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	<title>Palabras, palabras, palabras. &#187; la virtu</title>
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	<description>&#34;¿Qué leéis, mi señor?&#34;</description>
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		<title>Mosaico de las llaves</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Dec 2008 07:00:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>la virtu</dc:creator>
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<p><a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.5/es/"><img src="http://creativecommons.org/images/public/somerights20.png" alt="Creative Commons License" /></a></p>
<h3>AZULEJO 1.</h3>
<p style="text-align: justify;">Mientras el agente Sobrado Pérez luchaba encarnizadamente con su  bragueta intentando liberar un respetable miembro al final del cual se encontraba una vejiga repleta (y la puñetera cremallera que no baja)  pensaba, con su filosofía de hombre poco instruido pero cabal, que efectivamente la realidad supera la ficción y que todos sus años de servicio no suponían en absoluto un antídoto contra la capacidad de sorprenderse.</p>
<p style="text-align: justify;">Mientras el agente Sobrado Pérez conseguía aliviarse por fin, (es que no tiene uno tiempo ni para mear) pensaba, con su vocabulario elemental pero certero, que (hay que joderse) con el tiempo, había conseguido mantener las tripas en su sitio ante la visión de un cadáver destrozado en la cuneta de una carretera de segunda (pobre chico, tenía tanta vida por delante) porque al final, un muerto es un muerto y todos tenían madre o novias, o novios o amigos que lo extrañarán, pero, Sobrado, ese no es tu problema, lo importante, se había repetido desde siempre, es no entrar en el drama humano con el que tan íntimamente está relacionado tu trabajo.</p>
<p><span id="more-1832"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Pero ahora, el agente Sobrado Pérez se enfrentaba a un asunto que lo desbordaba. Acostumbrado a lidiar con personajes de la peor calaña, plagados de cicatrices y tatuajes de dudoso gusto (te follé, Juani), el aire de desvalimiento de la detenida que esperaba en la sala de interrogatorios dejaba a Sobrado más desvalido aún, no sabiendo si se enfrentaba a una verdadera mente criminal o a un evidente caso de heroicismo urbano.</p>
<p style="text-align: justify;">El agua de la cisterna corrió perezosa por la desgastada y amarillenta superficie del water, y, percatándose de que dos pequeñas gotitas, en un acto de rebeldía, no habían querido seguir el camino hacia el mar con sus hermanas, acabó de abrocharse la bragueta y no hizo nada más, alegrándose de la existencia de los baños de tíos, donde nadie te califica de infrahumano, por total, mearte fuera del water (que hay cosas mas importantes, no me jodas).</p>
<h3>AZULEJO 2.</h3>
<p style="text-align: justify;">La abuela Rosario había preparado unas croquetas estupendas con toda la carne que le había sobrado del cocido del mediodía, ternera, pollo, rabo, (topalante), porque a sus nietos les encantaban y su nuera no tenía tiempo más que para comprar en el Mercadona esas infames croquetas de bolsa, (hombre, por dios, no han visto la carne ni por asomo), y aunque la tarea le había llevado toda la tarde no le importaba, porque la abuela Rosario no sabía comprar regalos bonitos para sus nietos, y tampoco podía comunicarse con ellos ya que, hacía mucho tiempo había descubierto que no hablaban un mismo idioma, pero los alimentaba, los alimentaba con guisos de habas y los quería con dulces de leche, y se ganaba su favor incondicional a base de lentejas con chorizo y natillas con galleta maría, y de esa manera, mientras ellos devoraban y ella les llenaba el plato una y otra vez (mamá, no le pongas tanto a la niña, que se va a poner muy gorda), el milagro de la comunión humana se producía, apenas sin palabras (que bueno está esto, abuela ), cada vez que los nietos iban a comer a casa de la abuela Rosario.</p>
