Cajas chinas

No podía creer que fuera él. Qué casualidad.

-¿Eres tú, K.? ¿Te acuerdas de mí?
-Claro que sí. ¿Qué tal estás?
-Muy bien, muy contenta de verte. ¡Es increíble! ¿Qué te trae por aquí? ¿Trabajo?
-Conciertos. Pero además vivo muy cerca.
-¿En serio?

Era de noche. Estábamos en una especie de plaza sumida en semioscuridad, muy parecida al recuerdo que tengo del solar que había enfrente de mi casa cuando era niña. Había una serie de formas de colores en el suelo, que en mis recuerdos era simplemente de tierra. Al principio pensé que se trataba de dibujos realizados a base de arena coloreada. Después me di cuenta de que tenía que ser algo mucho más permanente y más resistente también, porque una chica saltaba sobre las imágenes. Era como jugar a la rayuela en color y a lo grande, como un tablero de juegos para fichas humanas.

-…y fin –la chica sonreía alegre y orgullosa, mientras alcanzaba de un brinco el centro del dibujo-. ¡Gané!
-Esta es…

No recuerdo el nombre. Mi atención se centraba en la imagen de la chica en sí. Rubia, joven, preciosa, con estilo. Esbelta y ágil. Dientes perfectos.

-Hola. ¿Te gusta? -me preguntó ella, refiriéndose al curioso tablero mientras salía de él para estrecharme la mano. Con la otra se apartó el pelo de la cara. La combinación de colores era magnífica, vívida y muy llamativa. Como ella.
-Lo he hecho yo misma.
-Está genial –contesté yo mientras la saludaba-. Y apuesto a que además eres pianista.

Recuerdo perfectamente haber pronunciado aquella frase en inglés. I bet you´re also a pianist. Perfectamente. Es más, según las reglas de la lógica toda nuestra conversación, desde que me topé con K. de manera tan inesperada, debería haberse desarrollado en inglés. Pero sólo recuerdo esta frase. En especial la palabra pianist. Yo sabía que la novia de K. era también una pianista de renombre, como él mismo. Así que no había esperanzas. Aquella era una competidora con todas las de ganar.

-No, el piano se lo dejo a mi hermano –le dirigió a K. un guiño cómplice, y éste me dedicó una amplia sonrisa. Probablemente no pude esconder la expresión de alivio. Tal vez había una oportunidad.
-¿Te gustaría conocer al resto de mi familia? –preguntó él, tomándome del brazo. Te encantarán.

* * *

La iglesia estaba a rebosar. Iba a ser una boda importante. Todo eran risas y nervios. Cuando llegué casi no había asientos. Yo intenté buscar un sitio libre en uno de los últimos bancos de la izquierda. K. había encontrado espacio a la derecha. Llevaba un traje claro, en tonos crema, que le favorecía. Vi sus ojos buscándome entre los demás, tratando de encontrarme. Y su desilusión cuando advirtió que yo iba a sentarme en otro sitio. Así que cambié de idea, con naturalidad crucé el pasillo que nos separaba y fui a sentarme junto a él. Se notaba que aquel gesto tan simple le hacía feliz. Y a mí también. Me cogió de la mano y me miró. A veces una mirada dice tantas cosas.

¡Ya llegaba la novia! No recuerdo su rostro ni tampoco los detalles del traje, sólo que iba cubierta con un velo y que bajo el mismo podían verse flores blancas prendidas en el pelo. Mientras los novios llegaban al altar se oía una música maravillosa, interpretada por varios de los familiares de K. La novia era otra de sus hermanas. Su padre y varios de sus tíos y primos formaban un magnífico ¿cuarteto? ¿quinteto? de cuerda. Desde luego, aquella familia vivía la música. Era parte de ellos mismos. Los músicos sonreían mientras tocaban. Era evidente que disfrutaban con ello, y podía respirarse la sensación de que el acontecimiento era muy feliz para todos. Había tanta alegría en el aire, tanta armonía. K. me apretaba la mano de vez en cuando y me miraba, encantado.

