únicas. No me extraña que Aurora me haya citado aquí. Parece un lugar relativamente seguro, o como mínimo tranquilo. Cruzo la enorme verja de la entrada y echo un vistazo al plano que, sobre azulejos, indica las distintas partes del camposanto. La tumba de Ganivet debe estar cerca.
Ella está de pie, frente a la lápida, de espaldas a mí, como si rezara por el difunto. Hay algo de místico en su aspecto, una aureola de inocencia que me atrapa y me impulsa a abrazarla, a besarla de nuevo. Pero me contengo. Un par de ancianas caminan por la vereda central.
-Aurora…
Se vuelve y me mira con aquellos pozos negros y siento que estoy a punto de perderme en ellos. Otra vez.
-Aquí no. Sígueme.
Camino a su lado entre lápidas y flores, entre los mausoleos y estatuas del patio romántico del S. XIX, entre obras de arte cuya belleza me ha fascinado siempre, y sin embargo hoy no soy consciente de nada que no sean sus ojos. Y aquel aroma… Ester…
Nos sentamos en un pequeño banco y sólo entonces se decide a hablar.
-¿Qué sabes de religión, Miguel?
-¿De religión? –eso sí que no me lo esperaba-. Hum, poco. Lo que todo el mundo, supongo.
-¿Estudiaste latín alguna vez?
-¿Latín? Oye, ¿a qué viene esto? ¿Vas a examinarme o algo antes de explicarme qué es lo que está pasando?
-Te será más fácil comprenderlo si cuentas con… bueno, con los conocimientos básicos.
-Ah –parece un argumento razonable. O tal vez soy yo quien se esfuerza en encontrarlo razonable-. Pues… de latín casi no recuerdo nada. ¿Es imprescindible?
-Da igual. Trataré de explicártelo de una manera sencilla, aunque no sé por dónde empezar… Verás, León es la llave. Él es la clave de todo.
El sol se filtra por entre los árboles y acaricia los mármoles con delicadeza, compadecido sin duda de su frigidez. Me concentro en las palabras que acabo de oír.
-¿Una llave? ¿Por eso crees que se lo han llevado? Por cierto, acabo de tener un encuentro muy interesante con un par de tipos que me preguntaron por ti. ¿Qué pasa, Aurora? Esos tíos casi me matan –¿por qué esa puta manía de hacerme el duro con ellas? Mis ojos desmienten lo que dicen mis labios, de todos modos.
-¿Uno era alto? ¿Y el otro bajito, con una voz extraña? –no parecía sorprendida en absoluto.
-Ya veo que los conoces.
-Son ellos. Ahora tú también estás en peligro. Se supone que no debían llegar hasta ti… aún.
-¿Aún? ¿Qué coño tiene todo esto que ver conmigo?
Ella suspira, como si fuera a explicarle a un niño alguno de los secretos de la vida, como si fuera a coger a un toro por los cuernos, y me mira enfrentándose a mí. Por primera vez tengo la sensación de que estoy a punto de oír la verdad. Al fin.
-Contéstame, Miguel: ¿Dios es bueno?
¿Qué tiene Dios que ver con todo esto? Empiezo a pensar que esta mujer es una pobre trastornada. Pero hermosa, tan hermosa. Y su aroma…
-¿Dios? Y yo qué cojones sé. Supongo. Se supone que sí, que es el bueno de la película y el diablo es el malo… Toda esa movida. ¿A qué viene esto?
-¿Eres cristiano, judío, ateo…? ¿En qué crees, Miguel?
Habla no obstante con serenidad, con lucidez y firmeza aparentes. Decido contestar. No hay nada que perder, al fin y al cabo, y necesito ver adónde lleva todo esto.
-Estoy bautizado, si te refieres a eso, así que supongo que soy cristiano. Y también hice la primera comunión. Como todo el mundo, vamos. Pero aparte de eso… qué quieres que te diga, no me van mucho esas cosas. Digamos que si me pierdo no me vas a encontrar en una iglesia –sonrío con sarcasmo.
-Según las religiones monoteístas Dios es el creador de todo. Infinitamente poderoso, hizo al hombre a su imagen y semejanza y quiso que tanto el hombre como el resto de las criaturas se rindieran ante su perfección y su poder.
-Sí, vale. Hasta ahí llego… Pero supongo que después el hombre lo jodió todo, ¿no? Porque no se puede decir que el mundo sea precisamente un paraíso, ni que los hombres sean dechados de virtud. Ni siquiera los curas. Especialmente los curas –me río entre dientes. A menudo me sale mi anticlericalismo sin remedio.
-¿Y no te resulta extraño eso, si consideramos que el hombre está creado a imagen y semejanza de Dios? –su voz es un susurro cálido e irresistible que me obliga a cerrar los ojos un instante con un estremecimiento. Trato de recuperarme y recobrar el control. “Céntrate, joder” –me riño a mí mismo.
-¿Qué quieres decir con eso?
-¿No es más fácil pensar que tampoco Dios es perfecto? Pensar que de hecho tiene un defecto innegable: la soberbia. Poderoso, sí, magnífico… Tanto que no pudo aceptar que nadie cuestionara su autoridad o su infalibilidad, su perfección.
-¿Acaso alguien se atreve alguna vez a hacer eso? Los que creen en él le atribuyen todas esas cualidades como verdad innegable.
-Los hombres, querrás decir. Los hombres que creen en él.
-Pero…
Ella alza una de sus manos, interrumpiéndome, y prosigue:
-Junto a Dios existía un ser de insuperable belleza del que, además, manaba Sabiduría.
-Hum. Creo que esa clase de catequesis me la salté. ¿Otro Dios? ¿Alguien incluso mejor que Dios?
-Una criatura paralela a él, de hecho. Una especie de gemelo de Dios. Lucifer, “el portador de la luz”.
