El tango y la vida
Llegamos a la primera clase de tango. Saludamos y entramos con un aplomo manifiestamente fingido. Según nos dicen, está previsto separar el grupo en dos niveles, uno para principiantes y otro para iniciados, pero de momento estamos todos juntos. Nos preguntamos cuántos serán tan noveles como nosotros. Nos escama que todos parecen conocerse. Parece ser que todavía no hay suficientes principiantes. En el preciso instante en que nos miramos, a la vez que irrumpen en nuestros oídos los violines de Psicosis, comprendemos con horror que los únicos somos nosotros dos.
La clase empieza con una especie de calentamiento, en que todo el grupo gira alrededor de la clase caminando, soltando los pies al ritmo de la música. El calentamiento nos concede unos minutos de gracia. El corredor de la muerte del ridículo. Al pasar junto a la puerta de salida nos dirigimos una mirada suplicante que se demora unos segundos.
Demasiado tarde. Ya está. Ahora nos ponemos por parejas. A los principiantes nos ponen enfrentados y agarrados por los codos, como para tomar la distancia. Así había que caminar hacia delante, sintiendo moverse el peso del otro, coordinando el paso. Para mayor vejación, los demás ya bailaban a nuestro alrededor. Balbuceamos pasitos breves e inseguros entre parejas que ahora parecen más adultas, personas que encontraron un lugar en el mundo. De momento esos torpes pasitos son todas nuestras instrucciones en esta guerra. Nuestra misión es cruzar en diagonal una pista llena de bailarines, pero todavía no tenemos marcha atrás. Con cierta frecuencia ello nos obliga, para evitar colisiones, a ejecutar maniobras cuando menos extrañas al tango. Los brazos en tensión, agarrando los codos del otro como el que aferra angustiado su última esperanza. Cada pie tratando de no pisar a los otros tres, el peso trémulo del cuerpo tratando de acompasarse a otro cuerpo igualmente aterrado y tratando de seguir esa música que seguía opacada por los violines de Psicosis, complicaciones de una sutileza inimaginable reunidas en una ecuación imposible a la que solo faltaría sumar la rotación terrestre. Y los ojos. Los ojos del uno en los ojos del otro, inmóviles, compartiendo el Horror. Mientras, alrededor, se movían gráciles los cuerpos, celebrando, festivos, la elegancia… Desgajadas las almas de los cuerpos, arrepentidas, creíamos observar la escena desde el techo. Una sala de baile, una armonía de cuerpos al compás de violines. Y en diagonal, como un enorme pero, como corta la seda un cuchillo oxidado, la coreografía es atravesada por algo similar a una vieja que ayuda a otra a ir al baño.
Como única meta, al fondo empieza a vislumbrarse, solitaria y gris, la esquina opuesta de la sala. Extraño premio, tal vez apropiado para este viaje, detrás de las últimas parejas que acaso no sabremos esquivar.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
Artículos relacionados
Comentarios
Bueno… teniendo en cuenta que era yo quien caminaba de frente y Dani de espaldas, me temo que la vieja ayudada era yo…
Descacharrante!!!!!!!!!!!! Ya mismo se lo reenvío a Vero, la profesora de tango, para que se dé cuenta de los sentimientos que provoca y pueda redefinir las estrategias pedagógicas!!!!!
ja,ja… que no, alina, que fue muy divertido.
tú invítanos a todo lo que se te ocurra ¿no ves que además así nos provees de material literario?
menos mal que se trataba de tango, joselito… imaginate si fuera el samba, chaval. Seguro que a cada pie le tocaria por lo menos unos 37 otros para tratar de esquivarse… rsrsr
quiero especificar que josemalo es muy gran bailarin…hubiese sido samba, bachata, rumba o lo fuera…probablemente por esto padecio tanto sufrimiento ;-)


No sé si lo he soñado, pero una de las viejas danzantes, ayudando a la otra a cruzar esa maldita diagonal, era yo.