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Cortos cuentos de amor XXI
Las gotas de sudor salen de mi cabeza, del pelo quizá, y resbalan por mi frente hasta llegar a las cejas. Son tantas que varias consiguen superar ese obstáculo y alcanzan el ojo, y entonces siento un escozor tremendo y debo quedarme quieto porque no veo nada y podría tropezar y caer si siguiera avanzando. El sudor ácido que genero me obliga a apretar con fuerza los párpados y a taparme la cara con las manos. Es así cuando, tras el pico de dolor, imagino una lengua deslizarse por mi frente, una boca soplar sobre mis sufridos ojos, una mano revolver mi revuelto pelo. Imagino unos labios besar mis mejillas y unos senos rozar mi brazo. Imagino, en suma, una diosa, una mujer inmune al mal olor, dispuesta a vivir entre mis fuertes jugos, capaz de amar en intensa cercanía.
Salgo de mis ensoñaciones y reanudo la marcha, empapado, deseando llegar a casa aunque sepa que allí, indefectiblemente, la ducha dará fin al origen de mis fantasías.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
“Corto cuento, sin amor” por Fko
Basado en la obra original Corto cuento, sin amor de Kike.
- “Voy a llamarlo a ver si está”, dijo su esposa.
¿Otra vez?, qué coñazo. En fin, por lo menos podré leer tranquilo unos minutos.
- “Nada, no lo coje; debe estar trabajando”.
Claro, trabajando. Ahora toca un monólogo de los buenos. Mejor. Me voy directo a la sección de deportes.
- “Es que siempre ha sido muy trabajador, desde pequeño. Y muy listo. ¿Te acuerdas de sus notas? Y muy responsable, como aquel día (…)”
Cuando hay partido la primera página de los deportes es la mejor. Un gráfico con los jugadores colocados en el campo, estadísticas y un par de buenos análisis. Joder, estas albóndigas están de muerte…. pero como le diga algo se acabó el monólogo. Además está comiendo lo mismo, a estas alturas ya sabrá que le han salido buenas. A ver el once titular.
- “(…) monísimo, pero muy reservado. Siempre jugaba solo, ¿te acuerdas?, por eso es tan listo. Ya lo decía mi madre, este niño es especial, muy especial (…)”
Otra croqueta. ¡Ah! la clasificación de 2ª división, casi me la salto. Como suban estos me pego un tiro. Otra croqueta. Mejor dos, que como suban estos…
- “(…) el director. Envidia, EN-VI-DIA, le tenían los compañeros. ¿Pues sabes qué te digo?, que mejor así, que eran todos unos zoquetes y unos animales (…)”
Genial, empiezan los deportes del telediario. Mmmm, cojo la naranja esa y ya está, que estoy lleno. Joder, qué malos son los del telediario, vaya panda de inútiles. Venga, la última croqueta.
- “(…) deprimido ni qué gaitas. Esa quería sacarnos los cuartos ¿te acuerdas?, con sus títulos y sus trastornos, doña depresiones. Mi niño siempre me daba besos y los buenos días, ¡no como ella!. ¡¡Deprimida ella!! (…)”.
Ufff, ya sí que no puedo más, voy a estallar. Mira, al final no juega el inútil ese, que yo no sé qué le ve la gente. Bueno sí lo sé, que no tienen ni puta idea. Mmm, un postrecico puede que me entre… cuál… esta tiene el frigorífico siempre a reventar, tengo que decidir entre todos los postres posibles… uffff.
- “(…) la niña de los Rivero?, ¿que ni quiso conocerlo? Eso fueron sus padres, ¿te acuerdas? que lo miraban raramente… ay, mi niño, ¡mi cielo!, que es un santo, UN SANTO… Voy a llamarlo a ver si está”.
Qué coñazo por Dios. Todavía no se ha enterado de que nuestro Elfandro es, básicamente, un pedazo de gilipollas. Natillas. Eso es. Comeré natillas.
Cortos cuentos de amor XX
Leo se interesó por la que ahora es su pareja por su nombre, Leo, y por cómo sonrió al decirlo. A los dos les pareció y les sigue pareciendo divertida la situación. Debe ser porque se quieren. Van a tener mellizos, en unos meses, y una idea juguetona sobrevuela sus alocadas cabecitas. Ninguno la nombra pero, de vez en cuando, se miran y se ríen, en la cocina, en la cama, en la cafetería. No puede ser de otra manera, es absurdamente divertido pero el niño se llamará como el padre y la niña como la madre. Será la familia de las fieras, de los reyes del barrio, y ésas y otras tonterías son las que terminan por convencer a la pareja de que sus mellizos serán, para todo el mundo, Leo y Leo.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
El asesino y su dibujo
Hartos de buscarme, no repararon en sutilezas cuando al fin creyeron encontrarme. Me dispararon ocho veces en el pecho y noté ocho picotazos de mosquito, de mosquito grande. Apenas me tambaleé. Cortaron mi cuello, mis brazos, mis piernas y mis pies, lanzaron mis diecinueve dedos al aire y mis ojos fueron testigos de cómo todas mis partes, presas de una efervescente intensidad, se reagrupaban de nuevo. Salí indemne y sonriente de las llamas que provocó la gasolina ardiendo sobre mi delicada piel. Un yunque aplastó mi cabeza, una viga golpeó mi corazón, el cianuro invadió mis venas. No se daban cuenta, pobres tontos, de que atacaban una ilusión, un mero dibujo animado. Gastaban su tiempo y sus fuerzas en destruir lo imposible, mientras mi parte física caminaba, elegante y misteriosa, por el paseo del río, atenta a no tropezar, saludando a las desgraciadas damas, clavándoles mi mirada.