<p style="text-align: justify;">Las manos coloradas que van una y otra vez al viejo delantal (estuve en París y me acorde de ti), dejando en cada pellizco, en cada restregón, un poco de masa, un poco de bechamel, un poco de gloria.</p>
<p style="text-align: justify;">Las croquetas yacían ya como almohadillados fusilados en la fosa común que suponía la bandeja de porespan que antaño contuvo unos desabridos y decepcionantes pimientos del padrón. Como sudario común, una servilleta de tela, de las de toda la vida.</p>
<p style="text-align: justify;">La abuela Rosario había terminado su tarea, la cocina inmaculada, las ristras de pimientos secos colgando de una puntilla a punto de suicidarse, los imanes estridentes de la nevera (estuve en Roma y me acorde de ti), la basura, dentro de una bolsa del Covirán, al lado de la puerta sobre un papel de periódico. (ya bajo luego).</p>
<p style="text-align: justify;">La abuela Rosario enciende la televisión y vuelve a enfrentarse, con ninguna confianza, al reto del mando a distancia y a su ilógico mundo de botones  de colores, para seleccionar esa cadena que pone ese programa tan como los de antes. Se suceden, para su deleite, imágenes de niños-viejos que cuentan chistes y dan miedo, folclóricas mediocres que también dan miedo y presentadores sobre los que todo el mundo está en el milagroso punto de consenso de que “es muy simpático”. Pero, rompiendo la magia audiovisual,  un pensamiento acude a su mente. La basura. Y en un ejercicio básico de ideas asociadas, a continuación, su cerebro, recordó: los coches. Los coches de la acera de enfrente. Los que los desaprensivos dejan todas las noches aparcados encima de la acera, obstaculizando el paso de cebra, y el acceso a los contenedores. Haciendo de tirar la basura una aventura épica con multitud de obstáculos: el tercero sin ascensor, la pesada puerta de hierro forjado del portal, la calle, sin más, llena de almas maléficas dispuestas a atacar a una pobre anciana, y para finalizar, los coches aparcados encima de la acera, noche tras noche, rodeados por un escudo protector anti-grúa.</p>
<p style="text-align: justify;">La abuela Rosario se acercó a la ventana, apoyada en su bastón, rumiando alguna plegaria destinada a la intercesión divina, pero al descorrer las cortinas la realidad se impuso con cruento descaro, sin poner en duda, por cierto,  en ningún momento su fe. Colonizando la acera, seis vehículos, entre ellos, un todoterreno 4&#215;4 que reinaba en el espacio que otrora perteneciera a la tríada papel, vidrio, orgánica.</p>
<p style="text-align: justify;">La barbilla de la abuela Rosario tembló, primero imperceptiblemente, después con exhibicionista rictus rítimico. La indignación anegó sus ojos y dos gordas lagrimotas rodaron por sus mejillas. Y la venganza brotó, en su corazón, con la misma rapidez que la abuela Rosario se secó las lágrimas con el puño de la chaqueta, por supuesto, de lana.</p>
<p style="text-align: justify;">Recogió la bolsa, empuñó su bastón y se dirigió a la puerta, rumiando el placer anticipado de lo que iba a suceder. (no te olvides de las llaves, recuerda la última vez, que tuvo que venir el cerrajero y te cobró 50 euros).</p>
<p style="text-align: justify;">(El tema del ascensor es cosa de la Comunidad, como lo de la puerta, y si los vecinos no  nos ponemos de acuerdo, qué le vamos a hacer, pero lo de los coches es culpa de cada uno de esos incívicos que no respetan nada ni a nadie).</p>
