La coraza del guerrero (cuento)

Había una vez, hace miles de años, un gran guerrero al que todo su pueblo admiraba por su valor y por su honestidad, por su inteligencia, pero sobre todo por su corazón generoso y bueno. Lo admiraban tanto, de hecho, que lo convirtieron en su rey, y durante varios años el guerrero gobernó aquel reino con prudencia y sabiduría.
Por desgracia, años más tarde las circunstancias lo obligaron a volver a hacer uso también de su coraje. El país entró en guerra con un país vecino y el rey, al frente de sus ejércitos, tuvo que marcharse a luchar en una guerra encarnizada.
Temerosos de perder a su monarca, los soldados lo revistieron de una coraza que lo protegiera de ataques enemigos. Así que salía cada jornada a luchar, sobre su caballo blanco, con la coraza puesta y rodeado de sus hombres, cualquiera de los cuales estaba dispuesto a dar la vida por él.

El tiempo de guerra, en lugar de acabar, se fue recrudeciendo. Los hombres morían, los víveres escaseaban, las noches eran cada vez más largas y los días más peligrosos y agotadores. Los fieles soldados, temerosos por la seguridad de su soberano, fueron poniendo a la coraza original más capas de hierro y acero, de modo que en ningún caso un arma enemiga pudiera alcanzar un punto vital del cuerpo del rey. El guerrero se dejó hacer, impasible. Y la situación se prolongó durante años y años…

Finalmente, un día, tal vez por agotamiento o por desidia, tal vez porque los contendientes se dieron cuenta de que aquella situación no merecía la pena, la guerra llegó a su fin. Se establecieron unas condiciones de paz y los soldados volvieron a casa.

El guerrero volvió al palacio que había sido su hogar, después de un tiempo que le había parecido infinito. Quiso abrazar a sus amigos y sirvientes, sentarse en su silla preferida, disfrutar de sus aposentos como antaño.
No pudo, sin embargo: la coraza, que se había convertido en una barrera monstruosa y enorme, lo impedía. El rey, abrumado e impotente, mandó llamar inmediatamente al herrero real.
-No necesito ya esta coraza, por muy útil que haya sido durante estos años. Quitádmela, pronto.
El herrero se inclinó ante su rey y procedió a solicitar la presencia de sus ayudantes, provistos de herramientas adecuadas. Trabajaron durante toda la noche. Utilizaron todos los materiales que existían en el palacio y a los hombres más fuertes de la servidumbre. A pesar de sus esfuerzos, fue imposible librar al guerrero de su pesada protección. La coraza no cedía ni un ápice, no mostraba ni siquiera un simple arañazo tras los repetidos intentos del herrero y sus hombres.
-Lo siento mucho, majestad…No es posible –se disculpó el artesano, sin saber qué otra cosa podía hacer-. El acero, con las sucesivas capas de estos años, se ha vuelto impenetrable.
El rey pensó un momento antes de ordenar, enérgicamente:
-Id y buscad por todo el reino. Traed herramientas nuevas, desconocidas, cualquier cosa que pueda servir, cualquier persona con la fuerza suficiente… Os doy tres días de plazo.

Comenzó la cuenta atrás. El rey, sentado en el salón del trono con la mirada perdida tras la grotesca armadura, no parecía consciente de nada de lo que ocurría a su alrededor. Sus sirvientes, a quienes entristecía su estado, trataron de consolarle. Así que el primer día se atrevieron a sugerir, tímidamente:
-Señor, es primavera. Prestad atención… ¿oís el canto del ruiseñor en los jardines reales?
Pero el monarca contestó:
-No –y suspiró consternado-, no puedo oírlo. Esta coraza me cubre los oídos y no me deja apreciar tales delicadezas. Puedo oír disparos de cañones, el choque de las lanzas, el estruendo del campo de batalla. Soy capaz de oír al ejército enemigo a un kilómetro de distancia. Pero no puedo oír cantar a un ruiseñor.
El segundo día, viendo que el rey continuaba triste y absorto en sus pensamientos, los sirvientes propusieron:
-Señor, podría vuestra Majestad salir fuera y disfrutar del sol y de la luz de este mes de mayo…
Pero una vez más, el rey contestó:
-No, no puedo. La luz del sol no llega hasta mis ojos. Esta armadura los cubre con tanta eficiencia que apenas si los alcanza la claridad. Vislumbran el brillo de las espadas, los fogonazos de un arma… pero no podrían diferenciar los matices del sol suave de primavera.
La mañana del tercer día, los sirvientes lo intentaron de nuevo:
-Señor, los jardines lucen espléndidos, llenos de rosas y jazmines en flor. Tal vez podría vuestra majestad disfrutar de su aroma…
Pero por tercera vez el rey rechazó la sugerencia:
-Imposible –y sonrió con tristeza-. No podría apreciarlo. Ningún aroma llega a mis sentidos que no sea el olor fuerte de la sangre y de la pólvora, el de los cadáveres del campo de batalla, el del sudor de los soldados. La fragancia de jazmines y rosas es demasiado sutil. Jamás atravesaría mi armadura.

