Universo alternativo

El siguiente relato fue finalista hace unos años en un Certamen Internacional convocado por El País Literario. Está publicado en papel, en el volumen Novísimos junto con el relato ganador y los demás finalistas, pero el libro está ya agotado y el cuento no está disponible on-line. Hasta ahora.

 

 

Se sentó en la mecedora, junto a la cristalera. Como cada mañana se puso a contemplar el valle mientras amanecía. En camisón aún, sin zapatillas. Era ya primavera y le gustaba el contacto del suelo bajo sus pies descalzos. Tras la montaña se intuía, desperezándose, el primer albor. Vio tintarse el cielo de rojo e imaginó un clarín sangriento que anunciaba el día.

Se puso a pensar que cada amanecer era diferente. Lo veía a diario, el mismo paisaje, el mismo sol, la misma ceremonia. Sin embargo ella lo vivía como un espectáculo que cada día traía sensaciones nuevas y distintas. Anotó aquella idea en el cuaderno, sobre sus rodillas. Siempre escribía después de amanecer. Aquella media hora le pertenecía, pertenecía a su cuerpo y a su mente, y procuraba exprimir los minutos y bebérselos despacio, con fruición. El mensaje de aquel alba era, por alguna razón, triste. Pensó en los cuarenta años que cumpliría en agosto. Miró las notas que acababa de tomar y decidió darles forma.

¿Por qué me traes ahora
lágrimas de otros ojos,
suspiros de otras bocas,
naturalezas muertas
de lo que en otro tiempo fue
belleza?
En este amanecer de hielo y sangre
sin túnicas, de luz
desnuda y verdadera,
¿por qué me traes, espejo,
realidades,
certezas,
signos tan indudables cuya verdad me asfixia?

Y ¿por qué de repente?
Hace una noche,
apenas unas horas,
yo era joven
y caminaba a tientas sin saberlo
sin red
sobre el alambre fino de la vida.
Y hoy
en esta madrugada, espejo inhóspito,
desvelas con crudeza los secretos
del tiempo
y pierdo el equilibrio
para estrellarme contra tu reflejo,
contra ti,
contra mí,
que he dejado de ser.

No puedo recobrar lo que ya fue.
Cada segundo, el “es”
se convierte en el “era”.

Soy, implacablemente,
diez minutos más vieja
que cuando comencé a escribir este poema.

Revisó el cuadernillo. Lo había dividido en varias secciones. En una de ellas tomaba notas que después cobraban vida propia y crecían hasta convertirse en historias o poemas. Terminar cada uno de ellos era como dar a luz. Eran sus criaturas. Ésta última, decidió, había nacido reflexiva y triste. Demasiado triste, de hecho. Inmediatamente decidió llevar su mente por otros derroteros. Tenía otro poema a medias, habría que decidir cómo acabarlo. Y había más cosas pendientes: escribir varios e-mails; buscar información relacionada con el mundo árabe para ilustrar su último relato (procuraba que lo que escribía fuese coherente y estuviese bien fundado, aún tratándose de ficción); comprobar varias páginas web que le interesaban, telefonear a un par de personas…

La ducha la despejó y la hizo sentirse fresca. Fue consciente aquel día, sin embargo, de que su piel no estaba tan flexible como antaño. Se estudió frente al espejo durante unos minutos. No solía hacerlo. Tal vez por eso el resultado la tomó por sorpresa. Signos de madurez (nada de vejez, demasiado pronto para usar ese término) que parecían haber surgido de repente, en una sola noche. Así que era cierto, era más que una intuición absurda que había dado lugar a unos versos. El tiempo estaba ganando la partida.

Desconectó para meterse de lleno en la vorágine de un día ordinario, prisas, atascos, el trabajo, la vuelta. Mil cosas que hacer. A veces, sin embargo, ponía en marcha el piloto automático y mientras su cuerpo se afanaba en tareas puramente mecánicas su mente ardía con ideas y reflexiones. Su pensamiento saltaba de una a otra, coherente unas veces, inconexo otras. Una parte de ella había sido siempre analítica, extraordinariamente lógica. La otra era su parte agreste, rebelde e imprevisible.

Sara. Su nombre era de origen hebreo y significaba “princesa”. Pensó en sus padres. Ella sin embargo nunca quiso hacer de princesa cuando de niños jugaban a los cuentos. El personaje de la bruja le parecía mucho más atractivo. Le permitía encorvarse, tensar los dedos de las manos como si los tuviese agarrotados, cambiar la voz, experimentar muecas horribles. Era mucho más dramático ser bruja, y desde luego más interesante que desempeñar el papel de una princesa que siempre era “dulce y bellísima” y que a ella en realidad le parecía ñoña y bastante sosa, y desde luego con nada de iniciativa, siempre esperando que el príncipe viniera a sacarle las castañas del fuego.

Decididamente, el príncipe se llevaba siempre la mejor parte, la parte activa. La princesa sólo tenía que dejarse querer, y dejarse avasallar (raptada, o humillada, o encerrada en una torre) para después dejarse rescatar. Dejarse hacer, en suma. Era siempre el objeto de la acción, nunca el sujeto.

