Artículos por autor
Los atunes y el señor Pendón
El señor Pendón decide que hoy es un buen día para comer atún. Abre la carta y busca entre los peces, pasando de largo ante el bacalao de Islandia, la lubina de criadero y la dorada del puerto. Recorre despacio el atún rojo de Cádiz y el bonito del norte y por fin llega a lo que buscaba: atún de los lejanos mares. Lo pide y espera, entreteniéndose con unas endivias con anchas, cuyo origen desconoce.
Llega el atún, enorme, cubriendo el plato, dejando apenas sitio para unas hojas verdes. El señor Pendón comienza el ataque y al masticar piensa, con frialdad, en la vida del pez que tiene delante, procesado y a punto. Vivir dando tumbos, de lado a lado, siempre acompañado. Morir de la misma manera. El señor Pendón, solitario por naturaleza, piensa en eso y en los barcos de guerra que acompañaron su muerte, en los diplomáticos, en países sin ley, en intermediarios, en buques de acero, en armadores, en reuniones, en tipos armados hasta las cejas, en pescadores sin caña, en armas semiautomáticas, en lo lejos que están los lejanos mares y en lo bueno que está el atún.
Concluye el señor Pendón que, dado el esfuerzo realizado para llevar el pez a su plato, el precio que le cobran es ridículo y decide, en consecuencia, marcharse sin pagar. Se lo explica, someramente, al camarero, pero éste no lo entiende o no lo quiere entender. La discusión sube de tono y entonces aparece el dueño y el señor Pendón se ve obligado, lleno como está de atún y de razón, a salir corriendo, cansado de tanta boca y tanto ruido.
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De gordos y gorditos: escribir a dieta
La prensa, la que publica en papel, lleva ya varios años quejándose y lamentándose por los problemas que origina internet en su profesión. Por lo visto es una cantinela que triunfa en determinados ámbitos, convirtiéndose en la excusa perfecta para eliminar la autocrítica.
Por eso se agradece leer a tipos como Enric González, Iñigo Domínguez o encontarse con textos como el que aquí os presento de Juan Villorio, escritor y periodista mexicano. Se publicó originalmente el el diario Reforma el 19 de Junio de 2009, y lo podéis leer también en su web.
ESCRIBIR A DIETA
Hace años, en todos los periódicos trabajaba un gordo dedicado al arte de corregir la puntuación. Mientras otros sudaban en el lugar de los hechos, él leía con ojos de cazador. De tanto en tanto, chupaba un lápiz como quien prueba una golosina y tachaba un gerundio. No necesitaba consultar diccionarios porque había engordado a fuerza de adquirir palabras.
El barrio de Tomé
El Sr. Triptófano camina limpio por la calle, absurdamente limpio. La acera está a trozos, levantada por aquí y por allá, y los cubos de basura rebosan su porquería hacia el suelo. Él avanza con soltura y con la cabeza bien alta, usando el bastón para apartar bien sea algún trozo de basura molesto bien sea un chiquillo con ganas de incordiar. Llega por fin a la casa de Tomé, viejo conocido. Tomé es grande y de gran mostacho, y todos los días del año va con camiseta blanca de tirantes. Se saludan en la puerta, fuertes abrazos, altas voces, y entran.
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Los sueños de Atón
Atón sueña con ser despiadado, cruel, poderoso al fin. Si así fuera, ay, si así fuera, sometería a todos sus compañeros de oficina. Lanzaría por la ventana las mesas y las sillas y los archivadores y al jefe de los archivadores. Sería complacido por ellas y, por qué no, también por ellos. Su mando sería firme y veleidoso y sus minúsculos súbditos se llamarían a sí mismos atones, atones y atonas.
Atón es amable, considerado y con ciertas tendencias serviciales. Es el que prepara el café por las mañanas, el que llama a los enfermos, el que te pregunta en invierno si está bien la calefacción o si prefieres que la suba un grado. La mayor parte del día, tras el primer café, molesta y, por eso, es ignorado.
Todos los días, en la oficina, Atón sufre y de ese sufrir se alimentan sus sueños. En silencio su interior se va poblando de gusanos, revueltos y viscosos, y a veces alguno de ellos asoma una porción por entre sus labios. Nadie lo ve porque ninguno lo mira y, por eso, los atones, y las atonas, no saben lo que les espera.
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Matías y sus cosas
Matías, el publicista en alza, camina por la calle, de noche, y fuma a la vez. Ya nadie fuma, piensa, nadie fuma en las series, ni en los anuncios, pero sí hay gente que fuma en los bares, en las calles. Como él.
Abre la puerta de su casa. Ilda sigue de viaje, volverá el viernes, la comida que dejó hecha ya se acabó. Todo está limpio, perfectamente limpio, gracias a la eficiencia de Conchita, su asistenta. Entra en la cocina y da cinco pasos hasta la nevera. Saca el paquete de pasta y da seis pasos más hasta el microondas. Dos minutos de espera y listo.