(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons)
Cuentos ajenos
Nunca debí copiar esos cuentos. ¿Quién me iba a decir que yo, figura de las palabras y sus conjunciones, maestro de las comas y los puntos y aparte, acabaría así, como un vulgar letrero? Debí haber aceptado el declive. Asumirlo y buscar entonces una salida honrosa hubiera sido lo más inteligente.
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Cortos cuentos de amor XIX
En ese encuentro estaban todos: él, ella y la otra. Recién salido de su club de trabajo, él llevaba aún su rojo vestido de lentejuelas y los tacones le mataban. Sus labios pintados esperaban sedientos la copa habitual y los ojos descansaban cerrados.
En su primer día, ella se sentía como si siempre hubiera trabajado de camarera. Movía su culo entre las mesas haciendo ondular su pequeña minifalda. A su alrededor dejaba rostros en tinieblas que disfrutaban del lento bailar de las chicas semidesnudas. Ella, a lo suyo, no se fijaba. Ni una gota caía en la bandeja.
La otra bailaba, como cada noche, atenta a los detalles. Se movía esperando el momento en que él abriera los ojos y la mirara, enormemente bella como era, y contemplara sus largas y negras piernas mientras las sonrisas se cruzaban con suavidad y calma.
Al descalzarse fue cuando él se fijó en ella, la camarera, que permanecía en pie con una lágrima recorriendo la mejilla, de frente al baile. La bandeja colgaba de la mano y la cara irradiaba emoción. Las miradas y la música, fuera cual fuera, lo hicieron todo. La otra terminó de bailar y bajó a la mesa, a darle cariño a ella, a acariciarle el pelo y a dejar susurros en el oído. Mientras tanto él suspiraba, resignado, por su copa habitual, sin dejarse emocionar por lo que, una noche más, parecía un bonito inicio de una corta historia de amor.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
Corto cuento, sin amor
Elfandro, el analista, pasa todas las tardes tumbado en el sofá. Se levanta para mear en torno a las 17.17 y ya no se mueve hasta las 21.21, cuando se incorpora para cenar lo que sobró de la comida, que sigue en la mesa del salón. Durante esas horas no hace más que ir cambiando de postura para no entumecerse demasiado. Algunas veces pasa un rato sentado y otras se tumba boca abajo, y entonces le sopla al cojín. Poco más.
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Cortos cuentos de amor XVIII
Bailan porque sólo les queda eso. Se cayó la casa, se fueron todos, la música terminó. Bailan porque no saben qué hacer, porque se agotaron las preguntas. La muerte y los escombros les rodean y no pueden sino apoyarse en el otro mientras se dejan mecer por ese ligero ritmo que les queda en el estómago. Su mano en su cintura, su cadera oscilando, sus pies dejándose arrastrar descalzos por la madera. Suave, todo muy suave. Mañana habrá que levantarse, habrá que limpiar, habrá que poner en pie de nuevo las ventanas para poderlas abrir. Pero hoy, en medio de la ausencia, entre tanta tristeza, sólo les queda eso, el leve balanceo de sus caderas y un susurro que recorre sus cuerpos como un escalofrío.
(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons)
El informe
Solicitar un informe de vida laboral. A primera vista parece sencillo, ¿no? Pues nada más lejos de la realidad…
Oficina de la Seguridad Social, 9 de la mañana (antes no abren, claro, así tenemos que perder un buen rato de trabajo). Se supone que uno se acerca hasta la oficina para que le atiendan personalmente… pues no. En la ventanilla te mandan a un teléfono conectado con alguien que quién sabe dónde está. Ese alguien te pide los datos para hacer la solicitud y… ¡ay! no coincide tu dirección con la que ellos tienen (hace 5 años que estás empadronado en esta otra dirección, pero ¿para qué? Si no se transmiten los datos de unas administraciones a otras). Y lo que es peor, si no coincide, no te lo puede cambiar la persona que está al otro lado de la línea, eso sí hay que hacerlo personalmente: “ve a la oficina”. ¿Y dónde cree que estás? En fin, coges número, haces la cola para simplemente cambiar la dirección y ya de paso hacer la solicitud que, ¡milagro!, ahora sí se puede hacer en persona (¿que habrá pasado en esta última media hora?). Por supuesto, no podía ser tan bonito, el informe lo mandan por correo a tu casa, no pueden dártelo al momento… ¿o puede que sí? Parece ser que con un justificante de que es urgente te lo harían al instante… ¡interesante!
La familia y él, y ella.
K. fracasó. Lo hizo todo mal, rematadamente mal. De entrada se equivocó con la puerta y llamó al tercero izquierda en lugar de al tercero derecha. Entonces salió una mujer, una bella mujer con un blanco camisón que insinuaba unos blancos y espléndidos pechos. El olor a apio invadió el rellano. Ella clavó su mirada azul en su aturdida cara y él no dijo nada.
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