Tenía un amigo artista, pintor. Se dedicaba a ello en cuerpo y alma. A todo el mundo le parecía perfecto y muy natural que hubiese hecho del arte su profesión. Trató de recordar el nombre de alguna pintora. Ah, sí, Frida. Y… nada más. Tal vez no estaba muy puesta en arte, pero de cualquier modo decenas de nombres de pintores vinieron a su mente. Probó con la música. Había mujeres intérpretes, pero no conocía el nombre de ninguna compositora. Era como si a la mujer se le permitiese recrear, pero nunca crear. Dios es masculino.

Recordó de pronto a Clara Schumann, la brillante pianista que aparcó su carrera como concertista para ejercer de esposa y madre y que después dio a conocer la obra de su marido, Robert. La mujer que, una vez casada, sólo volvió a los escenarios de modo ocasional y por razones económicas. Como segunda opción. Como actividad secundaria.

Pensó en mujeres artistas de otras épocas, las menos, muchas de las cuales habían acabado con matrimonios rotos y cuya existencia, en muchos casos, había terminado en suicidio. ¿Había que renunciar, para dedicarse al arte, a una familia estable o incluso a la propia vida?

Y pensó en sí misma. En un cajón de su mesa de trabajo guardaba sus escritos y sus notas. Todo inédito y desconocido. Nadie la iba a tomar en serio si un día, de pronto, decidía dedicarse a escribir. Aquello estaba muy bien como pasatiempo, algo para “ocupar sus ratos libres” (de los que generalmente no disponía). Ella misma se sentiría culpable si descuidaba las tareas domésticas, o pasaba menos tiempo con su marido, o dejaba a los niños con una niñera “para escribir”. En esta sociedad y en este punto del sur de España la familia y la casa aún se entendían como la primera prioridad de cualquier mujer. Se preguntó por qué podían ser la segunda para cualquier hombre sin que nadie se rasgase las vestiduras.

¿Y en otra sociedad? Había leído una teoría sobre universos alternativos, paralelos al nuestro, en el que las cosas ocurrirían de un modo ligeramente diferente. Pensó en las mujeres que, como ella, relegaban el arte a un segundo plano en sus vidas. En los libros que jamás serían escritos, en los cuadros que jamás serían pintados, en las partituras que no llegarían a existir. Pensó en las criaturas que vivían en las mentes de muchas otras mujeres y que nunca verían la luz. E imaginó un universo alternativo en el que cada una pariera lo que llevaba dentro. Imaginó, de hecho, que todos los vástagos de su imaginación coexistían, en aquel universo paralelo, con los de otras muchas féminas. Los proyectos no-natos, en un limbo lejano al que iban a parar las obras que nunca nacerían, a pesar de que habían sido engendradas.

El ruido de la llave en la cerradura vino a sacarla de sus reflexiones. Las diez ya. Otro día que se acababa. Escuchó cómo la puerta de entrada se abría y volvía a cerrarse.

-Cariño, ya estoy aquí.
-En la cocina –alzó la voz mientras seguía batiendo un par de huevos. Rafael entró y la besó en los labios.
-¿Cómo estás? –preguntó ella-. ¿Qué tal el día?
-Cansado. Han surgido un par de problemas en la oficina que me han puesto muy tenso –abrió el frigorífico y sacó un refresco-. ¿Y los niños?
-Bien. Isabel se cayó en el colegio esta mañana, pero no es nada. Están dormidos.
-Ahora entraré a darles un beso. ¿Y tú? ¿Cómo te ha ido hoy?

Levanté a los niños, los llevé al cole, me fui al trabajo, desde detrás de un mostrador atendí a más de cincuenta personas entre las que había, como siempre, algún imbécil, le eché tres kilos de paciencia a las exigencias de mi jefe, volví al cole a por los niños, les di el almuerzo en casa, los llevé a las actividades de la tarde y aproveché para hacer la compra, los recogí, me vi atrapada en un atasco durante media hora, jugué con ellos un rato mientras les daba un baño, les preparé la cena, los metí en la cama y les leí un cuento, preparé su ropa y su desayuno para el cole, dejé listo el almuerzo para mañana, recogí un poco la casa y en cuanto a la cena, estoy en ello.

Paralelamente vi amanecer, escribí un poema y dejé otro a medias, pensé que hoy me siento como si la vejez me hubiese puesto su garra encima de repente, envié varios e-mails, leí un artículo muy interesante sobre la mujer árabe, pensé en mis padres y recordé momentos de mi infancia que creía olvidados, e imaginé otro universo, maravilloso y rico, que a lo mejor da pie a una de mis historias.

Pensó todo eso en sólo unos segundos, mientras lo miraba. Rafael había salido de casa a las seis, como cada mañana (tenía que viajar casi una hora hasta llegar al trabajo). Parecía agotado y la miraba con ternura. Probablemente también había tenido un día muy duro. Finalmente contestó, mientras vertía los huevos batidos en la sartén:

-Como siempre. ¿Quieres una ensalada con la tortilla?

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Comentarios

Puf… es buenísimo…
Gracias!

genial

Creo sinceramente que es la cruda realidad. Un universo paralelo? posiblemente sea cierto, porque no?
Luisa, eres una artista!!!!

el universo paralelo, que viene a ser “todo lo demás” y que, por suerte, ocupa más de lo que pensamos.
gracias Luisa, por recordárnoslo. ;)

Ummm…. Luisa, ¿eres tú la protagonista del relato…?
Conforme he ido leyendo te he visto reflefada en el personaje.
Es genial, como todo lo que escribes; si es que ya me faltan palabras para decírtelo una y otra vez.
Eres única!

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