Al final de la ceremonia, cuando ya los novios saludaban a todo el mundo en la puerta del templo, K. pidió silenció. Entonces, sin más, anunció que la próxima boda sería la nuestra. Todo el mundo aplaudió a rabiar, todo fueron parabienes y felicitaciones. No recuerdo cómo llegamos a aquel punto, no recuerdo haber pasado por distintas etapas de la relación. Sólo aquel anuncio que me hacía completamente feliz.

* * *

El hogar de la familia de K. era humilde y, sin embargo, confortable y acogedor. Supongo que la razón eran ellos, que te hacían sentirte en casa. Había música a todas horas, uno u otro practicaba con algún instrumento. Vivíamos todos allí. Todo era tan fácil. Hay en mi mente flashes del padre de K, con abundante pelo entrecano y facciones honestas y buenas, y una sensación mucho más vaga en cuanto al resto, pero igualmente agradable. Mucho más que eso. Me sentía inmensamente dichosa.

No sé cómo ni cuándo exactamente empezó la guerra, sólo que estábamos en guerra contra los alemanes. Tengo la vaga idea de que K. y su familia eran judíos, pero no podría asegurarlo. Recuerdo los preparativos, la precipitada huida, el abandono de la casa en la que dejábamos un trozo de nuestra vida, uno de los mejores. Y la incertidumbre. La enorme incertidumbre que se cernía sobre nosotros como la sombra de las alas de un ave de mal agüero.

Sé que a K. lo separaron de mí. A él y a los demás hombres. Recuerdo la despedida, recuerdo cómo lloré de impotencia y desesperación. Precisamente ahora que teníamos una hija. Tan pequeñita, tan pequeñita.
Me apremiaban para que subiera al barco con las demás mujeres. Le dije adiós sin besarlo. No tengo ningún otro recuerdo de contacto físico con K., no hay imágenes de sexo en mi memoria, ni siquiera de deseo. No sé cómo habíamos concebido a nuestra hija, era un amor tan puro, tan sencillo que ella parecía haber llegado allí por arte de magia.
En el barco, varias mujeres ocupábamos un compartimento muy parecido a una habitación. Las paredes debían haber sido blancas en su origen, pero ahora eran grises y sucias, llenas de desconchones. Y la luz. La luz era tan distinta allí. Era la no-luz que vemos en un día muy nublado. En la habitación o camarote, ya no estoy segura de nada, había una mesa y un frigorífico. Yo llevaba en brazos a mi hija. Era una muñequita, y digo esto literalmente. Una muñequita de porcelana que me cabía en la mano, con un vestidito verde y un gorro de volantes a juego. Me urgía ponerla dentro del frigorífico. Sabía que sólo dentro del frigorífico podría sobrevivir. Así que la dejé allí, sobre una de las rejillas, junto a ella un platito con leche para que pudiera alimentarse. Mi niña, mi niña, que nadie la moleste, que nadie la saque del frigorífico o se morirá.

Una de las mujeres me odiaba. Yo no sabía por qué, pero me miraba mal. A los pocos días de estar allí se lanzó contra mí y comenzó una pelea. Nos enzarzamos en una lucha terrible, nos arañamos. Recuerdo cómo una franja de su cabeza se quedó sin pelo, como si llevara una diadema. Pero era horrible darse cuenta de que la diadema era en realidad la piel del cráneo. Cogió una barra de labios y se puso a pintarse aquella piel desnuda para simular una diadema real. Yo sabía que a mí también me faltaba parte del pelo pero decidí que pintarse de ese modo era tan repugnante que yo no lo haría. Me di la vuelta y me senté en un rincón. De pronto el corazón me saltó en el pecho. Mi niña. Mi niña chica.
Me lancé al frigorífico y abrí la puerta. El plato de leche estaba vacío, mi niña no estaba. Detrás de mí, la mujer de la extraña diadema reía a carcajadas, la risa de una loca o de un demonio.

-¡El que ríe el último ríe mejor! Anda, busca ahora a tu hija.

Y nadie me lo dijo, nadie, pero yo sabía que había tirado a mi niña por la borda para que se ahogara en el mar. Así que lamí el plato de leche que era lo último que mi niña había tocado y lloré a gritos, de impotencia y de rabia y desesperación, pero sobre todo de pena. Nunca más iba a verla, a mi niña. Nunca más.