Cena en el salón, con la tele apagada. Enciende otro cigarrillo y mira a su alrededor. Todo está limpio, sí, absurdamente limpio, porque nunca hay gente que lo ensucie. No hay niños, no hay cenas, no hay amigos que vengan a ver el fútbol. No hay fútbol.
Matías, otra noche, pasa el rato contemplando las caprichosas figuras que el humo de su cigarrillo crea en el aire. Minutos, horas, y a dormir.
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Los sueños de Lup, y el caos
Lup es un hombre que sueña muchas veces la misma cosa. Está en una montaña regresando de no sabe dónde, pero sabe que es un sitio en el que lo ha pasado regular ya que está magullado y herido y cansado y desearía no estar así. Entonces aparece en medio del sendero un pequeño cochinillo, en una bandeja, y tiene toda la pinta de estar asado y bien asado porque la piel brilla y, efectivamente, cruje entre sus dientes. La grasa se desliza por sus labios y todos sus males se olvidan porque, además, una mano le acerca un generoso vaso de vino tinto. Al levantar la cabeza ve que esa mano es de un hombre, y que hay cientos, miles, de hombres y mujeres que suben por la ladera de la montaña. Los que pasan a su lado le saludan con la mano, algunos le pisan, otros le dejan un plato de almejas, los menos le escupen. Lup ofrece lo que tiene, eleva sus brazos, pero no sabe si seguir bajando o unirse a la marea que sube y sube sin parar. Se levanta y, entre sus dudas, desaparece la comida y también el vino mientras el aire y la luz le empiezan a faltar porque la multitud le estruja y nadie se fija en él. Es el caos. Cae al suelo, rueda, es pateado hasta terminar magullado, herido y cansado. Despierta.
Lup, cuando se piensa a sí mismo, cree que ese sueño, por repetido, debe decir algo sobre él. Tampoco le da muchas vueltas porque, se dice, quizá sea cosa de las copiosas cenas, o de los cubatas, o de todo junto.
A Fko, a Lars y a las noches en La Estrella.
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Entre cortinas
Julia, así la llamaré, es una chica rubia que camina siempre a buen ritmo, con decisión, dejando una estela tras de sí. Sea por eso o sea por lo que sea, no se si me explico, la gente la mira por la calle, pero casi nadie la para. Es difícil. Algunos lo intentan pidiéndole la hora o preguntando por alguna calle, pero nunca se detiene. Una vez lo consiguió un mendigo, uno de los que siempre merodean por estas calles, muy insistente, reclamando “una propina para echarme algo a la boca”. La acompañó durante veinte largos metros con esa misma cantinela hasta que ella se paró en seco. Tomó su cabeza entre sus manos y le propinó un sonoro e intenso beso, con lengua y con fuerza. El pobre hombre quedó aturdido, y callado, mientras Julia la rubia seguía adelante con sus largas piernas y yo, oculto entre las cortinas, me desternillaba de risa.
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Violencia Local, Policía Local
Hechos reales, o al menos vistos por mis ojos:
Viernes a las nueve de la tarde en Granada. Veo un grupo de ciclistas urbanos que han hecho una parada para bañarse en la fuente de la plaza de Isabel la Católica. Hace mucho calor. El ruido del agua llena todo y oculta, afortunadamente, el del pesado tráfico. Cuando parece que el baño va acabar para un coche de patrulla y sale un policía local que agarra a uno de los bañistas por la camiseta. Todos salen. Se les ve hablar, mover sus bocas, mientras el desafortunado se escabulle a la parte de atrás del grupo. El policía local deja de mover su boca y se acerca de nuevo a su elegido cuando aparecen de la nada tres coches de policía más y una furgona y varias motos. Todos se colapsa en unos minutos y sólo oigo el ruido del agua. Cuatro policías arrastran al bañista agraciado al coche mientras otros dos reparten porrazos alrededor. Los ciclistas-bañistas levantan las manos y son golpeados para alejarlos, supongo, de algun punto misterioso que no consigo ver. La plaza se llena de caras alucinadas, de gestos de impotencia, de miradas de incredulidad. El agua sigue fluyendo. Ha sido como una obra de teatro callejero exagerado y grotesco, y creo que nadie, ni sus protagonistas, la ha entendido. Pero ha sido real, tan real como el calor y el agua, tan real como la Policía Local.
Contra el regreso de las leyes raciales
Autores: Andrea Camilleri, Antonio Tabucchi, Dacia Maraini, Franca Rame Y Dario Fo.
Las cosas que acaecen en Italia han tenido siempre, para bien o para mal, una gran influencia en toda la sociedad europea, desde el Renacimiento italiano al fascismo, pero no siempre se han conocido a tiempo.
En este momento, los periódicos europeos muestran gran interés por algunos aspectos de la crisis que está atravesando nuestro país; sin embargo, consideramos un deber de los que vivimos en Italia llamar la atención de la opinión pública europea sobre otros aspectos que han permanecido oscurecidos. Se trata de ciertos movimientos de la política y de la legislación italiana que, si no se logran frenar, pueden desfigurar el rostro de Europa y hacer retroceder la causa de los derechos humanos en todo el mundo.
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