-Pero ¿qué estás diciendo? –sonrío con incredulidad-. Vamos, Aurora, tú estás hablando del diablo. Satán. El demonio. El malo de la peli, ¿recuerdas?
-Ahí es donde tu religión se equivoca. Satán es simplemente el Mal y no existe como ser individual. Digamos que es el lado oscuro que todo el mundo tiene, la inclinación a ser malvado y ruin en ocasiones. Todo el mundo, Miguel. Tú también –hizo una pausa extraña y continuó en voz muy baja-. Disparaste aquel arma tratando de convencerte de que lo hacías por ella, de que la estabas salvando de un destino peor… pero tú sabes mejor que nadie que no fue así.
-¿Pero de qué cojones estás hablando?
-Ester no te traicionó, Miguel. Se acostó con aquel tipo sólo porque debía pagar una deuda irremisible. Debiste entenderlo. Y es cierto que no estaba bien, que necesitaba medicarse constantemente y que había días en que ni siquiera podía levantarse. Se iba apagando, es verdad. No era la misma. Pero te amaba. Eso jamás cambió. Nunca –acentuó extrañamente la palabra-. Y tú tendrías que haberlo sabido. Jamás debiste apretar el gatillo. Contra ninguno de los dos.
Habla suavemente, en un susurro, mientras acerca a mi rostro los pozos de sus ojos y sus labios, y yo no sé si besarla o echar a correr y alejarme de ella tanto como pueda. Paralizado, siento su dedo índice acariciando mi sien y mis cejas, lo siento bajar por mis pómulos, detenerse en mis labios. Al fin puedo reaccionar y pregunto:
-¿Cómo sabes…? ¿Quién coño eres tú?
-Lucifer no es Satán, no es el Mal, no tiene nada que ver con el Diablo. Fue la única criatura que se atrevió a tratar a Dios como a un igual… porque de hecho era su igual. No nació de Dios. Ambos existían ya desde siempre y para siempre, ambos sin origen y sin final. Eternos y paralelos. La cara y la cruz de la Eternidad. Pero Dios no pudo aceptar la superioridad de Lucifer, su hermosura, su sabiduría. A Dios le falló la humildad. Y la soberbia se apoderó de él. Así que finalmente decidió librarse de Lucifer y ordenó que se le expulsara del Paraíso.
Asiento con la cabeza.
-Y Lucifer fue condenado al infierno…
-No. Nada de eso. Su castigo consistió en habitar la tierra, junto al hombre, condenado a existir bajo el poder y las órdenes de Dios.
-¿Lo condenó a ser compañero del hombre? Esa sí que es buena.
Ella me dedica otra de sus impenetrables sonrisas por toda respuesta.
-Pero Lucifer también contaba con seguidores, así que alineó su propio ejército de ángeles fieles, al que llamó Legión.
-¿Demonios?
-Eso es lo que os han hecho creer siempre. Los ángeles, los demonios, los buenos, los malos…
-¿Y cuál es tu versión?
-Era simplemente una guerra, Miguel. Desde el principio de los tiempos. No había buenos o malos. Cada parte defendía su razón y sus argumentos.
-Todo eso está muy bien, pero ¿qué tiene que ver conmigo? ¿Qué tiene que ver con León? Y sobre todo, ¿qué tienes que ver tú en esta historia? Y por cierto, ¿qué fue lo que apostaste con él la noche antes del accidente? Deja de darme clases de teología y empieza a hablar de hechos y a contestar a mis preguntas, maldita sea.
-Así que sabes lo de la apuesta –baja los ojos hasta sus manos blancas, entrelazadas en el regazo, y en ese momento siento que mi atracción por ella es mucho más fuerte de lo que yo pensaba-. Aposté que pasaría una noche con él si ganaba. Si saltaba y sobrevivía a la caída.
Trago saliva. Cualquiera hubiese aceptado, no cabía duda. Yo mismo habría apostado mi alma.
-¿Y… si perdía? ¿Si no era capaz de saltar?
Levanta la vista para decir, con voz firme:
-Entonces yo desaparecería de su vida para siempre.
Trato de imaginarme algo así. No, por favor no, eso sería imposible de soportar. Otra vez no. Ya había pagado un alto precio por lo de Ester. Otra vez no.
-Necesito que seas más concreta, que me cuentes qué es lo que está pasando. ¿Por qué una apuesta tan cruel? Aurora, por favor…
Se levanta y pasea la mirada por las lápidas, cómplices de silencio de aquella conversación de locos. Finalmente responde:
-Tuvo que ocurrir así porque León aún no recordaba quién era ni cuál era su misión. Luego las cosas cambiaron.
La miro, esperando que continúe. Pero ella se pone los pequeños guantes negros y sacude la cabeza (su pelo brilla bajo los árboles y los rayos de luz y no puedo pensar. No puedo hacer otra cosa que no sea mirarla, embelesado).
-Te he dicho ya demasiado. El resto tendrás que hacerlo solo –fija su mirada en mí, sus ojos infinitos, antes de continuar-. Y recuerda: las palabras, Miguel. La clave está en las palabras.
La observo caminar sendero abajo, hacia la salida, petrificado, hipnotizado por el oscilar de sus caderas suaves y la firmeza de sus preciosas piernas al andar. De pronto da un giro y se interna en otra sección del cementerio. Me decido a seguirla y corro hasta aquella esquina, llamándola por su nombre. Tal vez quiera conducirme a algún otro lugar, a alguna pista nueva. Llego al nuevo patio sin aliento, esperando ver su inconfundible y esbelta figura.
Pero allí no hay nada. Tumbas y lápidas y flores. Aurora se ha ido. Y entonces, inesperadamente, algo muy contundente me golpea en la cabeza.

