Artículos por autor
Sueño kafkiano
Diversas investigaciones (…), utilizando determinadas metodologías y procedimientos, describen como graves y extremas las condiciones de exclusión residencial, segregación y ocupación de infraviviendas de los inmigrados.”
Fuegos artificiales, copas de champán, besos al aire que dejaban empalagosas estelas de perfume caro a ambos lados de mis mejillas. Escotes, perlas, trajes de Armani y de Dior, o de algún nuevo modisto de nombre impronunciable que hacía furor en New York últimamente. Todo el mundo empeñado en ser muy cool. Señores de etiqueta y de pelo engominado que hablaban por teléfonos móviles diminutos, casi hasta el extremo de desaparecer en sus manos; una muestra variada y ostentosa de IPods, de Iphones y de todos los Ips y gadgets imaginables sin los que, por supuesto, la vida no es posible hoy. En algún sitio había leído que cuando el varón actual despliega una amplia colección de aparatitos de tecnología avanzada lo hace para paliar su inseguridad personal y, fundamentalmente, sexual. Concluí que, si eso era cierto, aquella fiesta estaba llena de machos impotentes que se escondían bajo sonrisas blancas y piel dorada de rayos UVA. Fin de las campanadas. Feliz año Nuevo, inmerso en un Siglo Nuevo. En un Nuevo Milenio. Bienvenidos al futuro.
La mudanza (microrrelato)
La escalera olía a orines. A pesar de la bombilla sucia y rala, que proyectaba una luz exigua, los desconchones de la pared eran visibles y descorazonadores. No había ascensor. Tuve que subir a pie hasta el cuarto piso. Y al olor a excrementos fueron sumándose otros en cada planta hasta completar un hedor de pucheros, de humedad, de miseria.
Dudé antes de llamar. El sitio no encajaba con lo exótico del anuncio que me había llevado hasta allí. Volví a leer el texto:
Vendo crisálida. Sólo para coleccionistas.
Envoltura de crisálida de mariposa. Vacía. Muy delicada. En buen estado. Colores preciosos, textura exquisita. Posibilidades decorativas o prácticas. Joya de colección. Muy inusual y rara.
No había timbre. Golpeé la puerta con los nudillos. Pasaron unos segundos antes de que un rostro de mujer se asomara, cauteloso, por la puerta entreabierta. Tenía un ojo amoratado. Sonreía.
-¿Sí?
-Vengo por lo del anuncio. La crisálida… -esgrimía frente a mí el trozo de periódico, torpemente, como acreditando mis palabras.
-Ah –con voz dulce-. Claro.
Abrió la puerta un poco más, se movió a un lado y apareció de nuevo, dejándome atónito.
-Es ésta. ¿Tiene dónde transportarla? Verá, me mudo y hay cosas que ya no necesito. Esto es algo de lo que quiero deshacerme –sonrió y, sin esperar respuesta, me tendió aquella cápsula enorme, tan alta como yo mismo. De pronto me vi sujetando un capullo de seda descomunal, de apariencia alarmantemente frágil a pesar de su tamaño. Con un guiño me despidió, sin aceptar ninguna oferta por mi parte, aduciendo que yo le parecía la persona adecuada.
Fue durante un instante casi infinitesimal. Se movió para cerrar la puerta y vi, prendidos de su espalda, reflejos fugaces de luz y transparencias apenas desplegándose en mitad de la penumbra.
Concurso de relatos sobre anuncios clasificados de tablondeanuncios.com.
La coraza del guerrero (cuento)
Había una vez, hace miles de años, un gran guerrero al que todo su pueblo admiraba por su valor y por su honestidad, por su inteligencia, pero sobre todo por su corazón generoso y bueno. Lo admiraban tanto, de hecho, que lo convirtieron en su rey, y durante varios años el guerrero gobernó aquel reino con prudencia y sabiduría.
Por desgracia, años más tarde las circunstancias lo obligaron a volver a hacer uso también de su coraje. El país entró en guerra con un país vecino y el rey, al frente de sus ejércitos, tuvo que marcharse a luchar en una guerra encarnizada.
Temerosos de perder a su monarca, los soldados lo revistieron de una coraza que lo protegiera de ataques enemigos. Así que salía cada jornada a luchar, sobre su caballo blanco, con la coraza puesta y rodeado de sus hombres, cualquiera de los cuales estaba dispuesto a dar la vida por él.
Defender la alegría
Un amigo mío tiene, en un rincón de su casa, un lema de vida extraído del poema “Defender la alegría como una trinchera” de Benedetti. Me tomo la libertad de copiárselo y desarrollar, a partir del mismo, una visión personal que, más que una visión, es un propósito. Y me tomo también la libertad de compartirlo con vosotros y llamaros a las armas :-)
Los ojos bien abiertos, el cuchillo en los dientes,
las piernas preparadas para saltar al cuello,
los sentidos alerta, consciente de que en ello
me va la vida entera, me planto abiertamenteante las nubes negras que rodean mi cerco
y me roban, canallas, mi baúl de sonrisas.
