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	<title>Palabras, palabras, palabras. &#187; Luisa</title>
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		<title>El Río</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Feb 2011 20:19:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Palabras]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
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		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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		<category><![CDATA[Río]]></category>

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		<description><![CDATA[“Yo sé que hasta el desvío más viejo de la historia prefiere la memoria del río a la del puente.” Jose María López Medina Cuando Elsa nació, las maderas ya estaban preparadas. Antes de que comenzara a andar, sus padres se habían adelantado a necesidades futuras y habían construido los primeros metros. No fue hasta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
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<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/relatos/" title="Relatos"><img src="/wp-content/images/icons/topic_relatos.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Relatos" /></a>
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<p style="text-align: right;">“<em>Yo sé que hasta el desvío más viejo de la historia<br />
prefiere la memoria del río a la del puente.</em>”<br />
<a href="http://blog.franlopez.es/author/josemalo/">Jose María López Medina</a></p>
<p><br/><br />
<br/><br />
Cuando Elsa nació, las maderas ya estaban preparadas.</p>
<p>Antes de que comenzara a andar, sus padres se habían adelantado a necesidades futuras y habían construido los primeros metros. No fue hasta unos meses después cuando se hizo evidente que Elsa no podría caminar nunca. Pero ni siquiera eso fue un obstáculo.  Construyeron una silla de ruedas especialmente para ella. La almohadillaron para procurar que estuviera cómoda y para evitar posibles accidentes. Y la llevaron hasta el extremo de aquel puente, el primero de su corta y delicada vida.<br />
<span id="more-7863"></span><br />
Una gruesa malla de cuerdas resguardaba los bordes. Empezaron a empujar la silla con tanto mimo como fue posible, con infinita ternura, rodeándola a cada paso, evitando movimientos bruscos, protegiéndola de todo y de todos.</p>
<p>A medida que Elsa crecía y avanzaba, las cuerdas se iban haciendo menos espesas. Ahora era posible mirar a los lados y ver el agua, el río que bregaba incansable y peligroso bajo la madera. Y llegó el momento en que sus padres tuvieron que dejarla ir. Se fueron quedando atrás a su pesar, sólo unos pasos al principio, después algunos metros…  Recordaban ahora la ansiedad que les oprimía el pecho mientras trataban de inspirarle confianza y valor. No temas, Elsa. Adelante. Cuida de no abandonar nunca el puente, aférrate a él y a los que vendrán después. Elige los más sólidos, los puentes firmes. No te arriesgues. Evita las lianas, los árboles, los peligros del camino. Y sobre todo el río. Huye del río.</p>
<p>Puentes siempre. Elsa lo sabía. Y siguió toda su vida las indicaciones de los demás, las de todos los que la querían. Puentes, puentes. Maderos firmes, pasos previsibles, ver con antelación adónde vas y qué te espera unos metros más allá. Pero, sobre todo, no acercarse al río. Si acaso, mirarlo de reojo alguna vez. El río era el peligro: traidor, imprevisible, nuevo siempre y siempre diferente. Puentes, puentes. De madera o de piedra o de metal, qué más da. Seguros.</p>
<p>Por eso no lo entendían. Por eso era imposible. Era cierto que, sin razón aparente, Elsa se había ido desmejorando en los últimos tiempos. Que se había ido apagando sobre su silla a pesar de todas las precauciones y de todos los cuidados posibles.  Y ahora la observaban, sobre el mármol, gris y helada. Y tan quieta. Nunca había tenido un aspecto tan frágil como en aquel momento. Como un cristal exquisito que se acabara de hacer pedazos.<br />
No habían podido protegerla. No había sido suficiente. ¿Qué habían hecho mal? Miraban al doctor aturdidos, incrédulos, sin saber cómo encajar la noticia todavía. Era impensable.</p>
<p>Elsa muerta. Ahogada aquella mañana de invierno, amanecida sin luz en los ojos ni en la piel, desmadejada en la silla sobre su último puente. Ahogada sin que jamás la hubiera rozado el agua.</p>
<p>-Asfixiada sería más correcto –el doctor limpiaba las lentes de sus gafas con gesto automático y profesional-. Lo realmente insólito es que haya sobrevivido todos estos años.</p>
<p>La familia lo miró, en los ojos lágrimas secas y una pregunta muda que incitó al médico a intentar explicarse con más detalle:<br />
-Quiero decir que es extraordinario que haya sobrevivido tanto tiempo sin contacto con el agua, teniendo en cuenta…</p>
<p>Reparó entonces en sus rostros, los de todos ellos, y se fijó en su mirada inexpresiva, perdida, ingenua. Fue una revelación. La clave de todo. No lo sabían. No lo habían entendido jamás y no lo comprenderían nunca. Nunca habían visto a Elsa como él la veía ahora. Nunca fueron conscientes de cuál era su verdadera particularidad, aquello que la convertía en una rareza evidente y única.</p>
<p>En ese mismo instante decidió guardar para sí sus conclusiones y fingir normalidad. Decidió también silenciar lo insólito de aquel caso para siempre. En el informe alegó asfixia como causa de la muerte, y mencionó malformación en las extremidades inferiores y una enfermedad pulmonar crónica y degenerativa que la había llevado al fatal desenlace.</p>
<p>No podía tirar por la borda su carrera y su vida. Ser objeto de burlas; tal vez incluso acabar en algún manicomio. De modo que tuvo buen cuidado de evitar mencionar ninguno de los detalles extraordinarios que aún seguían grabados a fuego en su retina: El pelo excesivamente largo, de textura y color extraños; las escamas que cubrían parte de su cuerpo; la inusual deshidratación; la extraña forma de sus pies. Todos eran signos característicos de un híbrido legendario que sólo existía en los cuentos de hadas.</p>
<p>Se pasó la mano por la frente y de modo resuelto, con trazo rápido, firmó el certificado de defunción y se marchó. Estaba decidido a olvidar aquel asunto cuanto antes. Necesitaba urgentemente unas vacaciones, joder, tanto trabajo lo estaba volviendo loco. Ya en la calle, encendió un cigarrillo y dio un largo paseo hasta el río. No se atrevió a acercarse a la orilla y buscó el puente para cruzar. Estaba oscuro y los ríos, ya se sabe, encierran peligros azarosos e ignotos.</p>
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		<title>Hierbabuena</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Jan 2011 09:00:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Música]]></category>
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		<category><![CDATA[Flamenco]]></category>
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		<description><![CDATA[Hace unos meses compartí con vosotros un soneto que pretendía ser una arenga para movilizar nuestras filas (empezando por mí, esta soldado que escribe). Una llamada a sacudir de nuestra espalda la rutina, a salir de la formación, a huir por una vez del orden, del sendero seguro pero a veces excesivamente estrecho. Mudanza defendía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/fanzine/musica/" title="Música"><img src="/wp-content/images/icons/topic_musica.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Música" /></a>
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/poemario/" title="Poemario"><img src="/wp-content/images/icons/topic_poemario.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Poemario" /></a>
</div>
<p>Hace unos meses compartí  con vosotros un soneto que pretendía ser una arenga para movilizar nuestras filas (empezando por mí, esta soldado que escribe). Una llamada a sacudir de nuestra espalda la rutina, a salir de la formación, a huir por una vez del orden, del sendero seguro pero a veces excesivamente estrecho. <a href="http://blog.franlopez.es/2010/05/05/mudanza/">Mudanza</a> defendía la apuesta por lo imprevisible, lo desconocido. La proposición era arriesgada, cierto, pero no me negaréis que también infinitamente más rica e inagotable.<br />
<span id="more-7796"></span><br />
No tardasteis en pronunciaros al respecto y comentar vuestros diferentes puntos de vista. Pero además hubo alguien, nuestro rapidísimo <a href="http://blog.franlopez.es/author/josemalo/">josemalo</a>, que enseguida respondió sumándose a la propuesta y que lo hizo, además, en verso (!). Contestó con dos tercetos entusiastas y magníficos. Éstos, a su vez, tiraron del hilito de dos cuartetos más que se asomaban ya a mis dedos…<br />
Así fue como vio la luz, un cinco de mayo, este SONETO AL REVÉS A CUATRO MANOS, DIALOGADO, que después se llamó Hierbabuena. Lo parimos a medias, y nació como una premonición de primavera de otras colaboraciones que, como no podía ser de otro modo, llegarían poco después (nos traerían, de hecho, <a href="http://blog.franlopez.es/2010/07/14/a-palos-de-ciego/">mieses dulces de verano</a> cosechadas en la Puebla de Cazalla, Sevilla).<br />
Hierbabuena tiene música, casi nació ya con música. Nuestra intención es poder cantarla algún día también a medias, en vivo y en directo, con todos los espontáneos que quieran unirse a nosotros. Mientras llega ese momento, y para ir abriendo boca (y practicando, si os apetece), os recuerdo el soneto y os adelanto un borrador de su versión musical. Toda una declaración de intenciones a ritmo de rumbas para entrar en este otoño ligeros de equipaje, provistos de ilusión y de capacidad de sorpresa… y de poco más. El resto, al fin y al cabo, es prescindible.</p>
<blockquote><p>-Me apunto a tu minuta, respiro clorofila,<br />
incendio la maquila de las hojas de ruta,<br />
abandono la gruta, dilato las pupilas,<br />
si admites un recluta te llevo la mochila,<br />
me salgo de la fila de los hijos de puta,<br />
si otro pone la fruta me encargo del tequila.</p>
<p>-¡Admitido, recluta! Quedamos en el puente.<br />
No olvides proveerte de tus ojos de niño,<br />
de alegría sin causa, de sueños sin aliño,<br />
de un par de zapatillas de estilo impenitente.</p>
<p>Y déjate en la gruta el lastre de la pena.<br />
Yo llevo los limones pa preparar mojitos.<br />
Echa también un ciento de versos infinitos.<br />
Por supuesto, te toca a ti la hierbabuena.</p></blockquote>
<div align="center">[See post to watch QuickTime movie]</div>
<p>&nbsp;</p>
<p>[<a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/music/Hierbabuena.mp3">Enlace</a> para descargar]<br />
[<a href="http://www.goear.com/listen/e831a32/hierbabuena-rumbas-luisa-maria-garcia-velasco">Enlace</a> para escuchar en GoEar]</p>