Llegó al fin el atardecer de aquel último día de plazo, y los clarines anunciaron la vuelta de la comisión real encabezada por el herrero. Venían exhaustos, pero se dirigieron inmediatamente a informar al rey.
-Majestad, no hemos podido encontrar herramienta alguna más útil que las nuestras ni mortal más fuerte que nuestros soldados. Pero hemos hallado, en las últimas montañas de los confines más lejanos del reino, a una extraña mujer: una hechicera que dice saber cómo liberaros.
El herrero se apartó con una reverencia y dejó paso a una dama de pelo largo y castaño, suelto hasta la cintura. Era delgada y alta, de aspecto frágil y edad indefinida, e iba vestida con una sencilla túnica. Dio un par de pasos al frente y habló con voz sosegada, mirando al guerrero a los ojos:
-Quisiera hablar con el rey en privado.
Los sirvientes miraron a su soberano, esperando sus órdenes. El rey reflexionó unos instantes y finalmente, concluyendo que no tenía nada que perder, dijo:
-Sea.
La mujer sonrió con calma y añadió:
-En privado. En los aposentos reales.
Sorprendido por la petición, el monarca finalmente cedió a ella. Ambos fueron acompañados hasta las habitaciones privadas del rey, donde la dama pidió una vez más que los dejaran solos.
-No tengáis miedo –volvió a hablar la maga, dirigiéndose al guerrero-. Conozco la herramienta capaz de libraros de esa armadura, señor.
Y diciendo aquello, se acercó al monarca y lo tomó de la mano para conducirlo a la parte más privada de las zonas reales. Allí, con suavidad, lo sentó sobre el lecho.
Sin más, la dama se sentó junto al rey mirándolo a los ojos. Entonces, con exquisita delicadeza, puso sus manos sobre la coraza y comenzó a posar en ella suaves besos. Besos llenos unas veces de ternura y de donaire, de pasión y de hondura otras; ligeros unos como pequeñas mariposas, intensos y profundos otros como el mayor de los océanos. Entre un beso y el siguiente, con absoluta entrega, la maga susurraba palabras dulces junto al acero que cubría el corazón del rey. El guerrero permanecía inmóvil, en silencio, envuelto en un sosiego extraño y agradable que no había sentido desde hacía mucho, mucho tiempo. Tanto que ni siquiera lo recordaba ya.
Después de muchas horas, de muchos besos, de muchas palabras por parte de la extraña maga, de muchas caricias pacientes y dulces, fragmentos de la coraza comenzaron, de modo inexplicable, a desmoronarse. Y a medida que la hechicera continuaba, perseverante, el acero se iba convirtiendo en polvo.