Sé que permanecí varios días sentada en un rincón, sin comer ni beber ni hablar con nadie. De pronto, inesperadamente, nos obligaron a desembarcar. Salí del barco pensando cómo le iba a contar a K., cuando volviéramos a vernos, lo de nuestra hija. La pena me mordía las entrañas, pero eché a andar. La hermana de K. me acompañaba. Cruzamos calles grises y semidesiertas, pobres y llenas de edificios que apenas si se tenían en pie, para volver a la casa de K. y su familia. Subimos unas escaleras oscuras y sucias hasta llegar a la puerta del piso. Estaba abierta. Muebles rotos, desorden y desamparo desnudaban las habitaciones. Los cristales mugrientos no dejaban pasar la luz. De pronto escuchamos voces de hombres que venían de la escalera. Eran soldados. Entraron de repente y nos sorprendieron en la casa. Sin saber cómo, adopté un tono autoritario y me puse a hablar en alemán, reprendiéndoles por su incompetencia. Tenía la intención de hacerme pasar por uno de sus mandos. Les expliqué que la hermana de K. era mi prisionera y que yo estaba intentando obtener información sobre su familia, cuyos miembros habían huido. Los soldados callaron y agacharon la cabeza como corderitos. Les pregunté si tenían algún medio de transporte. Señalaron la ventana. Al asomarme vi, al trasluz de la suciedad, una moto con sidecar. Estaba abajo, en lo que parecía un patio grande convertido en garaje. Indiqué a los soldados que debía marcharme urgentemente. Y así lo hice, pretendiendo obligar a la hermana de K. a seguirme. Corrimos escaleras abajo hasta llegar al patio, y subimos en la moto que no era tal, sino un vehículo extraño, una especie de juguete hinchable que constaba de un manillar y un asiento sobre una especie de grueso flotador circular. Sin ruedas. Subimos, la hermana de K. agarrada a mi cintura. Yo conducía. Deprisa, deprisa. Antes de que los soldados descubrieran el engaño. Ya bajaban por la escalera. ¡De prisa! Aquella cosa salió disparada. Sin ruedas. Flotando a unos quince centímetros del suelo. Descubrí que la velocidad aumentaba si tiraba del manillar de goma hacia atrás. Sorteamos mil obstáculos en calles estrechas intentando dar esquinazo a los soldados que, descubierto el engaño, nos perseguían. De pronto vi un edificio diferente, una especie de teatro. Había un gran telón que daba a la calle. Detuve el vehículo y apremié a la hermana de K. para que bajara. Nos asomamos con cuidado para ver a dónde conducía aquella cortina enorme. Vimos una habitación pequeñita, en la que mujeres desnudas o con muy poca ropa se preparaban para lo que parecía un desfile o una exhibición. Por alguna razón entendí que se trataba de una exhibición privada, y quitándome la ropa me uní a ellas y pedí a la hermana de K. que hiciera lo mismo. Las chicas se vestían con prendas escasas y muy provocativas, iban muy maquilladas y llevaban el pelo recogido con adornos de perlas. Me pregunté cómo nosotras, ajadas y flacas, mal peinadas y sin maquillaje alguno, íbamos a encajar allí. A pesar de eso decidí que era nuestra única opción. Sobre una mesa había pequeños manteles. Manteles baratos, de diseños y colores chillones y vulgares, que parecían recién planchados. Tomé uno, de tonos amarillos y rojos, y me lo coloqué a modo de improvisado delantal. La última chica volvía a entrar, me tocaba a mí.

Salí a lo que parecía un pequeño escenario, poderosamente iluminado. Me sentí desnuda a pesar del mantel. Me arrodillé en el suelo y finalmente me tendí y me quedé allí, esperando que al fin me descubrieran y me asesinaran. Ya no tenía fuerzas para continuar. Y no tenía a mi hija. Pobre K. Iba a quedarse solo. Porque yo tenía la certeza de que él aún vivía.

A pesar de las luces conseguí ver la figura de un hombre que se sentaba muy cerca del borde del escenario. Se levantó y se acercó a mí. No recuerdo su rostro, pero llevaba uniforme. El de un gerifalte alemán. Me contempló en silencio durante un rato y yo pensé, ya está, ahora es cuando ordena que me maten. En lugar de eso comenzó a aplaudir.