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		<title>proFEsora</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Sep 2010 13:08:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Palabras]]></category>
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		<category><![CDATA[Educación]]></category>
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		<description><![CDATA[]]></description>
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<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
<!-- no icon for 'Viñetas' --></div>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/09/proFEsora.jpg"><img class="size-full wp-image-7500 aligncenter" title="proFEsora" src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/09/proFEsora.jpg" alt="proFEsora" width="540" height="451" /></a></p>
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		<title>Elemental, querido López</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 21:36:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
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<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
<!-- no icon for 'Viñetas' --></div>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/08/Los_Lopez-copia.jpg"><img class="size-full wp-image-7391 aligncenter" title="Elemental, querido López. Por Luisa María García Velasco" src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/08/Los_Lopez-copia.jpg" alt="" width="540" height="680" /></a></p>
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		<title>Cajas chinas</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Jul 2010 05:00:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Palabras]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

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		<description><![CDATA[No podía creer que fuera él. Qué casualidad. -¿Eres tú, K.? ¿Te acuerdas de mí? -Claro que sí. ¿Qué tal estás? -Muy bien, muy contenta de verte. ¡Es increíble! ¿Qué te trae por aquí? ¿Trabajo? -Conciertos. Pero además vivo muy cerca. -¿En serio? Era de noche. Estábamos en una especie de plaza sumida en semioscuridad, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/relatos/" title="Relatos"><img src="/wp-content/images/icons/topic_relatos.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Relatos" /></a>
</div>
<p>No podía creer que fuera él. Qué casualidad.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-¿Eres tú, K.? ¿Te acuerdas de mí?<br />
-Claro que sí. ¿Qué tal estás?<br />
-Muy bien, muy contenta de verte. ¡Es increíble! ¿Qué te trae por aquí? ¿Trabajo?<br />
-Conciertos. Pero además vivo muy cerca.<br />
-¿En serio?</p>
<p style="text-align: justify;">Era de noche. Estábamos en una especie de plaza sumida en semioscuridad, muy parecida al recuerdo que tengo del solar que había enfrente de mi casa cuando era niña. Había una serie de formas de colores en el suelo, que en mis recuerdos era simplemente de tierra. Al principio pensé que se trataba de dibujos realizados a base de arena coloreada. Después me di cuenta de que tenía que ser algo mucho más permanente y más resistente también, porque una chica saltaba sobre las imágenes. Era como jugar a la rayuela en color y a lo grande, como un tablero de juegos para fichas humanas.</p>
<p><span id="more-7319"></span></p>
<p style="padding-left: 30px;">-…y fin –la chica sonreía alegre y orgullosa, mientras alcanzaba de un brinco el centro del dibujo-. ¡Gané!<br />
-Esta es…</p>
<p style="text-align: justify;">No recuerdo el nombre. Mi atención se centraba en la imagen de la chica en sí. Rubia, joven, preciosa, con estilo. Esbelta y ágil. Dientes perfectos.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Hola. ¿Te gusta? -me preguntó ella, refiriéndose al curioso tablero mientras salía de él para estrecharme la mano. Con la otra se apartó el pelo de la cara. La combinación de colores era magnífica, vívida y muy llamativa. Como ella.<br />
-Lo he hecho yo misma.<br />
-Está genial –contesté yo mientras la saludaba-. Y apuesto a que además eres pianista.</p>
<p style="text-align: justify;">Recuerdo perfectamente haber pronunciado aquella frase en inglés. I bet you´re also a pianist. Perfectamente. Es más, según las reglas de la lógica toda nuestra conversación, desde que me topé con K. de manera tan inesperada, debería haberse desarrollado en inglés. Pero sólo recuerdo esta frase. En especial la palabra pianist. Yo sabía que la novia de K. era también una pianista de renombre, como él mismo. Así que no había esperanzas. Aquella era una competidora con todas las de ganar.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-No, el piano se lo dejo a mi hermano –le dirigió a K. un guiño cómplice, y éste me dedicó una amplia sonrisa. Probablemente no pude esconder la expresión de alivio. Tal vez había una oportunidad.<br />
-¿Te gustaría conocer al resto de mi familia? –preguntó él, tomándome del brazo. Te encantarán.</p>
<p style="text-align: center;">*  *  *</p>
<p style="text-align: justify;">La iglesia estaba a rebosar. Iba a ser una boda importante. Todo eran risas y nervios. Cuando llegué casi no había asientos. Yo intenté buscar un sitio libre en uno de los últimos bancos de la izquierda. K. había encontrado espacio a la derecha. Llevaba un traje claro, en tonos crema, que le favorecía. Vi sus ojos buscándome entre los demás, tratando de encontrarme. Y su desilusión cuando advirtió que yo iba a sentarme en otro sitio. Así que cambié de idea, con naturalidad crucé el pasillo que nos separaba  y fui a sentarme junto a él. Se notaba que aquel gesto tan simple le hacía feliz. Y a mí también. Me cogió de la mano y me miró. A veces una mirada dice tantas cosas.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Ya llegaba la novia! No recuerdo su rostro ni tampoco los detalles del traje, sólo que iba cubierta con un velo y que bajo el mismo podían verse flores blancas prendidas en el pelo. Mientras los novios llegaban al altar se oía una música maravillosa, interpretada por varios de los familiares de K. La novia era otra de sus hermanas. Su padre y varios de sus tíos y primos formaban un magnífico ¿cuarteto? ¿quinteto? de cuerda. Desde luego, aquella familia vivía la música. Era parte de ellos mismos. Los músicos sonreían mientras tocaban. Era evidente que disfrutaban con ello, y podía respirarse la sensación de que el acontecimiento era muy feliz para todos. Había tanta alegría en el aire, tanta armonía. K. me apretaba la mano de vez en cuando y me miraba, encantado.</p>
<p style="text-align: justify;">Al final de la ceremonia, cuando ya los novios saludaban a todo el mundo en la puerta del templo, K. pidió silenció. Entonces, sin más, anunció que la próxima boda sería la nuestra. Todo el mundo aplaudió a rabiar, todo fueron parabienes y felicitaciones. No recuerdo cómo llegamos a aquel punto, no recuerdo haber pasado por distintas etapas de la relación. Sólo aquel anuncio que me hacía completamente feliz.</p>
<p style="text-align: center;">*  *  *</p>
<p style="text-align: justify;">El hogar de la familia de K. era humilde y, sin embargo, confortable y acogedor. Supongo que la razón eran ellos, que te hacían sentirte en casa. Había música a todas horas, uno u otro practicaba con algún instrumento. Vivíamos todos allí. Todo era tan fácil. Hay en mi mente flashes del padre de K, con abundante pelo entrecano y facciones honestas y buenas, y una sensación mucho más vaga en cuanto al resto, pero igualmente agradable. Mucho más que eso. Me sentía inmensamente dichosa.</p>
<p style="text-align: justify;">No sé cómo ni cuándo exactamente empezó la guerra, sólo que estábamos en guerra contra los alemanes. Tengo la vaga idea de que K. y su familia eran judíos, pero no podría asegurarlo. Recuerdo los preparativos, la precipitada huida, el abandono de la casa en la que dejábamos un trozo de nuestra vida, uno de los mejores. Y la incertidumbre. La enorme incertidumbre que se cernía sobre nosotros como la sombra de las alas de un ave de mal agüero.</p>
<p style="text-align: justify;">Sé que a K. lo separaron de mí. A él y a los demás hombres. Recuerdo la despedida, recuerdo cómo lloré de impotencia y desesperación. Precisamente ahora que teníamos una hija. Tan pequeñita, tan pequeñita.<br />
Me apremiaban para que subiera al barco con las demás mujeres. Le dije adiós sin besarlo. No tengo ningún otro recuerdo de contacto físico con K., no hay imágenes de sexo en mi memoria, ni siquiera de deseo. No sé cómo habíamos concebido a nuestra hija, era un amor tan puro, tan sencillo que ella parecía haber llegado allí por arte de magia.<br />
En el barco, varias mujeres ocupábamos un compartimento muy parecido a una habitación. Las paredes debían haber sido blancas en su origen, pero ahora eran grises y sucias, llenas de desconchones. Y la luz. La luz era tan distinta allí. Era la no-luz que vemos en un día muy nublado. En la habitación o camarote, ya no estoy segura de nada, había una mesa y un frigorífico. Yo llevaba en brazos a mi hija. Era una muñequita, y digo esto literalmente. Una muñequita de porcelana que me cabía en la mano, con un vestidito verde y un gorro de volantes a juego. Me urgía ponerla dentro del frigorífico. Sabía que sólo dentro del frigorífico podría sobrevivir. Así que la dejé allí, sobre una de las rejillas, junto a ella un platito con leche para que pudiera alimentarse. Mi niña, mi niña, que nadie la moleste, que nadie la saque del frigorífico o se morirá.</p>
<p style="text-align: justify;">Una de las mujeres me odiaba. Yo no sabía por qué, pero me miraba mal. A los pocos días de estar allí se lanzó contra mí y comenzó una pelea. Nos enzarzamos en una lucha terrible, nos arañamos. Recuerdo cómo una franja de su cabeza se quedó sin pelo, como si llevara una diadema. Pero era horrible darse cuenta de que la diadema era en realidad la piel del cráneo. Cogió una barra de labios y se puso a pintarse aquella piel desnuda para simular una diadema real. Yo sabía que a mí también me faltaba parte del pelo pero decidí que pintarse de ese modo era tan repugnante que yo no lo haría. Me di la vuelta y me senté en un rincón. De pronto el corazón me saltó en el pecho. Mi niña. Mi niña chica.<br />
Me lancé al frigorífico y abrí la puerta. El plato de leche estaba vacío, mi niña no estaba. Detrás de mí, la mujer de la extraña diadema reía a carcajadas, la risa de una loca o de un demonio.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-¡El que ríe el último ríe mejor! Anda, busca ahora a tu hija.</p>
<p style="text-align: justify;">Y nadie me lo dijo, nadie, pero yo sabía que había tirado a mi niña por la borda para que se ahogara en el mar. Así que lamí el plato de leche que era lo último que mi niña había tocado y lloré a gritos, de impotencia y de rabia y desesperación, pero sobre todo de pena. Nunca más iba a verla, a mi niña. Nunca más.