* *

Me despierta un dolor agudo en los genitales. Abro los ojos ante el brutal ataque, casi sin aliento, y veo al hombre alto frente a mí. Se dispone a patearme de nuevo.
-Duele, ¿verdad que sí?
El bajito y su voz inconfundible, el hijoputa aquel de metro y medio. El dolor me impide respirar, y en lugar de contestar escupo con desprecio y con el último resquicio de dignidad que aún me queda.
-chu chu chu –chasquea la lengua mientras niega con la cabeza-. Tiene usted a Gabriel muy, muy enfadado –continúa aquel tipo con voz extraña y sigilosa, condescendiente, arrastrando las sílabas, moviéndose a mi alrededor de manera suave e inquietante como una serpiente. Pareciera que va a enseñar su lengua bífida de un momento a otro-. Anda, Gabriel, enseña a nuestro invitado lo enfadado que estás.
Si la primera patada del gigante me había despertado, la segunda casi me lleva a perder el conocimiento. Grito de dolor y me acurruco como puedo, consciente por primera vez de los grilletes que sujetan mis brazos a un aro metálico en la pared, sobre mi cabeza.
-No se moleste en intentarlo, no va usted a escaparse. No hasta que terminemos con usted… y con su amigo.
¿Mi amigo? Miro hacia los lados y entonces le veo, a mi izquierda, sujeto como yo a la pared.
-No es mi amigo. No le conozco de nada.
Es cierto. No sé quién es aquel tipo desaliñado y sucio, ensangrentado y semi-inconsciente.
-Claro que sí. Aunque es cierto que no se habían visto nunca cara a cara… Le ruego me disculpe. Inspector, le presento a León. León Neón, el inspector Le Tissier.
Aquel rostro me mira desde detrás de una melena sucia y enmarañada, y me parece ver un destello de inteligencia en sus ojos.
-¿Qué quieren de mí… de nosotros? ¿Por qué nos persiguen? ¿Qué es lo que hemos hecho?
-Ah, Dios mío. ¿Acaso me toma por estúpido? Sabe perfectamente por qué están aquí. Cometen ustedes el error de servir al señor equivocado. De estar en el bando equivocado. Simplemente eso. Están condenados a perder batalla tras batalla. La de esta noche será una derrota más para ustedes y un nuevo triunfo para nosotros, para el Altísimo.
-¿Qué… qué pasa esta noche?
-No va a pasar nada, señor Le Tissier. Esa es la cuestión. Impediremos, una vez más, que lleve usted a cabo lo que pretende. En cuanto al señor Neón… No vamos a darle la oportunidad de quitarse la vida, no se preocupe. Le mataremos nosotros mismos –se rió en voz baja y se dirigió al hombre alto en tono autoritario antes de dejar la habitación-. Vigílalos. No quiero problemas. La ceremonia será a las nueve de la noche. Procura que están listos.
No tengo ni idea de qué coño está pasando. Es inútil preguntar al gigantón, así que me vuelvo hacia mi compañero de desgracias.
-León… ¿puede oírme? ¿Qué quieren de nosotros? ¿Qué nos va a pasar?
El guardián de dos metros se ha apostado en la puerta del habitáculo, de espaldas a nosotros. León me mira y trata de hablar, entrecortadamente.
-Esta noche… sábado santo. Es nuestra última oportunidad… hasta dentro de cien… años.
-¿De qué cojones habla? ¿Qué oportunidad?
-Liberarle. Hoy… El primer sábado de luna llena… de la primavera de 2010. El sábado santo. Es la única noche posible. La única… hasta… el 2110.
-¿Liberar a quién?
-La criatura… Quien porta la luz… y la sabiduría.
-El portador de la luz. ¿Lucifer? ¡Contéstame! ¿De qué estás hablando?
Atrapado por el difícil discurso de León, no he advertido que el tipo enano ha vuelto a entrar.