<p style="text-align: justify;">La abuela Rosario consiguió colarse por el hueco que dejaban un Rover y un Fiat Punto y avanzar con lenta determinación hasta el contenedor de orgánica que se encontraba exiliado en la zona más alejada de la escasa acera existente. Levantó la tapa, arrojó dentro la bolsa, volvió a cerrar, pero sus ojos no vieron ninguno de esos movimientos. Sus ojos estaban puestos sobre la insultante belleza brillante de la pintura negra del 4&#215;4. Inmaculada. Virgen. Las llaves estaban en el bolsillo de la chaqueta.</p>
<p style="text-align: justify;">Su mano firme acudió al bolsillo, extrajo las llaves (esta es la de la casa- demasiado redonda-, la del buzón-demasiado pequeña), la del portal- picuda, con aristas, letal-.Sublime elección.</p>
<p style="text-align: justify;">Un rápido y certero vistazo alrededor bastó. Ni un alma. Nadie en las ventanas. Ella, su arma y su víctima. A continuación, con precisión quirúrgica, la abuela Rosario incrustó la llave del portal sobre la metálica piel del vehículo, imprimió a su mano toda la fuerza que no sabía que tenía. Avanzó implacable, desde la parte trasera hasta la delantera, a la altura del embellecedor. Una única, recta y magnífica estría adornada de pequeñas virutas. La bestia, herida de muerte. Qué pensaría su jinete a la mañana siguiente cuando descubriera el cuerpo ultrajado de su montura.</p>
<h3>AZULEJO TRES.</h3>
<p style="text-align: justify;">“Eso sólo fue el principio, mi teniente. Por lo visto esta señora, esa misma noche rayó todos los coches que se encontraban encima de la acera y en la luna delantera de uno que se encontraba bastante descuidado, escribió “ayuntamiento maricón”. Lo hizo varias noches más, por lo menos en cinco ocasiones, según los testimonios de los propietarios de los vehículos. En total, unos veinte coches y unas cuantas motos. Una pasta. Los dueños de los coches se pusieron de acuerdo para instalar una cámara de seguridad y así fue como se descubrió el pastel. A la segunda noche de estar instalada  la señora atacó de nuevo. Había perfeccionada la técnica  y ahora utilizaba una estrella ninja, que vete tú a saber de donde la habrá sacado, pero que jodía mucho mas que las llaves. La identificaron en seguida. Ella no niega nada. Dice que volverá a hacerlo en cuanto la soltemos si el Ayuntamiento no toma medidas. Los vecinos han montado una plataforma de apoyo, han impreso chapas y camisetas con la cara de la abuela, a la que la prensa ya califica como “la superwoman de la tercera edad”. El alcalde está que trina. Mala publicidad. Eso es todo, mi teniente”.</p>
<p style="text-align: justify;">El agente Sobrado Pérez había contado a su superior, punto por punto, todo lo que había sobre el “expediente abuela”. La señora era encantadora y hasta le había enseñado las fotos de sus nietos, que tenían pinta de pre-porreros de barrio bien. Claramente estaba a su favor e incluso entendía su dilatado historial de atentados contra la propiedad ajena. (a veces, la gente, tu prójimo, te acaba tocando los cojones).</p>
<p>Esta obra está bajo una <a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.5/es/">licencia de Creative Commons</a></p>
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		<title>Cuando cae la noche</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Apr 2008 17:12:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>la virtu</dc:creator>
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<p><a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.5/es/"><img src="http://creativecommons.org/images/public/somerights20.png" alt="Creative Commons License" /></a></p>
<p align="justify">