-Perfecto –decía en alemán-. Esto es lo que quiero. Nada de afeites ni de bellezas artificiales. La cara limpia, el pelo natural. Ahí reside la verdadera belleza de la mujer. ¡Y esta idea de vestirla con un delantal tan alegre, con los colores de la vida y la pasión! ¡Es magnífico! ¡Éste es el espíritu, el perfil de un nuevo país, de una nueva era! Color y alegría en las calles. Esto es lo que quiero.

Me tomó de la mano y, levantándome, me llevó a la calle a través del pesado telón.

-Quiero que te vean todos, que todos imiten esta nueva forma de ver las cosas. ¡Música! ¡Un desfile de manteles y delantales! ¡Inmediatamente!

Así que comencé a andar, con la cabeza alta, aceptando las reglas del juego, sabiendo que lo que me jugaba era la vida, mientras una banda militar marchaba detrás de mí interpretando melodías triunfales. Caminábamos por mitad de la calzada, interrumpiendo el tráfico, y los conductores se asomaban por las ventanillas, primero con curiosidad y luego con entusiasmo, y de pronto desde las ventanas de los edificios decenas de personas, sobre todo mujeres, comenzaron a agitar delantales de colores convirtiendo las calles en una fiesta popular y gozosa, y yo precedía la comitiva como una especie de reina de la alegría de los pobres, con un delantal como símbolo y enseña, y de pronto pensé que tal vez todo aquel gozo era fingido, como el mío propio, porque al fin y al cabo fingir era lo único que podía hacerse para complacer a un ejercito que dominaba la ciudad. Seguirles el juego, obedecer, mentir. Ése era el secreto de la supervivencia. Y entonces toda la colorida fiesta de delantales me pareció falsa y triste, tan falsa como la sumisión de un siervo a sus señores a los que odia, tan triste como la negación de uno mismo impuesta por otros.

* * *

-¿Qué pasa, cariño? ¿Qué te pasa?

La voz de Juan y su caricia en mi brazo me despertaron. Advertí que mi rostro estaba húmedo. Juan me miraba.

-Estabas sollozando. Mientras dormías. ¿Alguna pesadilla?

Asentí con la cabeza, con un nudo en la garganta. A pesar de todo, me embargaba una enorme sensación de alivio. Nada de lo que acababa de vivir era cierto.

-Una pesadilla horrible.

En unos minutos traté de resumir aquella historia comprendiendo lo absurdo que sonaba todo, mi matrimonio con K., el pianista checo amigo de Juan que en realidad sólo nos había visitado una vez; mi hija de porcelana que necesitaba el frigorífico para vivir, la terrible situación relacionada con la guerra.

-Lo más impactante –concluí- es que mientras formaba parte del sueño nada de todo eso parecía fuera de lo común. Todo era tan natural, tan real.
-Bueno, los sueños suelen parecer reales mientras soñamos –fue la sensata respuesta de Juan-. Tanto que la mayoría de las veces no somos conscientes de que se trata de un sueño.
-Hasta que despertamos.
-Sí.

En ese momento recordé a Chuang Tzu, el filósofo oriental que soñó que era una mariposa y al despertar no sabía si era un hombre que había soñado con ser mariposa o una mariposa que estaba soñando que era un hombre.

-Abrázame, ¿quieres?
-Vale, pero no por mucho tiempo –accedió Juan-. Es casi hora de levantarse.
-¡Es verdad, es tardísimo! Bueno, supongo que una ducha me vendrá bien.
-No hay tiempo para una ducha. Tienes que entrar en el saco.

“Claro, el saco” –pensé yo-. Salimos de la cama y allí mismo, en la habitación, pude ver el gran saco de lona gris, vacío y listo para ser usado.

-Tú primero –dijo Juan-.