<p style="text-align: justify;">Sé que permanecí varios días sentada en un rincón, sin comer ni beber ni hablar con nadie. De pronto, inesperadamente, nos obligaron a desembarcar. Salí del barco pensando cómo le iba a contar a K., cuando volviéramos a vernos, lo de nuestra hija. La pena me mordía las entrañas, pero eché a andar. La hermana de K. me acompañaba. Cruzamos calles grises y semidesiertas, pobres y llenas de edificios que apenas si se tenían en pie, para volver a la casa de K. y su familia. Subimos unas escaleras oscuras y sucias hasta llegar a la puerta del piso. Estaba abierta. Muebles rotos, desorden y desamparo desnudaban las habitaciones. Los cristales mugrientos no dejaban pasar la luz. De pronto escuchamos voces de hombres que venían de la escalera. Eran soldados. Entraron de repente y nos sorprendieron en la casa. Sin saber cómo, adopté un tono autoritario y me puse a hablar en alemán, reprendiéndoles por su incompetencia. Tenía la intención de hacerme pasar por uno de sus mandos. Les expliqué que la hermana de K. era mi prisionera y que yo estaba intentando obtener información sobre su familia, cuyos miembros habían huido. Los soldados callaron y agacharon la cabeza como corderitos. Les pregunté si tenían algún medio de transporte. Señalaron la ventana. Al asomarme vi, al trasluz de la suciedad, una moto con sidecar. Estaba abajo, en lo que parecía un patio grande convertido en garaje. Indiqué a los soldados que debía marcharme urgentemente. Y así lo hice, pretendiendo obligar a la hermana de K. a seguirme. Corrimos escaleras abajo hasta llegar al patio, y subimos en la moto que no era tal, sino un vehículo extraño, una especie de juguete hinchable que constaba de un manillar y un asiento sobre una especie de grueso flotador circular. Sin ruedas. Subimos, la hermana de K. agarrada a mi cintura. Yo  conducía. Deprisa, deprisa. Antes de que los soldados descubrieran el engaño. Ya bajaban por la escalera. ¡De prisa! Aquella cosa salió disparada. Sin ruedas. Flotando a unos quince centímetros del suelo. Descubrí que la velocidad aumentaba si tiraba del manillar de goma hacia atrás. Sorteamos mil obstáculos en calles estrechas intentando dar esquinazo a los soldados que, descubierto el engaño, nos perseguían. De pronto vi un edificio diferente, una especie de teatro. Había un gran telón que daba a la calle. Detuve el vehículo y apremié a la hermana de K. para que bajara. Nos asomamos con cuidado para ver a dónde conducía aquella cortina enorme. Vimos una habitación pequeñita, en la que mujeres desnudas o con muy poca ropa se preparaban para lo que parecía un desfile o una exhibición. Por alguna razón entendí que se trataba de una exhibición privada, y quitándome la ropa me uní a ellas y pedí a la hermana de K. que hiciera lo mismo. Las chicas se vestían con prendas escasas y muy provocativas, iban muy maquilladas y llevaban el pelo recogido con adornos de perlas. Me pregunté cómo nosotras, ajadas y flacas, mal peinadas y sin maquillaje alguno, íbamos a encajar allí. A pesar de eso decidí que era nuestra única opción. Sobre una mesa había pequeños manteles. Manteles baratos, de diseños y colores chillones y vulgares, que parecían recién planchados. Tomé uno, de tonos amarillos y rojos, y me lo coloqué a modo de  improvisado delantal. La última chica volvía a entrar, me tocaba a mí.</p>
<p style="text-align: justify;">Salí a lo que parecía un pequeño escenario, poderosamente iluminado. Me sentí desnuda a pesar del mantel. Me arrodillé en el suelo y finalmente me tendí y me quedé allí, esperando que al fin me descubrieran y me asesinaran. Ya no tenía fuerzas para continuar. Y no tenía a mi hija. Pobre K. Iba a quedarse solo. Porque yo tenía la certeza de que él aún vivía.</p>
<p style="text-align: justify;">A pesar de las luces conseguí ver la figura de un hombre que se sentaba muy cerca del borde del escenario. Se levantó y se acercó a mí. No recuerdo su rostro, pero llevaba uniforme. El de un gerifalte alemán. Me contempló en silencio durante un rato y yo pensé, ya está, ahora es cuando ordena que me maten. En lugar de eso comenzó a aplaudir.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Perfecto –decía en alemán-. Esto es lo que quiero. Nada de afeites ni de bellezas artificiales. La cara limpia, el pelo natural. Ahí reside la verdadera belleza de la mujer. ¡Y esta idea de vestirla con un delantal tan alegre, con los colores de la vida y la pasión! ¡Es magnífico! ¡Éste es el espíritu, el perfil de un nuevo país, de una nueva era! Color y alegría en las calles. Esto es lo que quiero.</p>
<p style="text-align: justify;">Me tomó de la mano y, levantándome, me llevó a la calle a través del pesado telón.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Quiero que te vean todos, que todos imiten esta nueva forma de ver las cosas. ¡Música! ¡Un desfile de manteles y delantales! ¡Inmediatamente!</p>
<p style="text-align: justify;">Así que comencé a andar, con la cabeza alta, aceptando las reglas del juego, sabiendo que lo que me jugaba era la vida, mientras una banda militar marchaba detrás de mí interpretando melodías triunfales. Caminábamos por mitad de la calzada, interrumpiendo el tráfico, y los conductores se asomaban por las ventanillas, primero con curiosidad y luego con entusiasmo, y de pronto desde las ventanas de los edificios decenas de personas, sobre todo mujeres, comenzaron a agitar delantales de colores convirtiendo las calles en una fiesta popular y gozosa, y yo precedía la comitiva como una especie de reina de la alegría de los pobres, con un delantal como símbolo y enseña, y de pronto pensé que tal vez todo aquel gozo era fingido, como el mío propio, porque al fin y al cabo fingir era lo único que podía hacerse para complacer a un ejercito que dominaba la ciudad. Seguirles el juego, obedecer, mentir. Ése era el secreto de la supervivencia. Y entonces toda la colorida fiesta de delantales me pareció falsa y triste, tan falsa como la sumisión de un siervo a sus señores a los que odia, tan triste como la negación de uno mismo impuesta por otros.</p>
<p style="text-align: center;">*   *   *</p>
<p style="padding-left: 30px;">-¿Qué pasa, cariño? ¿Qué te pasa?</p>
<p style="text-align: justify;">La voz de Juan y su caricia en mi brazo me despertaron. Advertí que mi rostro estaba húmedo. Juan me miraba.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Estabas sollozando. Mientras dormías. ¿Alguna pesadilla?</p>
<p style="text-align: justify;">Asentí con la cabeza, con un nudo en la garganta. A pesar de todo, me embargaba una enorme sensación de alivio. Nada de lo que acababa de vivir era cierto.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Una pesadilla horrible.</p>
<p style="text-align: justify;">En unos minutos traté de resumir aquella historia comprendiendo lo absurdo que sonaba todo, mi matrimonio con K., el pianista checo amigo de Juan que en realidad sólo nos había visitado una vez; mi hija de porcelana que necesitaba el frigorífico para vivir, la terrible situación relacionada con la guerra.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Lo más impactante –concluí- es que mientras formaba parte del sueño nada de todo eso parecía fuera de lo común. Todo era tan natural, tan real.<br />
-Bueno, los sueños suelen parecer reales mientras soñamos –fue la sensata respuesta de Juan-. Tanto que la mayoría de las veces no somos conscientes de que se trata de un sueño.<br />
-Hasta que despertamos.<br />
-Sí.</p>
<p style="text-align: justify;">En ese momento recordé a Chuang Tzu, el filósofo oriental que soñó que era una mariposa y al despertar no sabía si era un hombre que había soñado con ser mariposa o una mariposa que estaba soñando que era un hombre.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Abrázame, ¿quieres?<br />
-Vale, pero no por mucho tiempo –accedió Juan-. Es casi hora de levantarse.<br />
-¡Es verdad, es tardísimo! Bueno, supongo que una ducha me vendrá bien.<br />
-No hay tiempo para una ducha. Tienes que entrar en el saco.</p>
<p style="text-align: justify;">“Claro, el saco” –pensé yo-. Salimos de la cama y allí mismo, en la habitación, pude ver el gran saco de lona gris, vacío y listo para ser usado.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Tú primero –dijo Juan-.</p>
<p style="text-align: justify;">Puse mis pies descalzos sobre la lona. Juan fue subiéndola a mi alrededor hasta que me cubrió por completo. Entonces cerró una enorme cremallera, dejándome dentro. Incomprensiblemente, yo estaba en el interior del saco pero al mismo tiempo, como si se tratara de un viaje astral, podía ver lo que sucedía desde fuera. Había más lona sobre el suelo. Juan se colocó sobre ella y aparecieron mis hijos, que lo ayudaron a introducirse en otro saco, más grande, que los englobaba a él y al saco en el que yo me encontraba. Cuando los niños cerraron la cremallera, alguien más apareció y los introdujo en un tercer saco en el que cabíamos Juan y yo,  más los niños. Tardé en darme cuenta de que se trataba de mis padres. El dormitorio se había convertido para entonces en un espacio en blanco, y alguien más estaba introduciendo a mis padres y a todos nosotros en otro de aquellos sacos, uno nuevo y más grande. Y sentí que sería así hasta límites insospechados, y que yo era el núcleo de aquella estructura concéntrica que iba englobando progresiva y jerárquicamente, por orden de conexión conmigo misma, al resto del mundo. Entonces sonó el despertador, con un ruido estridente y desagradable.</p>
<p style="text-align: center;">*  *  *</p>
<p style="text-align: justify;">No me llevó más de un segundo darme cuenta de que no había ningún despertador. Se trataba de la alarma que nos despertaba cada mañana. En la soledad de mi celda pensé en el sueño del que acababa de despertar, uno en el que soñaba dentro de otro sueño. Aparecía Juan. Y también los niños.<br />
Yo cumplía condena por asesinato. Aquél era el día de mi liberación. Tal vez por eso había soñado con ellos. Nunca quise matarlos. ¡Los adoraba! Ni siquiera tuve jamás conciencia de cómo ocurrió todo. Aquella noche era un simple vacío en mi memoria. Mi abogado y mi psiquiatra me contaron lo que hice, y con el tiempo llegué a aceptarlo y a creerlo. Pero no eran mis recuerdos. Mis verdaderos recuerdos eran una página en blanco sobre la que los demás habían escrito.<br />
Ni siquiera tomé el desayuno en la cárcel. Vinieron a por mí enseguida, me dieron mis cosas y varios documentos y una guardia de seguridad me acompañó a la puerta. La libertad. Tomé un autobús hasta mi antigua casa. Aún conservaba la llave. Sí, la cerradura era la misma. Abrí la puerta y fui directamente al salón para servirme una copa. Ni siquiera estando allí recordaba nada sobre cómo ocurrió todo.<br />
Sentada en el sofá, cansada y confusa, me puse a pensar en aquel sueño una vez más. ¿Qué era la realidad? ¿Cómo sabemos que no estamos soñando? ¿Y si nuestros sueños son simplemente existencias alternativas de otros “yo”, que a veces actúan de manera independiente unos de otros y otras veces interaccionan entre sí? ¿Quién era yo? ¿La mujer que amaba a K.? ¿La que se casó con Juan y tuvo hijos, y se metió en su microuniverso al que los demás podían acercarse, pero no acceder (sólo yo tenía acceso a mi saco privado)? ¿La que los mató a todos y después no era capaz de recordar nada? ¿La que estaba tomándose un whisky doble a las diez de la mañana, filosofando sobre la vida y la realidad? ¿Podría ser que mientras una de mis personalidades dormía las demás volvieran a la vida, por turnos, e hicieran diferentes cosas, tomaran decisiones diferentes, vivieran otras vidas alternativas? ¿Era yo la confluencia de mil mujeres diferentes, independientes unas de otras y dependientes todas de mí? ¿Un abanico de personas (¿de personajes?) con una esencia común?<br />