<p>Caía ya la tarde sobre aquella endiablada y caótica ciudad. En la calle empezaba a reinar el silencio, después de la algarabía diurna. Los últimos rayos de sol se filtraban a través de la ventana del hotel, proyectando caprichosas sombras sobre los lujosos muebles. El calor era sofocante y hacia el techo de caoba subía perezoso el humo elegante y antiguo de un puro habano que, abandonado hacía rato por unos labios ingratos, yacía sobre un cenicero de cristal coloreado. Dos moscas golosas se posaban una y otra vez sobre el enorme ramo de rosas rojas, enviadas por una amante ausente pero fiel. En un rincón, olvidada, una mochila de viaje que había vivido mil historias. Sobre la carísima mesa, un revoltijo de mapas viejos y mil veces caminados; y sobre el tumulto de sábanas de seda, su cuerpo, presa de un deseo mil veces deseado y mil veces complacido.<br />
<span id="more-126"></span><br />
Tomó entre sus manos de dedos largos y firmes un  amuleto indio que representaba a la diosa de la fecundidad y comenzó a acariciar la suave y vieja madera, evocando parajes insólitos y encuentros afortunados. Caricias prohibidas bajo la lona de una tienda en cualquier parte, bajo el mismo cielo de siempre. Labios rojos y pupilas brillantes. Cabellos en adorable desorden cayendo sobre  hombros imaginados y  adorados. Senos de terciopelo, de carne blanca, de pezones oscuros perlados de un sudor salado y dulce. Vientres llenos y tersos, parada obligada de cualquier viajero. Muslos entreabiertos, húmedos, invitadores, fragantes, Y siempre, siempre, la pequeña guarida del león, primero desconfiado y después dócil gracias a las hábiles manos, labios y lengua del experimentado domador.</p>
<p>Aquellos sensuales recuerdos, la languidez de la tarde que moría y el ambiente dulzón de las rosas propiciaron un clima adecuado para recorrerse nuevamente, para descubrirse como si fuera la primera vez. Con ojos entornados y una sonrisa de despreocupación arrojó el amuleto a un rincón  y  con movimientos lánguidos dejó caer el carísimo dosel de hilo, buscando un aislamiento y una intimidad necesaria. Su cuerpo entero estaba empapado de sudor y esa humedad era conmovedora. Levantó los glúteos, sintiendo como las sábanas se despegaban lentamente de su carne y comenzó a acariciarlos, primero lentamente, describiendo círculos que cada vez se aproximaban más a un  abismo caliente y palpitante que parecía tener vida propia.</p>
<p>Sus dedos buscaron ávidos y nerviosos aquel enigmático agujero, que como un padre protector, abría sus brazos al hijo pródigo que siempre volvía. Primero introdujo uno, y tras unas leves caricias, fueron dos los invitados. El escondrijo ardía por el roce mientras en su mente se mezclaban figuras entrelazadas y sin rostro, a la vez que sus dedos seguían moviéndose a un ritmo frenético, entrando y saliendo, lacerando el agujero, pidiendo más, llegando cada vez más adentro. Su otra mano buscó rápidamente su sexo. Chupó uno de sus dedos con una lengua lasciva e inocente  y con las yemas goteantes de saliva lo acarició como a un buen hijo, recibiendo rápidamente su aprobación y agradeciendo con una repentina humedad tantas atenciones. Acercó uno de sus dedos y lo olió. Aquella fragancia salada y antigua siempre le hacía perder la cabeza. Se lamió las yemas disfrutando del sabor con todos sus sentidos, percibiendo cada sustancia. Su agujero hacía tiempo que había sido abandonado y ahora eran las dos manos las que jugaban a llevar a su sexo a las puertas de un paraíso inimaginable, para volver a retroceder en el momento justo de entrar, acrecentando así  un deseo difícil ya de contener. Cuando su cuerpo decidió abandonarse al paroxismo, pues era él ahora quien mandaba sobre su mente febril, notó unas manos extrañas acariciando su vientre, unas manos desconocidas y suaves, que pronto perdieron el pudor y bajaron hasta sus muslos abiertos, abriéndolos aún más. Un agudo dolor comenzaba a hacer presa en sus caderas, pero sus incipientes protestas quedaron acalladas por una lengua caliente que comenzaba a deslizarse arriba y abajo, chupando, mordiendo sin herir. Su sexo, primero sorprendido, se dejó hacer, alcanzado rápidamente un latido constante y