Puse mis pies descalzos sobre la lona. Juan fue subiéndola a mi alrededor hasta que me cubrió por completo. Entonces cerró una enorme cremallera, dejándome dentro. Incomprensiblemente, yo estaba en el interior del saco pero al mismo tiempo, como si se tratara de un viaje astral, podía ver lo que sucedía desde fuera. Había más lona sobre el suelo. Juan se colocó sobre ella y aparecieron mis hijos, que lo ayudaron a introducirse en otro saco, más grande, que los englobaba a él y al saco en el que yo me encontraba. Cuando los niños cerraron la cremallera, alguien más apareció y los introdujo en un tercer saco en el que cabíamos Juan y yo, más los niños. Tardé en darme cuenta de que se trataba de mis padres. El dormitorio se había convertido para entonces en un espacio en blanco, y alguien más estaba introduciendo a mis padres y a todos nosotros en otro de aquellos sacos, uno nuevo y más grande. Y sentí que sería así hasta límites insospechados, y que yo era el núcleo de aquella estructura concéntrica que iba englobando progresiva y jerárquicamente, por orden de conexión conmigo misma, al resto del mundo. Entonces sonó el despertador, con un ruido estridente y desagradable.

* * *

No me llevó más de un segundo darme cuenta de que no había ningún despertador. Se trataba de la alarma que nos despertaba cada mañana. En la soledad de mi celda pensé en el sueño del que acababa de despertar, uno en el que soñaba dentro de otro sueño. Aparecía Juan. Y también los niños.
Yo cumplía condena por asesinato. Aquél era el día de mi liberación. Tal vez por eso había soñado con ellos. Nunca quise matarlos. ¡Los adoraba! Ni siquiera tuve jamás conciencia de cómo ocurrió todo. Aquella noche era un simple vacío en mi memoria. Mi abogado y mi psiquiatra me contaron lo que hice, y con el tiempo llegué a aceptarlo y a creerlo. Pero no eran mis recuerdos. Mis verdaderos recuerdos eran una página en blanco sobre la que los demás habían escrito.
Ni siquiera tomé el desayuno en la cárcel. Vinieron a por mí enseguida, me dieron mis cosas y varios documentos y una guardia de seguridad me acompañó a la puerta. La libertad. Tomé un autobús hasta mi antigua casa. Aún conservaba la llave. Sí, la cerradura era la misma. Abrí la puerta y fui directamente al salón para servirme una copa. Ni siquiera estando allí recordaba nada sobre cómo ocurrió todo.
Sentada en el sofá, cansada y confusa, me puse a pensar en aquel sueño una vez más. ¿Qué era la realidad? ¿Cómo sabemos que no estamos soñando? ¿Y si nuestros sueños son simplemente existencias alternativas de otros “yo”, que a veces actúan de manera independiente unos de otros y otras veces interaccionan entre sí? ¿Quién era yo? ¿La mujer que amaba a K.? ¿La que se casó con Juan y tuvo hijos, y se metió en su microuniverso al que los demás podían acercarse, pero no acceder (sólo yo tenía acceso a mi saco privado)? ¿La que los mató a todos y después no era capaz de recordar nada? ¿La que estaba tomándose un whisky doble a las diez de la mañana, filosofando sobre la vida y la realidad? ¿Podría ser que mientras una de mis personalidades dormía las demás volvieran a la vida, por turnos, e hicieran diferentes cosas, tomaran decisiones diferentes, vivieran otras vidas alternativas? ¿Era yo la confluencia de mil mujeres diferentes, independientes unas de otras y dependientes todas de mí? ¿Un abanico de personas (¿de personajes?) con una esencia común?
Fue en ese momento cuando sonó el timbre de la puerta. Alguien llamaba insistentemente, tanto que al principio me sobresalté. Dejé la copa sobre la mesa y fui a abrir. No pude. La puerta parecía estar encajada. Y el timbre perforaba mis tímpanos con abominable tenacidad. Y supe de pronto que fuera esperaban todas aquellas mujeres que componían mi yo y a las que mi pensamiento había convocado. ¿Querían reunirse, y dejar de ser incompletas? ¿Querían vengarse por sufrir aquella especie de maldición? El timbre seguía sonando hasta volverme loca. Yo ya no quería abrir. No podía. De pie, la espalda contra la puerta, mi instinto avisándome a gritos del peligro, sentí que el millar de mujeres que eran yo misma forzaban mi casa y arremetían contra mí con un golpe seco, y de pronto yo estaba de bruces sobre el suelo y aquellas mujeres se reían, y sus caras eran de hombres que me apuntaban con una pistola y entonces se transformaron en policías que intentaban convencerme de que aquella mañana no me había liberado nadie, de que yo había escapado de la cárcel asesinando a un guardia en mi huída. Pero no pude ser yo, yo me recuerdo a mí misma recogiendo mis efectos personales y saliendo a la puerta. Fue una de ellas, una de las otras. Se mueven mientras duermo. Y ahora quieren ustedes que firme esta declaración y lo haré, y no me importa volver a la cárcel porque habrá otras mil mujeres viviendo mis existencias alternativas mientras tanto, y no podrán controlarlas a todas. No, no es de ustedes de quien me río. Me río, no puedo dejar de reírme, estúpidos, porque no importa que yo firme o no este papel, no importa que me encierren porque antes o después estaré libre, me despertaré de nuevo y seré cualquiera de ellas en cualquier otro sitio. En otra de las cajas chinas. Lo sé. Estoy a punto de despertarme. Ahora, dentro de un minuto. Dentro de dos horas o de dos días. En cualquier momento. En cualquier momento.