-De modo que es cierto que no sabe usted nada –parecía sorprendido-. No recuerda nada, señor Le Tissier. No sabe quién es usted –de improviso, como si aquello le hiciera mucha gracia, suelta una carcajada-. Así que vamos a tener que refrescarle la memoria, ¿eh? Igual que a León –mira al pobre diablo, que parece haber perdido el conocimiento, y continúa-. Lucifer fue expulsado del Paraíso por un Arcángel de Dios, y condenado a vivir con el hombre. Pero el Arcángel fue tentado por Lucifer y cayó ante su hermosura engañosa y malvada –sus ojos brillan de ira-. En secreto dotó al Enemigo de una llave única que podría abrirle de nuevo el Paraíso, aunque sólo en circunstancias especiales y muy escasas. En noches como la de hoy, sábado santo de un año acabado en diez, primer sábado de luna llena de la primavera, es posible para Lucifer entrar de nuevo en la Gloria y desafiar a Dios, y entablar batalla con él utilizando la Fuerza y la Palabra. El arcángel traicionó a nuestro Dios y Señor, pero éste sin embargo le perdonó en su benevolencia infinita, puesto que no había sido culpa suya sino de la malévola y tentadora Criatura.
-¿Y esa llave… existe?
-¿La llave? La llave la tiene usted encadenada a su lado, señor Le Tissier.
La palabras de Aurora golpean mi mente igual que un mazo: “Verás, León es la llave. Es la clave de todo”.
-¿León? ¿Una llave humana?
-Los servidores de Lucifer deben escoger un humano apropiado años antes de la cita de cada siglo. Lo escogen antes de su nacimiento, antes incluso de que sea engendrado. Y se le llama, siempre e indefectiblemente, León.
-¿?
El tipo adopta una actitud pretendidamente académica. Prepotente, diría yo.
-Veo que no sabe usted latín ni tampoco tiene idea de etimología. El origen de León no es, en este caso, “leo – leonis”, sino… “legio”. Concretamente, el acusativo “legionem”. De ahí procede “leion” que da lugar, por último, a “león”.
-¿?
Pone los ojos en blanco y abre las manos, exasperado, como si no diera crédito a mi ignorancia. O a mi estupidez.
-León, ¿no lo entiende usted? tiene su raíz en la palabra Legión. El ejército Luciferino. León es siempre, siglo tras siglo, la encarnación de ese ejército. Y es la llave. Sólo él puede abrir de nuevo a Lucifer las puertas del Paraíso.
“Las palabras, Miguel. La clave está en las palabras”.
-¿Cómo… cómo abre León esas puertas? –temo preguntarlo. En realidad siento que conozco la respuesta.
-Cediendo su vida a cambio, por supuesto. Debe hacerlo voluntariamente, haciendo uso de su libre albedrío. Es el único medio. Él o… la encarnación humana del Arcángel que proporcionó la llave a Lucifer. Son las dos únicas posibilidades –con las manos a la espalda, comienza a pasear haciendo alarde de sus conocimientos, como si estuviera impartiendo una clase magistral-. Lucifer ha tentado a hombres durante milenios en espera de esta oportunidad, pero ninguno ha sucumbido a la tentación hasta el momento. Y si alguna vez existe peligro de que eso suceda, la Cofradía de Los Guardianes pone todos los medios a su alcance para impedirlo. Hemos sido siervos de Dios durante innumerables siglos, señor Le Tissier… los mismos que llevan ustedes sirviendo a nuestro enemigo.
-Está completamente loco. Yo no sirvo a nadie. No estoy dentro de ninguna cofradía ni de ninguna sociedad secreta, y mucho menos adoro a Dios ni al Diablo. Déjeme salir de aquí, está usted cometiendo un error que puede salirle muy caro.
El hombre suspira y se encoge de hombros antes de contestar:
-Veo que se niega usted a entrar en razón. Bien, no importa que quiera o no recuperar la memoria –y con voz de serpiente continúa, sibilante y venenoso-. Esta noche morirá de todos modos.