enloquecedor. Su lengua no dejaba de moverse, inventando  nuevos pecados y cuando creía que su sexo iba a estallar en millones de flores prohibidas, sintió dentro de ella una laceración nueva, un invitado desconocido que llenaba todo su ser con una frialdad increíblemente placentera. Comenzó a penetrarla una y otra vez, a un ritmo desenfrenado y esquizoide que amenazaba con arrebatarle la vida. Su vulva latía como una herida abierta, sus muslos se contraían con movimientos involuntarios. Se mordió los dedos hasta que el dolor fue insoportable y cuando su mente no distinguió claramente la realidad de la ficción, la vida de la muerte, todo estalló en mil pedazos, y la habitación desapareció y ella misma dejó de existir y sólo importaba aquel latido constante y enloquecido que poco a poco comenzaba a abandonarla dejándola existir de nuevo, pequeña y gigante a la vez. Sus labios resecos buscaron aire y sus ojos por fin se abrieron. Sonrió a aquella pequeña camarera, que con una mirada divertida e interrogante le mostraba un objeto brillante y húmedo y dijo:</p>
<p>- Por supuesto. El amuleto es tuyo.</p>
<p>La camarera  se retiró sonriendo, con el olor de su sexo todavía colgado de sus labios, y ella volvió a recostarse sobre las sábanas húmedas, cerrando los ojos y dejando que su mente  buscara para aquel encuentro el lugar apropiado en el cajón de los mágicos recuerdos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Esta obra está bajo una <a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.5/es/">licencia de Creative Commons</a></p>
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		<title>El Balcón</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Apr 2008 19:18:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>la virtu</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
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<p><a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.5/es/"><img src="http://creativecommons.org/images/public/somerights20.png" alt="Creative Commons License" /></a></p>
<p style="justify;">
<p style="justify;">
<blockquote><p>Y… con todos ustedeees, una edición más de&#8230;¡Carrruselll…deportivooo…!, en la tarde del domingo, toda la información del mundo del fúuuutboooollllll en directo, se la contamos, desde el prooopio terreno de juegooo, con sus protagonistas y ¡como no! fumando un purito &#8220;Rey Baltasar&#8221;, porque con este negrito… ¡cómo lo vamos a pasarrrr! Y conectamos ya con Felipe que se encuentra en Riazor… ¿qué nos puedes contar Felipe…?&#8221;</p></blockquote>
<p>– ¡Anda ya con Felipe y quien no es Felipe! ¡chitón!, que hartura de fútbol… a ver si pusieran alguna zarzuelilla…, mmmm, que música más rara…, la radio solo pone cosas que una no entiende, con lo bien que estábamos antes con las novelas, duraban más que una preñez, pero lo pasábamos tan distraídos, ¿verdad Mariano, hermoso?<br />
<span id="more-125"></span><br />
- &#8220;Si hija, Conchita, más razón que un santo tienes. Si ya sabes que a mí tampoco me gusta el fútbol, con todo ese bochinche que meten cuando cantan los goles, como si nunca se hubiese metido uno…. Lo de la novela, ni fu ni fa, pero la zarzuela….¡que maravilla! ¡qué voces y qué finura! La música de hoy en día no tiene esa elegancia ni ese sentimiento… dónde va a parar&#8221;.</p>
