Ansia en Plaza Francia

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‘Todo camino es una desviación.’
Roberto Juarroz.

La calle Corrientes podría adoquinarse con sus libros. Parece una invención de Borges. Estoy ojeando algunos cuando suena la alarma antirrobo en el momento en que alguien atraviesa el detector de la puerta. Se detiene y espera que alguien se dirija hacia él, pero nadie lo hace. El vigilante está a su lado pero ni lo mira. Finalmente, el comprador se acerca al vigilante, parece preguntarle por alguna dirección que este le indica amablemente y entonces se va. No entiendo qué ha pasado.
¿Tienen algo de Juarroz? No, señor, Juarroz está agotado. Me lo temía. Entonces recéteme algo de Liniers para la ansiedad.

fellini

Groso Liniers.

Salto de librería en librería, que en esta calle viene a significar prácticamente de local en local. ¿Algo de Juarroz? No tenemos nada. Ora acá, ora allá. ¿Juarroz? Agotado.
Un paréntesis, hablando de librerías. Una vez estaba en una librería en España cuando pasé la vista rápidamente por el letrero que suele estar encima de los pérezreverte, paulocoelho y compañía, y de repente comprendí, por fin, lo que quería decir: “Los Más Vendidos”. Cierro paréntesis.
Cambio de librería y encuentro una colección de bolsillo donde está Oliverio Girondo, no se lo pierdan:
Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.

¿Y de Juarroz tienen algo? No, nada… busque en libros usados. Voy a una librería de usados y tampoco está allí, pero encuentro otra colección con muy buena pinta, ¡qué sin vivir! Paro a comer en la pizzería Güerrin, cerca del Obelisco, que me recomendaron con buen criterio.
Estoy harto de caminar y decido ir a tumbarme a los bosques de Palermo, huyendo del bullicio. Pero antes me dispongo a cruzar 9 de Julio, la avenida más ancha ¿del mundo?
Me planto ante la anchura, qué emoción. Se pone en verde, empiezo a caminar con una solemnidad que nadie parece compartir. Tres carriles de coches detenidos a mi lado izquierdo, una mediana y luego siete más. Me siento Moisés. La nube de peatones que atravieso tiene más población que muchas aldeas de La Mancha. Llego a la enorme mediana central y sigo caminando. A esta altura de mi día en Buenos Aires estoy prácticamente convencido de que soy Andrés Calamaro, así que resuelvo ponerme a canturrear (encerrado en mi torre de marfil / la soledad del cuarto del hotel / bajo el peso de mi propia ley perdí / mi propia ley que es el roce de tu piel) Me distraigo con las fachadas, pienso en hacer una foto pero eso me convertiría en un turista… no, no, elijo el glamour. Cuando me detengo frente a la otra calzada ya no recuerdo para qué quería cruzar, pero sigo adelante. Total, tantas veces en la vida uno sigue adelante sin recordar para qué. En lo que tarda el semáforo pasan delante de mí ¿200 coches? ¿300 personas? Una aldeíta más grande. Cuando por fin llego a la otra acera por poco levanto los brazos.
Tomo el Subte, allí me espera esta imagen.

pertenencias

«Cuide sus pertenencias. El Estado intentará robárselas mediante impuestos e inflación». En el aeropuerto de Resistencia no pude fotografiar otro cartel, en este caso institucional, que decía algo así como “prohibido hacer comentarios inoportunos sobre secuestros de aviones bajo multa de…” Madre mía, ¿cuántos chistes tiene que hacer un país sobre algo para que el gobierno los prohíba? Qué maravilla.

Salgo en Plaza Italia en busca de los Bosques de Palermo (la fragancia de tu rosa en mi pellejo / que no pude borrar en cuatro días / malditas despedidas, me están volviendo viejo…). Al acercarme descubro que ¡no tienen rejas! ¡Quedan parques sin enrejar en el planeta! ¡Parques libres de ir a donde quieran! Entro. Esto está lleno de árboles. Árboles que saben lo que hacen. Busco el silencio, debe estar por aquí. Pienso en estos árboles en mitad de esta megaurbe y me acuerdo de la resistencia francesa. Cantan un silencio épico, como la marsellesa de Víctor Laszlo, que termina callando al tráfico. Y allá donde hay árboles tiende a haber siestas, besos, fútbol y guitarras. Encuentro mi lugar entre el voleibol, el lago y el viento. Y me dejo hacer.
(…mi dinero me lo gasto en elegancia / esperándote con ansia en Plaza Francia…)

palermo

Al cabo de un rato ya tenía medio escrito este post y decido irme. Me dispongo a cruzar una de las avenidas que bordean el parque. Cuando no vienen coches desde mi izquierda se me cruzan los que llegan de frente. Entretanto, el semáforo de peatones oscila entre el rojo y el rojo parpadeante. El peatón a mi lado que también trataba de cruzar me mira con la complicidad de un compañero de celda y dice “complicada la cosa acá”. No sé cuánto tiempo llevaba él aquí. Empiezo a considerar la posibilidad de quedarme a vivir a este lado de la avenida. Comienzo a buscar carteles de “se alquila” con la mirada cuando un tercer peatón se aventura a cruzar. Va a morir, pienso. Pero camina muy rápido y los coches lo esquivan. Comprendo que ese es el sistema. Hay que ir rápido. Los electrones no chocan. Y empiezo a caminar como Indiana Jones en la última cruzada por el puente invisible, es una prueba de fe, me digo… Lo siguiente que recuerdo es estar al otro lado.
Me dirijo al Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, el MALBA. No está abierto, señor, cierra los martes. Malbita sea.
Esto es una señal. Y me encamino hacia la librería Norte, en la Recoleta, que, según me han dicho en calle Corrientes, tiene una buena sección de poesía, mi última esperanza. Hago la pregunta…
No señor, Juarroz está agotado.
Yo también.

(…otra vez va a ser mejor comprarlo hecho / al amor…)

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