* * *

Nos llevan a rastras y a empujones a lo largo de un pasillo húmedo y oscuro. Nos ciega un resplandor cálido al desembocar en un gran salón circular repleto de antorchas colgadas de la pared. Colocados en círculo, unos cincuenta encapuchados entonan una especie de himno en latín y en otro idioma que me parece hebreo. En el centro, amenazadoras e imponentes, dominando la escena, tres ingentes cruces de madera yacen sobre el suelo.
-Comencemos por Legión –reconozco la voz y la estatura inconfundibles del que habla-. Traedle.
Dos encapuchados que custodian a León le empujan hacia la cruz de la izquierda y le obligan a tenderse sobre ella.
-El otro.
Actúan del mismo modo conmigo y me conducen a la de la derecha, y me pregunto quién ocupará la cruz central. La curiosidad domina al miedo en este instante, y entonces la veo.
-¡Aurora!
La han golpeado, y le sangran los labios. Despeinada, más demacrada y sin embargo más hermosa que nunca. La arrastran hacia la cruz central y colocan una corona de espinas sobre su cabeza.
-In nomine Dei nostri…
Los encapuchados entonan a coro frases en latín cuyo significado yo sólo puedo tratar de adivinar. Varios de ellos se acercan a nosotros con enormes clavos y mazas, con la intención evidente de crucificarnos. Esto es de locos. Trato de pensar algo, pero los cánticos, el olor a incienso, la visión de los penitentes y, finalmente, el terror, el terror puro, bloquean mi cerebro. De repente, ante la sorpresa de todos, León lanza un grito que rasga el aire de la sala con una energía que parece imposible, dado su estado:
-¡In nomine Dei Nostri Luciferi!
El horror se apodera de los encapuchados, que se apresuran a santiguarse. Uno de ellos, que sostiene uno de los clavos, se lanza sobre León y se lo hunde en el pecho. Un alarido estremecedor nos paraliza a todos hasta que se finalmente se apaga agonizante. Tras unos segundos de silencio los extraños personajes comienzan a murmurar rezos y a moverse con inquietud.
-Hermanos, mantengamos la calma. La ceremonia debe continuar. Traed el agua bendita.
Uno de ellos acerca un cuenco con un hisopo, y nos va salpicando con agua. A mí. A Aurora. Al cadáver de León, pobre diablo. Ahora está claro, estamos en manos de unos dementes peligrosos, de una especie de secta anti-satánica y extrema que es capaz de cualquier cosa. Tengo que salir de allí. Y tengo que llevarme a Aurora, tengo que hacerlo, se lo debo a Ester… me lo debo a mí mismo.
-Miguel…
La miro. Deseo beber de aquellos pozos negros, beber de aquellos labios sangrantes. La quiero más que nunca en ese instante.
-¡Matadlo a él primero! ¡Rápido, es su única oportunidad! ¡Acabad con él!
-¿Qué serías capaz de hacer por mí, Miguel?
Matar. Morir. Vender mi alma al diablo. Cualquier cosa por ella, por beber de ella…
-¡Matadlo! ¡Ahora!
Una décima de segundo. Un encapuchado sosteniendo uno de aquellos clavos se abalanza hacia mí. No veo nada más, únicamente siento que me empujan y que caigo de espaldas al suelo, duro y frío como un diamante. Inmediatamente, un peso muerto se desploma en mi regazo. Aurora.
-¡Aurora! ¡No! ¡Hijos de puta! ¿Qué le habéis hecho?
Las figuras, silenciosas e inmóviles, contemplan la escena. Aquella voz irritante, más irritante que nunca, vuelve a hablar.
-No hemos hecho nada, señor Le Tissier. Ella se ha puesto en nuestro camino. Le ha salvado a usted la vida, y lo ha hecho por voluntad propia –se encoge de hombros-. Hermanos, alabado sea Nuestro Señor. Hemos vencido en la crucial batalla de este siglo. Hemos respondido a lo que se esperaba de nosotros, hemos cumplido con dignidad nuestra función protectora. Bendito seas, Señor. Guárdanos de todo mal. Amén…
Dejo de escuchar. No sé cuándo ni cómo se han ido. No sé cuánto tiempo he pasado aquí, embotado, con Aurora entre los brazos. Cuando al fin me levanto con el cuerpo entumecido y salgo al exterior es de día. Me marcho a casa a pie. Necesito un respiro, aire fresco, una ducha. No voy a poder comer, aún tengo el estómago revuelto, pero las pastillas y un par de copas siempre son una buena idea. Y dormir. Dormir todo el domingo. Mañana es lunes. Otro día, otra semana. Mañana pensaré qué hacer. Respuestas. Necesito respuestas. “Las palabras, Miguel. La clave está en las palabras”. Sé perfectamente dónde tengo que ir.

