Rebuznos
Entre cortinas
Julia, así la llamaré, es una chica rubia que camina siempre a buen ritmo, con decisión, dejando una estela tras de sí. Sea por eso o sea por lo que sea, no se si me explico, la gente la mira por la calle, pero casi nadie la para. Es difícil. Algunos lo intentan pidiéndole la hora o preguntando por alguna calle, pero nunca se detiene. Una vez lo consiguió un mendigo, uno de los que siempre merodean por estas calles, muy insistente, reclamando “una propina para echarme algo a la boca”. La acompañó durante veinte largos metros con esa misma cantinela hasta que ella se paró en seco. Tomó su cabeza entre sus manos y le propinó un sonoro e intenso beso, con lengua y con fuerza. El pobre hombre quedó aturdido, y callado, mientras Julia la rubia seguía adelante con sus largas piernas y yo, oculto entre las cortinas, me desternillaba de risa.
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Lisandro y el colectivo
Lisandro, ventanilla 6, horario de mañana. Su trabajo es cotejar las fotocopias con los originales y, llegado el caso, estampar un sello que confirme la igualdad entre documentos. Se considera a sí mismo un empleado público, puesto que trabaja para el Estado, para el colectivo, como le gusta decir a él. Lisandro, por tanto, se toma muy en serio su trabajo.
Ciruela, eterna opositora, cargada de papeles. Curtida ya en estas batallas, lleva siempre bien separado el montón de los originales de las copias, todos en el orden correcto. Pero Ciruela, sin embargo, jamás ha estado en la ventanilla 6.
Viernes por la mañana, sobre las once, ventanilla 6. Lisandro a un lado, Ciruela a otro. Los ojos de él recorren todos los detalles mientras su mano derecha sujeta en alto el sello que va estampando en cada copia certificada. Ciruela contempla desconcentrada ese celo en el trabajo y no puede evitar sentir un puntito de admiración. Su cabeza, amueblada por tantas horas de estudio, aprecia la eficiencia.
-Este título es un poco raro- dice él, quitándose las gafas.
-¿Cómo?
Suso, el silencioso
La novia de Suso se desespera. Habla y habla sin parar, por la mañana por la tarde y por la noche. Habla incluso en sueños. Suso casi nunca responde. Permanece callado y la mira pero está como ausente, como pensando en los bosques tropicales y en sus mosquitos. No es así, él le da vuelas al posible sentido de ese bla bla bla desbocado, a ese torrente de sonidos inconexos. Harto de dar vueltas y no llegar a ninguna parte, un día Suso le dijo:
-¿Sabes? Cuando hablas no te escucho. Eres ruido.
Ella lanzó un nuevo arsenal de palabras espesantes. Suso, detallista, gran amante y buen cocinero, escapó de ellas y se refugió en la noche, donde sigue hoy. Allá donde va encuentra gente que habla, que le habla a él, y él bebe y a veces responde, a veces conversa.
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Cortos cuentos de amor XXIV
Felizmente casados, estaban. El césped crecía brillante en el jardín y la mantequilla se deslizaba suave sobre la tostada de pan. Sencillamente, vivían.
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Cocina para la ciudadanía: el rabo de toro
Picas la cebolla, la zanahoria, el puerro y el tomate y el pimiento verde. Lo echas todo a la cazuela, con un poco de aceite, con un poco de sal, y enciendes el fuego. Pimienta, olvidaste las bolas de pimienta. Mientras rehogas todo sacas el rabo de toro de la nevera, menudo rabo, menudo toro, piensas. En realidad es de vaca, pero te da igual. Es hermoso. Lo tocas, lo hueles, lo salpimentas. Suspiras pensando en el futuro que os espera juntos. Las verduras ya están, las mezclas con un poco de harina y añades el rabo y ves la cazuela rugir y la cebolla desplegarse melosa sobre la carne. Esto marcha, te dices. Un vaso de vino, medio vaso más, cubres con agua y a cocer a fuego lento, la tapa puesta, el ojo vigilante.
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Cortos cuentos de amor XXIII
-Tras el beso pensé “Uau!”, fue como un flash, ¿me entiendes?, me quedé tonto, como cegao. Qué labios, qué maravilla. Vaya labios.
-¿Y el culo?
-El culo vino después. Vaya culo.
-¿Y las tetas?
-Vaya tetas.
-¿Y ella?
-No pude con todo. Es demasiado grande y estuve demasiado cerca. Como cuando subes una montaña: conoces el sendero que tomas pero la montaña en sí, entera, se te escapa, ¿me entiendes?
-No mucho.
-Que como ella sea como sus labios, vaya mujer.
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El funcionario tras la baja
Cuando, tras algunos meses de dura enfermedad, el funcionario vuelve con el alta, su cara se ha vuelto más huraña. Mira a los demás con los ojos entrecerrados y suele contestar con evasivas cuando se le pregunta por los detalles de su doloroso proceso. Se toma la semana de reincorporación con bastante calma, recorriendo de nuevo los pasillos y contemplando otra vez las vistas desde las ventanas. Hace muecas de dolor en cada parada y, si le queda tiempo, ordena sus cajones y le quita el polvo a la calculadora.