  • Luisa

    Qué interesante, Luisa! Me ha inquietado un montón. Ahora me da un poco de miedo dormime: ¿Quién despertará?

  • Luisa María

    Hum, cualquiera sabe, Luisa, cualquiera sabe… Me alegro de que te haya parecido interesante. Gracias, niña!

    (Para el resto de blogueros: Luisa es una magnífica amiga cuya identidad es completamente independiente de la mía, aunque compartamos el mismo nombre. NO es una de mis personalidades alternativas, de esas que salen a pasear mientras duermo… XDDDDD)

  • piluchi

    Puuff qué sensación de agobio!! Lo mismo cuando nos morimos es que realmente despertamos en otra realidad…

  • lanena

    “…se mueven mientras duermo” …es genial!

  • Quini

    qué bueno! y yo que pensaba que mis lagunas mentales eran propiciadas por el exceso de alcohol… ¡ahora ya sé la verdad!

  • Ángelo

    Genial, genial y genial!!!
    Al principio, extraño. Después, desconcertante. Y el final, te deja con la boca abierta.
    Por un momento he recordado la primera vez que vi “Matrix”, asombrado y confundido porque no me enteraba de lo que ocurría… He tenido la misma sensación.
    Ahora pienso… ¿seré yo o no seré yo? …..¿En qué realidad vivo? …..
    Es un lujo leer relatos como éste. En mi opinión, es de los mejores que has escrito, Luisa.
    Enhorabuena!

  • Luisa María

    Gracias a todos, chic@s!
    Como ya he comentado en alguna ocasión, este relato nació hace unos años y seguía inédito hasta la fecha… Mike Allen, un escritor y editor norteamericano, lo preseleccionó para una antología. Pasó una criba bastante dura… pero finalmente Mike no acabó de decidirse, no lo tenía claro. Otras personas me han sugerido varias veces que cambie determinadas cosas para evitar que el relato sea tan extraño, pero la verdad, me he negado siempre a mover una sola coma. Prefería dejarlo inédito en un cajón antes que maquillarlo o mutilarlo…
    Finalmente, ha sido Palabras quien ha dado a Cajas Chinas su oportunidad. Gracias, Fran.
    Y a todos los que lo habéis leído, gracias también. A los que el relato ha gustado y a los que no, por supuesto. Os agradezco simplemente que hayáis dedicado parte de vuestro tiempo a leerlo. Eso ya es mucho para un cuentito casi olvidado, que llevaba años de letargo en el disco duro de mi ordenador.

  • josemalo

    Genial! hasta ahora no tuve un rato de calma para leerlo…
    Recuerda un poco a “La noche boca arriba”, de Cortázar.
    Bien!

  • Fko

    Esto es una genialidad. Difícil expresar lo que provoca. Ahí lo dejo.

  • Lo siento, aun no he tenio tiempo de leerlo!!!!!!! pero prometo hacerlo. seguro que será estupendo, como todo lo que escribes. jejejeje, un besazo.