Rebuznos
Entrevista falsa a un falso autor
Rafa, el tipo que usa mi nombre para escribir, se va de vacaciones. De lo suyo, del trabajo. Marcha para el norte, a comer y a beber, a contar y a cantar. Si le pregunto sus sensaciones, en el salón de su casa, ante dicho evento, me cuenta algo parecido a esto:
Pues eso. Yo, mientras, lo seguiré intentando.
Entrevista falsa a un poeta
Voy a entrevistar a un poeta. Estoy nervioso. Reconozco, interiormente, que no he leído casi ninguna de sus poesías. No he leído casi ninguna poesía, en general. No sé qué hago aquí. El poeta está sentado, a mi lado, y bebe cerveza, como yo. Eso está bien, eso me relaja. Espera algo, no sé el qué, pero seguro que no lo encontrará. Debo hacer que hable.
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Los atunes y el señor Pendón
El señor Pendón decide que hoy es un buen día para comer atún. Abre la carta y busca entre los peces, pasando de largo ante el bacalao de Islandia, la lubina de criadero y la dorada del puerto. Recorre despacio el atún rojo de Cádiz y el bonito del norte y por fin llega a lo que buscaba: atún de los lejanos mares. Lo pide y espera, entreteniéndose con unas endivias con anchas, cuyo origen desconoce.
Llega el atún, enorme, cubriendo el plato, dejando apenas sitio para unas hojas verdes. El señor Pendón comienza el ataque y al masticar piensa, con frialdad, en la vida del pez que tiene delante, procesado y a punto. Vivir dando tumbos, de lado a lado, siempre acompañado. Morir de la misma manera. El señor Pendón, solitario por naturaleza, piensa en eso y en los barcos de guerra que acompañaron su muerte, en los diplomáticos, en países sin ley, en intermediarios, en buques de acero, en armadores, en reuniones, en tipos armados hasta las cejas, en pescadores sin caña, en armas semiautomáticas, en lo lejos que están los lejanos mares y en lo bueno que está el atún.
Concluye el señor Pendón que, dado el esfuerzo realizado para llevar el pez a su plato, el precio que le cobran es ridículo y decide, en consecuencia, marcharse sin pagar. Se lo explica, someramente, al camarero, pero éste no lo entiende o no lo quiere entender. La discusión sube de tono y entonces aparece el dueño y el señor Pendón se ve obligado, lleno como está de atún y de razón, a salir corriendo, cansado de tanta boca y tanto ruido.
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El barrio de Tomé
El Sr. Triptófano camina limpio por la calle, absurdamente limpio. La acera está a trozos, levantada por aquí y por allá, y los cubos de basura rebosan su porquería hacia el suelo. Él avanza con soltura y con la cabeza bien alta, usando el bastón para apartar bien sea algún trozo de basura molesto bien sea un chiquillo con ganas de incordiar. Llega por fin a la casa de Tomé, viejo conocido. Tomé es grande y de gran mostacho, y todos los días del año va con camiseta blanca de tirantes. Se saludan en la puerta, fuertes abrazos, altas voces, y entran.
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Los sueños de Atón
Atón sueña con ser despiadado, cruel, poderoso al fin. Si así fuera, ay, si así fuera, sometería a todos sus compañeros de oficina. Lanzaría por la ventana las mesas y las sillas y los archivadores y al jefe de los archivadores. Sería complacido por ellas y, por qué no, también por ellos. Su mando sería firme y veleidoso y sus minúsculos súbditos se llamarían a sí mismos atones, atones y atonas.
Atón es amable, considerado y con ciertas tendencias serviciales. Es el que prepara el café por las mañanas, el que llama a los enfermos, el que te pregunta en invierno si está bien la calefacción o si prefieres que la suba un grado. La mayor parte del día, tras el primer café, molesta y, por eso, es ignorado.
Todos los días, en la oficina, Atón sufre y de ese sufrir se alimentan sus sueños. En silencio su interior se va poblando de gusanos, revueltos y viscosos, y a veces alguno de ellos asoma una porción por entre sus labios. Nadie lo ve porque ninguno lo mira y, por eso, los atones, y las atonas, no saben lo que les espera.
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Matías y sus cosas
Matías, el publicista en alza, camina por la calle, de noche, y fuma a la vez. Ya nadie fuma, piensa, nadie fuma en las series, ni en los anuncios, pero sí hay gente que fuma en los bares, en las calles. Como él.
Abre la puerta de su casa. Ilda sigue de viaje, volverá el viernes, la comida que dejó hecha ya se acabó. Todo está limpio, perfectamente limpio, gracias a la eficiencia de Conchita, su asistenta. Entra en la cocina y da cinco pasos hasta la nevera. Saca el paquete de pasta y da seis pasos más hasta el microondas. Dos minutos de espera y listo.