* * *

La Biblioteca está casi vacía, afortunadamente. Decido comenzar por internet antes de consultar los volúmenes. Ocupo un ordenador que está libre en este momento y comienzo mi investigación.
Lucifer. Tengo que empezar por ahí. Es la palabra clave y necesito la información más elemental al respecto. La Wikipedia siempre es un buen punto de partida:
Lucifer (del latín lux [‘luz’] y fero [‘llevar’]: portador de luz) es, en la mitología romana, el equivalente griego de Fósforo (Έωσφόρος)…
No puedo creer lo que viene a continuación. La frase me estremece como una descarga eléctrica.
… ‘el portador de la Aurora’.
No puede ser. Continúo leyendo sobre la figura de Lucifer, sobre la leyenda del Ángel Caído, sobre su expulsión del Paraíso. Y recuerdo retazos de mi conversación con Aurora:
“Su castigo consistió en habitar la tierra, junto al hombre, condenado a existir bajo el poder y las órdenes de Dios”.
Descubro que a Lucifer se le llama también “el lucero caído del cielo, la estrella desprendida del firmamento”, y que su belleza no tiene parangón. Aurora…
Llevado de un instintivo impulso, de una sospecha terrible, vuelvo al buscador y realizo una nueva consulta:
“Ester. Etimología”.
Ester, nombre femenino de raíz Stara (Persa), deriva de “Istar” . Ester significa “astro, estrella” o “Aquella que brilla como una estrella”
Ester… Aurora… Eras tú, siempre tú. Con distinto rostro, con otra voz. Pero era siempre tu esencia. Tu aroma inconfundible. Ester…
Continúo mi investigación de modo frenético, ávido de conocer todas las respuestas, de llegar hasta el final. León es el elegido de Legión, el ejército de Lucifer, la llave. Intentó suicidarse y ahora entiendo por qué. Debía procurarle la entrada a ella. Ella. Al fin sé quién es. No puedo evitar sonreír ante mi propio simplismo. Siempre había pensado en Lucifer como masculino.
Pero me queda la principal de las incógnitas: ¿y yo? ¿Qué papel juego yo en toda esta historia? Así que continúo buscando, leyendo, investigando los entresijos más ocultos y desconocidos de las leyendas luciferinas. Hasta que descubro un aspecto desconocido de la historia:
“Hay quienes defienden que el mismo Arcángel que expulsó a Lucifer del Paraíso se rindió a sus encantos, y algunas leyendas cuentan que el Arcángel y el propio Lucifer se juraron en secreto amor eterno, a espaldas del propio Dios. Un amor imposible que desemboca siempre en sacrificio por parte de Lucifer, en aras del bien de su amado”…
Amor eterno. Eso no existe. O al menos eso creía yo hasta que apareció Ester, Aurora… Ella. Una historia de amor eterno y secreto entre el propio Lucifer y un Arcángel. ¿Quién coño era el Arcángel? Su nombre. Necesito confirmar lo que mi instinto me grita a voces, tan fuerte que me parece que el resto de los usuarios de la biblioteca pueden oír lo que ocurre en mi mente.
“Google – Arcángel expulsión Lucifer – Buscar”
“… y fue expulsado del cielo por el ejército del Arcángel Miguel”…

