Malabares

Comencé con dos platos en el aire. Despacio al principio, más rápido después… Puedo con más, pensé, y añadí otro. Y satisfecha por mi habilidad, decidí que podía con uno más. Con otro par incluso…

Diez horas o diez años después (yo misma había perdido la cuenta) me vi inmersa, aún no sé cómo, en la vorágine de hacer malabares con toda una vajilla. Me organizaba lanzando primero los platos de postre, y sin perder de vista los llanos corría a recoger los soperos, pendiente, cómo no, de las fuentes que entraban de tarde en tarde en órbita, de los vasos, de las copas. Más rápido, más rápido, sin fallar un segundo… Y así una vez, y otra.

Hasta la tarde T del día D. No sé ni si hacía sol, hacía años que había olvidado mirar por la ventana. Ocurrió la catástrofe, lo inevitable. Falló una pieza que rompió la maquinaria de mi rutina vertiginosa y sincronizada y perfecta. Y un momento después, sin transición, sin previo aviso, me vi sentada en el suelo rodeada de fragmentos de loza, de trozos de platos rotos.

La tarde T marcó el comienzo de mi vida. Recogí los pedazos despacito, recuperé el aliento, me levanté.

Y fui al aparador. Busqué la vajilla de lujo, la de las grandes ocasiones, la importante. Sólo dos platos, tres a los sumo. Los más bonitos, las joyas de mi colección. Únicamente ellos. Y los cogí con mimo. Nada de malabares esta vez. Busqué mi mecedora y me los puse en el regazo. Y me permití, durante un buen rato, acariciarlos, disfrutar su porcelana fina y de lo extraordinario de sus imágenes.

Y todo eso, por supuesto, con la ventana abierta. De par en par.