Sueño kafkiano

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Diversas investigaciones (…), utilizando determinadas metodologías y procedimientos, describen como graves y extremas las condiciones de exclusión residencial, segregación y ocupación de infraviviendas de los inmigrados.”

Fuegos artificiales, copas de champán, besos al aire que dejaban empalagosas estelas de perfume caro a ambos lados de mis mejillas. Escotes, perlas, trajes de Armani y de Dior, o de algún nuevo modisto de nombre impronunciable que hacía furor en New York últimamente. Todo el mundo empeñado en ser muy cool. Señores de etiqueta y de pelo engominado que hablaban por teléfonos móviles diminutos, casi hasta el extremo de desaparecer en sus manos; una muestra variada y ostentosa de IPods, de Iphones y de todos los Ips y gadgets imaginables sin los que, por supuesto, la vida no es posible hoy. En algún sitio había leído que cuando el varón actual despliega una amplia colección de aparatitos de tecnología avanzada lo hace para paliar su inseguridad personal y, fundamentalmente, sexual. Concluí que, si eso era cierto, aquella fiesta estaba llena de machos impotentes que se escondían bajo sonrisas blancas y piel dorada de rayos UVA. Fin de las campanadas. Feliz año Nuevo, inmerso en un Siglo Nuevo. En un Nuevo Milenio. Bienvenidos al futuro.

A pesar de que la temperatura no era desagradable, abandoné la terraza del hotel y pasé al gran salón, como muchos de los invitados. El mobiliario era profuso y ostensiblemente caro, excesivo incluso, casi prepotente. Carecía de la elegancia natural que confieren las líneas simples y se abigarraba con criterios basados, seguramente, en tamaño y coste. Todo era muy grande. O muy caro. O ambas cosas. Cualquier otro aspecto (estética, armonía, buen gusto, sobre todo buen gusto) parecía haber sido irrelevante en la elección de los elementos de aquella sala.

Me llamaron la atención las paredes, revestidas de un delicado tejido con brocados y filigranas bordadas en oro. Al menos a simple vista. Me aproximé para comprobar de cerca una labor tan esmerada y toqué la superficie. La textura me sorprendió tanto que me acerqué más aún para cerciorarme de mi primera impresión: lo que al principio me pareció seda lujosamente bordada no era más que… ¡papel pintado! Una buena imitación del tejido, pero papel al fin y al cabo. El descubrimiento me provocó tal desconcierto que continué examinando los muros con cierta discreción, inadvertida en el bullicio de aquel evento en el que no conocía a nadie, hasta alcanzar uno de los rincones de la estancia. Y allí, voilà, una esquina del papel se levantaba, ligeramente despegada de la pared.

Sonreí con malicia. Me divertía el pequeño placer de un descubrimiento que ponía en evidencia lagunas de imperfección (y de mentira) en un ambiente tan pretendidamente exquisito. Y quise saber de qué color era la superficie original, así que con delicadeza levanté aquel borde delator.

Primero fue el tacto. Un cosquilleo leve sobre mis uñas que sólo me provocó curiosidad. Después la vi. Negra, brillante, moviéndose con rapidez sobre mi mano hasta escapar aprovechando mi estupor. Una cucaracha pequeña, horrible, nauseabunda. Siempre me han producido pavor las cucarachas. Permanecí inmóvil, muda, conmocionada, con una mueca estúpida de horror y de asco.

No sé qué me impulsó a hacer lo que parecía impensable, pero fui más allá. Con cuidado levanté un área mayor de aquel falso decorado recién descubierto. Y allí estaban. Cientos. Miles de ellas.

Hacinadas en el ínfimo espacio existente entre el pliego y el muro, se movían afanosamente formando una costra oscura y brillante y, sobre todo, viva. Un inframundo oculto que parecía actuar, sin embargo, como el soporte imprescindible que entre bastidores soportaba aquel frágil escenario.

Advertí con espanto que mi curiosidad había mostrado a algunas de las más atrevidas el camino hasta el exterior. Varias exploraban ya la moqueta en distintas direcciones. Una se acercó al zapato de un señor con esmoquin, y yo no quería ni imaginar lo que ocurriría si alguno de los asistentes daba la voz de alarma ante la inesperada plaga. El invitado bajó la mirada un instante, interrumpiendo la conversación en la que estaba inmerso, y yo cerré los ojos y pensé: ya está. Ahora es cuando empieza la hecatombe.

Pero no ocurrió nada. Nada. El caballero siguió hablando y, con una sonrisa, mientras brindaba con su interlocutor, levantó unos milímetros el tacón del zapato. Un pequeño y consciente giro, minuciosamente calculado. Un movimiento muy sutil. Y un chasquido que se perdió en el bullicio de la sala, aunque sonó con estrépito en mi cerebro que se moría de angustia. Nada más. Ambos hombres se alejaron charlando animadamente hasta otro punto de la habitación. Las puntas de sus zapatos, que asomaban bajo el pantalón bien planchado, brillaban como cucarachas negras.