Fue en ese momento cuando sonó el timbre de la puerta. Alguien llamaba insistentemente, tanto que al principio me sobresalté. Dejé la copa sobre la mesa y fui a abrir. No pude. La puerta parecía estar encajada. Y el timbre perforaba mis tímpanos con abominable tenacidad. Y supe de pronto que fuera esperaban todas aquellas mujeres que componían mi yo y a las que mi pensamiento había convocado. ¿Querían reunirse, y dejar de ser incompletas? ¿Querían vengarse por sufrir aquella especie de maldición? El timbre seguía sonando hasta volverme loca. Yo ya no quería abrir. No podía. De pie, la espalda contra la puerta, mi instinto avisándome a gritos del peligro, sentí que el millar de mujeres que eran yo misma forzaban mi casa y arremetían contra mí con un golpe seco, y de pronto yo estaba de bruces sobre el suelo y aquellas mujeres se reían, y sus caras eran de hombres que me apuntaban con una pistola y entonces se transformaron en policías que intentaban convencerme de que aquella mañana no me había liberado nadie, de que yo había escapado de la cárcel asesinando a un guardia en mi huída. Pero no pude ser yo, yo me recuerdo a mí misma recogiendo mis efectos personales y saliendo a la puerta. Fue una de ellas, una de las otras. Se mueven mientras duermo. Y ahora quieren ustedes que firme esta declaración y lo haré, y no me importa volver a la cárcel porque habrá otras mil mujeres viviendo mis existencias alternativas mientras tanto, y no podrán controlarlas a todas. No, no es de ustedes de quien me río. Me río, no puedo dejar de reírme, estúpidos, porque no importa que yo firme o no este papel, no importa que me encierren porque antes o después estaré libre, me despertaré de nuevo y seré cualquiera de ellas en cualquier otro sitio. En otra de las cajas chinas. Lo sé. Estoy a punto de despertarme. Ahora, dentro de un minuto. Dentro de dos horas o de dos días. En cualquier momento. En cualquier momento.</p>
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		<title>A palos (de ciego)</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Jul 2010 22:45:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Palabras]]></category>
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		<category><![CDATA[Flamenco]]></category>
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		<description><![CDATA[Hace unas semanas, Jose (josemalo) y yo (Luisa) decidimos embarcarnos en una aventura creativa: escribir, por primera vez en nuestra vida, letras flamencas. Como estímulo teníamos la convocatoria del III Concurso de Letras Flamencas &#8220;Francisco Moreno Galván&#8220;, una iniciativa del Ayuntamiento de La Puebla de Cazalla (Sevilla) en homenaje al célebre pintor y poeta que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/fanzine/musica/" title="Música"><img src="/wp-content/images/icons/topic_musica.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Música" /></a>
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<!-- no icon for 'blog' --></div>
<p><a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/es/"><img style="border-width: 0;" src="http://i.creativecommons.org/l/by-nc-sa/3.0/es/88x31.png" alt="Creative Commons License" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/cartel.jpg"><img class="size-full wp-image-1776 aligncenter" src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/cartel.jpg" alt="cartel" width="167" height="205" /></a></p>
<p>Hace unas semanas, Jose (<a href="http://blog.franlopez.es/author/josemalo/">josemalo</a>) y yo (<a href="http://blog.franlopez.es/author/luisa/">Luisa</a>) decidimos embarcarnos en una aventura creativa: escribir, por primera vez en nuestra vida, letras flamencas. Como estímulo teníamos la convocatoria del <strong>III Concurso de Letras Flamencas &#8220;<a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Moreno_Galv%C3%A1n">Francisco Moreno Galván</a>&#8220;</strong>, una iniciativa del <a href="http://www.pueblacazalla.org/nuevaweb/portada.php">Ayuntamiento de La Puebla de Cazalla (Sevilla)</a> en homenaje al célebre pintor y poeta que da nombre al certamen. La idea nos pareció muy sugerente y nos pusimos a trabajar. Al cabo de varias semanas de intensa experiencia creativa, de risas, de riñas (…“¡pero chiquillaaaaaa! ¿cómo me rompes la rima consonante al finaaaaal?”- “Si es que eres un talibán… ¡Que no tiene por qué tener todo rima consonante, niño!”) habíamos elaborado a medias una colección de letras a la que llamamos <strong>&#8220;A Palos (de ciego)&#8221;</strong>, y que firmamos como &#8220;Limón y hierbabuena&#8221;, seudónimo que nos parecía muy andaluz, y que de alguna manera tuvo su origen en este blog, en el post <a href="http://blog.franlopez.es/2010/05/05/mudanza/">Mudanza</a>. Y enviamos las copias solicitadas en las bases, sin más expectativas reales que lo enriquecedora que había sido la simple experiencia de escribirlas&#8230;<br />
<span id="more-7190"></span></p>
<p>Hace unos días, nos comunicaron que nuestro trabajo había resultado premiado, sin que pudieran confirmarnos si se trataba del primer, segundo o tercer premio. Eso no se haría público hasta la misma noche del fallo oficial, el cinco de julio en La Puebla de Cazalla, a las nueve de la noche.</p>
<p>Acudimos, por supuesto, a la cita, y aprovechamos de paso la oportunidad para conocernos y vernos por primera vez. Comimos juntos en Granada con los hermanos de Jose, Fran y María del Mar, y su cuñado Koldo, Paco y yo. Fue un Encuentro con mayúsculas, con personas Encantadoras con mayúsculas. El primer regalo del día. Y además fue, por cierto, en el <a href="http://www.paprika-granada.com/">Restaurante Paprika</a>, que dice ser un restaurante, pero en realidad es un paraiso de los sentidos, donde el cariño se nota en cada milímetro (¡ole Marisa!).</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/Paprika.jpg" target="_blank"><img class="size-full wp-image-1776 aligncenter" src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/Paprika.gif" alt="paprika" width="320" height="187" /></a></p>
<p>Ya en La Puebla, nos dirigimos al Patio de la Ermita, donde tendría lugar el evento. Conocimos personalmente al concejal de cultura, Jose Antonio Durán, que nos atendió de maravilla y nos ayudó a sentirnos muy cómodos desde el principio. Inesperadamente, unos minutos antes de comenzar el acto, supimos (por un lapsus, no estaba previsto que se filtrara esa información aún) que se nos había concedido el <strong>Primer Premio</strong> del Certamen&#8230; ¡No nos lo podíamos creer!</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/Entrega-premio.jpg" target="_blank"><img class="size-full wp-image-1776 aligncenter" src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/Entrega-premio.gif" alt="premio" width="320" height="198" /></a></p>
<p>Al concurso, de carácter internacional, se presentaron un total de 41 trabajos, procedentes de toda España pero fundamentalmente de Andalucía, Madrid y Cataluña. También hubo participantes de México y Argentina. Formaban el jurado el poeta <a href="http://amediavoz.com/murcianoANT.htm">Antonio Murciano</a>, el periodista <a href="http://www.juanjosetellez.com">Juan José Téllez</a> y el cantaor <a href="http://www.pueblacazalla.com/ayto/paginas/lapuebla/personajes/diegoclavel.htm">Diego Clavel</a>, tres figuras muy representativas del campo de la literatura y del flamenco. Juan José Téllez, periodista y escritor, justificaba así la concesión del Primer Premio a los versos ganadores:</p>
<p><em>“Se trata de un flamenquísimo diálogo a dos voces en donde la celebración de la vida y el quejío se ponen en valor en femenino y en masculino, con referencias actuales que no traicionan a su espíritu añejo. En la decisión del jurado primó, desde luego, la alta calidad literaria de los versos, aunque destaca a su vez la perfecta sintonía con la métrica jonda y su precisa acentuación, lo que permite su interpretación directa como cante.”</em></p>
<p>El segundo premio fue concedido a Máximo López Jiménez, de Paradas. El tercero fue para José María Carrillo Ramírez, de Morón de la Frontera. Estamos deseando leer ambos trabajos, para seguir disfrutando y aprendiendo.</p>
<p>Fue una noche mágica, el colofón perfecto de un día en el que no cesábamos de recibir regalos. Fue, como el propio Jose expresaba, “una Noche de Reyes” en pleno julio. En agradecimiento a La Puebla de Cazalla, entregamos al ayuntamiento un pequeño obsequio con una letra &#8220;extra&#8221;, un fandango dedicado a la memoria de Moreno Galván compuesto en los días anteriores a la entrega de premios, ilustrado por una viñeta de josemalo.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/entregra-grande.jpg" target="_blank"><img class="size-full wp-image-1776 aligncenter" src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/entregra.jpg" alt="entrega cuadro" width="320" height="217" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/obsequio-a-la-puebla1.gif"><img class="size-full wp-image-1776 aligncenter" src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/obsequio-a-la-puebla1.gif" alt="cuadro" width="540" height="699" /></a></p>
<p>Desde Sevilla habían venido a acompañarnos Esteban, Belén y Luís, amigos de Jose. Luís, que había pasado su infancia en La Puebla de Cazalla, ejerció de anfitrión para terminar la noche, como cierre de lujo, en el Bar Central, una institución en La Puebla frecuentado en su día por Francisco Moreno Galván, repleto de obras y recuerdos suyos, como una memoria viva del artista.</p>
<p>En enero el ayuntamiento tiene previsto publicar un libro con los tres trabajos ganadores. Hasta entonces, aquí os dejamos con el nuestro, y de alguna forma lo devolvemos a <a href="http://blog.franlopez.es/">Palabras, palabras, palabras&#8230;</a> el lugar al que debe su gestación. ¡Gracias!</p>
<h2>A palos (de ciego)</h2>
<ol>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/1-bien-de-altura/" target="_blank">Bien de altura</a> (Alegrías)</li>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/2-relojes/" target="_blank">Relojes</a> (Cantiñas)</li>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/3-la-romeria/" target="_blank">La romería</a> (Bulerías)</li>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/4-mariposas/" target="_blank">Mariposas</a> (Colombiana)</li>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/5-tarantas-del-emigrante/" target="_blank">Tarantas del Emigrante</a> (Tarantas)</li>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/6-porque-me-bebo-la-vida/" target="_blank">Porque me bebo la vida</a> (Fandangos)</li>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/7-en-los-ojos-una-venda/" target="_blank">En los ojos una venda</a> (Granaínas)</li>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/8-resquicio-de-certeza/" target="_blank">Resquicio de certeza</a> (Tarantos)</li>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/9-cuando-la-noche-se-enciende/" target="_blank">Cuando la noche se enciende</a> (Milonga)</li>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/10-efectos-personales/" target="_blank">Efectos personales</a> (Sevillanas)</li>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/11-jugar-con-fuego/" target="_blank">Jugar con fuego</a> (Soleares)</li>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/12-despedida/" target="_blank">Despedida</a> (Soleares)</li>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/13-tientos-de-la-madruga/" target="_blank">Tientos de la madrugá</a> (Tientos)</li>
<li><a href="http://blog.franlopez.es/vinetas/14-patio-de-vecinos/" target="_blank">Patio de vecinos</a> (Tanguillos de Cádiz)</li>
</ol>
<p style="text-align: right;"><em>Limón y hierbabuena</em></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/Diploma.gif"><img src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/Diploma.gif" alt="Diploma" title="Diploma" width="540" height="370" class="alignnone size-full wp-image-7312" /></a></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Identidad</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Jul 2010 21:03:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Poemario]]></category>
		<category><![CDATA[poema]]></category>