<p>A mí me gusta darle la razón, para no andar de peleas. Estoy ya mayor y ella no me va a la zaga  y tantos años de relación no se merecen acabar ahora a graznidos por el dichoso Carrusel Deportivo, aunque, en honor a la verdad, a mí, cuando era joven, me gustaba cantar los goles… ¡madre mía! cómo cantaba los goles yo antes, si aguantaba más que el Felipe ese… menudo vozarrón, tenía a todo el barrio encandilao. Claro, eso fue antes de que los años acabaran calándoseme hasta los tuétanos y me dejaran los pulmones como un fregadero atrancao… ¡ay!, si es que han sido muchos inviernos al raso, y mira que Concha, mi Concha, me ha llevado siempre como un rey, pero ese viento helado que baja de la sierra no perdona a nadie y así me veo ahora, con los huesecillos engarrotaos, pasando, los días buenos de sol en el balcón, que es mi atalaya, desde donde diviso las idas y venidas del vecindario, que es como la televisión, digo yo, hasta que al llegar la noche paso a la sala, caliente y acogedora como un nido, donde el sueño siempre acaba por abatirme antes de lo que yo quisiera.</p>
<p>– ¡Uy, mira Mariano! ya vuelve el señor Enrique de su paseo con el niño, pobrecito, me da un no se qué cuando los veo, parecen dos angelitos…</p>
<p>El señor Enrique es un abuelete de los de bastón en ristre que no anda muy fino de casi nada. Trabajó muchísimos años como contable en un húmedo y sombrío almacén de lámparas pasando las cuentas a mano en un sucio y destartalado cuartucho, quemándose la vista  bajo el mortecino resplandor de una solitaria bombilla de 60 que colgaba desangelada de un techo altísimo y agrietado.  Día tras día, toda una vida, hasta que, una mañana encontró la puerta del almacén sellada con una cinta de la policía, de esas que salen en las películas y te prohíben la entrada. La de la cafetería le contó que la noche de antes había habido meneo. Que por lo visto, D. Rafael Brillante, su jefe y a la sazón dueño de  &#8220;Lámparas la Luminosa&#8221;, a parte de ser de la hermandad del puño cerrao, resultó ser un estafador de tomo y lomo ya que, junto con el  nada provechoso negocio de  lámparas y bombillas, se dedicaba también a otros menesteres menos honrados y más sustanciosos y la policía lo había pillado por no se que venta inmobiliaria fraudulenta a un pobre y millonario jubilado alemán, al que, a parte de dejar sin un marco, le había levantado también a su mujer, una rubiancana teutona de pechos enormes y con pelos en los sobacos, al estilo germano.<br />
Por lo visto, D. Rafael y la que bien hubiera podido pasar por una de &#8220;Las tres gracias&#8221;, se habían dado cita en el almacén, a horas intempestivas, a fin de planificar su romántica huida, pero el jubilado alemán  los había seguido en un taxi y, cuando los dos tortolitos se solazaban bajo la insolente e impía luz azulada de un asesino atrapamoscas, el jubilado irrumpió iracundo pertrechado con una pata de jamón que robó a un famélico can callejero y blandiéndola cual porra cavernícola, ante la mirada llena de asombro y espanto de los lujuriosos, atizó varios golpes de pezuña, sin mucho acierto, la verdad, ya que fue a atinar contra una impresionante lámpara estilo imperio que colgaba a media altura, con tan mala suerte que la susodicha fue a caerle encima al cornudo, dejándolo perlado de pequeños diamantitos iridiscentes que le daban una extraña imagen de adorno navideño venido a menos.<br />
D. Rafael Brillante acabó dando con sus huesos en la cárcel, y el pobre don Enrique se quedó sin trabajo y con una edad de las que no ayudan para eso de entrar de nuevo en el llamado mundo laboral.</p>
<p>– ¡Buenas tardes, Don Enrique¡ ¿Cómo anda ese ánimo últimamente?</p>
<p>– Pues mire usted, doña Concha – gritaba D. Enrique con su voz susurrante desde la calle para hacerse oír – unos días mejor y otros peor, aprovechando los últimos días del otoño, porque en cuanto que venga el frío los únicos paseos van a ser alrededor de la mesa camilla… los voy a echar de menos, sobre todo por el niño… ya me entiende usted, Doña Concha.</p>