Desconcertada, busqué el rastro de alguna otra fugitiva. Descubrí una de ellas sobre una mesa, perdida entre cócteles y canapés. Una dama parecía dudar entre las opciones que la mesa ofrecía hasta que finalmente se decidió por una bebida. Ahora sí, pensé. Chillará en cuanto la vea. La mujer, sin embargo, no pareció advertir nada extraño y continuó conversando con otra de las invitadas. Sólo después de un momento volvió a colocar su copa sobre el mantel y entonces me di cuenta. De manera casual, mientras miraba a otro lado y continuaba con la conversación, colocó la base del vaso justo sobre el insecto. Y presionó. Presionó hasta aplastarlo. Después movió uno de los platos con aparente descuido y el pequeño cadáver cayó al suelo. Eso fue todo. Con un suspiro, la dama tomó un canapé minúsculo cubierto de caviar y lo mordió. El caviar relucía entre sus dientes níveos como un nido de cucarachas diminutas.

El resto de las que se habían aventurado a escapar para explorar un mundo prohibido e ignoto corrió una suerte similar. Poco a poco todas fueron desapareciendo bajo los vasos, los platos, las servilletas, los pañuelos, los tacones de los invitados. Y ello de manera pretendidamente inadvertida para todos, al parecer, excepto para mí. Nadie torció el gesto, nadie hizo una mueca extraña ni subió la voz más de lo debido. Ninguno perdió la sonrisa ni interrumpió su conversación. Nadie modificó su pose en ningún momento, nadie cambió de actividad ni acusó incomodidad alguna. Todo continuaba desarrollándose con la mayor naturalidad…

Perpleja y confusa al principio, tras unos minutos me recobré y me acerqué al rincón revelador que había supuesto el origen del problema. Fue entonces cuando tomé la decisión más importante de mi vida. Lo hice decidida a ser consecuente a partir de entonces, a formar parte activa de la realidad que me rodeaba ahora que por fin era consciente de ella. Decidida, en suma, a ser una persona razonable y adulta de una vez, alguien con la cabeza fría y los pies en el suelo.

Respiré hondo y saqué un chicle del bolso. Lo masqué unos segundos y con valentía insólita procedí a sellar con él la esquina despegada. C‘est fini.

Las posibles supervivientes que podían quedar aún en el salón tampoco me preocupaban ya. Alguien se ocuparía de ellas tarde o temprano. Y volví a la fiesta.

Eso sí, antes de emprender mi nueva vida me atusé el pelo tras la oreja para mostrar sutilmente mis pendientes (prestados, de momento), y con la cabeza bien alta y los tacones bien firmes me serví una copa de champán y unos cuantos güisquis dobles. Mientras los apuraba reflexioné sobre la compleja y difícil cuestión de qué modelo de móvil me compraría al día siguiente. ¿Móvil o Iphone?… Una elección crucial y trascendente. Me llevaría unos días, tal vez unas semanas, decidirlo.

“Sueño kafkiano” fue publicado originalmente en Axxon.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

  • lanena

    nooo, noooooo!!!! levanta todo el papel!!!! arráncalooooooo!!!!

    me ha encantado, Luisa, qué capacidad tienes para transportar a los que te leen.

  • xabi

    Buenisimo… Pero que hacias tu criatura mia en un nido de cucarachas……

  • Quini

    sigue resultándome tan turbador (y tan genial) como la primera vez

  • luisa

    Gracias, chic@s…

    @la nena: claro que sí. De hecho, escribir esta historia y hacerla pública es mi manera personal de levantar el papel y empezar a arrancarlo. Y vosotros me ayudáis leyéndola y comentándola :)
    Gracias por tus palabras,estimulantes y muy bonitas, como siempre…

    @xabi: gracias, niño. Y sí, eso digo yo, con lo que las cucarachas me impresionan, uf… pero ya ves, circunstancias en las que te pone la vida! :)

    @Quini: me alegro de que el relato no haya perdido su efecto original, ni siquiera en una segunda lectura. Y vuelvo a decirte que sí, lo confieso, me gusta escribir cosas turbadoras XD

    Gracias, Quini.

  • josemalo

    qué bueno es.
    lo que no se describe es el pánico de las cucarachas al ver lo que había al otro lado… :)
    enhorabuena!

  • Fko

    Una maravilla, Luisa.

    PD: A mi siempre me han atraído las cucarachas. Tenía una en una caja.

  • Luisa María

    Gracias por vuestros comentarios, Fran, jose.

    Yo creo que las cucarachas sí que sabían lo que había al otro lado. De hecho, creo que emprendieron un viaje largo y peligroso desde las cloacas soñando con un paraíso, con aquel salón de caviar y lujo, pobres. Probablemente algunas murieron por el camino, en las alcantarillas. En cuanto al resto, lo que seguro que no esperaban era que, al llegar a la tierra prometida, se les asignara inmediatamente la función de soporte del papel pintado. Un soporte necesario pero incómodo de ver y de admitir, que por esa razón debía permanecer aislado e invisible a toda costa.

    Fran, te confieso que a mí las cucarachas me paralizan. No puedo evitarlo…

  • Ángelo

    Genial!
    Me ha parecido un relato al estilo de la serie “Historias desde la cripta”. Surrealista y agobiante, en el que la protagonista es la única que se da cuenta de lo que sucede.
    Me encata cómo haces que el lector se meta dentro de la historia.
    Si es que tienes una imaginación que ya quisiera Stephen King.
    Saludos!