		<category><![CDATA[poesía]]></category>

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		<description><![CDATA[No me conocéis. Si me muriera hoy no sabríais quién es la que se ha muerto (menos tú, vida mía). Cada mañana escojo, según la circunstancia, la indumentaria exacta y adecuada; y peino mi actitud según la hora y el posible escenario. Y maquillo la mala cara de los desencuentros; corrijo las ojeras del fracaso; [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/poemario/" title="Poemario"><img src="/wp-content/images/icons/topic_poemario.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Poemario" /></a>
</div>
<p>No me conocéis.<br />
Si me muriera hoy<br />
no sabríais quién es la que se ha muerto<br />
(menos tú, vida mía).<br />
<span id="more-7141"></span><br />
Cada mañana escojo, según la circunstancia,<br />
la indumentaria exacta y adecuada;<br />
y peino mi actitud según la hora<br />
y el posible escenario.<br />
Y maquillo<br />
la mala cara de los desencuentros;<br />
corrijo las ojeras del fracaso;<br />
máscara en las pestañas de las cuitas,<br />
carmín sobre mi boca<br />
(y sobre mis palabras<br />
para evitar que amarguen o que duelan<br />
a otros.<br />
Ya me duelen a mí,<br />
con eso basta).</p>
<p>Me obligo a llevar puesto<br />
el collar de etiqueta de las formas,<br />
la mesura, la calma.</p>
<p>A veces gritaría,<br />
me volvería loca,<br />
correría sin rumbo, desbocada<br />
sobre brasas de angustia y de zozobra<br />
… pero llevo tacones de prudencia<br />
que encorsetan mis pasos.</p>
<p>(Sólo tú, amor, me miras<br />
y me entiendes.<br />
Y estás).</p>
<p>Por las noches,<br />
ya a solas,<br />
comienzo a despojarme lentamente<br />
de aquello que no soy.<br />
Desmaquillo mi boca de sonrisas;<br />
borro de mi discurso la templanza,<br />
me suelto el pelo, dejo que las penas<br />
y las ojeras pisen sus dominios.<br />
Me descalzo despacio.<br />
Me despojo<br />
de todos los postizos y añadidos.<br />
Y desnuda,<br />
yo por fin, yo en esencia,<br />
me miro en el espejo.<br />
Tan frágil.</p>
<p>Es entonces,<br />
únicamente entonces<br />
(y únicamente tú como testigo),<br />
cuando respiro, cuando<br />
me permito a mí misma<br />
desplegar<br />
y desentumecer<br />
las alas.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/Butterfly-Woman.jpg"><img class="size-full wp-image-7163 aligncenter" title="Butterfly Woman, de Dominic Harman" src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/07/Butterfly-Woman.jpg" alt="Butterfly Woman" width="300" height="333" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><i>Butterfly Woman, de Dominic Harman</i></p>
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		<title>Universo alternativo</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Jun 2010 05:00:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Palabras]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

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		<description><![CDATA[El siguiente relato fue finalista hace unos años en un Certamen Internacional convocado por El País Literario. Está publicado en papel, en el volumen Novísimos junto con el relato ganador y los demás finalistas, pero el libro está ya agotado y el cuento no está disponible on-line. Hasta ahora. &#160; &#160; Se sentó en la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/relatos/" title="Relatos"><img src="/wp-content/images/icons/topic_relatos.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Relatos" /></a>
</div>
<p><em>El siguiente relato fue finalista hace unos años en un Certamen Internacional convocado por El País Literario. Está publicado en papel, en el volumen</em> Novísimos <em>junto con el relato ganador y los demás finalistas, pero el libro está ya agotado y el cuento no está disponible on-line. Hasta ahora.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">Se sentó en la mecedora, junto a la cristalera. Como cada mañana se puso a contemplar el valle mientras amanecía. En camisón aún, sin zapatillas. Era ya primavera y le gustaba el contacto del suelo bajo sus pies descalzos. Tras la montaña se intuía, desperezándose, el primer albor. Vio tintarse el cielo de rojo e imaginó un clarín sangriento que anunciaba el día.</p>
<p><span id="more-7134"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Se puso a pensar que cada amanecer era diferente. Lo veía a diario, el mismo paisaje, el mismo sol, la misma ceremonia. Sin embargo ella lo vivía como un espectáculo que cada día traía sensaciones nuevas y distintas. Anotó aquella idea en el cuaderno, sobre sus rodillas. Siempre escribía después de amanecer.  Aquella media hora le pertenecía, pertenecía a su cuerpo y a su mente, y procuraba exprimir los minutos y bebérselos despacio, con fruición. El mensaje de aquel alba era, por alguna razón, triste. Pensó en los cuarenta años que cumpliría en agosto. Miró las notas que acababa de tomar y decidió darles forma.</p>
<p><em>¿Por qué me traes ahora<br />
lágrimas de otros ojos,<br />
suspiros de otras bocas,<br />
naturalezas muertas<br />
de lo que en otro tiempo fue<br />
belleza?<br />
En este amanecer de hielo y sangre<br />
sin túnicas, de luz<br />
desnuda y verdadera,<br />
¿por qué me traes, espejo,<br />
realidades,<br />
certezas,<br />
signos tan indudables cuya verdad me asfixia?</em></p>
<p><em>Y ¿por qué de repente?<br />
Hace una noche,<br />
apenas unas horas,<br />
yo era joven<br />
y caminaba a tientas sin saberlo<br />
sin red<br />
sobre el alambre fino de la vida.<br />
Y hoy<br />
en esta madrugada, espejo inhóspito,<br />
desvelas con crudeza los secretos<br />
del tiempo<br />
y pierdo el equilibrio<br />
para estrellarme contra tu reflejo,<br />
contra ti,<br />
contra mí,<br />
que he dejado de ser.</em></p>
<p><em>No puedo recobrar lo que ya fue.<br />
Cada segundo, el “es”<br />
se convierte en el “era”.</em></p>
<p><em>Soy, implacablemente,<br />
diez minutos más vieja<br />
que cuando comencé a escribir este poema.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Revisó el cuadernillo. Lo había dividido en varias secciones. En una de ellas tomaba notas que después cobraban vida propia y crecían hasta convertirse en historias o poemas. Terminar cada uno de ellos era como dar a luz. Eran sus criaturas. Ésta última, decidió, había nacido reflexiva y triste. Demasiado triste, de hecho. Inmediatamente decidió llevar su mente por otros derroteros. Tenía otro poema a medias, habría que decidir cómo acabarlo. Y había más cosas pendientes: escribir varios e-mails; buscar información relacionada con el mundo árabe para ilustrar su último relato (procuraba que lo que escribía fuese coherente y estuviese bien fundado, aún tratándose de ficción); comprobar varias páginas web que le interesaban, telefonear a un par de personas…</p>
<p style="text-align: justify;">La ducha la despejó y la hizo sentirse fresca. Fue consciente aquel día, sin embargo, de que su piel no estaba tan flexible como antaño. Se estudió frente al espejo durante unos minutos. No solía hacerlo. Tal vez por eso el resultado la tomó por sorpresa. Signos de madurez (nada de vejez, demasiado pronto para usar ese término) que parecían haber surgido de repente, en una sola noche. Así que era cierto, era más que una intuición absurda que había dado lugar a unos versos. El tiempo estaba ganando la partida.</p>
<p style="text-align: justify;">Desconectó para meterse de lleno en la vorágine de un día ordinario, prisas, atascos, el trabajo, la vuelta. Mil cosas que hacer. A veces, sin embargo, ponía en marcha el piloto automático y mientras su cuerpo se afanaba en tareas puramente mecánicas su mente ardía con ideas y reflexiones. Su pensamiento saltaba de una a otra, coherente unas veces, inconexo otras. Una parte de ella había sido siempre analítica, extraordinariamente lógica. La otra era su parte agreste, rebelde e imprevisible.</p>
<p style="text-align: justify;">Sara. Su nombre era de origen hebreo y significaba “princesa”. Pensó en sus padres. Ella sin embargo nunca quiso hacer de princesa cuando de niños jugaban a los cuentos. El personaje de la bruja le parecía mucho más atractivo. Le permitía encorvarse, tensar los dedos de las manos como si los tuviese agarrotados, cambiar la voz, experimentar muecas horribles. Era mucho más dramático ser bruja, y desde luego más interesante que desempeñar el papel de una princesa que siempre era “dulce y bellísima” y que a ella en realidad le parecía ñoña y bastante sosa, y desde luego con nada de iniciativa, siempre esperando que el príncipe viniera a sacarle las castañas del fuego.</p>
<p style="text-align: justify;">Decididamente, el príncipe se llevaba siempre la mejor parte, la parte activa. La princesa sólo tenía que dejarse querer, y dejarse avasallar (raptada, o humillada, o encerrada en una torre) para después dejarse rescatar. Dejarse hacer, en suma. Era siempre el objeto de la acción, nunca el sujeto.</p>
<p style="text-align: justify;">Tenía un amigo artista, pintor. Se dedicaba a ello en cuerpo y alma. A todo el mundo le parecía perfecto y muy natural que hubiese hecho del arte su profesión. Trató de recordar el nombre de alguna pintora. Ah, sí, Frida. Y… nada más. Tal vez no estaba muy puesta en arte, pero de cualquier modo decenas de nombres de pintores vinieron a su mente. Probó con la música. Había mujeres intérpretes, pero no conocía el nombre de ninguna compositora. Era como si a la mujer se le permitiese <em>recrear</em>, pero nunca <em>crear</em>. Dios es masculino.</p>
<p style="text-align: justify;">Recordó de pronto a Clara Schumann, la brillante pianista que aparcó su carrera como concertista para ejercer de esposa y madre y que después dio a conocer la obra de su marido, Robert. La mujer que, una vez casada, sólo volvió a los escenarios de modo ocasional y por razones económicas. Como segunda opción. Como actividad secundaria.</p>
<p style="text-align: justify;">Pensó en mujeres artistas de otras épocas, las menos, muchas de las cuales habían acabado con matrimonios rotos y cuya existencia, en muchos casos, había terminado en suicidio. ¿Había que renunciar, para dedicarse al arte, a una familia estable o incluso a la propia vida?</p>
<p style="text-align: justify;">Y pensó en sí misma. En un cajón de su mesa de trabajo guardaba sus escritos y sus notas. Todo inédito y desconocido. Nadie la iba a tomar en serio si un día, de pronto, decidía dedicarse a escribir. Aquello estaba muy bien como pasatiempo, algo para “ocupar sus ratos libres” (de los que generalmente no disponía). Ella misma se sentiría culpable si descuidaba las tareas domésticas, o pasaba menos tiempo con su marido, o dejaba a los niños con una niñera “para escribir”. En esta sociedad y en este punto del sur de España la familia y la casa aún se entendían como la primera prioridad de cualquier mujer. Se preguntó por qué podían ser la segunda para cualquier hombre sin que nadie se rasgase las vestiduras.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Y en otra sociedad? Había leído una teoría sobre universos alternativos, paralelos al nuestro, en el que las cosas ocurrirían de un modo ligeramente diferente. Pensó en las mujeres que, como ella, relegaban el arte a un segundo plano en sus vidas. En los libros que jamás serían escritos, en los cuadros que jamás serían pintados, en las partituras que no llegarían a existir. Pensó en las criaturas que vivían en las mentes de muchas otras mujeres y que nunca verían la luz. E imaginó un universo alternativo en el que cada una pariera lo que llevaba dentro. Imaginó, de hecho, que todos los vástagos de su imaginación coexistían, en aquel universo paralelo, con los de otras muchas féminas. Los proyectos no-natos, en un limbo lejano al que iban a parar las obras que nunca nacerían, a pesar de que habían sido engendradas.</p>
<p style="text-align: justify;">El ruido de la llave en la cerradura vino a sacarla de sus reflexiones. Las diez ya. Otro día que se acababa. Escuchó cómo la puerta de entrada se abría y volvía a cerrarse.</p>