* * *

-Señor… Perdone usted, señor. ¿Va a quedarse mucho tiempo? Cerramos en media hora.
El hombre viste un mono azul, probablemente es uno de los trabajadores que se ocupan de la jardinería del cementerio.
-No, no se preocupe. Es sólo una visita rápida.
Me dirijo con decisión al patio del S. XIX. Sé perfectamente adónde voy y qué busco. Al fin llego al banco en el que Aurora y yo nos sentamos a conversar. Justo enfrente, la lápida que vi la otra vez. Una lápida sin nombre que me había llamado la atención precisamente por eso. Por no tener palabras sobre ella y por no contar con ningún adorno, ninguna estatua, ningún detalle ornamental. Aquí está. Doy un par de pasos rodeándola.
Estoy seguro, completamente seguro de que aquel día esta figura no estaba aquí: un ángel que parece escondido tras la lápida, acurrucado, las manos sujetando su barbilla y la expresión imposible de definir. El pelo largo y rizado, que inmediatamente yo imagino negro, y facciones que me son turbadoramente familiares. Es una figura esculpida en la piedra y tiene toda ella el mismo tono gris, pero para mí es muy fácil pintar sus colores en mi mente. No necesito cerrar los ojos para ver rojo pasión en sus labios, y en sus ojos dos pozos negros y profundos en los que quisiera ahogarme sin remedio.

  • Quini

    impresionante, qué manera más increíble de hilarlo todo (León – legión, la Aurora de Lucifer…). inmejorable final!

  • Jesús

    Madre mía… sin palabras

  • Luisa María

    Gracias, chicos. Siento que sea tan largo, pero… no he podido resistirme a escribirlo así. El material que me habíais proporcionado daba de sí para una novela, de hecho, más que para un relato. Incluso he dejado fuera detalles extra que me habría encantado añadir. Por ejemplo, una de las anteriores encarnaciónes humanas del arcángel Miguel como Nicolás Tissier (1844), un jesuita al que se apodó “el primer apóstol de Argel”, y su encuentro con la Aurora-Ester-Lucifer de aquella época (en 1810, sin más remedio). La sociedad del S. XVII, el intento frustrado (siempre frustrado) de abrir para ella las puertas del Cielo… Y siempre por amor, por el sacrificio de ella para salvar a Miguel qua su vez se arriesga siempre por Ella. Esa sería una de las partes de la novela que obviamente podría tener otras, el encuentro Miguel-Lucifer de los siglos sucesivos, XVIII, XIX, XX… hasta nuestros días.¡No digáis que no es buen material! Pues nada, cuando queráis nos ponemos :-)

    ¡Y del best-seller, a Hollywood!

  • merche

    Estoy impactada,esto es demasiado para una Semana Santa

  • Luisa María

    Siglo XVII? En qué estoy pensandooooo? Sólo tendríamos siglos XIX y XX antes de la parte final, en 2010. Ay, pensar tanto me ha embrollado la mente… quiero decir más todavía, jeje. ¡Por cierto, gracias por tu opinión, Merche! Considero que impactar debe ser el destino ideal de cualquier creación literaria, sea en el sentido que sea. Lo importante es no dejar al lector indiferente. Viva el blog de Palabras!!