Siete días y siete noches dedicó la dama a liberar al guerrero. Siete días y siete noches en los que la coraza, inexpugnable ante la fuerza, se fue rindiendo lentamente a la ternura. Al fin, la mujer contempló el cuerpo del rey sobre las sábanas.
-Sois libre –le dijo sonriendo.
-Lo soy –contestó el guerrero con incredulidad, observando sus miembros liberados, palpándose el rostro. Y se levantó despacio, con cuidado, temiendo no saber moverse, sintiéndose desnudo y vulnerable.
-Pero… -apuntó tímidamente- no sé si ahora sabré vivir sin coraza –y suspiró-. Tengo miedo.
La maga se acercó a él. Aquel hombre antaño rudo e invulnerable parecía tener ahora la fragilidad y la torpeza de un potrillo recién nacido.
La mujer acarició sus párpados hasta que el rey cerró los ojos. Entonces tomó entre sus manos las mejillas del guerrero y le habló al oído:
-Mi señor, es posible que ahora vuestra vida sea menos segura, y puede que más corta, en estas circunstancias. Pero a partir de hoy, al fin, podréis vivirla.
Y tomándolo de la mano, lo llevó hasta la ventana desde donde se escuchaba el ruiseñor, desde donde se veían los jardines a la luz del sol cálido de mayo, desde donde se respiraba un aroma delicioso de jazmines y rosas.
-Vuestra coraza protegía del peligro a vuestro corazón, pero también lo encarcelaba.
La dama volvió a llevar al rey hasta su lecho y lo instó a descansar. Sentada a su lado se puso a cantar muy bajito, en un susurro, en un idioma desconocido e hipnótico, hasta que el guerrero se quedó dormido.
Cuando el rey se despertó, la mujer no estaba. Inmediatamente ordenó su búsqueda por todo el reino, pero ninguna expedición tuvo éxito. Nadie volvió a saber jamás de la dulce hechicera.

Desde entonces, generación tras generación, la historia del corazón y la coraza se recordó siempre en la historia de aquel país y fue transmitiéndose de padres a hijos, de abuelos a nietos. Se hablaba de ella con orgullo. Y todos se referían a aquel episodio como un momento crucial en la historia del reino: el día en que los besos, la ternura y las palabras vencieron al miedo.

  • Quini

    Está genial!

    Me he puesto nerviosillo cuando la maga se lleva al rey a la alcoba, ya me creía que el plan de la tía era… “endurecer” la carne del rey para que ella misma se abriera camino! (es broma, sí, ya lo sé, estoy enfermo…)

    El planteamiento me ha recordado a otro cuento que también me encantó: “el caballero de la armadura oxidada”

  • Luisa María

    XDDDDDD
    Quini, no tienes remedioooooo!!!
    El caballero de la armadura oxidada? O sea, que esto ya taba escrito? Mecachis!! Pues te aseguro que no conocía esa historia, eh? No es un plagio… :-)
    En fin, me alegro de que te guste. Gracias, niño!

  • josemalo

    Qué bonito! Es perfecto, parece un cuentecito de hace varios siglos. Gracias por compartirlo!

  • kike

    muy bonito! es eso, como un cuento de los “clásicos”, estupendo.
    PD: quini, tu imaginación es fabulosa, y un pelín retorcida…

  • lanena

    qué bonito, Luisa! “besos, ternura y palabras vencieron el miedo”…qué bien!
    Y… sí, Quini, eres un caliente…jajaja (y un valiente por confesarlo!)

  • Luisa María

    Gracias, chic@s.
    Bueno, ésa era la idea, un cuento al estilo clásico… :-)
    Veréis, los cuentos eran mi lectura preferida de niña. De todo tipo, de todos los autores… Tenía una antología de los hermanos Grimm que me sabía prácticamente de memoria. Este texto es de algún modo una vuelta nostálgica a mi infancia :-) Y me encanta poder compartirla con vosotros!

  • Aleix

    Muy buena historia, muy bien escrita, cosas para pensar y aprender. Como siempre contigo, Luisa. El miedo…
    Y un monumento al que encontró a la hechicera, no debe ser fácil.

  • Shenandoa

    Precioso, Luisa, como todo lo que escribes.

  • Francis y Eva

    Nos ha gustado muchísimo! Muy evocador! Y nos ha remitido a nuestra infancia, a la Edad Media, a la leyenda artúrica….
    Muy sensible y sensorial. Por cierto,nos ha encantado la frase “la fragilidad y la torpeza de un potrillo recién nacido” que delata una de tus facetas secretas, “susurradora” de caballos… y de personas.