<p style="text-align: left; padding-left: 15px;">-Cariño, ya estoy aquí.<br />
-En la cocina –alzó la voz mientras seguía batiendo un par de huevos. Rafael entró y la besó en los labios.<br />
-¿Cómo estás? –preguntó ella-. ¿Qué tal el día?<br />
-Cansado. Han surgido un par de problemas en la oficina que me han puesto muy tenso –abrió el frigorífico y sacó un refresco-. ¿Y los niños?<br />
-Bien. Isabel se cayó en el colegio esta mañana, pero no es nada. Están dormidos.<br />
-Ahora entraré a darles un beso. ¿Y tú? ¿Cómo te ha ido hoy?</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Levanté a los niños, los llevé al cole, me fui al trabajo, desde detrás de un mostrador atendí a más de cincuenta personas entre las que había, como siempre, algún imbécil, le eché tres kilos de paciencia a las exigencias de mi jefe, volví al cole a por los niños, les di el almuerzo en casa, los llevé a las actividades de la tarde y aproveché para hacer la compra, los recogí, me vi atrapada en un atasco durante media hora, jugué con ellos un rato mientras les daba un baño, les preparé la cena, los metí en la cama y les leí un cuento, preparé su ropa y su desayuno para el cole, dejé listo el almuerzo para mañana, recogí un poco la casa  y en cuanto a la cena, estoy en ello.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Paralelamente vi amanecer, escribí un poema y dejé otro a medias, pensé que hoy me siento como si la vejez me hubiese puesto su garra encima de repente, envié varios e-mails, leí un artículo muy interesante sobre la mujer árabe, pensé en mis padres y recordé momentos de mi infancia que creía olvidados, e imaginé otro universo, maravilloso y rico, que a lo mejor da pie a una de mis historias.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Pensó todo eso en sólo unos segundos, mientras lo miraba. Rafael había salido de casa a las seis, como cada mañana (tenía que viajar casi una hora hasta llegar al trabajo). Parecía agotado y la miraba con ternura. Probablemente también había tenido un día muy duro. Finalmente contestó, mientras vertía los huevos batidos en la sartén:</p>
<p style="text-align: left; padding-left: 15px;">-Como siempre. ¿Quieres una ensalada con la tortilla?</p>
<p style="text-align: center;">________________</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Tu nombre, Saramago</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Jun 2010 20:55:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Palabras]]></category>
		<category><![CDATA[homenaje]]></category>
		<category><![CDATA[Saramago]]></category>

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		<description><![CDATA[“El jaramago es una planta que suele actuar como alarma o catalizador ecológico: su presencia masiva denuncia campos baldíos, jardines descuidados, solares recién recalificados o dispuestos a serlo que esperan la fructífera lluvia del cemento&#8230;” Hace tiempo que quería leerte, Saramago. Lo confieso, aún no había disfrutado de ningún libro tuyo. Formabas parte de esa [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
</div>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/06/Jaramago.gif"><img class="size-full wp-image-7122 aligncenter" title="Jaramago" src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/06/Jaramago.gif" alt="" width="500" height="407" /></a></p>
<h5>“El jaramago es una planta que suele actuar como alarma o catalizador ecológico: su presencia masiva denuncia campos baldíos, jardines descuidados, solares recién recalificados o dispuestos a serlo que esperan la fructífera lluvia del cemento&#8230;”</h5>
<p><span id="more-7121"></span></p>
<p>Hace tiempo que quería leerte, Saramago. Lo confieso, aún no había disfrutado de ningún libro tuyo. Formabas parte de esa lista larga de cosas que hay que hacer, y que se van dejando… Había leído sobre ti, pero no a ti. Mañana, un día de estos, me decía.</p>
<p>Y fíjate, has tenido que morirte para llegar a mi puerta, llamar con decisión y presentarte en mi vida. Aquí estoy, parece que me dices. Ya es hora. Ponme al principio de esa lista tuya, que ya es hora. Y hace unos días, quien mejor me conoce en este mundo se presentó en casa trayéndome Caín, sabiendo (como sabe tantas cosas mías, y sin mediar palabra) que era justo el título en el que yo pensaba para empezar mi relación contigo.</p>
<p>Así que ahora, José, vives junto a mi cama. Y cada noche pones semillas en mis sueños, semillas de palabras y de ideas que al día siguiente, al sol, maduran y florecen y me sorprenden siempre, porque nunca sé qué flores o qué frutos van a darme. Unas veces son claros y brillantes, y llenan de luz mis espacios, y otras veces me asustan, me agitan, me angustian, porque tienen hojas desconocidas y desafiantes que me llaman a gritos. Y no sé si soy lo bastante valiente para acercarme y oler esas flores y cortarlas y llenar mi casa con ellas, ni si me atreveré a comer de esos frutos que sé a ciencia cierta que van a cambiarme y a cambiar mi vida.</p>
<p>Has muerto, Saramago, pero estás. Más que nunca.</p>
<p>Tu cuerpo, simplemente, ha cambiado de estado. Jaramago es tu nombre en castellano, y quizá por eso quiero imaginar que un día serás jara o jaramago en cualquier monte, en el suelo más ácido y más árido de esta balsa de piedra. Y allí estarán, José, parte de tus moléculas hechas flores y aroma, denunciando abandonos y tierras yermas. Igual que han hecho siempre.</p>
<p>Y tu mente se queda, presente en tus palabras. Los que aún somos cuerpos recogemos el testigo, enarbolamos la bandera de tus principios que son, fundamentalmente, los de un hombre bueno. Tomamos el relevo para hacerla visible desde cualquier esquina, la que cada uno habita: mi habitación, tu casa, mis ideas, las tuyas, nuestras dudas, nuestras diferencias, nuestras coincidencias. Si es que somos capaces.</p>
<p>Desde mi posición, desde mi ámbito, sin dejar por ello de ser fiel a mí misma, hoy sumo mis palabras menudas a las tuyas; agrego mi actitud a tu línea de fuego, y me coloco en el furgón de cola de este tren que encabezaste un día. Y no se nota,  porque soy muy pequeña. Pero eso es lo de menos. Porque no soy la única. Yo sumo mis palabras. Otros añadirán su lápiz, sus pinceles, sus versos, sus canciones, sus esculturas, sus fotografías. O simplemente su comportamiento, que es lo más difícil. Y el tren se hará más largo. Y al final tendrá que ser, sin más remedio, visible, y dejará de ser este tren fantasma que lleva siglos recorriendo la historia.</p>
<p>Jara que denuncias las conciencias baldías, mago de las palabras y de la inteligencia. No podías, Saramago, llamarte de otro modo.</p>
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		<title>Instrucciones para aprender a morir</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Jun 2010 22:20:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Palabras]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>

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		<description><![CDATA[Comienza recordando (y aprendiéndolo bien, nunca lo olvides) la primera de las reglas: empiezas a morir en el segundo en el que naces. Al principio es doloroso tatuar esa norma en la conciencia. Sé paciente. Después quedará únicamente la cicatriz y habrás de aprender a verla cada día, a convivir con ella, y más aún: [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
</div>
<ol>
<li>Comienza recordando (y aprendiéndolo bien, nunca lo olvides) la primera de las reglas: empiezas a morir en el segundo en el que naces. Al principio es doloroso tatuar esa norma en la conciencia. Sé paciente. Después quedará únicamente la cicatriz y habrás de aprender a verla cada día, a convivir con ella, y más aún: a acariciarla con mimo hasta que ya no duela, a asumirla como parte de tu piel y de tu realidad.</li>
<li>Nada desaparece, todo cambia. Las ansias, los deseos, las ideas, los cuerpos, la memoria… todo lo que ahora eres pasará simplemente a ser algo distinto. Serás un esqueleto, o un montón de cenizas, al principio. Pero amplía tu perspectiva a siglos, a milenios incluso. Concédele su tiempo a la naturaleza y al final podrás ser parte de un lago, de un árbol, de un camino. Las moléculas que ahora te conforman se reestructurarán para formar algo nuevo y distinto. Pero estarán ahí. Imagina en qué quieres convertirte (es un buen ejercicio). Y piensa que morir es, simplemente, cambiar de estado dentro del ciclo vital, imparable y tal vez eterno.</li>
<li>De vez en cuando, vuelve la vista atrás. Contempla tu trayecto hasta la fecha y acéptalo sin reservas. Recréate en las fuentes y los prados de cada camino que has ido eligiendo,  y no lamentes los desiertos que hubo que cruzar y a los que, al fin y al cabo, has sobrevivido. Olvida las opciones a las que renunciaste y no sueñes con ellas ahora que ya son imposibles. Céntrate en lo que hiciste y no en lo que no hiciste. Recoge tus tropiezos, y sé condescendiente y generoso con ellos. Perdónate.</li>
<li>Prepárate para irte en paz. Aprende a ver tu vida como útil y llena. No sientas que has malgastado tiempo ni oportunidades. Las has usado, en cualquier caso, como tú has elegido usarlas.</li>
<li>Cuando llegue el momento, tiéndele la mano a la muerte con firmeza, sin miedo. Y mírala a los ojos. Y sonríe. Muéstrate sin reservas, dispuesto a acompañarla.</li>
</ol>
<p style="padding-left: 30px;">Y da un paso adelante, decidido, hacia tu estado siguiente. Descarta el miedo; cámbialo, en todo caso, por emoción e incertidumbre: la de quien emprende una aventura nueva y desconocida.</p>
<p style="padding-left: 30px;">Que tengas buen viaje.<br />
Yo ya estoy preparada<br />
y ya sé, vida mía, qué quiero ser después:</p>
<p style="padding-left: 30px;">parte de tus moléculas,<br />
parte de cualquier cosa<br />
que en otra vida seas<br />
tú.</p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Sueño kafkiano</title>
		<link>http://blog.franlopez.es/2010/06/09/sueno-kafkiano/?utm_source=rss&#038;utm_medium=rss&#038;utm_campaign=sueno-kafkiano</link>
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		<pubDate>Wed, 09 Jun 2010 17:14:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Palabras]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Diversas investigaciones (…), utilizando determinadas metodologías y procedimientos, describen como graves y extremas las condiciones de exclusión residencial, segregación y ocupación de infraviviendas de los inmigrados.” Fuegos artificiales, copas de champán, besos al aire que dejaban empalagosas estelas de perfume caro a ambos lados de mis mejillas. Escotes, perlas, trajes de Armani y de Dior, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/relatos/" title="Relatos"><img src="/wp-content/images/icons/topic_relatos.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Relatos" /></a>
</div>
<p><a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/es/"><img style="border-width: 0;" src="http://i.creativecommons.org/l/by-nc-sa/3.0/es/88x31.png" alt="Creative Commons License" /></a></p>
<blockquote><p>Diversas investigaciones (…), utilizando determinadas metodologías y procedimientos, describen como graves y extremas las condiciones de exclusión residencial, segregación y ocupación de infraviviendas de los inmigrados.”</p></blockquote>
<p>Fuegos artificiales, copas de champán, besos al aire que dejaban empalagosas estelas de perfume caro a ambos lados de mis mejillas. Escotes, perlas, trajes de Armani y de Dior, o de algún nuevo modisto de nombre impronunciable que hacía furor en <em>New York</em> últimamente. Todo el mundo empeñado en ser muy <em>cool</em>. Señores de etiqueta y de pelo engominado que hablaban por teléfonos móviles diminutos, casi hasta el extremo de desaparecer en sus manos; una muestra variada y ostentosa de IPods, de Iphones y de todos los Ips y <em>gadgets</em> imaginables sin los que, por supuesto, la vida no es posible hoy. En algún sitio había leído que cuando el varón actual despliega una amplia colección de aparatitos de tecnología avanzada lo hace para paliar su inseguridad personal y, fundamentalmente, sexual. Concluí que, si eso era cierto, aquella fiesta estaba llena de machos impotentes que se escondían bajo sonrisas blancas y piel dorada de rayos UVA. Fin de las campanadas. Feliz año Nuevo, inmerso en un Siglo Nuevo. En un Nuevo Milenio. Bienvenidos al futuro.</p>