Cortos cuentos de amor XXII
Enamorado de su dentista. Así estaba. Ese bigote, esa sonrisa, esos ojitos. Ahora que ya tenía la boca perfecta, ay, esperando, no sabía cómo hacer para volver a verlo. Le esperó en la puerta de la consulta y le siguió hasta su casa. Dejó pasar una hora y llamó a su puerta y el dentista le abrió y le dijo que una boca como la suya siempre era bien recibida en su cama y que pasara y se fueron besando y revolcando en el sofá y en la cama y en la terraza y en la fría mesa de la cocina. A la mañana siguiente el dentista ya se había ido a trabajar cuando él se despertó, con el sabor aún de los blancos besos de la noche anterior. En la cocina había café hecho y una nota que le animaba a desayunar lo que le viniera en gana y a irse de ahí para nunca volver. Lo bonito ya fue, terminaba la nota, y añadía una posdata recordándole que podría lavarse los dientes con uno de los cepillos desechables que tenía en el cajón del baño. Bebió café y paseó por el amplio salón viendo la gran cantidad de radiografías de la boca que lo decoraban. Todas le parecían iguales, pero al reconocer la suya sonrió. Decidió no lavarse los dientes y alejarse rápido y para siempre de esa historia y de ese delicioso olor a flúor.
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Cortos cuentos de amor XXI
Las gotas de sudor salen de mi cabeza, del pelo quizá, y resbalan por mi frente hasta llegar a las cejas. Son tantas que varias consiguen superar ese obstáculo y alcanzan el ojo, y entonces siento un escozor tremendo y debo quedarme quieto porque no veo nada y podría tropezar y caer si siguiera avanzando. El sudor ácido que genero me obliga a apretar con fuerza los párpados y a taparme la cara con las manos. Es así cuando, tras el pico de dolor, imagino una lengua deslizarse por mi frente, una boca soplar sobre mis sufridos ojos, una mano revolver mi revuelto pelo. Imagino unos labios besar mis mejillas y unos senos rozar mi brazo. Imagino, en suma, una diosa, una mujer inmune al mal olor, dispuesta a vivir entre mis fuertes jugos, capaz de amar en intensa cercanía.
Salgo de mis ensoñaciones y reanudo la marcha, empapado, deseando llegar a casa aunque sepa que allí, indefectiblemente, la ducha dará fin al origen de mis fantasías.
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“Corto cuento, sin amor” por Fko
Basado en la obra original Corto cuento, sin amor de Kike.
- “Voy a llamarlo a ver si está”, dijo su esposa.
¿Otra vez?, qué coñazo. En fin, por lo menos podré leer tranquilo unos minutos.
- “Nada, no lo coje; debe estar trabajando”.
Claro, trabajando. Ahora toca un monólogo de los buenos. Mejor. Me voy directo a la sección de deportes.
- “Es que siempre ha sido muy trabajador, desde pequeño. Y muy listo. ¿Te acuerdas de sus notas? Y muy responsable, como aquel día (…)”
Cuando hay partido la primera página de los deportes es la mejor. Un gráfico con los jugadores colocados en el campo, estadísticas y un par de buenos análisis. Joder, estas albóndigas están de muerte…. pero como le diga algo se acabó el monólogo. Además está comiendo lo mismo, a estas alturas ya sabrá que le han salido buenas. A ver el once titular.
- “(…) monísimo, pero muy reservado. Siempre jugaba solo, ¿te acuerdas?, por eso es tan listo. Ya lo decía mi madre, este niño es especial, muy especial (…)”
Otra croqueta. ¡Ah! la clasificación de 2ª división, casi me la salto. Como suban estos me pego un tiro. Otra croqueta. Mejor dos, que como suban estos…
- “(…) el director. Envidia, EN-VI-DIA, le tenían los compañeros. ¿Pues sabes qué te digo?, que mejor así, que eran todos unos zoquetes y unos animales (…)”
Genial, empiezan los deportes del telediario. Mmmm, cojo la naranja esa y ya está, que estoy lleno. Joder, qué malos son los del telediario, vaya panda de inútiles. Venga, la última croqueta.
- “(…) deprimido ni qué gaitas. Esa quería sacarnos los cuartos ¿te acuerdas?, con sus títulos y sus trastornos, doña depresiones. Mi niño siempre me daba besos y los buenos días, ¡no como ella!. ¡¡Deprimida ella!! (…)”.
Ufff, ya sí que no puedo más, voy a estallar. Mira, al final no juega el inútil ese, que yo no sé qué le ve la gente. Bueno sí lo sé, que no tienen ni puta idea. Mmm, un postrecico puede que me entre… cuál… esta tiene el frigorífico siempre a reventar, tengo que decidir entre todos los postres posibles… uffff.
- “(…) la niña de los Rivero?, ¿que ni quiso conocerlo? Eso fueron sus padres, ¿te acuerdas? que lo miraban raramente… ay, mi niño, ¡mi cielo!, que es un santo, UN SANTO… Voy a llamarlo a ver si está”.
Qué coñazo por Dios. Todavía no se ha enterado de que nuestro Elfandro es, básicamente, un pedazo de gilipollas. Natillas. Eso es. Comeré natillas.


