Montevideo era verde

Montevideo era verde, absolutamente verde y con tranvías
Mario Benedetti

 
El señor de amarillo vuelve a acercarse para tomar algo. La azafata de Iberia le espeta: «es vd. el pasajero que más ha comido y bebido de todo el avión» y el hombre de amarillo regresa afligido a su asiento. Es la misma azafata que, horas después, informa a dos pasajeros de que no pueden tener sus maletas en el pasillo durante el aterrizaje y a continuación se ofrece a introducirlas ella misma en los aseos, tarea que procede a ejecutar mediante sendas patadas a cada maleta. Entonces se sienta y se abrocha el cinturón, cuando unos pasajeros, desoyendo las indicaciones de aterrizaje, pasan caminando hacia la parte delantera del avión. Pero ella ya ha renunciado a mantener el orden y se limita a comentar a los pasajeros que tiene enfrente (a la sazón, nosotros) que no entiende cómo la gente se inquieta por las turbulencias, cuando nunca pasa nada, y en cambio se relaja en el momento del aterrizaje, «que es lo realmente peligroso», observación que los pasajeros reciben con una comprensiva sonrisa desdibujada por un gesto de circunstancias.
En Montevideo hace fresco. Nos ofrecen ir hasta el centro en un minibus, asegurándonos que es más económico. “A nosotros no nos la cuelan” y optamos por tomar dos taxis, lo cual nos permite comprobar que tenían razón los del minibus.
Comemos en El Fogón las primeras raciones de una carne espectacular. Elegí un mal país para hacerme vegetariano… La cerveza se llama Patricia. Ya somos íntimos.
El sábado vamos a dar una vuelta con unos profesores de arquitectura por el barrio Capurro, sumándonos a una clase de la facultad. Hace un día magnífico, observa alguno de nosotros. Sí, hemos trabajado mucho para lograrlo, responde uno de los profesores. Magnífico. Montevideo es verde, absolutamente verde. Tras una vuelta por el barrio nos paramos en una esquina en la que «va a bajar un vecino del barrio para hablar con nosotros». Mariano baja un momento y charlamos con él en la esquina sobre su casa, el barrio y sus alrededores. Además de vecino, Mariano Arana es arquitecto y ex-ministro de vivienda. Este país es así.
Después de Capurro vamos a comer al Mercado del Puerto, un sitio espectacular con más carne espectacular en una parrilla espectacular. De película.
El plan después de la tarde es ir a ver al Peñarol (vamo vamooo…), conocido por los carboneros, que da cuenta de los orígenes del club. Y así lo hacemos, previa ingesta de una botella de “medio y medio”, que nos convierte en hinchas de Peñarol de toda la vida. Pero no podemos comprar las entradas porque dejaron de venderlas a la una, aunque el campo está bastante vacío, ya que es un partido de riesgo. De la decepción nos hacemos del Cerro.
Decidimos amortiguar nuestra frustración poniéndonos ciegos de helado en plaza Cagancha. Y por la noche vamos a «Lo de Margot, Casa de Tango». Margot es una señora aparentemente rubia, vamos a decir que entrada en años, bien tanguera, que nos recibe con un beso a cada uno y nos dice que el show empezará en un momento que se convierte en una hora. Se nos acerca un señor mayor más tanguero aun que nos cuenta pormenores del baile. A él le gusta bailar en «abrazo cerrado» porque eso permite confluir en un sólo eje con su pareja de baile, ejem. Un rato después cumple su amenaza y saca a bailar a las chicas de nuestra mesa en abrazo cerrado. Un grupo toca y canta tango en directo. Una maravilla. La Casa de Tango es, efectivamente, una casa, la casa de Margot y el que parece ser su marido, al que se puede ver dormitando en una salita de estar contigua al pasillo que lleva al baño del local, que no es otro que el baño de su casa. Un baño que usan los clientes y tiene los cepillos de dientes de Margot y su marido metidos en un vaso. Nos preguntamos qué dirá ese señor a su psicoanalista acerca del hecho de tener que pedir permiso a un desconocido para entrar en su propio baño. Después una señora muy amable repara en unos españoles que no salen a bailar, lo que probablemente debe inspirarle pena, de manera que invita -insensata- a algunos de ellos, que aceptan -no menos insensatos- la invitación, y ahora probablemente inspiran más pena que cuando no bailaban. Pero están contentos porque se han sentido muy castizos. A mí me tocó la milonga (no se alarmen, la milonga es un baile).
El domingo empezamos el día subiendo al barrio del Cerro (el del equipo que finalmente perdió con Peñarol). Nos cae en lo alto todo el sol del cono sur. Allí nos cuentan de la ciudad y hay una vista impecable de la bahía y la ciudad vieja. Luego bajamos a comer por la zona de la feria de Tristán Narvaja, un mercadillo donde venden de todo, incluso cosas que prácticamente ya no existen. Comemos Chivito, otra vez ciegos de carne, ay por dios. De tarde vamos al parque Rodó, con tanta gente en la playa que parece que acaba de terminar un macroconcierto, pero no, es simplemente toda la ciudad ahí paseando. De vuelta nos metemos en el barrio contiguo y pasamos un rato con un candombe, un grupo de percusión que camina tocando por la calle acompañado por gente bailando. Es de tradición afro-uruguaya, que acá casi no queda población india pero sí afro (algo).
El lunes, con un sol alucinante, vamos de paseo por la ciudad vieja y paramos de nuevo en el Marcado del Puerto para dar cuenta de Patricia en el boliche más genuino del lugar.
Montevideo se disfruta en todas sus dimensiones. Si empezamos hablando del verde en el cielo, terminamos con el suelo. En la ciudad vieja, cuando se rompe una baldosa, Montevideo no la sustituye por una plasta de hormigón ni por otra del mismo estilo sino que descubre en el socavón una oportunidad de colores y convierte el parche en un destello.
Después fuimos a comer a La Pasiva, en plaza Constitución, donde pedimos un vino al camarero, que nos felicita por la elección: «con dos botellas de estas, peleas con Tyson».
Como dice alguno de mis compañeros: “pa vivir así, mejor no morirse”.