<p><span id="more-6933"></span>A pesar de que la temperatura no era desagradable, abandoné la terraza del hotel y pasé al gran salón, como muchos de los invitados. El mobiliario era profuso y ostensiblemente caro, excesivo incluso, casi prepotente. Carecía de la elegancia natural que confieren las líneas simples y se abigarraba con criterios basados, seguramente, en tamaño y coste. Todo era muy grande. O muy caro. O ambas cosas. Cualquier otro aspecto (estética, armonía, buen gusto, sobre todo buen gusto) parecía haber sido irrelevante en la elección de los elementos de aquella sala.</p>
<p>Me llamaron la atención las paredes, revestidas de un delicado tejido con brocados y filigranas bordadas en oro. Al menos a simple vista. Me aproximé para comprobar de cerca una labor tan esmerada y toqué la superficie. La textura me sorprendió tanto que me acerqué más aún para cerciorarme de mi primera impresión: lo que al principio me pareció seda lujosamente bordada no era más que… ¡papel pintado! Una buena imitación del tejido, pero papel al fin y al cabo. El descubrimiento me provocó tal desconcierto que continué examinando los muros con cierta discreción, inadvertida en el bullicio de aquel evento en el que no conocía a nadie, hasta alcanzar uno de los rincones de la estancia. Y allí, <em>voilà</em>, una esquina del papel se levantaba, ligeramente despegada de la pared.</p>
<p>Sonreí con malicia. Me divertía el pequeño placer de un descubrimiento que ponía en evidencia lagunas de imperfección (y de mentira) en un ambiente tan pretendidamente exquisito. Y quise saber de qué color era la superficie original, así que con delicadeza levanté aquel borde delator.</p>
<p>Primero fue el tacto. Un cosquilleo leve sobre mis uñas que sólo me provocó curiosidad. Después la vi. Negra, brillante, moviéndose con rapidez sobre mi mano hasta escapar aprovechando mi estupor. Una cucaracha pequeña, horrible, nauseabunda. Siempre me han producido pavor las cucarachas. Permanecí inmóvil, muda, conmocionada, con una mueca estúpida de horror y de asco.</p>
<p>No sé qué me impulsó a hacer lo que parecía impensable, pero fui más allá. Con cuidado levanté un área mayor de aquel falso decorado recién descubierto. Y allí estaban. Cientos. Miles de ellas.</p>
<p>Hacinadas en el ínfimo espacio existente entre el pliego y el muro, se movían afanosamente formando una costra oscura y brillante y, sobre todo, viva. Un inframundo oculto que parecía actuar, sin embargo, como el soporte imprescindible que entre bastidores soportaba aquel frágil escenario.</p>
<p>Advertí con espanto que mi curiosidad había mostrado a algunas de las más atrevidas el camino hasta el exterior. Varias exploraban ya la moqueta en distintas direcciones. Una se acercó al zapato de un señor con esmoquin, y yo no quería ni imaginar lo que ocurriría si alguno de los asistentes daba la voz de alarma ante la inesperada plaga. El invitado bajó la mirada un instante, interrumpiendo la conversación en la que estaba inmerso, y yo cerré los ojos y pensé: ya está. Ahora es cuando empieza la hecatombe.</p>
<p>Pero no ocurrió nada. <em>Nada</em>. El caballero siguió hablando y, con una sonrisa, mientras brindaba con su interlocutor, levantó unos milímetros el tacón del zapato. Un pequeño y consciente giro, minuciosamente calculado. Un movimiento muy sutil. Y un chasquido que se perdió en el bullicio de la sala, aunque sonó con estrépito en mi cerebro que se moría de angustia. Nada más. Ambos hombres se alejaron charlando animadamente hasta otro punto de la habitación. Las puntas de sus zapatos, que asomaban bajo el pantalón bien planchado, brillaban como cucarachas negras.</p>
<p>Desconcertada, busqué el rastro de alguna otra fugitiva. Descubrí una de ellas sobre una mesa, perdida entre cócteles y canapés. Una dama parecía dudar entre las opciones que la mesa ofrecía hasta que finalmente se decidió por una bebida. Ahora sí, pensé. Chillará en cuanto la vea. La mujer, sin embargo, no pareció advertir nada extraño y continuó conversando con otra de las invitadas. Sólo después de un momento volvió a colocar su copa sobre el mantel y entonces me di cuenta. De manera casual, mientras miraba a otro lado y continuaba con la conversación, colocó la base del vaso <em>justo sobre el insecto</em>. Y presionó. Presionó hasta aplastarlo. Después movió uno de los platos con aparente descuido y el pequeño cadáver cayó al suelo. Eso fue todo. Con un suspiro, la dama tomó un canapé minúsculo cubierto de caviar y lo mordió. El caviar relucía entre sus dientes níveos como un nido de cucarachas diminutas.</p>
<p>El resto de las que se habían aventurado a escapar para explorar un mundo prohibido e ignoto corrió una suerte similar. Poco a poco todas fueron desapareciendo bajo los vasos, los platos, las servilletas, los pañuelos, los tacones de los invitados. Y ello de manera pretendidamente inadvertida para todos, al parecer, excepto para mí. Nadie torció el gesto, nadie hizo una mueca extraña ni subió la voz más de lo debido. Ninguno perdió la sonrisa ni interrumpió su conversación. Nadie modificó su pose en ningún momento, nadie cambió de actividad ni acusó incomodidad alguna. Todo continuaba desarrollándose con la mayor naturalidad…</p>
<p>Perpleja y confusa al principio, tras unos minutos me recobré y me acerqué al rincón revelador que había supuesto el origen del problema. Fue entonces cuando tomé la decisión más importante de mi vida. Lo hice decidida a ser consecuente a partir de entonces, a formar parte activa de la realidad que me rodeaba ahora que por fin era consciente de ella. Decidida, en suma, a ser una persona razonable y adulta de una vez, alguien con la cabeza fría y los pies en el suelo.</p>
<p>Respiré hondo y saqué un chicle del bolso. Lo masqué unos segundos y con valentía insólita procedí a sellar con él la esquina despegada. <em>C‘est fini</em>.</p>
<p>Las posibles supervivientes que podían quedar aún en el salón tampoco me preocupaban ya. Alguien se ocuparía de ellas tarde o temprano. Y volví a la fiesta.</p>
<p>Eso sí, antes de emprender mi nueva vida me atusé el pelo tras la oreja para mostrar sutilmente mis pendientes (prestados, de momento), y con la cabeza bien alta y los tacones bien firmes me serví una copa de champán y unos cuantos güisquis dobles. Mientras los apuraba reflexioné sobre la compleja y difícil cuestión de qué modelo de móvil me compraría al día siguiente. ¿Móvil o Iphone?… Una elección crucial y trascendente. Me llevaría unos días, tal vez unas semanas, decidirlo.</p>
<p style="text-align: right;"><em>&#8220;Sueño kafkiano&#8221; fue publicado originalmente en <a href="http://axxon.com.ar/rev/?p=1842">Axxon</a>.</em></p>
<p>Esta obra está bajo una <a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/es/">licencia de Creative Commons</a>.</p>
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		<title>La mudanza (microrrelato)</title>
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		<pubDate>Thu, 27 May 2010 17:02:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
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<p>La escalera olía a orines. A pesar de la bombilla sucia y rala, que proyectaba una luz exigua, los desconchones de la pared eran visibles y descorazonadores. No había ascensor. Tuve que subir a pie hasta el cuarto piso. Y al olor a excrementos fueron sumándose otros en cada planta hasta completar un hedor de pucheros, de humedad, de miseria.<br />
Dudé antes de llamar. El sitio no encajaba con lo exótico del anuncio que me había llevado hasta allí. Volví a leer el texto:</p>
<p><strong>Vendo crisálida. Sólo para coleccionistas.<br />
Envoltura de crisálida de mariposa. Vacía. Muy delicada. En buen estado. Colores preciosos, textura exquisita. Posibilidades decorativas o prácticas. Joya de colección. Muy inusual y rara. </strong></p>
<p>No había timbre. Golpeé la puerta con los nudillos. Pasaron unos segundos antes de que un rostro de mujer se asomara, cauteloso, por la puerta entreabierta. Tenía un ojo amoratado.  Sonreía.<br />
-¿Sí?<br />
-Vengo por lo del anuncio. La crisálida… -esgrimía frente a mí el trozo de periódico, torpemente, como acreditando mis palabras.<br />
-Ah –con voz dulce-. Claro.<br />
Abrió la puerta un poco más, se movió a un lado y apareció de nuevo, dejándome atónito.<br />
-Es ésta. ¿Tiene dónde transportarla? Verá, me mudo y hay cosas que ya no necesito. Esto es algo de lo que quiero deshacerme –sonrió y, sin esperar respuesta, me tendió aquella cápsula enorme, tan alta como yo mismo. De pronto me vi sujetando un capullo de seda descomunal, de apariencia alarmantemente frágil a pesar de su tamaño. Con un guiño me despidió, sin aceptar ninguna oferta por mi parte, aduciendo que yo le parecía la persona adecuada.</p>
<p>Fue durante un instante casi infinitesimal. Se movió para cerrar la puerta y vi, prendidos de su espalda, reflejos fugaces de luz y transparencias apenas desplegándose en mitad de la penumbra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em><a href="http://www.tablondeanuncios.com/">Concurso de relatos sobre anuncios clasificados de tablondeanuncios.com.</a></em></p>
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		<title>La coraza del guerrero (cuento)</title>
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		<pubDate>Fri, 21 May 2010 06:00:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
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		<description><![CDATA[Había una vez, hace miles de años, un gran guerrero al que todo su pueblo admiraba por su valor y por su honestidad, por su inteligencia, pero sobre todo por su corazón generoso y bueno. Lo admiraban tanto, de hecho, que lo convirtieron en su rey, y durante varios años el guerrero gobernó aquel reino [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
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</div>
<p style="text-align: justify;">Había una vez, hace miles de años, un gran guerrero al que todo su pueblo admiraba por su valor y por su honestidad, por su inteligencia, pero sobre todo por su corazón generoso y bueno. Lo admiraban tanto, de hecho, que lo convirtieron en su rey, y durante varios años el guerrero gobernó aquel reino con prudencia y sabiduría.<br />
Por desgracia, años más tarde las circunstancias lo obligaron a volver a hacer uso también de su coraje. El país entró en guerra con un país vecino y el rey, al frente de sus ejércitos, tuvo que marcharse a luchar en una guerra encarnizada.<br />
Temerosos de perder a su monarca, los soldados lo revistieron de una coraza que lo protegiera de ataques enemigos. Así que salía cada jornada a luchar, sobre su caballo blanco, con la coraza puesta y rodeado de sus hombres, cualquiera de los cuales estaba dispuesto a dar la vida por él.</p>
<p><span id="more-6741"></span></p>
<p style="text-align: justify;">El tiempo de guerra, en lugar de acabar, se fue recrudeciendo. Los hombres morían, los víveres escaseaban, las noches eran cada vez más largas y los días más peligrosos y agotadores. Los fieles soldados, temerosos por la seguridad de su soberano, fueron poniendo a la coraza original más capas de hierro y acero, de modo que en ningún caso un arma enemiga pudiera alcanzar un punto vital del cuerpo del rey. El guerrero se dejó hacer, impasible. Y la situación se prolongó durante años y años…</p>
<p style="text-align: justify;">Finalmente, un día, tal vez por agotamiento o por desidia, tal vez porque los contendientes se dieron cuenta de que aquella situación no merecía la pena, la guerra llegó a su fin. Se establecieron unas condiciones de paz y los soldados volvieron a casa.</p>