Ante mis enemigos, la tristeza, las prisas,
la miseria alevosa. Y así, con gesto terco,aunque a veces parezca que me rindo y que caigo,
que me abate el contrario, que me deja sin nada,
que he perdido las últimas reservas de alegría,
siempre encuentro las fuerzas para buscar arraigo
y levantar de nuevo el alma y la mirada
defendiendo la plaza de la dicha, que es mía.
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En los labios
Te llevo siempre en los labios
dondequiera que voy, como quien lleva
una brizna de hierba verde y fresca
prendida de la boca.
Malabares
Comencé con dos platos en el aire. Despacio al principio, más rápido después… Puedo con más, pensé, y añadí otro. Y satisfecha por mi habilidad, decidí que podía con uno más. Con otro par incluso…
Diez horas o diez años después (yo misma había perdido la cuenta) me vi inmersa, aún no sé cómo, en la vorágine de hacer malabares con toda una vajilla. Me organizaba lanzando primero los platos de postre, y sin perder de vista los llanos corría a recoger los soperos, pendiente, cómo no, de las fuentes que entraban de tarde en tarde en órbita, de los vasos, de las copas. Más rápido, más rápido, sin fallar un segundo… Y así una vez, y otra.
Hasta la tarde T del día D. No sé ni si hacía sol, hacía años que había olvidado mirar por la ventana. Ocurrió la catástrofe, lo inevitable. Falló una pieza que rompió la maquinaria de mi rutina vertiginosa y sincronizada y perfecta. Y un momento después, sin transición, sin previo aviso, me vi sentada en el suelo rodeada de fragmentos de loza, de trozos de platos rotos.
La tarde T marcó el comienzo de mi vida. Recogí los pedazos despacito, recuperé el aliento, me levanté.
Y fui al aparador. Busqué la vajilla de lujo, la de las grandes ocasiones, la importante. Sólo dos platos, tres a los sumo. Los más bonitos, las joyas de mi colección. Únicamente ellos. Y los cogí con mimo. Nada de malabares esta vez. Busqué mi mecedora y me los puse en el regazo. Y me permití, durante un buen rato, acariciarlos, disfrutar su porcelana fina y de lo extraordinario de sus imágenes.
Y todo eso, por supuesto, con la ventana abierta. De par en par.
Mudanza
Fui durante unos años viajera organizada,
caminante segura de los tiempos, vecina
de aquella calle triste donde vivió Sabina
y de avenidas rectas de estructura acordada.
Llevaba en cada caso horarios de llegada
y de salida, planos de cada marquesina,
de estaciones y rutas cómodas, sin esquinas,
sin sorpresas ni baches. Con la senda trazada.
Y hoy me mudo, de pronto, a la calle Improviso.
Abandono los sótanos de la Melancolía
y, mochila a la espalda, echo a andar lentamente.
Respiro al fin oxígeno que llega sin aviso.
Y me embriago de gozo: de empezar, cada día,
sin saber qué me aguarda al segundo siguiente.
Felices S.A.
¡Felicidad!
¡Felicidad al peso! ¡Compre usted
una vida distinta, placentera,
relaciones sociales, autoestima
por kilos!
Le ofrecemos sonrisa tipo Hollywood.
¡Póngase tetas, oiga!
(Talla cien, ya que estamos. Sin miserias).
Silicona en los labios, las mejillas
retocadas con bótox
(un pelín en los pómulos dará
intelectualidad a su mirada.
Y sin leer un libro).
Un mentón prominente
gracias a los retoques oportunos
hará de usted una persona firme y decidida.
Le subimos los párpados, el culo
(por ende la libido),
y lo que necesite
por un módico precio
que podrá ir abonando en plazos cómodos.
Venga a vernos.
Retiramos lo viejo:
esas patas de gallo, esas arrugas,
michelines, barriga, celulitis,
lunares, manchas, quistes, cualquier seña
de identidad que tenga.
Vendemos bienestar y perfección
y eliminamos todo
lo que suponga, irremisiblemente,
una carga inservible para usted:
sus kilos, sus miserias,
sus pensamientos vanos,
su cerebro.
Peregrinaje
I
Fui a buscarte.
En las playas tranquilas de Almería
encontré tu mirada,
espejismo reciente de tus ojos.
Habías estado allí.
Reminiscencias tuyas en el puerto,
el Paseo, la Rambla.
La Alcazaba, vigía de tus pasos,
me señaló el camino.
Tras los pasos de León: Sábado
La miro a los ojos. Se abren como dos pozos negros a los que estoy a punto de abocarme y justo entonces me toma de la mano y tira de mí violentamente.
-¡Rápido! ¡Han sido ellos! ¡Lo tienen!
Corremos desesperadamente por los pasillos del hospital, el ascensor (¡no! ¡No es seguro! –me grita ella), las diferentes salas, la puerta principal. Me falta el aire y me planto en la escalinata de la puerta, mis manos apoyadas en los muslos para tratar de recuperarme.
-¿Me vas a explicar qué coño pasa? ¿Por qué corremos? ¿De qué estás hablando?
-León, la Cofradía… Son ellos. Lo tienen. Estoy perdida.
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