  • Piluchi

    Muy bonito Luisa, me recuerda a los cuentos que nos contabas hace años, todavía recuerdo el de “La zorra y el Rey”(y Quini no pienses mal…). Qué pena que se me hayan olvidado la mayoría.
    De todos modos me hace pensar en cómo ser buena hechicera, pero sobre todo me apunto al lema:
    “Pon un hechicero en tu vida”

  • Precioso, intenso, marcado por la ternura, me encanta….Es increible como hay gente a la cual le salen las palabras solas. Muchas felicidades, Luisa…

  • Luisa María

    Aleix: Sí, supongo que el miedo forma parte de la vida, y de nosotros mismos. Y supongo que hay que aprender a transformarlo hasta dejarlo simplemente en prudencia, que es algo completamente distinto… y nos permite vivir.
    (PD.: Las hechiceras no se encuentran, aparecen solas cuando se las necesita. Magia!!).

    Francis y Eva: ya sabéis que me gusta mucho todo el mundillo de cuentos, leyendas, medievo, Arturo…
    Y lo del título de “susurradora de caballos… y de personas” me lo pusiste tú, Eva, que me quieres mucho :-)
    Pero yo encantada, eh? Menudo título pa ponerlo en un currículum!! :-)

    Piluchi, Shenandoa, cuando queráis os recuerdo aquellos cuentos de antaño, largos, largos, y mágicos todos… Ahora he vuelto a la carga, esta vez con mis hijos. También les gustan mucho.

    José Jesús, gracias por ser un fan tan fiel.

    Sergi (no ha dejado comentario en el blog, pero me ha comentado el cuento en privado): gracias, maco! Por comentarlo y por enseñarme que los “tropos” utilizados en esta historia se llaman así :-)

    Tod@s: jo, qué suerte teneros como lectores. Abrazos pa tos.

  • josemalo

    Luisa, sobre tu comentario a Aleix: Ángel González iba aun más allá, ni siquiera necesitaba convertirlo en prudencia, y dejó escrito un verso impresionante: “Hay que ser muy valiente para vivir con miedo”.

  • Ángelo

    Jooooooo, qué bonito!
    Me ha encantado, Luisa.
    Hace años que tengo una coraza como la del guerrero. ¿Hay alguna hechicera que venga a quitármela? Me dejo hechizar…. Pero que no se marche luego.
    Un besazo.

  • Luisa María

    XDDDD

    Buen intento, Ángelo… Pero lo que pides es difícil. Las hechiceras, las encantadoras, aparecen cuando menos lo esperas, dejan su poquito de magia a su alrededor y se marchan igual que llegaron. Si una hechicera se quedara y se casara con el caballero en cuestión, para ser felices y comer perdices, y tuviera un esposo y un castillo que atender y unos hijos que criar, poco a poco iría olvidando sus poderes y convirtiéndose en una mujer corriente y anodina. Eso quizá fuese satisfactorio para todos los demás, pero… creo que ella acabaría apagándose y muriéndose de pena. Por eso este cuento acaba así. Por eso dejo a la hechicera en libertad.

    Si aún así sigues pensando que una hechicera en tu vida sería algo bueno, adelante. Como con todas las cosas mágicas, sólo hay que desearlo con la fuerza suficiente. Pero te aviso. Si es una hechicera de verdad, al final se marchará. Tendrás que elegir entre la opción más práctica y realista, y también la más común (una chica normal), o la magia de algo que durará sólo unas horas, unos días a lo sumo. Las hechiceras son así de complicadas.
    Probablemente aquí puede aplicarse el comentario de josemalo citando a Ángel González: “Hay que ser muy valiente para vivir con miedo”. Pues eso. Vivir sin miedo (a lo imprevisto, a la magia, a lo desconocido) significa vivir dentro de un camino trillado y meticulosamente organizado, saber siempre lo que te espera, no arriesgar jamás, no salirse de unos límites estrechos y seguros. Vivir con miedo es lo contrario, mudarse a la calle improviso, explorar caminos nuevos, pedir una hechicera sin saber cuánto tiempo se quedará o qué efectos provocará en tu vida. Vivir con miedo es de valientes. Sabio Ángel González, qué bien entendía la vida…

    Bueno, pues ya me contarás…
    Un beso.