El Río

Yo sé que hasta el desvío más viejo de la historia
prefiere la memoria del río a la del puente.

Jose María López Medina

Cuando Elsa nació, las maderas ya estaban preparadas.

Antes de que comenzara a andar, sus padres se habían adelantado a necesidades futuras y habían construido los primeros metros. No fue hasta unos meses después cuando se hizo evidente que Elsa no podría caminar nunca. Pero ni siquiera eso fue un obstáculo. Construyeron una silla de ruedas especialmente para ella. La almohadillaron para procurar que estuviera cómoda y para evitar posibles accidentes. Y la llevaron hasta el extremo de aquel puente, el primero de su corta y delicada vida.

Una gruesa malla de cuerdas resguardaba los bordes. Empezaron a empujar la silla con tanto mimo como fue posible, con infinita ternura, rodeándola a cada paso, evitando movimientos bruscos, protegiéndola de todo y de todos.

A medida que Elsa crecía y avanzaba, las cuerdas se iban haciendo menos espesas. Ahora era posible mirar a los lados y ver el agua, el río que bregaba incansable y peligroso bajo la madera. Y llegó el momento en que sus padres tuvieron que dejarla ir. Se fueron quedando atrás a su pesar, sólo unos pasos al principio, después algunos metros… Recordaban ahora la ansiedad que les oprimía el pecho mientras trataban de inspirarle confianza y valor. No temas, Elsa. Adelante. Cuida de no abandonar nunca el puente, aférrate a él y a los que vendrán después. Elige los más sólidos, los puentes firmes. No te arriesgues. Evita las lianas, los árboles, los peligros del camino. Y sobre todo el río. Huye del río.

Puentes siempre. Elsa lo sabía. Y siguió toda su vida las indicaciones de los demás, las de todos los que la querían. Puentes, puentes. Maderos firmes, pasos previsibles, ver con antelación adónde vas y qué te espera unos metros más allá. Pero, sobre todo, no acercarse al río. Si acaso, mirarlo de reojo alguna vez. El río era el peligro: traidor, imprevisible, nuevo siempre y siempre diferente. Puentes, puentes. De madera o de piedra o de metal, qué más da. Seguros.

Por eso no lo entendían. Por eso era imposible. Era cierto que, sin razón aparente, Elsa se había ido desmejorando en los últimos tiempos. Que se había ido apagando sobre su silla a pesar de todas las precauciones y de todos los cuidados posibles. Y ahora la observaban, sobre el mármol, gris y helada. Y tan quieta. Nunca había tenido un aspecto tan frágil como en aquel momento. Como un cristal exquisito que se acabara de hacer pedazos.
No habían podido protegerla. No había sido suficiente. ¿Qué habían hecho mal? Miraban al doctor aturdidos, incrédulos, sin saber cómo encajar la noticia todavía. Era impensable.

Elsa muerta. Ahogada aquella mañana de invierno, amanecida sin luz en los ojos ni en la piel, desmadejada en la silla sobre su último puente. Ahogada sin que jamás la hubiera rozado el agua.

-Asfixiada sería más correcto –el doctor limpiaba las lentes de sus gafas con gesto automático y profesional-. Lo realmente insólito es que haya sobrevivido todos estos años.

La familia lo miró, en los ojos lágrimas secas y una pregunta muda que incitó al médico a intentar explicarse con más detalle:
-Quiero decir que es extraordinario que haya sobrevivido tanto tiempo sin contacto con el agua, teniendo en cuenta…

Reparó entonces en sus rostros, los de todos ellos, y se fijó en su mirada inexpresiva, perdida, ingenua. Fue una revelación. La clave de todo. No lo sabían. No lo habían entendido jamás y no lo comprenderían nunca. Nunca habían visto a Elsa como él la veía ahora. Nunca fueron conscientes de cuál era su verdadera particularidad, aquello que la convertía en una rareza evidente y única.

En ese mismo instante decidió guardar para sí sus conclusiones y fingir normalidad. Decidió también silenciar lo insólito de aquel caso para siempre. En el informe alegó asfixia como causa de la muerte, y mencionó malformación en las extremidades inferiores y una enfermedad pulmonar crónica y degenerativa que la había llevado al fatal desenlace.

No podía tirar por la borda su carrera y su vida. Ser objeto de burlas; tal vez incluso acabar en algún manicomio. De modo que tuvo buen cuidado de evitar mencionar ninguno de los detalles extraordinarios que aún seguían grabados a fuego en su retina: El pelo excesivamente largo, de textura y color extraños; las escamas que cubrían parte de su cuerpo; la inusual deshidratación; la extraña forma de sus pies. Todos eran signos característicos de un híbrido legendario que sólo existía en los cuentos de hadas.

Se pasó la mano por la frente y de modo resuelto, con trazo rápido, firmó el certificado de defunción y se marchó. Estaba decidido a olvidar aquel asunto cuanto antes. Necesitaba urgentemente unas vacaciones, joder, tanto trabajo lo estaba volviendo loco. Ya en la calle, encendió un cigarrillo y dio un largo paseo hasta el río. No se atrevió a acercarse a la orilla y buscó el puente para cruzar. Estaba oscuro y los ríos, ya se sabe, encierran peligros azarosos e ignotos.

  • josemalo

    Gracias, Luisa! sacas petróleo de cualquier sitio…
    beso

  • lanena

    guuuuuuuuuaaaaaaaaaaaaauu….Luisa, eres la fantasía! qué alegría y qué suerte que nos visites. Gracias!
    Y también es que vosotros dos juntos os estimulaís!…qué cosa…

  • Luisa

    Gracias a vosotros, chicos :)
    Nena, ya sabes que jose (y no sólo el, este blog en general y todos los que participáis)

  • Luisa María

    (Ups, se me fue el comentario antes de tiempo…)

    Me alegra mucho que os guste :)

    Nena, ya sabes que no sólo jose, sino todo el blog y los que formáis parte de él sois mi “muse” particular y constante… Así que gracias a vosotros, por supuesto.
    Besos

  • Anónimo

    Muy bonito Lui, un beso.

  • Pili

    Qué tonta, que no he dicho que era yo la del comentario anterior. ;)

  • Luisa María

    A ver, un comentario anónimo que empiece “Muy bonito Lui”… Sabía que eras tú, por supuesto :; Nadie más me llama “Lui”! Besos :)

  • pilar

    Me ha parecido un relato muy profundo con un final totalmente sorprendente.
    Besos.