<p>El niño cuenta cuarenta y dos abriles, pero sus ojos observan la vida con una mirada de asombro constante, como si acabara de ser parido y la luz se filtrara por primera vez en sus pupilas, avanzando hiriente hasta su cerebro en una confusión de imágenes casi incomprensibles. Es hijo de Doña Asunción, viuda hace ya ni se sabe y la pobre anda mal de las piernas de tanto limpiar escaleras. El niño, el único, es el hijo de su corazón y por él ha lidiado entre escobones y fregonas desde que se vio sola, para que no le faltara de nada. Quiere mucho al señor Enrique porque se porta muy bien con el niño. Lo saca de paseo por el parque nuevo que ha hecho el Ayuntamiento; le compra chucherías y lo coge de la mano para que no se le despendole porque al niño le gusta mucho correr detrás de las palomas y al señor Enrique le da mucho miedo que le pase algo porque la criatura corre trastabilladamente, en una madeja de piernas enfundadas en un chándal que le queda demasiado corto mientras mueve los brazos como un molino quijotesco adentrándose en un revuelo de plumas y nerviosos aleteos.</p>
<p>– ¿Y Mariano cómo anda?, hace días que no se le escucha decir ni pío…</p>
<p>– Pues ahí lo tiene usted, tomando el último solecito de la tarde. La edad no perdona y como hemos tenido nublos últimamente, pues prefiero que se quede dentro, en la salita, que yo le pongo el aparato de radio y él está tan ricamente, pero como hoy hace bueno, lo he sacado un ratito, a ver si se entona. </p>
<p>En realidad me gusta más estar en el balcón, por lo del trajín del vecindario, pero Concha, que mira mucho por mí, tiene razón; cuando el frío aprieta, dentro estoy mejor y desde aquí también se oyen cosas. En el piso de arriba oigo el balbuceante pero voluntarioso gateo del primogénito de la familia, Luis Humberto, y escucho también los gritos alarmados de su madre cada vez que descubre al osado expedicionario en un nuevo intento de introducir sus deditos en alguno de los enchufes que pueblan las paredes y que quedan, en franca provocación, a su altura. Su nombre no es de telenovela, es que sus padres son colombianos. Lo se porque un día escuché como su madre se lo contaba a Concha en el rellano de la escalera. También le oí decir que estaba contenta de que su primer hijo hubiera nacido aquí, que en su pueblo pasaban hambre y miedo… eso dijo.</p>
<p>También escucho el timbre de la puerta de enfrente. Suena con bastante frecuencia y siempre están entrando y saliendo señores, diferentes a veces y otra no. Concha  corre desvergonzadamente hacia la mirilla con cada nuevo &#8220;ding dong&#8221; y me dice: – ¡Mira Mariano, ya tiene María otra visita! – Yo también los veo cuando estoy en el balcón. Son altos, bajos, visten traje o ropa de faena, mayores o jóvenes,  feos y guapos. Cuando se van, parece que su paso fuera liviano, más desahogado, alguno incluso se pierde calle abajo en un silboteo feliz y ufano que yo en ocasiones acompaño provocando una sonrisa cómplice en el rostro del hombre anónimo.</p>
<p>La visitada, María Posada, lava más blanco que nadie. Tiende sus sábanas en la ventana que  queda al lado de mi atalaya. Primero las sacude con vigor para quitarle las arrugas, acompañado el movimiento de un canturreo de melodías que se escapan de su garganta y, del revuelo risueño de una blancura sin igual, se escapan fragancias a bosque y a campo y a río… Me gusta María porque siempre está cantando y a veces me río mucho, para mis adentros, porque entona dúos con alguna de sus visitas y…</p>
<p>– Venga, Mariano, Marianito, el sol se ha puesto y es hora de entrar, que te vas a resfriar. Mañana, si hace bueno, otra vez a tu balcón, ¿eh? Ay Mariano, si no fuera por tí que habría sido de mí desde que se me murió mi Paco…</p>
<p>Concha descolgó con cuidado la jaula inmaculada y brillante. Mariano saltaba en su palito, esponjando el plumón de sus alas amarillas y emitiendo un leve gorgojeo de felicidad.</p>
<p>– Me voy a la cocina a liar las croquetas pero te dejo con tu radio… vamos a ver… ¡ay, que alegría, Mariano, una zarzuela…!</p>
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