  • Rocío

    Uauuuu!! Luisa, INCREÍBLE final para una emocionante historia. Me habéis tenido toda la semana muy ansiosa. Como has hilado toda la historia… impresionante! ! En el momento en el q apareció Aurora ya se intuia q iba a ser una pieza clave de la historia pero Lucifer!?! Sencillamente genial.
    Enhorabuena a los 6 autores.

  • josemalo

    puffffffffffffffffffffff…
    puffffffffffffffffffffff…
    puf…

    …estoy sin respiración…increíble, luisa
    increíble todo lo que has hilado

    …por cierto, luisa
    … ¿tienes los ojos negros?

    jue jue…

  • Fko

    Joder.
    Cuando he visto que llamabas al inspector “Miguel” la primera vez, un escalofrío ha recorrido mi espalda.
    El nombre está basado en un futbolista llamado Matt Le Tissier, pero en mi historia se llamaba Mike Le Tissier. No lo nombraba explícitamente porque estaba ambientada en España, pero durante todo este tiempo me he referido a él mentalmente como Mike. No se lo he dicho a nadie. Lo dicho, un escalofrío.

    Antes de tu relato me veía como un autor de un blog que decidía conscientemente las palabras que escribía. Ahora sé que siempre he formado parte de un plan maestro que ha terminando revelando esta verdad. Y ahora me toca que seamos legión los que la conozcan; tenemos que hablar, los seis, de León.

    Luisa, muchas gracias, tu final ha sido como las pastillas de Mike.

  • Luisa María

    Gracias a todos ¡y enhorabuena a mis cinco compis! Oíd, lo de la novela lo digo ahora en serio. Paco (mi marido) está convencido que que sería un best-seller. Mi hijo mayor (10 años) flipó ayer con la historia y hoy me ha dicho que no se le va de la cabeza. Le ha impresionado. Tenemos que hablar del tema, que igual de ésta nos retiramos y nos podemos dedicar a lo que nos gusta, que es ser creativos. ¿Os imagináis? Qué alucine.

    ;-)

    Josemalo, no tengo los ojos negros, los tengo color miel. Y soy mucho más peligrosa que Aurora :-P
    De todos modos, las imágenes de las viñetas de Fran fueron extraordinariamente explícitas en cuanto a cómo imaginar a Aurora, ¿a que sí? Todos aportásteis un material mágnífico. Tenéis una imaginación asombrosa. Para urdir el final,como no tenía ni idea de qué hacer con la historia, simplemente la dejé ir. Igual que a un caballo cuando intentas sujetarlo y se desespera por salir al galope. Lo mejor es afianzarse en la silla y soltar riendas, dejarse llevar, confiar en el animal y en que sabe adónde va. Esta historia ha sido un potro desbocado desde el principio, o lo parecía, pero sabía perfectamente adónde iba desde su nacimiento. Los que no lo sabíamos éramos nosotros. Así que Fran, tienes razón en sentir escalofríos. Tanta inspiración y talento juntos tenía que dar lugar a algo sobrenatural :-)
    Enhorabuena a todos.

  • Jorge R.

    Vaya con la Semana de Penitencia!!!!!increíble!!!!!!.Enhorabuena a tod@s!!!!!

  • kike

    bravo Luisa, enorme final.
    con penitencias así ya pueden venir semanas santas…

  • josemalo

    Luisa, si quieres hacemos la novela. Si no bate un record de lectores al menos batirá el de escritores, jeje..

  • karurota

    como los buenos finales, es un principio de muchas más cosas…

    y enhorabuena a tod@s, qué semanita!

  • loles

    Hoy me he reeencontrado con vuestro blog. Hacía que no lo leía … demasiado tiempo.
    Cuanto disfrute acumulado pero que suerte haber podido leer esta maravillosa historia de corrido. Tiene casi tantas esquinas y giros como la trama del Albaycín por cuyas calles procesiona la “Aurora”, digna de ver en los Grifos de San José (Propuesta de exteriores para la peli que se hará de vuestra novela). Esta Aurora seguro que también es una morenaza, pero sus cofrades la visten tan de blanco (claro es una virgen) que cuesta imaginársela como la de vuestra historia.
    Todos los soci@s (porque esto no es sino una cooperativa de creadores) habéis demostrado una vez más vuestro talento.
    Os animo a ir a por la novela. En realidad, os animo a ir a por lo que os plazca.
    Muchas gracias