Cena en el salón, con la tele apagada. Enciende otro cigarrillo y mira a su alrededor. Todo está limpio, sí, absurdamente limpio, porque nunca hay gente que lo ensucie. No hay niños, no hay cenas, no hay amigos que vengan a ver el fútbol. No hay fútbol.
Matías, otra noche, pasa el rato contemplando las caprichosas figuras que el humo de su cigarrillo crea en el aire. Minutos, horas, y a dormir.
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Los sueños de Lup, y el caos
Lup es un hombre que sueña muchas veces la misma cosa. Está en una montaña regresando de no sabe dónde, pero sabe que es un sitio en el que lo ha pasado regular ya que está magullado y herido y cansado y desearía no estar así. Entonces aparece en medio del sendero un pequeño cochinillo, en una bandeja, y tiene toda la pinta de estar asado y bien asado porque la piel brilla y, efectivamente, cruje entre sus dientes. La grasa se desliza por sus labios y todos sus males se olvidan porque, además, una mano le acerca un generoso vaso de vino tinto. Al levantar la cabeza ve que esa mano es de un hombre, y que hay cientos, miles, de hombres y mujeres que suben por la ladera de la montaña. Los que pasan a su lado le saludan con la mano, algunos le pisan, otros le dejan un plato de almejas, los menos le escupen. Lup ofrece lo que tiene, eleva sus brazos, pero no sabe si seguir bajando o unirse a la marea que sube y sube sin parar. Se levanta y, entre sus dudas, desaparece la comida y también el vino mientras el aire y la luz le empiezan a faltar porque la multitud le estruja y nadie se fija en él. Es el caos. Cae al suelo, rueda, es pateado hasta terminar magullado, herido y cansado. Despierta.
Lup, cuando se piensa a sí mismo, cree que ese sueño, por repetido, debe decir algo sobre él. Tampoco le da muchas vueltas porque, se dice, quizá sea cosa de las copiosas cenas, o de los cubatas, o de todo junto.
A Fko, a Lars y a las noches en La Estrella.
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Entre cortinas
Julia, así la llamaré, es una chica rubia que camina siempre a buen ritmo, con decisión, dejando una estela tras de sí. Sea por eso o sea por lo que sea, no se si me explico, la gente la mira por la calle, pero casi nadie la para. Es difícil. Algunos lo intentan pidiéndole la hora o preguntando por alguna calle, pero nunca se detiene. Una vez lo consiguió un mendigo, uno de los que siempre merodean por estas calles, muy insistente, reclamando “una propina para echarme algo a la boca”. La acompañó durante veinte largos metros con esa misma cantinela hasta que ella se paró en seco. Tomó su cabeza entre sus manos y le propinó un sonoro e intenso beso, con lengua y con fuerza. El pobre hombre quedó aturdido, y callado, mientras Julia la rubia seguía adelante con sus largas piernas y yo, oculto entre las cortinas, me desternillaba de risa.
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Lisandro y el colectivo
Lisandro, ventanilla 6, horario de mañana. Su trabajo es cotejar las fotocopias con los originales y, llegado el caso, estampar un sello que confirme la igualdad entre documentos. Se considera a sí mismo un empleado público, puesto que trabaja para el Estado, para el colectivo, como le gusta decir a él. Lisandro, por tanto, se toma muy en serio su trabajo.
Ciruela, eterna opositora, cargada de papeles. Curtida ya en estas batallas, lleva siempre bien separado el montón de los originales de las copias, todos en el orden correcto. Pero Ciruela, sin embargo, jamás ha estado en la ventanilla 6.
Viernes por la mañana, sobre las once, ventanilla 6. Lisandro a un lado, Ciruela a otro. Los ojos de él recorren todos los detalles mientras su mano derecha sujeta en alto el sello que va estampando en cada copia certificada. Ciruela contempla desconcentrada ese celo en el trabajo y no puede evitar sentir un puntito de admiración. Su cabeza, amueblada por tantas horas de estudio, aprecia la eficiencia.
-Este título es un poco raro- dice él, quitándose las gafas.
-¿Cómo?
Suso, el silencioso
La novia de Suso se desespera. Habla y habla sin parar, por la mañana por la tarde y por la noche. Habla incluso en sueños. Suso casi nunca responde. Permanece callado y la mira pero está como ausente, como pensando en los bosques tropicales y en sus mosquitos. No es así, él le da vuelas al posible sentido de ese bla bla bla desbocado, a ese torrente de sonidos inconexos. Harto de dar vueltas y no llegar a ninguna parte, un día Suso le dijo:
-¿Sabes? Cuando hablas no te escucho. Eres ruido.
Ella lanzó un nuevo arsenal de palabras espesantes. Suso, detallista, gran amante y buen cocinero, escapó de ellas y se refugió en la noche, donde sigue hoy. Allá donde va encuentra gente que habla, que le habla a él, y él bebe y a veces responde, a veces conversa.
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