<p style="text-align: justify;">El guerrero volvió al palacio que había sido su hogar, después de un tiempo que le había parecido infinito. Quiso abrazar a sus amigos y sirvientes, sentarse en su silla preferida, disfrutar de sus aposentos como antaño.<br />
No pudo, sin embargo: la coraza, que se había convertido en una barrera monstruosa y enorme, lo impedía. El rey, abrumado e impotente,  mandó llamar inmediatamente al herrero real.<br />
-No necesito ya esta coraza, por muy útil que haya sido durante estos años. Quitádmela, pronto.<br />
El herrero se inclinó ante su rey y procedió a solicitar la presencia de sus ayudantes, provistos de herramientas adecuadas. Trabajaron durante toda la noche. Utilizaron todos los materiales que existían en el palacio y a los hombres más fuertes de la servidumbre. A pesar de sus esfuerzos, fue imposible librar al guerrero de su pesada protección. La coraza no cedía ni un ápice, no mostraba ni siquiera un simple arañazo tras los repetidos intentos del herrero y sus hombres.<br />
-Lo siento mucho, majestad…No es posible –se disculpó el artesano, sin saber qué otra cosa podía hacer-. El acero, con las sucesivas capas de  estos años, se ha vuelto impenetrable.<br />
El rey pensó un momento antes de ordenar, enérgicamente:<br />
-Id y buscad por todo el reino. Traed herramientas nuevas, desconocidas, cualquier cosa que pueda servir, cualquier persona con la fuerza suficiente… Os doy tres días de plazo.</p>
<p style="text-align: justify;">Comenzó la cuenta atrás. El rey, sentado en el salón del trono con la mirada perdida tras la grotesca armadura, no parecía consciente de nada de lo que ocurría a su alrededor. Sus sirvientes, a quienes entristecía su estado, trataron de consolarle. Así que el primer día se atrevieron a sugerir, tímidamente:<br />
-Señor, es primavera. Prestad atención… ¿oís el canto del ruiseñor en los jardines reales?<br />
Pero el monarca contestó:<br />
-No –y suspiró consternado-, no puedo oírlo. Esta coraza me cubre los oídos y no me deja apreciar tales delicadezas. Puedo oír disparos de cañones, el choque de las lanzas, el estruendo del campo de batalla. Soy capaz de oír al ejército enemigo a un kilómetro de distancia. Pero  no puedo oír cantar a un ruiseñor.<br />
El segundo día, viendo que el rey continuaba triste y absorto en sus pensamientos, los sirvientes propusieron:<br />
-Señor, podría vuestra Majestad salir fuera y disfrutar del sol y de la luz de este mes de mayo…<br />
Pero una vez más, el rey contestó:<br />
-No, no puedo. La luz del sol no llega hasta mis ojos. Esta armadura los cubre con tanta eficiencia que apenas si los alcanza la claridad. Vislumbran el brillo de las espadas, los fogonazos de un arma&#8230; pero no podrían diferenciar los matices del sol suave de primavera.<br />
La mañana del tercer día, los sirvientes lo intentaron de nuevo:<br />
-Señor, los jardines lucen espléndidos, llenos de rosas y jazmines en flor. Tal vez podría vuestra majestad disfrutar de su aroma…<br />
Pero por tercera vez el rey rechazó la sugerencia:<br />
-Imposible –y sonrió con tristeza-. No podría apreciarlo. Ningún aroma llega a mis sentidos que no sea el olor fuerte de la sangre y de la pólvora, el de los cadáveres del campo de batalla, el del sudor de los soldados. La fragancia de jazmines y rosas es demasiado sutil. Jamás atravesaría mi armadura.</p>
<p style="text-align: justify;">Llegó al fin el atardecer de aquel último día de plazo, y los clarines anunciaron la vuelta de la comisión real encabezada por el herrero. Venían exhaustos, pero se dirigieron inmediatamente a informar al rey.<br />
-Majestad, no hemos podido encontrar herramienta alguna más útil que las nuestras ni mortal más fuerte que nuestros soldados. Pero hemos hallado, en las últimas montañas de los confines más lejanos del reino, a una extraña mujer: una hechicera que dice saber cómo liberaros.<br />
El herrero se apartó con una reverencia y dejó paso a una dama de pelo largo y castaño, suelto hasta la cintura. Era delgada y alta, de aspecto frágil y edad indefinida, e iba vestida con una sencilla túnica. Dio un par de pasos al frente y habló con voz sosegada, mirando al guerrero a los ojos:<br />
-Quisiera hablar con el rey en privado.<br />
Los sirvientes miraron a su soberano, esperando sus órdenes. El rey reflexionó unos instantes y finalmente, concluyendo que no tenía nada que perder, dijo:<br />
-Sea.<br />
La mujer sonrió con calma y añadió:<br />
-En privado. En los aposentos reales.<br />
Sorprendido por la petición, el monarca finalmente cedió a ella. Ambos fueron acompañados hasta las habitaciones privadas del rey, donde la dama pidió una vez más que los dejaran solos.<br />
-No tengáis miedo –volvió a hablar la maga, dirigiéndose al guerrero-. Conozco la herramienta capaz de libraros de esa armadura, señor.<br />
Y diciendo aquello, se acercó al monarca y lo tomó de la mano para conducirlo a la parte más privada de las zonas reales. Allí, con suavidad, lo sentó sobre el lecho.<br />
Sin más, la dama se sentó junto al rey mirándolo a los ojos. Entonces, con exquisita delicadeza, puso sus manos sobre la coraza y comenzó a posar en ella suaves besos. Besos llenos unas veces de ternura y de donaire, de pasión y de hondura otras; ligeros unos como pequeñas mariposas, intensos y profundos otros como el mayor de los océanos. Entre un beso y el siguiente, con absoluta entrega, la maga susurraba palabras dulces junto al acero que cubría el corazón del rey. El guerrero permanecía inmóvil, en silencio, envuelto en un sosiego extraño y agradable que no había sentido desde hacía mucho, mucho tiempo. Tanto que ni siquiera lo recordaba ya.<br />
Después de muchas horas, de muchos besos, de muchas palabras por parte de la extraña maga, de muchas caricias pacientes y dulces, fragmentos de la coraza comenzaron, de modo inexplicable, a desmoronarse. Y a medida que la hechicera continuaba, perseverante, el acero se iba convirtiendo en polvo.</p>
<p style="text-align: justify;">Siete días y siete noches dedicó la dama a liberar al guerrero. Siete días y siete noches en los que la coraza, inexpugnable ante la fuerza, se fue rindiendo lentamente a la ternura.  Al fin, la mujer contempló el cuerpo del rey sobre las sábanas.<br />
-Sois libre –le dijo sonriendo.<br />
-Lo soy –contestó el guerrero con incredulidad, observando sus miembros liberados, palpándose el rostro. Y se levantó despacio, con cuidado, temiendo no saber moverse, sintiéndose desnudo y vulnerable.<br />
-Pero… -apuntó tímidamente- no sé si ahora sabré vivir sin coraza –y suspiró-. Tengo miedo.<br />
La maga se acercó a él. Aquel hombre antaño rudo e invulnerable parecía tener ahora la fragilidad y la torpeza de un potrillo recién nacido.<br />
La mujer acarició sus párpados hasta que el rey cerró los ojos. Entonces tomó entre sus manos las mejillas del guerrero y le habló al oído:<br />
-Mi señor, es posible que ahora vuestra vida sea menos segura, y puede que más corta, en estas circunstancias. Pero a partir de hoy, al fin, podréis vivirla.<br />
Y tomándolo de la mano, lo llevó hasta la ventana desde donde se escuchaba el ruiseñor, desde donde se veían los jardines a la luz del sol cálido de mayo, desde donde se respiraba un aroma delicioso de jazmines y rosas.<br />
-Vuestra coraza protegía del peligro a vuestro corazón, pero también lo encarcelaba.<br />
La dama volvió a llevar al rey hasta su lecho y lo instó a descansar. Sentada a su lado se puso a cantar muy bajito, en un susurro, en un idioma desconocido e hipnótico, hasta que el guerrero se quedó dormido.<br />
Cuando el rey se despertó, la mujer no estaba. Inmediatamente ordenó su búsqueda por todo el reino, pero ninguna expedición tuvo éxito. Nadie volvió a saber jamás de la dulce hechicera.</p>
<p style="text-align: justify;">Desde entonces, generación tras generación, la historia del corazón y la coraza se recordó siempre en la historia de aquel país y fue transmitiéndose de padres a hijos, de abuelos a nietos. Se hablaba de ella con orgullo. Y todos se referían a aquel episodio como un momento crucial en la historia del reino: el día en que los besos, la ternura y las palabras vencieron al miedo.</p>
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		<title>Defender la alegría</title>
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		<pubDate>Thu, 13 May 2010 05:30:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Palabras]]></category>
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		<description><![CDATA[Un amigo mío tiene, en un rincón de su casa, un lema de vida extraído del poema &#8220;Defender la alegría como una trinchera&#8221; de Benedetti. Me tomo la libertad de copiárselo y desarrollar, a partir del mismo, una visión personal que, más que una visión, es un propósito. Y me tomo también la libertad de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/fanzine/musica/" title="Música"><img src="/wp-content/images/icons/topic_musica.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Música" /></a>
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<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/poemario/" title="Poemario"><img src="/wp-content/images/icons/topic_poemario.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Poemario" /></a>
<!-- no icon for 'Singles' --></div>
<p>Un amigo mío tiene, en un rincón de su casa, un lema de vida extraído del poema &#8220;<em>Defender la alegría como una trinchera</em>&#8221; de <strong>Benedetti</strong>. Me tomo la libertad de copiárselo y desarrollar, a partir del mismo, una visión personal que, más que una visión, es un propósito. Y me tomo también la libertad de compartirlo con vosotros y llamaros a las armas :-)</p>
<blockquote><p>Los ojos bien abiertos, el cuchillo en los dientes,<br />
las piernas preparadas para saltar al cuello,<br />
los sentidos alerta, consciente de que en ello<br />
me va la vida entera, me planto abiertamente</p>
<p>ante las nubes negras que rodean mi cerco<br />
y me roban, canallas, mi baúl de sonrisas.<br />
Ante mis enemigos, la  tristeza, las prisas,<br />
la miseria alevosa. Y así, con gesto terco,</p>
<p>aunque a veces parezca que me rindo y que caigo,<br />
que me abate el contrario, que me deja sin nada,<br />
que he perdido las últimas reservas de alegría,<br />
siempre encuentro las fuerzas para buscar arraigo<br />
y levantar de nuevo el alma y la mirada<br />
defendiendo  la plaza de la dicha, que es mía.</p></blockquote>
<div align="center">[See post to watch QuickTime movie]</div>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/05/Defender-la-alegría-2.jpg"><img src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/05/Defender-la-alegría-2.jpg" alt="Defender la alegría" title="Defender la alegría, por Luisa" width="381" height="457" class="alignnone size-full wp-image-6686" /></a></p>
<p>[<a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/music/Defender-la-alegria.mp3">Enlace</a> para descargar]<br />
[<a href="http://www.goear.com/listen/e831a32/hierbabuena-rumbas-luisa-maria-garcia-velasco">Enlace</a> para escuchar en GoEar]</p>
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		<title>En los labios</title>
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		<pubDate>Wed, 12 May 2010 06:00:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
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		<category><![CDATA[poema]]></category>

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		<description><![CDATA[Te llevo siempre en los labios dondequiera que voy, como quien lleva una brizna de hierba verde y fresca prendida de la boca.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/poemario/" title="Poemario"><img src="/wp-content/images/icons/topic_poemario.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Poemario" /></a>
</div>
<p>Te llevo siempre en los labios<br />
dondequiera que voy, como quien lleva<br />
una brizna de hierba verde y fresca<br />
prendida de la boca.</p>
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