El tío William
Debby no sabe nada, pero al menos sabe llorar.
Acaba de nacer. Estamos en 1953 y la pequeña Debby no sabe nada. No puede saber, por ejemplo, que tiene un padre, Harry, que a su vez había nacido 26 años antes en Plainfield, New Jersey, y probablemente lloraba igual que ella ahora.
Tampoco sabe, no puede saber, que su abuelo es profesor de golf y es alcohólico. Ni que su abuela es medio rusa y le gusta tocar el piano.
Tampoco sabe que tiene un tío, el tío William.
No todos los recién nacidos tienen un tío. Y menos un tío William. Pero ella tampoco puede saber esto, de modo que, a falta de una ocupación más atractiva, sigue llorando.
El tío William también había nacido en Plainfield, New Jersey, dos meses antes del crack de la Bolsa de Nueva York, en realidad muy cerca de una de las catástrofes más populares de la historia moderna, tanto que da vértigo pensarlo. Pero Debby, ni idea. Lo suyo sí que era vértigo, de una escala inabarcable… Aunque ni eso sabía, se limitaba a sentirlo.
William es dos años menor que su hermano Harry, al que adoraba. Cuando eran pequeños no hacía más que imitarle. Si Harry echaba a correr, William salía detrás. Si Harry iba a jugar al golf con su padre, William iba detrás. Si Harry se apuntaba a clases de piano por influencia de su madre medio rusa, que a saber de qué helada ventolera genealógica le venía la afición, allá que iba William y se apuntaba también.
Ahora Debby está empezando a caminar y se dispone a cubrir un trayecto de 80 cm entre Harry y el tío William, que acaba de volver del ejército. Ya sabe algunas cosas. Sabe, por ejemplo, que tiene un padre, aunque no conozca ni gestione la palabra “padre”. Y sabe, como mínimo, que existe el tío William, algo es algo. Aunque, para ser sinceros, aun no le atribuye ese parentesco con nitidez.
No sabe, en cambio, que aquellos genes rusos que traían remotos valses de nieve finalmente se impusieron sobre otras veleidades infantiles de los hermanos Harry y William.
Y otra de las cosas que la pequeña Debby sigue sin saber del tío William es que, cuando tenía sólo 12 años, sustituyó a su hermano Harry como pianista en una orquesta de baile. Ni siquiera William sabía, cuando se dirigía a un ensayo, que en algún momento entre el primer y el último acorde de “Tuxedo Junction”, su vida iba a dar un giro trascendental: descubrió que podía inventar una frase completamente nueva sobre las notas que estaba tocando. Cómo iba a saber Debby algo así, a quién le importa eso cuando tiene puesta toda su concentración en no precipitarse fatalmente a ese vacío, allí abajo, donde todo termina en un estruendo, y en llegar a los brazos del tío William, que la espera sonriendo en cuclillas para festejar la travesía.
Estamos en 1956 y Debby, de tres años, ya tiene más ubicado al tío William.
No obstante sigue sin saber cosas. No sabe que seis años atrás su tío se había licenciado en música en la ciudad de Hammond del Estado de Louisiana, donde dedicó sus noches a tocar en clubes con compañeros de clase. Ni sabe que después pasó tres años en el ejército, donde siguió tocando con una banda cerca de Chicago, ni que el último de esos años nació ella.
Eso sí, le consta que el tío William la adora. De hecho esto es lo único que le importa a la pequeña Debby de ese sujeto con gafas que viene a menudo a jugar con ella y al que ella también adora en exacta simetría.
Tampoco sabe que a su tío le han ofrecido grabar un disco y él se ha negado porque, aunque ya posee composiciones propias, considera que no tiene “nada que aportar”.
Ni sabe que un día, tiempo atrás, cuando ella sólo tenía semanas, el tío William había acercado una banqueta a un piano con la ilusión de componer una canción para su sobrina Debby. En ese momento el tío William no sabe, no podía saber, que está a punto de escribir una de las páginas más emocionantes e influyentes de la historia de la música del siglo XX.
Será un vals, piensa el tío William. Y posa sus manos sobre el piano.
30 años sin Bill Evans.
Plainfield, 16 de agosto de 1929 – Nueva York, 15 de septiembre de 1980
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
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Comentarios
Qué historia, qué desenlace …
Y qué perspicacia la de lanena. La primera vez he disfrutado de la música. Al leer tu comentario he vuelto a reproducir el vídeo y no ha sido lo mismo, maldita sea. Me he descojonado.
Seguro que tus pacientes entran a consulta moviendo los piececillos y chasqueando los dedos con mucha clase.
Qué maravilla…. bravo y bravo.
Sonará feo, pero he visto entre líneas algo del corazón de Kike, algo del esqueleto de Fko.
Es un post muy “Palabras”. Qué fuerte.
Quiero más, muchos más.
Y Messi… qué tío… ¡superdotado!


esta canción es preciosa y ahora que nos cuentas la historia más todavía!!!! qué grande es Bill Evans.
La musiquilla que pongo de fondo en la sala de espera suele ser suya..y sé que es jugar con trampa porque eso ya hace sentirse mejor a la gente…
qué grandeeeeeee!!!
pd:el del bajo se parece un poco a Messi…